Archivo de la categoría: . Perspectivas (Luis Ruiz Noguez)

Los niños salvajes (16)

NIÑOS SALVAJES EN ESPAÑA

Otro niño que había aprendido a hablar antes de vivir con los lobos fue Marcos Rodríguez Pantoja, «el niño salvaje de la Sierra Morena», que tenía cerca de siete años cuando lo abandonaron en los bosques montañosos solitarios del sudoeste de España en 1953. Poco antes lo habían vendido a un anciano pastor, que al morir dejó al ganado y al niño a la buena de dios. El niño vivió por un tiempo en la choza, pero luego se trasladó a una cueva. Pasó los siguientes 12 años sin hablar a otro ser humano. El día que la Guardia Civil le rescató de esa vida, apenas sabía un puñado de palabras y caminaba descalzo. Dicen que cuanto adquirió más vocabulario, le dio por repetir: «Yo, con mucho gusto, volvería».

Marcos había nacido el 7 de mayo de 1946 en un pueblo de Jaen. Sus padres lo vendieron al anciano pastor para que le ayudara a cuidar sus cabras. El anciano sólo vivió unos cuantos meses y dejó a Marcos en las montañas.

Una vez al año los vecinos del pueblo subían para llevarse a las cabras más jóvenes. En esa ocasión le llevaban alimento, pero Marcos decía que era tan malo, que pefería seguir comiendo perdices, huevos, frutas y plantas.

En el monte se hizo amigo de los lobos. Cuando la Guardia Civil llegó a rescatarlo, su piel se había tornado morena y estaba cubierta de cicatrices. Sus pies estaban llenos de callos, pues andaba descalzo.

La historia la recogió Gabriel Janer Manila en su tesis doctoral La problemática educativa dels infants selvátics: el cas de Marcos (1979) y posteriormente en su libro L’Infant selvàtic de Sierra Morena (1999), y también fue el argumento de «Marcos», una obra para niños del dramaturgo británico Kevin Lewis. En la obra Marcos, tras un duro proceso de adaptación, termina siendo camarero, pero vive triste recordando su antigua vida, cuando criaba una manada de ovejas en lo alto de las montañas, y tenía por amigos a un grupo de lobos y pájaros.

Cuando se publicó el libro, el psicólogo mallorquin Gabriel Janer no desveló su paradero, pero afirmaba que llevaba una vida más o menos normal como pastor.

Otro caso similar. En 1960 la Guardia Civil de As Neves, Pontevedra recibió una denuncia de que un joven estaba atado a un poste en medio de un rebaño de cabras. Lo recogieron y lo llevaron al Hospital Provincial de Pontevedra para que fuera atendido por A. Vázquez, profesor de psicología en el Monasterio Mercedario de Poio, graduado en la Universidad de Lovaina.

Vázquez llevó al joven de 15 años al Convento-Mosteiro de Poio para que lo cuidaran. Balaba como una cabra y hacía ruidos como de cerdo. Sus padres eran un campesino portugués y una aldeana gallega que todos los días, al salir a trabajar, dejaban amarrado al niño en el pesebre de las cabras. El «niño cabra» andaba a gatas, gruñendo, comiendo del suelo y defecando en donde le agarraba la naturaleza.

En 1980 fue capturado un «niño-mono» por varios habitantes de La Junquera, cerca de la frontera Catalana-Española con Francia. Era un niño de 13 años, hijo de un costarricense y una húngara, que trepaba a los árboles tan bien como cualquier simio. Las primeras versiones habían catalogado a Aureliano Alvaro Takacs, que así se llamaba, como un niño mono que lanzaba horribles y guturales chillidos y apedreaba a todo ser humano que se le acercara.

Lo único cierto de la leyenda era su agilidad para desplazarse por los espesos bosques de la región.

