«Es mejor encender una vela que maldecir contra la oscuridad» «“Adagio
Durante la fiebre de la caza de brujas en Europa, en que la única forma de probar su inocencia podía ser ahogándose en el fondo de un lago, pocas voces osaron levantarse contra las atrocidades cometidas en nombre de lo sobrenatural.
Fue precisamente en este contexto que el inglés Thomas Ady valientemente publicó en 1656 el tratado «Una Vela en la Oscuridad« advirtiendo que «el gran error de estos tiempos es atribuir poder a las brujas, y dejarse engañar por la imaginación de los cerebros de los hombres, para promover la matanza de inocentes». Escrito como concejo a los tribunales, su tratado exponía las incoherencias e injusticias de uno de los extremos históricos más conocidos de irracionalidad.
En algunos países de Ãfrica, en Pakistán y en la India, personas inocentes continúan siendo asesinadas por brujas, no obstante esta locura en particular se haya extinguido en gran parte del mundo. Aunque ella dio lugar a muchas otras.
Estas nuevas locuras no acostumbran ser tan explícitas en sus atrocidades, pero su impacto en la sociedad continúa siendo tan nocivo como cuando Ady advirtió sobre el peligro de que «las naciones perezcan por la falta de conocimiento».
El astrónomo Carl Sagan se refirió a Ady en el subtítulo de su última obra publicada trescientos cuarenta años después, en 1996. «El Mundo y sus Demonios. La Ciencia como una Luz en la Oscuridad» es un libro escrito como consejo al público sobre las incoherencias y peligros de las pseudociencias.
El premio «Candela» del proyecto HAAAN, es del mismo modo un tributo a Ady, a Sagan, y a todos los premiados por su trabajo en ayudar a iluminar el mundo.
PREMIADOS
Diciembre de 2006
Al ingeniero mexicano Luis Ruiz Noguez por su trabajo en «Marcianitos Verdes«. En menos de un año el blog, que presenta una «visión crítica de la ufología, criptozoología, parapsicología y otras NO ciencias», ya ofrece un volumen casi enciclopédico de información, alternando profundos dossier con noticias recientes sobre lo insólito.
Además del premio «Candela» y de una cantidad meramente simbólica, parte del trabajo de Noguez en «Marcianitos» será traducido y publicado en portugués en el sitio « CeticismoAberto» con su gracioso permiso.
Nature444, 587-591 (30 November 2006) | doi:10.1038/nature05357; Received 10 August 2006; Accepted 17 October 2006
Decodificando el antiguo calculador astronómico griego conocido como el Mecanismo de Antikythera
T. Freeth1,2, Y. Bitsakis3,5, X. Moussas3, J. H. Seiradakis4, A. Tselikas5, H. Mangou6, M. Zafeiropoulou6, R. Hadland7, D. Bate7, A. Ramsey7, M. Allen7, A. Crawley7, P. Hockley7, T. Malzbender8, D. Gelb8, W. Ambrisco9 and M. G. Edmunds1
El mecanismo de Antikythera es un dispositivo de engranes griego, construido alrededor del final del segundo siglo a.C. Se sabe que calculaba y exhibía información celeste, particularmente ciclos tales como las fases de la luna y un calendario luni-solar. Los calendarios eran importantes para las sociedades antiguas, para sincronizar la actividad agrícola y fijar las festividades religiosas. Los eclipses y los movimientos planetarios a menudo eran interpretados como presagios, mientras que la regularidad de los ciclos astronómicos debe haber sido filosóficamente atractiva en un mundo incierto y violento. Bautizado después de su descubrimiento en 1901, en un naufragio romano, el mecanismo de Antikythera es técnicamente más complejo que cualquier dispositivo conocido por lo menos un milenio más tarde. Sus funciones específicas siguen siendo controversiales porque sus engranajes y las inscripciones sobre sus caras son solamente fragmentarios. Aquí divulgamos imágenes superficiales y tomografías de rayos X de alta resolución de los fragmentos que han sobrevivido, permitiéndonos reconstruir la función de los engranes y duplicar el número de inscripciones descifradas. El mecanismo predice los eclipses lunares y solares en base de ciclos de progresiones aritméticas babilónicas. Las inscripciones apoyan sugerencias de exhibición mecánica de las posiciones planetarias, ahora perdidas. En el segundo siglo a.C., Hipparchos desarrolló una teoría para explicar las irregularidades del movimiento de la luna, a través del cielo, causadas por su órbita elíptica. Encontramos una aplicación mecánica de esta teoría en los engranes del mecanismo, revelando un grado inesperado de sofisticación técnica para ese período.
1. Cardiff University, School of Physics and Astronomy, Queens Buildings, The Parade, Cardiff CF24 3AA, UK
2. Images First Ltd, 10 Hereford Road, South Ealing, London W5 4SE, UK
3. National and Kapodistrian University of Athens, Department of Astrophysics, Astronomy and Mechanics, Panepistimiopolis, GR-15783, Zographos, Greece
4. Aristotle University of Thessaloniki, Department of Physics, Section of Astrophysics, Astronomy and Mechanics, GR-54124 Thessaloniki, Greece
5. Centre for History and Palaeography, National Bank of Greece Cultural Foundation, P. Skouze 3, GR-10560 Athens, Greece
6. National Archaeological Museum of Athens, 1 Tositsa Str., GR-10682 Athens, Greece
7. X-Tek Systems Ltd, Tring Business Centre, Icknield Way, Tring, Hertfordshire HP23 4JX, UK
8. Hewlett-Packard Laboratories, 1501 Page Mill Road, Palo Alto, California 94304, USA
9. Foxhollow Technologies Inc., 740 Bay Road, Redwood City, California 94063, USA
Correspondence to: M. G. Edmunds1 Correspondence and requests for materials should be addressed to M.G.E. (Email: mge@astro.cf.ac.uk).
El nuevo retrato hablado del Jack the Ripper se parece a Freddy Mercury.Expertos de Scotland Yard han publicado un retrato hablado de Jack que puede dar pistas sobre su identidad.
¿Qué estudia la ufología? ¿Qué estudian los ufólogos? Estas no son preguntas triviales. Sin ninguna excepción todos los ufólogos que conozco, a los que les hice estas preguntas, dieron respuestas equivocadas. Algunos me veían como un bicho raro: «¿Mira lo que pregunta este escéptico? Pero si todo mundo sabe que lo que estudia la ufología son los ovnis».
