Terror en Hunucmá

La historia continúa

Durante algunas semanas le estuve dando vueltas en la cabeza a la idea de meterle un gol a la revista Reporte Ovni. No deseaba hacer algo tan simple como el reporte de un falso avistamiento o enviar unas fotografías trucadas, pues sabía que Chita Rodríguez, la directora, las publica todas.

El plagio del cuento de Héctor Chavarría me dio una idea: enviaría una continuación lo más delirante posible. Quería burlarme de Chita y poner en evidencia su escasa cultura (aquí quería escribir «ufológica», pero dejémoslo así). Para eso adopté la historia de Joao Prestes Filho aparecida en diversas revistas de ovnis (Flying Saucers Review, Lumières dans la Nuit, Stendek, etc.), la firmé con mi nombre y se la envié a la editorial.

Óscar García comentó que la ufóloga se daría cuenta del engaño y que no publicaría la historia. Para su sorpresa y mi alegría, la Rodríguez sí publicó el cuento. Nuestros lectores nunca podrán imaginar la escena: prácticamente nos revolcamos de risa. Nos divertimos más que enanos de circo o marcianitos vedes haciendo cropcircles.

La estulticia ufológica no había alcanzado niveles tan elevados como con Chita. No reconoció el caso Da Silva (porque seguramente no lo conoce, a pesar de ser uno de los máximos exponentes de la ufología mexicana). Tampoco identificó las pistas que le dejé, como utilizar mi nombre o el de Zuckerman (miembro de la Sociedad Mexicana para la Investigación Escéptica, SOMIE, con quien una vez debatió frente a las cámaras de la televisión) como el cazador de nazis, que por otra parte, Chita confundió con un nazi (¡!) Demostró más inteligencia uno de sus lectores quien comprendió la nacionalidad del protagonista.

Con el asunto Hunucmá logré mis objetivos. No se trataba de demostrar la credulidad, falta de cultura y sentido común de Chita «“puesto que eso lo daba como un hecho-, sino de tener un rato de sana diversión a sus costillas.

La carta con el cuento de extraterrestres (o hadas) que se tragó Chita es la siguiente:

Muy señores nuestros:

Mi nombre es Luis Ruiz, soy originario del estado de Yucatán. Viejo aficionado a los ovnis desde hace muchos años, específicamente desde que ocurrieron los sucesos que a continuación voy a relatarles.

No me gusta ser la burla de nadie por eso he guardado silencio durante tanto tiempo. Además, sé que mi afición por los ovnis puede resultar sospechosa y hacer pensar a los incrédulos que estoy inventando esta historia.

Durante muchos años busqué cuanto libro o revista se publicara sobre ovnis. Contactos Extraterrestres publicó mucho sobre el tema y así lo hizo también la escritora Eugenia González, pero nadie mencionó lo ocurrido en Hunucmá, mi pueblo natal.

Por lo tanto, comprenderá mi enorme agitación al leer el artículo «Aquel ovni disparó un rayo sobre mi padre» (Ver Reporte Ovni No. 16) Poco a poco, al ir leyendo, se agitaba más mi corazón.

Reconozco que yo no sabía lo que les había pasado a los Brullen y ahora me explico muchas cosas, luego de los relatos que describen en el artículo: ellos abandonaron precipitadamente el pueblo y nunca más los volví a ver.

Era una familia hosca o tímida que nunca entabló relaciones con nadie.

Yo pensaba que era una especie rediscriminación racial, pero el tiempo me ha mostrado cuáles fueron sus razones.

De ellos sólo recuerdo la imponente figura del señor Peter y los hermosos ojos azules de una de sus hijas, Agneta.

Los sucesos ocurridos en la finca de los Brullen tienen una extraña relación con la historia que les voy a contar.

Algunos meses después de que partieron los alemanes (o tal vez semanas, mi memoria no es tan buena), llegó al pueblo otro extranjero preguntando por ellos. Nadie le dio informes sobre su paradero, por la sencilla razón de que no lo sabían. Además, David Zuckerman, que así se llamaba el tipo, era pedante, altanero y grosero.

Recuerdo que se hospedó en una choza que le alquiló la señora Roselina Muna. Durante algunos días estuvo preguntando por el pueblo y algunos dicen que se metió a escondidas en la casa que ocupaban los Brullen.

En aquel entonces Hunucmá era un pequeño pueblo que no disponía aún de luz eléctrica ni de teléfono. Era una zona constituida por viejas casitas y una iglesia.

Toda la vida de este pueblo se reducía a una lenta sucesión de los quehaceres domésticos. Una excepción se produjo sin embargo por las noches, unas extrañas luces evolucionaban por el cielo describiendo trayectorias irregulares, dando lugar a opiniones divergentes durante las charlas de los vecinos. Algunos decían que se trataba de chaneques.

Uno de esos días, Zuckerman había estado rondando por el pueblo y seguramente había estado en la casa de los Brullen. Hacia las 19 horas, con una niebla tenue y uniforme, puesto que el estado de la atmósfera no era borrascoso sino sereno y por lo tanto poco propicio a la formación de relámpagos»¦ la señora Muna escuchó que David regresaba a su choza.