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Los niños salvajes (15)

CAUCAU EL NIÑO LOBO

Agosto de 1948. Llanquihue, Décima Región, en la Patagonia chilena. Los asustados vecinos de Puerto Varas solicitan la intervención de los carabineros: «Hacía varios días que los lugareños notaban una extraña presencia: alguien, o algo, andaba merodeando en los potreros, mamando de las vacas y robando huevos de los gallineros. Tenían miedo. Rodeados de leyendas indígenas que hablaban de criaturas terroríficas, creyeron que se trataba de una especie de monstruo. Porque, además, cuando caía la noche, se escuchaba un inquietante aullido».

Se organiza una batida con perros de caza, a cargo del teniente José Elías Fuentealba y en poco tiempo se encuentra al intruso: un ser cubierto de pelos, piel llena de cicatrices y callosidades, que andaba a gatas, aullaba y emitía un sonido que parecía «cau-cau». Era un niño de unos 8 años de edad que fue enviado a la cárcel pública de Puerto Varas.

El pobre niño estaba asustado y ponía los ojos en blanco. Parecía un oligofrénico por lo que pronto fue enviado al Hospicio de Santiago en donde fue estudiado y se determinó que su atraso era debido a la mala utilización de un forceps durante el parto. Poseía unas habilidades peculiares: podía ver en la oscuridad, tenía una gran fuerza y su sentido del olfato estaba muy desarrollado: lograba distinguir el olor de la carroña a kilómetros de distancia.

Al parecer provenía de alguna familia indígena de la región de Llanquihue. Vicente (que así lo bautizaron) recordaría que sus padres eran alcohólicos y se ocupaban muy poco de sus hijos. Vicente se fue alejando poco a poco de la casa hasta abandonarla por completo siendo todavía muy niño, tal vez unos 3 o 4 años.

En el bosque, al interior de Osorno, Vicente se alimentaba de raíces y plantas. Desarrolló una gran fuerza y su cuerpo se cubrió de un vello espeso y de múltiples cicatrices y callosidades. Dicen que vivió con una puma que lo amamantó y cuidó durante 7 u 8 años, pero de esa parte de su vida nada está claro.

Luego de ser capturado por los carabineros, Cau Cau se convirtió en un imán para la prensa, pero luego fue olvidado. Pasó dos años en el Hospicio de Santiago. Por las noches se ponía a gatas y comenzaba a aullar.

Del hospicio lo rescató una profesora de castellano y especialista en lenguaje, de Villa Alemana, llamada Berta Riquelme, cuando ya tenía 12 años. «Mamá Berta», como la llamaba Vicente, le dio el cariño que nunca tuvo y le enseñó a hablar, leer y escribir. También le dio un hogar, le enseñó a comer, pues tomaba los alimentos crudos y sin usar las manos, a caminar erguido y a asearse.

Por ese entonces comenzó a coleccionar calcetines, corbatas y botones. También fue estudiado por varios de los principales doctores chilenos: Armando Roa, Gustavo Vila (cuñado de Berta) y la doctora Capdeville.

Esta etapa no duró mucho. En 1965 Berta Riquelme falleció dejando nuevamente desamparado a Vicente. A sus 25 años se pasaba todas las tardes en el cementerio regando la tumba de su madre adoptiva para que pudiera salir y estar nuevamente con él. Luego se obsesionó con la muerte. No es que le temiera. Lo que le daba miedo era que lo fueran a cortar en pedazos para luego tirarlo al mar. Si moría, se quería quedar al lado de Berta: «En el cementerio sí, al lado de mamá Berta».

La hermana de Berta se hizo cargo de Vicente y lo llevó a vivir a Santiago. Ahí trabajó de acomodador de autos. Ahí también se reunió con Cristian Vila Riquelme, el sobrino de Berta al que había visto nacer y que paseaba cuando era «guagua». Cristian llegaría a escribir su vida en una novela titulada Crónicas del niño lobo.

Con el tiempo Vicente se fue a vivir a Horcón y luego a Campiche en donde trabajó con la señora Irma que por ese entonces lo había acogido en su casa. La primera vez que estuvo en Horcón fue en 1957 cuando fue a la casa de verano de los Vila.