El problema es que ningún ufólogo tiene un ovni para estudiarlo. Lo que «estudian» son reportes de gente que dice haber visto ovnis. Esos reportes pueden ser verbales, escritos, fotografías o videos, supuestos restos de aterrizajes o registros en el radar. Todo menos un ovni. Y entrecomillo la palabra «estudian», porque lo que realmente hacen los ovnílogos es coleccionar: coleccionar cualesquiera de esos reportes (informes, fotos o videos); coleccionar revistas de ovnis; recopilar libros sobre el tema; sumar kilómetros tras los ovnis; compilar entrevistas con los testigos; juntar dibujos de las «naves» y de los «extraterrestres»; reunir leyendas relacionadas con el tema.
Recuerdo que en una entrevista para la radio mexicana mencioné que ningún ufólogo era investigador, sólo coleccionista. Hubo quien llamó a la estación para retarme a debatir con él y que le demostrara que no había investigadores de ovnis y todos eran coleccionistas. Este ufólogo no entendía que los ovnis no poseen naturaleza ontológica y que, por lo tanto, no se pueden estudiar. Es decir, en palabras del psicólogo Héctor Escobar, «lo único que podría ser ovni sería lo que no es (no es planeta, no es fenómeno atmosférico, no es satélite, no es ave… así hasta el infinito), huelga insistir en lo absurdo de esta posibilidad».
A una conclusión similar llegó Heriberto Janosh:
«Creo que lo único que podemos hacer con los casos no identificados es tratar de identificarlos, de lo contrario su importancia es nula.
«Con los IDENTIFICADOS sí podemos trabajar científicamente, por ejemplo planteando la siguiente hipótesis:
«Todos los casos en que los testigos afirman haber observado o registrado una nave espacial extraterrestre (NET) han sido explicados como confusiones con otros objetos que no eran NETs, fraudes o fantasías psico(pato)lógicas.
«Esta hipótesis es REFUTABLE (basta presentar pruebas de la aparición de una nave ET) y ha sido CONFIRMADA miles de veces».
Escobar menciona que para desarrollar una epistemología de la ufología es necesario abordar los siguientes temas
a) definición del objeto de estudio de la ufología.
b) definición de una metodología para el estudio de dicho objeto.
c) caracterización de una teoría explicativa del fenómeno en cuestión.
En el asunto del objeto de estudio de la ufología Héctor nos explica que:
«El problema que enfrentamos aquí consiste en establecer una caracterización positiva de lo que sería un ovni. Tradicionalmente, el problema ha sido resuelto mediante una trampa lógica, se ha otorgado un significado a ovni que lo define en base a alguna hipótesis (naves extraterrestres, zeroides, etc.) y eliminado el criterio de necesidad empírica que requiere una definición operativa, se ha procedido a una amplísima serie de argumentos a favor de tal o cual hipótesis, es decir, se construyen castillos en el aire. Está todo el edificio, pero falta el cimiento (ontológico y empírico del mismo).
«Si definimos ovni como nave extraterrestre, ¡damos por supuesto la existencia de naves extraterrestres!, cosa que según sé, no ha podido demostrarse, pese a lo que diga uno que otro contactado. Este argumento es igual en todo tipo de explicaciones que consideren a los ovnis como entidades ontológicas.
«Es requisito en todo conocimiento que pretenda denostarse como científico, la presentación de un objeto sobre el cual ejecute su estudio. Esto no quiere decir, como podría leerse ingenuamente, la presentación de un ovni (que obviamente ya no sería tal sino una nave extraterrestre, o cualquier otra cosa por el estilo), sino una serie de elementos teóricos y factuales que permitan suponer la existencia de un fenómeno inexplicable en términos convencionales, y que por lo mismo requerirá del desarrollo de un marco teórico y conceptual en el cual sea posible su definición.
«Aquí, como se ve, hemos pasado de los ovnis (con toda la ambigüedad que implica la palabra), al concepto de un reporte ovni, en el cual los términos No Identificado, han adquirido un valor relativo en posición al valor absoluto que tenían en el marco de una ufología ingenua. El No Identificado lo es con respecto al testigo del avistamiento. Aquí aparece uno de los meollos del asunto, es decir, la posibilidad de identificación del reporte ovni para convertirlo en un ovi.
«El trabajo de la ufología seria empezará en este nivel: el estudio del reporte ovni para buscar su explicación. Nótese que aún seguimos careciendo propiamente de un objeto pues, si explicamos el reporte eliminaremos nuestro elemento en la categoría de fenómenos conocidos en donde serán objeto de estudio de ciencias ya establecidas (astronomía, meteorología, aeronáutica, etc.). La idea es pues, encontrar reportes que resistan toda explicación, y que de este modo, se constituirían en el objeto de estudio de una ciencia ufológica…
ACORRALANDO AL TESTIGO
Desconociendo las ideas teóricas de Escobar y Janosh, mi acercamiento a la investigación ufológica de campo era enfrentando al testigo, casi acorralándolo, para evitar o impedir que embelleciera o modificara su relato. Partía del hecho de que los testigos no dicen la verdad, lo cual contradecía todos los estándares ufológicos en los que los perseguidores de ovnis incluso se atrevían a afirmar la existencia de testigos de elite: pilotos, científicos, militares y otros. Desde mi punto de vista el testigo miente consciente o inconscientemente. En el primer caso tenemos a los fabuladores (esencialmente los contactados y la mayoría de los abducidos); en el segundo tenemos a los testigos que se enfrentan a un fenómeno natural o artificial que el testigo, en su ignorancia, asimila a la fenomenología ovni (entendiéndose esta como naves extraterrestres). En este caso, aunque el testigo no mienta descaradamente y diga «su verdad», esta no se ajusta a la realidad de la naturaleza.
Tomaba (y tomo) la investigación ufológica como una especie de gimnasia mental. Se trata de resolver acertijos del tipo: en caso de que el testigo no sea un fabulador ¿qué fenómeno natural pudo haberlo engañado o confundido?; si el testigo es un mendaz incorregible ¿cómo fabricó su historia?
Esta no es una actitud anticientífica. Manuel Borraz lo explica de manera sencilla, con su habitual claridad de ideas:
«Es bien sabido que no todos tienen la misma idea de lo que constituye una prueba del origen no terrestre de los ovnis.