Una hora después Zuckerman, aterrorizado, irrumpió en mi casa, explicando con voz entrecortada que cuando intentaba abrir la puerta de su casita, recibió del exterior un silencioso rayo de luz, habiendo logrado protegerse los ojos y la cabeza con la mano.

Aturdido cayó al suelo durante breves instantes, sin perder el conocimiento»¦ Se levantó con movimientos aparentemente normales, y se dirigió al centro del pueblo en busca de socorro.

Mi padre era doctor y en ese entonces tenía su consultorio a un costado del hotel Miralmar en el puerto de Progreso, a unos 91 kilómetros de Hunucmá. Zuckerman lo sabía y por eso llegó corriendo a mi casa. Recuerdo que vestía una camisa de manga corta, pantalones arremangados, sin sombrero ni zapatos.

Los cabellos, la cabeza, los ojos al igual que las partes protegidas por la ropa no presentaban ninguna traza de quemaduras ni anomalía alguna. Sus ojos estaban dilatados por el espanto y su voz sonaba excitada.

Pero, poco después, la escena se tornó horripilante: la carne de Zuckerman comenzó a hacerse visible, como si hubiera estado expuesta a muchas horas en agua hirviendo. Empezó a desgajarse de los huesos cayendo trozos de su mandíbula, pecho, brazo, manos, dedos, piernas y pies. Algunos pedazos de carne quedaron colgando de los tendones, luego todo se desmoronó de forma imprevisible: los dientes y los huesos estaban al descubierto totalmente descarnados.

Zuckerman rehusó enérgicamente el agua y los analgésicos que le ofreció mi padre y en ningún momento pareció sufrir dolores. Su nariz y sus orejas se desprendieron, deslizándose a lo largo de su cuerpo hasta el suelo.

Los ojos estaban desorbitados por el terror. Las palabras brotaban deformadas de una boca que se descomponía, eran sonidos ininteligibles.

En medio de la confusión general, lo que quedaban del cuerpo casi descompuesto de David Zuckerman fue colocado en una carreta para trasladarlo al hospital más cercano en Mérida.

Seis horas después del ataque de la luz, un cadáver retornaba a Hunucmá: Zuckerman había muerto en el transcurso del viaje, antes de haber llegado al hospital. Hasta sus últimos momentos, de su boca sólo salían unos sonidos guturales.

Mi padre no quiso meterse en problemas y firmó el certificado de defunción para que rápidamente fuera enterrado en las afueras del pueblo, en donde, aún hoy se encuentran sus restos.

Como era extranjero nadie preguntó por él, y la policía de Mérida nunca hizo averiguaciones (tal vez nunca se enteró). Con posterioridad, todavía fueron observadas las luces que evolucionaban caprichosamente por el cielo nocturno de Hunucmá.

Vuelvo a repetir que no me gusta que se burlen de mí, ni que digan que estoy mintiendo. Creo que sería muy importante para la solución del fenómeno ovni, que se diera seguimiento a este caso. Tal vez sería bueno exhumar el cuerpo y hacerle la autopsia, pero eso sólo lo podrán conseguir gentes como ustedes. A nosotros, ciudadanos comunes y corrientes, no nos harían caso.

En el momento en que hayan pruebas más sólidas sobre este asunto me presentaré a firmar cualquier declaración que juzguen conveniente.

Atentamente

Luis Ruiz N.

Esta carta fue publicada en el número 21 de Reporte Ovni, páginas 18 y 19, bajo el título Terror en Hunucmá. Testimonio de un lector.

Nota: Chita Rodríguez es el apodo «cariñoso» con el que conocíamos a la directora de Reporte Ovni.

Artículo publicado en Perspectivas Ufológicas, No. 3, septiembre 1994, Págs. 71-72.

3 pensamientos en “Terror en Hunucmá”

  1. Recuerdo que cuando leí la revista me pareció obvio que la historia era una copia del famoso caso de «lepra fulminante» de Joao Prestes Filho. Sin embargo entendì que de todos modos la revista lo publicaba porque de una u otra forma era material para publicarse. Casos inventados como juego o broma son material que algunos investigadores pueden explotar.
    Por cierto, hoy en la mañana vi a Hector Chavarrìa, en el programa de televisiòn de Adame, donde mencionó que es autor de varias obras de ciencia ficción, algo que ha comentado en varias ocasiones… A mi me choca que cuando lo he visto ahí mismo debatir sobre ovnis, fantasmas,duendes, etc., en su papel de escéptico, parecen faltarle argumentos o les está siguiendo el juego a esas personas… Lamentable.
    Saludos. Agente 42000

  2. hola estaba buscando alguna informacion de hunucma para armar un proyecto que les estamos haciendo a su ejido y me encontre con tu historia, dejame decirte que no solo me saco un rato de la concentracion y el cansancio laboral, si no que me causo mucha gracia imaginarme a la editoria de esa revista creyendose tu articulo, aunque tambien pienso que podria ser que ella supo desde un principio que era una farsa pero bueno lo que le deja a ella es publicar ese tipo de cosa, porque hay gente que necesita leerlas y creerlas para poder entender cosas que por otro lado tienen una explicacion mucho mas sencilla y racional…………. bueno gracias por el buen rato………..

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