En 1973 se hizo presente un medio hermano de Vicente, pero su relación se mantuvo con visitas que se fueron distanciando cada vez más en el tiempo.

Al paso de los años, Vicente fue perdiendo varias de sus características salvajes. Lo primero fue el espeso vello que le cubría casi todo el cuerpo, luego fue el olfato y la visión nocturna.

Dicen que la famosa playa de Cau Cau le debe su nombre a Vicente.

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Los niños salvajes (14)

EL NIÑO GACELA DE SIRIA

Se supone que en 1945 fue capturado el primer niño gacela en el desierto de Siria. Uno de los informes proviene de Abdul Karim, de Bagdad, escrito en agosto de 1946 citando una fuente de El Cairo de 1945.

Según Karim, el jefe de la tribu Ruweili, Amir Lawrence al Sha’ alan, atrapó un muchacho salvaje en el desierto Transjordano, entre Siria e Irak, durante una batida de caza.

«Me asombré al ver lo que parecía un muchacho que corría en medio de una manada de gacelas que perseguíamos», dijo el Amir. «Llamé a los ocupantes de los otros coches para parar de tirar. Seguíamos estando alejados, pero podíamos ver que el muchacho corría tan rápidamente como las gacelas. Perseguimos la manada en nuestros coches a unos 80 kilómetros por hora, mientras tanto él continuaba con ellas, corriendo a un paso mitad-humano, mitad-animal. Vimos repentinamente al muchacho tropezar y caer. Cuando llegamos a él encontramos que su pierna había sido dañada por una piedra grande. Él nos miraba con miedo con sus ojos luminosos y se contraía cuando lo tocábamos, emitiendo un grito como una gacela herida».

El muchacho tenía unos 1.70 metros de altura y su piel era tersa, aunque cubierta de un pelo fino. Estaba «tan delgado que los huesos se podían contar fácilmente debajo de la carne, con todo era más fuerte físicamente que un hombre normal».

El Amir lo llevó con el doctor Musa Jalbout a una de las estaciones británicas de la Iraq Petroleum Company, para que curara sus heridas. Cuando estuvo curado el chico intentó escapar, pero fue remitido al cuidado de cuatro doctores de Bagdad. El doctor Jalbout dijo que actuaba, comía y gritaba como cualquier gacela, y que no tenía ninguna duda que había vivido toda su vida entre las gacelas, siendo amamantado por ellas y comiendo la escasa hierba del desierto junto con la manada.

Los doctores lo estudiaron y pensaban que tenía cerca de 15 años. No hablaba y seguía comiendo sólo hierba. Le enseñaron a comer pan y carne. Se dijo que tal vez era hijo de algún beduino y que fue abandonado en el desierto, en donde fue adoptado por las gacelas.

Pero según Ivan T. Sanderson, la historia «resultó ser un invento de un periodista aburrido de El Cairo durante la Segunda Guerra Mundial». Probablemente Sanderson estaba en lo cierto ya que es increíble que el niño pudiera alcanzar esa velocidad de casi el doble del record olímpico (en carreras cortas).

Esta historia tendría una secuela en 1960 y 1963.

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Los niños salvajes (13)

NIÑOS SALVAJES EN LA PRIMERA MITAD DEL SIGLO XX

En 1920, además de Kamala y Amala, fue encontrado un niño pantera, mencionado por Andre Demaison en 1953.

En el periódico The Pionner, del 5 de abril de 1927, aparece un reportaje de la captura de otro niño lobo en una cueva cerca de Maiwana a unos 115 kilómetros de Allahabad. Para Charles MaClean este caso probablemente es un fraude ya que ocurrió a tan sólo cinco meses de que el caso de Kamala y Amala fuera dado a la publicidad.

Demaison también estudió al niño de Casamance, de 16 años, Assicia de Liberia, ambos encontrados en 1930; y al niño gacela de Siria, en 1946.