«Por ejemplo, los menos exigentes echan en cara a los escépticos que cuando se enfrentan a los casos más «sólidos» acaban recurriendo, por ejemplo, a:
«- sembrar sospechas de fraude, poniendo en duda la veracidad de los testimonios;
«- trocear los hechos y los avistamientos hasta hacerlos irreconocibles, proponiendo explicaciones sumamente improbables.
«Pero estos procedimientos no son ninguna aberración. Cuando se indaga con espíritu científico un asunto novedoso debe tenerse auténtico terror a que se cuelen lo que se conoce a veces como «falsos positivos», en este caso, a dar por anómalos sucesos que no lo son. Se trata de un terror a dar pasos en falso, a dar por supuesto cosas que pueden resultar completamente falsas. Un terror, por otra parte, al que debe su buena salud el edificio de las teorías científicas. Frente a estos «falsos positivos», la posibilidad de «falsos negativos» (en nuestro caso, las eventuales visitas de naves extraterrestres erróneamente «explicadas» como sucesos convencionales) puede quedar incluso en segundo plano. Esto marca de entrada la actitud con que se aborda el tema. Después viene el argumento razonable de que fraudes los ha habido y los habrá siempre, y seguro que algunos de ellos nos acechan entre los casos aparentemente más «difíciles». Y otro argumento de peso: increíbles casualidades las ha habido y las habrá siempre, y seguro que algunas de ellas acaban dando vida a una insólita cadena de despropósitos que va a parar al cajón de sastre de las historias de ovnis. Es muy improbable que un piloto observe un lucero sin reconocerlo a la vez que se detecta por radar un eco espurio en la zona, pero si algo así ocurre «“puede ocurrir- seguro que lo encontraremos recogido en un catálogo de avistamientos de ovnis. En definitiva, lo que se plantea el escéptico es: si hay algo auténtico detrás de alguno de estos casos, algún día nos encontraremos con uno en que tanto la posibilidad de un fraude, como las posibilidades de un cúmulo de coincidencias u otras explicaciones convencionales, aparecerán como claramente inverosímiles. Pero los más creyentes se preguntan si realmente hay algo que pueda convencer a un escéptico. ¿Aceptaría un escéptico la existencia de naves extraterrestres en nuestros cielos si se le suministrara un pedazo de aeronave o se le concediera una entrevista con uno de sus tripulantes? Los más creyentes se temen que no, y que eso de «dadme pruebas y os creeré» es un cuento chino. Y tienen bastante razón… No obstante, lo que no aciertan a comprender es que, a menos que su composición fuera realmente extraordinaria, pudiéndose demostrar su procedencia extraterrestre de origen no meteórico, un pedazo de metal que no se diferenciara de una pieza de lavadora nunca probaría nada. Ni aunque llevara grabados símbolos venusianos. Y un intercambio de impresiones con un tipo cuya única «rareza» fuera su aspecto nórdico u oriental, su atuendo de opereta espacial o su lengua incomprensible, tampoco sería convincente, salvo en caso de que pudiera procederse a exámenes médicos y genéticos con resultados demoledores, o el contacto aportara información «revolucionaria» e inequívocamente de origen no terrestre. Es decir, una muestra material o un contacto fugaz con el mismísimo comandante de las fuerzas intergalácticas no tienen por qué resultar necesariamente probatorios…»
«A priori uno piensa que un observador podría equivocarse durante un rato pero que acabaría reconociendo su error enseguida. Casos como éstos sugieren que no siempre es así. Habría ocasiones en que, por ejemplo, el observador no percibiría una luna tras un velo de nubes sino un objeto cercano sombrío como en Feignies, o no reconocería la luna lejana sino un artefacto luminoso que estaría siguiendo a su coche. Me parece que es un poco como lo que ocurre cuando se contemplan esos dibujos ambiguos que permiten una doble lectura (busto de joven/cara de vieja, cubos cóncavos/convexos,…), que se mencionan a veces al hablar de la psicología de la percepción. Uno puede estar todo el tiempo del mundo percibiendo los trazos de una manera hasta que alguien le llama la atención sobre la otra forma de «verlos». Trasladado a los casos anteriores, resultaría que una «confusión» de larga duración sería perfectamente verosímil. Creo que éste es un aspecto fundamental en este tipo de observaciones.
«Lo de la psicología social lo mencionaba por la segunda parte del problema. Otro punto crucial. Suponiendo que un observador quede cautivado por su propia interpretación anómala de una luz en el cielo durante tanto tiempo, parece poco creíble que suceda lo mismo con dos o más observadores. Pero de nuevo los ejemplos sugieren lo contrario. A la hora de interpretarlo no creo que haya que recurrir a conceptos tan equívocos -y pasados de moda- como las «alucinaciones colectivas». Posiblemente se trate de una especie de proceso de «contagio» psicológico. Las reacciones y/o los comentarios de un observador influyen en otro y los de éste en el primero, que puede ver reforzada su interpretación. Se va creando un consenso perceptivo. Me parece que es este juego de influencias y sugestiones mutuas el que podría hacer verosímil la existencia de «confusiones colectivas»».
EL MISTERIO CENTRAL
Luis R González Manzo llamaba la atención sobre un artículo publicado por Andy Roberts en el número 118 de Fortean Times, que tiene que ver con estos errores de percepción. Roberts decía, en la traducción de González:
«Han habido nuevas revelaciones sobre el enigma del bosque de Rendlesham. Declaraciones originales hechas por los testigos principales de los sucesos de Diciembre de 1980 sugieren que habrían visto (y malinterpretado) el faro de Orford Ness y el buque-faro de Shipwash. En lugar de un asombroso descubrimiento tenemos que el caso Rendlesham queda eliminado como evidencia de un encuentro exótico con un OVNI.
«Pero, ¿es tan simple? Muchos de aquellos que aceptan su caída se pavonearan de que se trató «sólo» o «simplemente» de una percepción errónea. Mientras tanto los creyentes pasarán al siguiente «gran caso». ¿Que tan equivocados están? «Simple» o «sólo» son meras palabras que hacen muy mal servicio a estos recientes descubrimientos. Quizá el caso Rendlesham esté resuelto pero lo que de verdad ha revelado es el verdadero meollo, el misterio central, no sólo de la ufología sino de la gran mayoría de temas forteanos.