Robert M. Zingg comienza sus estudios de niños salvajes con el niño de Jhansi (1933) y concluye con un segundo niño leopardo (1938), de 8 años de edad.

En diciembre de 1933 un leñador capturó a un niño de unos cinco años de edad en las selvas de la provincia de Ahuachapán en El Salvador. El muchacho, apodado «Tarzancito«, había vivido solo desde la infancia, subsistiendo con una dieta de frutas silvestres y pescados crudos. Un periodista americano, Ernie Pyle, informó que cuando el niño regresó a la sociedad humana, se comunicaba gritando y con frecuencia atacaba y mordía a la gente. Tarzancito aprendió a hablar y se adaptó a la vida humana.

En 1935 una familia de beduinos perdió a su hijo de cinco años mientras hacían un recorrido por el Norte de África. Diez años después unos cazadores encontraron a un joven cabalgando un avestruz. Era Sidi Mohamed, el niño perdido, quien contó una historia asombrosa. Dijo haber encontrado un nido de avestruz con polluelos y se hizo amigo de los padres. Sidi logró sobrevivir con ellos por 10 años, alimentándose de hierbas y aprendiendo a correr tan velozmente como las avestruces. En la noche, los dos avestruces lo abrigaban extendiendo cada uno un ala sobre él. Finalmente fue regresado a sus padres.

En 1937, se documentó el caso de una niña, en Turquía, que había pasado ocho años viviendo con una familia de osos. Se le encontró en los bosques de las montañas cercanas a Adana en compañía de una osa. Los cazadores mataron a la osa y luego tuvieron que enfrentarse a un pequeño pero poderoso «espíritu de los bosques». Cuando finalmente lo controlaron, este resulto ser una niña, aunque se comportaba como un oso. Las investigaciones demostraron que una niña de dos años había desaparecido de una aldea próxima 14 años antes, y se suponía que un oso la había adoptado. La «niña de los osos» fue enviada a un asilo para lunáticos en Bursa. Ella rechazaba todo el alimento cocido y dormía en un colchón en una esquina oscura de su cuarto. Ahí fue donde la encontró George Maranz quien describió el caso

En 1939 Hutton menciona un niño lobo de la India.

En Estados Unidos hubo dos casos previos a Genie, de la que nos ocuparemos más tarde. El primero ocurrió en 1938 en Pennsilvanya, la niña Ana. El segundo fue otra niña, Edith de Ohio encontrada en 1940.

«En todos mis viajes, la única vez que dormí profundamente fue cuando estaba con los lobos»¦ Los días con mi familia de lobos se multiplicaron. No tengo ninguna idea de cuántos meses pasé con ellos pero deseaba que durara para siempre – era mucho mejor que volver al mundo de mi propia especie. Hoy, aunque la mayoría de los recuerdos de mi largo viaje están grabados en tonos grises, el tiempo pasado con los lobos»¦ se ve en color. Ésos fueron los días más hermosos que he experimentado». Así escribió Misha Defonseca, judía huérfana que, de los cuatro a los ocho años, vagó a través de la Europa ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, viviendo de bayas salvajes, carne cruda y alimentos robados de las granjas, y reuniéndose de vez en cuando con lobos.

Continuará…

Los niños salvajes (12)

KAMALA Y AMALA

La historia más esencial y mejor documentada de «niños-lobos» es la de dos niñas indostanas llamadas Kamala y Amala, las «niñas-lobo» de Midnapore (India).

J. A. L. Singh con su esposa Raquel y su hijo Preeti Lota, hacia 1906 cuando era maestro en una escuela de Midnapore.

En 1920 el reverendo Joseph Amrito Lal Singh, un misionero anglicano que administraba un orfanato y escuela eclesiástica, oyó que los campesinos de las aldeas de Godamuri y Midnapore, del estado de Bengala Occidental contaban sobre unos «espíritus del bosque» que solían aparecer cerca de sus chozas y merodeaban en la selva. Eran los Manush-baghas, u «hombres-fieras», formas fantasmales vistas entre los lobos de aquellas regiones. Los testigos decían que aquellos Manush-baghas eran como seres humanos, pero corrían a gatas.