«Revisen la historia de la ufología y se encontrarán caso tras caso nacidos de percepciones erróneas (…) Demasiado a menudo, cuando la «verdad» sobre una de estas percepciones erróneas es revelada, el caso es rechazado y eliminado de cualquier posterior estudio. Pocos investigadores se cuestionan PORQUE una estrella puede «convertirse» en un OVNI para determinado testigo. O por qué un avión en un vuelo normal se convierte, por un momento nada más, en un OVNI
«(…) Los errores de percepción y su descendencia de «creencias» evidencian un raro tesoro, el poder de la imaginación humana y su habilidad para transformar lo ordinario en lo misterioso y lo mítico. Nuestra capacidad para atrapar este resbaladizo hecho convierte el multiverso en un lugar mucho más interesante».
Alejandro Agostinelli se preguntaba sobre el «proceso cultural anterior y posterior del acto de percibir un estímulo súbitamente transformado en nave extraterrestre o en cualquier otro evento extraordinario. Lo que Roberts llama «el misterio central»». Y se respondía:
«La transformación de la percepción de un suceso «banal» en otro más elaborado («ufológico», «paranormal», «mágico», etc.) tiene que ver con procesos creativos que probablemente han sido mejor estudiados por áreas más cercanas a la investigación etnográfica, artística y literaria. ¡Y que seguramente pocos de nosotros conocemos! Otra excepción de esta afirmación es el análisis del trasvasamiento de flujos de conocimientos míticos provistos por la ciencia ficción (Kottmeyer, Mehéust et al) y los estudios comparados de mitos afines (me refiero al acto de cotejar el contenido simbólico de los relatos actuales con otros equivalentes generados en épocas anteriores).
«Ese «momento nada más» que menciona Roberts (el trance donde se produce la metamorfosis del estímulo original en otra cosa más compleja) no es «un momento y nada más»: aquí hay que incluir a lo que llamaría la ANTESALA DE LA EXPERIENCIA (la información disponible, la educación impartida, el contexto cultural del testigo, que influyen en la memoria activa del «momento», y la POST-EXPERIENCIA (el intercambio con el contexto inmediato y remoto, desde la que aportaron otros testigos con los que ha compartido el evento hasta los comentarios de familiares, amigos y entrevistas de periodistas o ufólogos)».
Ese «misterio central» de la ufología (y de los fenómenos paranormales) está constituido por aquellas percepciones erróneas de fenómenos u objetos comunes que son transformados posteriormente en naves extraterrestres, monstruos peludos, imágenes milagrosas y otros fenómenos paranormales, gracias o debido a una deformación cultural, muchas veces influenciada por los medios de comunicación. No se debería trivializar su importancia. Antes bien este debería ser el núcleo central del estudio de todos los fenómenos paranormales. Ya que no se pueden extraer patrones ni tendencias coherentes de los casos todavía inexplicados, debido a su diversidad, habrá que estudiar los explicados. Nuevamente Manuel Borraz nos advierte:
«Estoy de acuerdo en que a veces se ha enfocado de forma muy simplista esta categoría de casos, tan frecuentes, de las «confusiones». Si se descubre que un testigo de la aparición de un ovni observó Venus, la explicación del caso no es el planeta Venus en sí mismo (millones de observadores debieron ver el planeta en la misma fecha sin que dieran lugar a ningún informe sobre ovnis…), sino fundamentalmente los procesos involucrados desde el punto de vista psicosocial (procesos perceptivos, del recuerdo, de la transmisión de la información, etc.) que, por desgracia, suelen obviarse o se tienen poco en cuenta. Tanto es así que algunos perciben el enfoque psicosocial como un insulto a la inteligencia de los testigos (como si se quisiera hacer creer que el testigo no sabe distinguir un ovni de un simple lucero) mientras otros llegan a pensar que lo que se está postulando en realidad son extravagantes alucinaciones de todo tipo. En la mayoría de los casos, no se trataría ni de lo uno ni de lo otro (¿por qué costará tanto la aceptación generalizada del enfoque psicosocial más elemental?).
«Sobre la misma cuestión puede notarse que la verdadera naturaleza de los estímulos, es decir, su identificación precisa en cada caso (astro, avión, etc.), es bastante irrelevante en el contexto del enfoque psicosocial. Incluso hay ocasiones en que estímulos distintos hubieran dado lugar seguramente a experiencias similares de observación de ovnis. No obstante, también hay que reconocer que esa identificación precisa es lo que permite legitimar dicho enfoque. Si no se hubiera conseguido la identificación del estímulo en ningún caso, deberíamos contentarnos con trabajar con una hipótesis psicosocial meramente especulativa, sin confirmación empírica.
«Volviendo al hilo de la discusión, si estaba de acuerdo en que hay que dar importancia a todo lo que rodea a las «percepciones erróneas», en lo que ya no estoy tan de acuerdo es en darle una importancia desorbitada, pues por lo general, estamos hablando de procesos bastante triviales. Tampoco estoy de acuerdo en hablar a estas alturas de un «misterio central», pues hay mucha información sobre dichos procesos y hace muchos años que se ha venido abordando el tema. A menudo parece que cualquier cosa que se comente sobre este asunto ya ha sido dicha antes y mejor… Por ejemplo, algo hay en el «informe Condon» de hace treinta años. Y habría trabajos en esta línea anteriores a la aparición de los platillos volantes, en relación a temas como el de las apariciones marianas… A Michel Monnerie se le reprochó hace veinte años el no haberse basado en trabajos previos de psicología a la hora de plantear su noción de «rêve-éveillé» («sueño despierto» o «sueño a ojos abiertos»). Para contrarrestar estas críticas, en «Le Naufrage des Extra-terrestres», su segundo libro, dio por referencia la obra «Les apparitions de Belgique», del Dr. A. Ladon (Doin, 1937), un estudio sobre ciertas apariciones marianas belgas. Basándose en las conclusiones del Dr. Ladon, Monnerie reafirmaba que muchas visiones de ovnis proceden de lapsus perceptivos, alucinosis, ilusiones, ciertos estados crepusculares, etc. (Si alguien ha leído el libro de Ladon ya nos comentará algo al respecto).
«El enfoque psicosocial contempla fraudes e historias inventadas, observaciones de fenómenos conocidos pero inhabituales, «mal interpretaciones» de fenómenos convencionales, determinadas vivencias relacionadas con el sueño, etc. ¿Son estos recursos suficientes para interpretar hasta el último rincón de la casuística?
«Cuando comienzan las complicaciones es cuando nos detenemos en algún caso en que PODRIA ser necesario contemplar la existencia de algún fenómeno físico novedoso o poco conocido. Y se me ocurre un segundo campo en el que podría haber complicaciones. Me refiero a los casos en que, análogamente, PODRIA ser necesario contemplar la existencia de algunos procesos psicológicos novedosos o poco conocidos. Pero si llega el caso, pienso que lo prudente es comenzar pensando en posibles fenómenos mal conocidos -de los que ya habría precedentes antes de la era de los platillos volantes- antes que en fenómenos inéditos desconocidos…
«En cuanto a fenómenos físicos, hay que empezar citando al eterno candidato a «fenómeno respetable perfectamente comprendido»: el rayo en bola. Me temo que continuará así hasta que se elabore un modelo físico que permita reproducirlo y estudiarlo a fondo. Por lo demás, me da la impresión de que se abusó del rayo en bola en el siglo pasado, cuando estuvo de moda, y se ha abusado de él en la «era de Arnold», utilizado a veces como cajón de sastre por escépticos y ufólogos racionalistas. Espero que algún día sepamos si de verdad existe el rayo en bola y cuáles son sus auténticas posibilidades y limitaciones.
«Más nebuloso veo lo de las «luces tectónicas» y lo de los fenómenos luminosos recurrentes que se manifestarían en lugares muy determinados.
«Sobre las primeras, si no recuerdo mal, los análisis de Persinger han recibido muchas críticas metodológicas. Ignoro si ha ido tomando nota con los años, si se ha hecho el sordo o si ha tirado la toalla. Sobre los segundos, un paseo virtual por el Proyecto Hessdalen me ha decepcionado enormemente. No sé si en otros ejemplos la evidencia es más sólida (me vienen a la cabeza las luces de Marfa o las de Yakima).
«También hay casos puntuales intrigantes. Pienso en un clásico francamente enigmático, los incidentes de Levelland de la noche del 2 al 3 de noviembre de 1957, con su profusión de presuntos «efectos electromagnéticos» y una gran cantidad de testigos (aparentemente) independientes. Hay quien lo considera el mejor o uno de los mejores casos de apariciones de ovnis (¡pero ojo, el caso es más bien la excepción y no la regla!). ¿Fenómeno meteorológico extraordinario? ¿Montaje fraudulento?…
«Para terminar, unas pinceladas sobre el otro apartado, el de posibles fenómenos psicológicos poco conocidos. Antes de lanzarnos a especular en este campo habría que tener datos fiables para poder decidir sobre ese conjunto de casos, generalmente de testigo único, en que las «percepciones erróneas» pueden descartarse, en que tampoco hay un contexto que nos remita a estados próximos al sueño, viéndonos en consecuencia abocados al dilema fraude o «algo» realmente raro (alucinaciones especiales, estados mentales poco conocidos, etc.). ¿Cuál sería el auténtico alcance de las fabulaciones puras y duras en este dominio? ¿Cuál el de la patología mental? ¿Es realmente necesario recurrir a hipotetizar «estados alterados de conciencia» transitorios o cosas por el estilo? Esas son, a mi juicio, cuestiones clave.
«Algunos autores (hemos de citar de nuevo a Persinger, entre otros) han especulado con que fenómenos electromagnéticos podrían inducir un estado transitorio inusual de actividad en el lóbulo temporal del cerebro (como un «microataque» epiléptico) generando vívidas alucinaciones. Con esta hipótesis se ha pretendido abordar un amplio abanico de experiencias anómalas (encuentros con ovnis, experiencias cercanas a la muerte, etc.). No hace mucho, en la sección de «Cartas al Editor» de la revista «Skeptical Inquirer» (sep./oct. 1998), un tal Clifford A. Pickover comentaba su teoría según la cual la epilepsia de lóbulo temporal (ELT) podría tener un papel tanto en el fenómeno de la abducción extraterrestre como en la experiencia religiosa (al respecto, había escrito el libro: «Strange Brains and Genius: The Secret Lives of Eccentric Scientist and Madmen»). Pero, ¿qué hay realmente de verificable en todo esto? ¿Hay algún experto en la sala…?
«También puede ser de interés señalar que Paul Devereux (cuyos puntos de vista son o eran afines a los de Persinger) se viene interesando de un tiempo a esta parte por los llamados «sueños lúcidos» y experiencias afines.
«Ya veremos si se produce algún progreso en estas áreas o si por el contrario todo irá a quedar en meras especulaciones».
«No puede ser un meteoro porque no caía hacia la Tierra»
Testigo de la trayectoria de un meteoro perteneciente a las Líridas
La palabra meteoro se refería originalmente a cualquier fenómeno o aparición inusual en la atmósfera. Estos fenómenos atmosféricos podían ser de varios tipos: Aéreos, como los vientos; Acuosos, como la lluvia y la nieve; Luminosos, como el arco iris, el parhelio; y Eléctricos, como el rayo y el fuego de San Telmo.
En la actualidad a una partícula moviéndose en el espacio exterior se le llama Meteoroide, y a la estela luminosa que éste produce al desintegrarse por fricción en la atmósfera superior se le llama Meteoro, y si la partícula es lo bastante grande como para llegar a la superficie de la Tierra, se le llama Meteorito. El meteoroide es un cuerpo sólido de tamaño variable y de origen interplanetario. El meteoroide se convierte en meteoro al entrar en la atmósfera de la Tierra. Su velocidad estimada oscila entre los 12 y 72 kilómetros por segundo. Pueden verse a distancias de hasta 650 kilómetros debido a que se localizan desde alturas de hasta 100 kilómetros. Su duración típica es de 1 a 15 segundos, aunque hay casos excepcionales que llegan a durar más[2]. La definición moderna dice que el meteoroide debe tener un tamaño entre 100 μm y 10 m. Cualquier objeto más pequeño que esto es considerado polvo interplanetario, mientras que los objetos mayores a este rango son asteroides.
Se llama Bólido o Bola de Fuego a un meteoro con luminosidad igual o mayor que la de Venus, y cuya magnitud puede ser en ciertos casos de «“13. Su cola es típicamente muy larga, y aunque su coloración depende siempre de las sustancias que le integran, no es difícil que abunde en amarillos y naranjas. Sus colores pueden variar de celeste, blanco y amarillo verdoso a rojo. Algunas veces los bólidos se parten en pedazos. Algunos poseen cola y otros no. Podemos decir que cualquier meteoro cuya brillantez sea mayor a «“3 se le denomina bólido.
Los meteoritos son meteoroides de gran tamaño que, al atravesar la atmósfera se volatilizan sólo parcialmente, llegando a caer sobre la Tierra, de lo que se desprende que su masa debe ser superior a los 5 kilogramos, pues de lo contrario se desintegrarían totalmente antes de alcanzar la superficie. Normalmente hacen explosión a cierta altura, disgregándose en numerosos pedazos. Esta explosión acarrea la producción de un fuerte ruido, consecuencia de la velocidad supersónica de los meteoritos, que se oye como un potente trueno en una vasta región. Sus velocidades son considerables, pudiendo alcanzar los 300 Km/seg, y sus trayectorias aparecen como rectilíneas para los testigos, a lo sumo, algo parabólicas. Las trayectorias irregulares reportadas en algunos avistamientos se deben a su forma irregular. Se estima que durante un año llegan a caer 2,000 meteoritos a la Tierra[3].
En un reporte titulado Long enduring meteor trains and fireball orbits, escrito por Charles P. Oliver, profesor emérito de astronomía de la Universidad de Pennsylvania, se determinó que de los 33,000 meteoros observados por el profesor Guno Hoffmeister del Observatorio de Sonneburg, Alemania, sólo 42, o uno de cada 786, posee cola que persiste 10 segundos o más, La American Meteor Society indica una razón de 1 a 750 y se calcula la existencia de un bólido por cada 258 meteoros. Se calcula que caen dentro de la atmósfera terrestre un promedio de 2,400 meteoros que son fácilmente vistos a ojo desnudo, en un intervalo de 24 horas.
La mayoría de las estrellas fugaces son producida por partículas no más grandes que un grano de arena; su brillantez es parecida a la de la estrella polar. Los bólidos son producidos por pedazos de materia del tamaño de un cacahuate.
Si atendemos a su composición química los meteoritos pueden dividirse en:
a) Sideritas (con 98% de metal) formadas por una aleación de hierro-níquel.
b) Siderolitos (con un 50% de metal y un 50% de silicatos), compuestos principalmente por ferroniquel y silicatos (olivino y pirosceno).
c) Aerolitos (o piedras meteóricas) que son los meteoritos más frecuentes y abundantes y están formados en gran parte por silicatos. Poseen un alto porcentaje de silicio, magnesio y calcio, aunque se han encontrado trazas de otros elementos como el cobre.
d) Tectitas, compuestas por vidrio rico en sílice.
Existen varias teorías para explicar el origen de los meteoritos. Se cree que se originaron por la explosión de un cuerpo celeste en el sistema solar. Este cuerpo tenía una composición similar a la de la Tierra. Esto se ha comprobado debido a la similitud entre la composición química y mineralógica de los meteoritos y las rocas eruptivas básicas y ultrabásicas. También se les conoce como meteorolitos o piedras meteóricas.
Es probable que muchos de ellos sean restos de cometas o asteroides. Su constitución en términos medios es de: 72% de hierro, 10% de oxígeno, 6% de níquel, 5% de silicio, 4% de manganeso, y el resto trazas de otros elementos[4].
Se tornan luminiscentes por rozamiento con la atmósfera a una altitud de 90-95 kilómetros.
Todos los días caen sobre la Tierra tres o más meteoritos que pesan cada uno 9 kilogramos «“en promedio-. Se cree que un meteorito que pesa 4,000 toneladas por lo menos, se incrusta en nuestro planeta cada 100 año. Comas Solá refiere la aparición de un bólido, l 15 de mayo de 1933, que fue perceptible en toda Cataluña, y a cuya bola luminosa se le calculó un tamaño de unos 90 metros de diámetro[5]. Cerca de 40,000 toneladas de material meteorítico cae sobre la Tierra cada día, la mayoría en forma de fino polvo.
Pueden durar de uno a 20 segundos. El 79% dura menos de 10 segundos. Pueden existir meteoros que duren más de 20 segundos, pero son muy raros. Los deshechos de satélites artificiales han durado más de dos minutos[6].
El color verde de algunos meteoros puede provenir del cobre o del magnesio. Se cree que algunos «cometoides» o pedazos de cometa conteniendo nitrógeno congelado, son los responsables de los meteoros verdes vistos en Nuevo México en la década de los cincuenta del siglo pasado, y que fueron confundidos con ovnis. El nitrógeno vaporizado puede producir el color verde[7].
La luminosidad no depende del tamaño del meteoro. Un fragmento pequeño como un grano de arena puede producir una gran luminosidad.
Algunos producen sonido y otros no. La mayoría se vaporizan silentemente. De los que explotan se ha dicho que su sonido es como el tronar de cañones.
La recuperación de fragmentos meteóricos es un evento sumamente raro, aún cuando la caída ocurra en el día y sobre una zona densamente poblada. Esto se debe a la difícil determinación de las direcciones y distancias. En 50 años (de 1898 a 1948) sólo se recuperaron 48 fragmentos en los Estados Unidos, y sólo 8 fueron de avistamientos nocturnos. La recuperación depende de muchos factores: el número de testigos, la exactitud de las estimaciones de la distancia y dirección, el tamaño de los meteoritos, la paciencia de los investigadores, los fondos para la búsqueda, y lo más importante, la suerte.
La frase que sirve de epígrafe a este capítulo es muy común en los reportes de avistamientos de meteoros (confundidos con ovnis), y constituye una falsa apreciación. La trayectoria depende de nuestra línea de visión. Es decir, el meteoro puede adoptar cualquier dirección y ángulo, incluyendo el «ascenso», dependiendo de nuestro punto de visión. El ángulo aparente de la trayectoria del meteoro visto por un observador, depende de la distancia y de la dirección relativa entre el objeto y el observador. Cuando el meteoro viaja paralelo a la línea visual del observador, parecerá más lento que si pasa a ángulos rectos con esta línea.
La mayoría de los meteoros son visibles cuando alcanzan una altura de 90 o 100 kilómetros. Se ha reportado que algunos cambian de curso después de explotar. En realidad lo que ocurre es que los testigos ven la nube de humo que deja el meteoro y que adopta formas caprichosas. El 12 de enero de 1947 se vio explotar un meteoro sobre Puerto Rico. La estela que dejó fue fotografiada unos 20 minutos después que desapareció el meteoro.
Los meteoros siempre han despertado temor y curiosidad en todas las épocas y culturas. Ya en 1702 Luis González Solano imprimió una breve disertación Phenomeno examinado, discurso del aparecido metheoro, donde daba cuenta de un espectacular evento celeste que cubrió de luminosidad la ciudad de México, a las 8 de la noche del 26 de febrero de ese año[8].
Según José Ortega en sus Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de México[9], los indios de Nayarit creían que los meteoritos, a los que llaman Merit (hombres que morían violentamente), venían a espantarles.
Los meteoros tienden a agruparse, en tiempo y espacio, en lo que se conoce como Lluvia de Estrellas. La mayoría de estas lluvias de estrellas se deben a que la tierra atraviesa una zona en donde probablemente explotó un cometa, por ejemplo, las Perséidas, que son fragmentos del cometa 1862 III y han aparecido por más de 1,200 años; y las Leonidas, que son restos del cometa Temple (1866 I). Estas últimas tuvieron un marcado incremento cada 33 años durante casi un milenio (de 902 d. C. A 1866). Su aparición en 1833 fue la más espectacular. La gente decía que las «estrellas estaban cayendo como si fuesen ladrillos o nieve». En 1899 casi ya no se les vio debido a que pasaron cerca de Júpiter. Desde entonces las Leonidas casi han desparecido.
Las cercanías de un cometa produce en ocasiones una lluvia de estrellas, tal como ocurrió el 27 de noviembre de 1885 cuando el cometa Biela pasó cerca de la Tierra. Se contaron en una sola noche más de 75,000 meteoros.
Los meteoritos miembros de un particular enjambre poseen una velocidad característica. Las Perséidas, por ejemplo, tienen una velocidad de 60 Km/seg, mientras que las Gemínidas tienen una de 35 Km/seg.
Existen otras diferencias marcadas en los enjambres. Las Táuridas son estructuras rígidas que muestran poca tendencia a romperse en vuelo y por lo regular alcanzan la Tierra. Las Gemínidas son muy densas, mientras que las Dracónidas son frágiles y de baja densidad.
La mayoría de los meteoros no llega a la tierra pues están compuestos de gases congelados que rápidamente se vaporizan en contacto con la atmósfera y no dejan fragmentos detectables.
Durante los meses de enero y febrero ocurren 4 lluvias de estrellas. Las principales son las Cuadrántidas, cuya radiante se encuentra en la constelación de Bootes (El Boyero), que junto con Hércules y Draco (El Dragón), constituían la constelación de Quadrantis Muralis (El Cuadrante de Pared). Su máximo se da del 3 al 6 de enero y su velocidad media es de 41.5 Km/seg. Estas son numerosas, débiles, con trazos delgados y muy azules. Provienen del cometa Ceplecha. Se vieron durante más de 100 años.
Marzo es el único mes que no tiene lluvias de estrellas importantes; solamente 3 muy débiles.
De las 9 lluvias que aparecen en abril, únicamente las Líridas, cuya radiante está en la constelación de Lyra y Hércules, se ven al suroeste de Vega (α Lyrae). Pertenecen a los restos del cometa Thatcher (1861) y penetran a nuestra atmósfera con una velocidad media de 47 Km/seg dejando estelas cortas y brillantes tras de si. Su máximo ocurre el 21-22 de abril y tienen una duración aproximada de 4 días. Se pueden contar 8 destellos por hora, aproximadamente. Se les ha visto durante más de 2,500 años.
De las 4 lluvias de estrellas de mayo las más importantes son las η Acuáridas que tienen un máximo entre el 3 y el 7 de mayo. Su radiante esta cerca de la estrella η Acuarii (de ahí su nombre). Dejan estelas muy brillantes, a veces amarillas. Se derivan del cometa Halley y penetran a la atmósfera terrestre a una velocidad de 67 Km/seg. Se desplazan continuamente hacia el Noreste.
En junio se pueden ver 13 lluvias de estrellas. Las principales son las Líridas del 15 de junio, con radiante al Sur de vega, y con velocidades de 31 Km/seg, y estelas persistentes.
Entre julio y agosto tenemos un total de 10 lluvias de estrellas. Las más importantes son las Perséidas que presentan su máximo la noche del 11-12 de agosto. Nacen entre la constelación de Perseus y Casiopea y penetran a nuestra atmósfera con velocidades de 60 Km/seg. Dejan estelas persistentes y se cuentan hasta 100 por hora. Son conocidas también como «Lágrimas de San Lorenzo».
San Lorenzo fue un sacerdote católico que después de martirizado, fue quemado vivo sobre una parrilla, el 10 de agosto del año 258. Sus reliquias se conservan en su Basílica en Roma.
Las Perséidas con radiante al Norte de Perseus tienen su origen en el cometa Swift-Tuttle (1862 III). Dieron la clave en 1866 a Schiaparelli, quien reconoció las lluvias de estrellas como remanentes de cometas. Sus trazos son de varios colores y duran algunos segundos. Se les ha visto durante más de 1,200 años.
En julio se pueden ver las δ Aquáridas (del 14 de julio al 19 de agosto) y las ι Aquáridas (del 16 de julio al 25 de agosto). Ambas con un máximo el 30 de julio.
Las α Capricórnidas de agosto 1 al 21, con máximo el 17 de agosto, son residuos del cometa 1948 n.
Finalmente, en agosto se pueden ver las Cygnidas, del 9 al 22 y con un máximo el 17.
De las 11 lluvias que ocurren en septiembre y octubre, las más importantes son las Dracónidas y las Oriónidas, ambas en octubre. Las primeras tienen su radiante en la cabeza del Dragón, cerca de la estrella Vega de Lira y siguen la misma dirección que el movimiento orbital de la Tierra. Su máxima frecuencia es el 9-10 de octubre. Estos meteoritos son lentos (21 Km/seg), frágiles y se fragmentan fácilmente. Provienen del cometa Giacobini-Zinner y se han contado hasta 7,200 trazos por hora en 1946. Las Oriónidas con su radiante cerca de Betelgese, en la constelación de Orión, tienen su máximo los días 20 y 21. Conviene observarlas en la madrugada una vez puesta la Luna. Son muy rápidas (67 Km/seg). Las hay de varios colores; provienen del cometa Halley, igual que las η Acuáridas y dejan estelas tras de si de una duración de 1 o 2 segundos. Aunque su frecuencia es sólo de 25 a 50 por hora, sin duda es una lluvia espectacular.
En septiembre se pueden ver las Táuridas, con una duración desde el 15 de septiembre al 2 de diciembre. Son producto del cometa Encke (1957 c) y su máximo ocurre el 12 de noviembre.
De las 16 lluvias de noviembre-diciembre, las más importantes son las Biélidas, las Leonidas, las Gemínidas y las Úrsides. Las primeras tienen su máximo el 14 de noviembre y se derivan del famoso cometa de Biela que se partió en dos en 1845; sus velocidades son de 16 a 25 Km/seg, siendo las más lentas y presentando estelas rojizas.
Se sabe que el 17 de noviembre de 1950 hubo una extraordinaria lluvia de estrellas y cayeron varios meteoritos metálicos en la zona de Mazapil, en el estado de Zacatecas. Estos meteoritos eran restos de las Biélidas.
Las Leonidas, son las más rápidas de todas las lluvia de estrellas (71 Km/seg, en promedio). Su máximo ocurre el 16-17 de noviembre a las 22 horas. Debido a su velocidad jamás llegan a la Tierra. Su color es verdoso o azulado y dejan estelas con persistencia de hasta varios minutos. En 1964 se contaron más de 500,000 por hora. Derivan del cometa Temple-Tuttle (1866 I), con periodo de 33 años. Se les ha observado desde el año 902 d. C.
Las Gemínidas, cuya radiante está al Noroeste de Castor, la principal estrella de la constelación de Géminis, tienen su máximo el 13-14 de diciembre y entran a nuestra atmósfera con velocidades entre 33 y 37 Km/seg. Llegan a la Tierra lateralmente. No se conoce el cometa que las originó. Dejan estelas blanco amarillento o anaranjadas, poco visibles. Se han contado de 40 a 50 meteoros por hora.
El último enjambre importante durante el año son las Ursides. Su radiante se localiza en la Osa Mayor. Su velocidad es de 33 Km/seg y se derivan del cometa Temple (1939 X). Tienen su máximo el 22 de diciembre en la madrugada.
Los meteoritos pueden ser confundidos, y se les ha confundido, con ovnis. Jean-Claude Pecker, tras la caída de un meteorito en suelo galo, conminó a través de la prensa, a los lectores a que le refirieran cómo habían visto aquél fenómeno celeste: Pecker no comunicó en aquel primer momento el origen natural del fenómeno. Para su asombro, no tardó en recibir reportes y declaraciones sobre naves discoidales con ventanillas iluminadas. Pecker cree que esto se debió a que en aquellos días se habían proyectado un par de películas por la televisión sobre el tema de los ovnis, por lo que la gente estaba sensibilizada sobre el tema ufológico y de ahí procedí el mecanismo que estimuló la fantasía de los comunicantes de Pecker.
Cualquier persona que se dedique a investigar los reportes sobre ovnis debe estar familiarizado con las características y propiedades de estos fenómenos atmosféricos; debe saber localizarlos en el tiempo y en el espacio, para lo cual resulta de gran ayuda el uso de mapas celestes para los diferentes días el año.
Los meteoritos podrían funcionar también como productores, indirectos, de reportes ovni. Los investigadores del Laboratorio Lunar y Planetario de la Universidad de Arizona proponen que, puesto que la estela de un meteorito entrando en la atmósfera terrestre es un plasma, y puesto que un meteorito forma un flujo de estela sumamente turbulento, quizás movimientos vorticales en la frontera de dicha estela pudieran expeler masas giratorias de plasma incandescente que descenderían a la atmósfera más baja y fueran considerados como ovnis[10].
Ya sean productores directos o indirectos de reportes de ovni, lo meteoritos deben tomarse en cuenta en el estudio de este evasivo fenómeno.
REFERENCIAS
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Beech, M., Steel, D. I., On the Definition of the Term Meteoroid, Quarterly Journal of the Royal Astronomical Society, Vol. 36, No. 3, September 1995, Págs. 281″“284.
Comas Solá J., Astronomía, Editorial Ramón Sopena, S. A., Barcelona, 1965.
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Klass Philip J., The other side of the Coyne encounter, Fate, diciembre 1978, Pág. 79.
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Menzel H. Donald & Boyd Lyle G., The World of Flying Saucers. A Scientific Examination of a Major Myth of the Space Age, Doubleday & Company, Inc., New York, 1963, Pág. 89.
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Robey D. H., An hypothesis on the slow moving green fireballs, Journal of the British Interplanetary Society, Vol. 17, Londres, 1959-1960, Págs. 398-411.
Tacker J. Lawrence, Flying Saucers and the U. S. Air Force, D. van Nostrand Company, Inc., Princenton, N. J., 1960.
Trabulse Elías, Historia de la Ciencia en México, Siglo XVI, Tomo I, CONACYT/Fondo de Cultura Económica, México, 1983.
[1] Este artículo se publicó en: Ruiz Noguez Luis, Meteoritos, Cuadernos de Ufología, No. 12, 2º Época, Santander, 1992, Págs. 93-97.[2]Abell George O., Exploration of the Universe, Holt, Rinehart and Winston, New York, 1982.
[3]Comas Solá J., Astronomía, Editorial Ramón Sopena, S. A., Barcelona, 1965.
[6]Hendry Allan, The UFO Handbook, Doubleday & Company, Inc., New York, 1979, Págs. 41-43.
[7]Robey D. H., An hypothesis on the slow moving green fireballs, Journal of the British Interplanetary Society, Vol. 17, Londres, 1959-1960, Págs. 398-411.
[8]Trabulse Elías, Historia de la Ciencia en México, Siglo XVI, Tomo I, CONACYT/Fondo de Cultura Económica, México, 1983.
[9]Ortega José, Apostólicos afanes de la Compañía de Jesús, escritos por un padre de la misma sagrada religión de su provincia de MéxicoPablo Nadal Impresor, Barcelona, 1754.
[10]Ribera Antonio y Vignati Alejandro, Ovnis. El último desafío, Cielosur Editora S. A. C. I., Buenos Aires, 1980.