Los aldeanos de esta región al norte de la India le tenían miedo a estas apariciones pero las costumbres y principios religiosos les prohibían hacer daño a ningún ser vivo.

Singh llegó a la conclusión de que estas leyendas debían tener algún fundamento. Intrigado, siguió las indicaciones de un campesino, Singh se apostó en una vereda en donde aparecían con mayor frecuencia esas figuras fantasmales. Se subió a un árbol y se ocultó entre las ramas. No tuvo que esperar mucho tiempo. Cuando salió la Luna vio aparecer a tres lobos, dos lobatos y dos «fantasmas» andando, al igual que los lobos, a cuatro patas. Salían uno por uno sacando las cabezas hacia fuera brevemente para oler el aire de la noche antes de salir al claro. Al final aparecieron dos Manush-baghas. Singh los describe en su diario (The Diary of the Wolfchildren of Midnapore):

La iglesia de San Juan en Midnapore.

«Así apareció el ‘fantasma’: un ser esquivo, con las manos y el cuerpo de un ser humano; pero la cabeza era una gran bola de algo que le cubría los hombros y la parte superior del torso sólo dejaba un contorno del rostro visible. Muy cerca de sus pisadas se encontró a otra criatura, extraña como la primera, pero de menor tamaño. Sus ojos eran claros, brillantes y penetrantes, distintos a los ojos humanos. Ambos corrían a cuatro patas».

Sin darse prisa. Singh decidió seguir la manada, pero los campesinos que le acompañaban se negaron a ayudarle. Singh tuvo que volver algunos días más tarde acompañado por un gran grupo de cazadores para sacar a las criaturas. La guarida de los lobos era un termitero abandonado. En su diario, dice que cuando los picos y palas pegaron en el montículo de termitas, dos lobos huyeron inmediatamente y luego salió la loba, que decidió defender a sus vástagos. Descubriendo sus colmillos y gruñendo atacó a los cazadores. Se le tuvo que matar con una lluvia de flechas. Entonces la partida de caza irrumpió en la guarida y sacó los dos «hombres fieras», junto con dos lobeznos. Los «Manush-baghas» resultaron ser dos niñas, de unos tres y siete años. Su aspecto horroroso provenía de la masa de pelos en sus cabezas y su caminar encorvado a gatas.

Lasa Marandi, uno de los miembros de la tribu Santal que formó parte de la partida que capturó a los «Manush-baghas».

Nunca se supo cómo llegaron a ese cubil. El espectáculo lo dejó tan asombrado y asustó tanto a los pobladores de la zona, que el reverendo Singh tuvo que emplear todas sus destrezas adquiridas en el púlpito para impedir que le dispararan a toda la manada.

Oficial de policía al lado del termitero en donde capturaron a las niñas.

Cuando nadie en las aldeas locales vino a demandar a las niñas, Singh las llevó a su orfanato, bautizando a la mayor, Kamala (el nombre de una planta medicinal, Lotus, utilizada en la india contra la tenia), y la más joven, Amala (una flor amarillabrillante). Ahí trató de educarlas.

Denganalia, un pueblo en Mayurbhanj, Orissa, donde fueron llevadas las niñas luego de su caprura.

Luego de ser capturadas, Singh llevó a las niñas hasta este templo y estanque en el camino a Amarda.

Se les alojó en un área deshabitada. Les dieron unas colchonetas para que durmieran y unas cobijas para cubrirse, pero ignoraron ambas, sin mostrar el más mínimo síntoma de frío. Como estaban desnudas trataron de vestirlas, pero las pequeñas se quitaban la ropa a mordiscos. Se arrancaron cualquier cosa que se les dio para vestirse y, finalmente, la señora Singh logró cubrirlas con unos pañales. Las niñas pasaban horas tratando de quitárselos a mordiscos. Durante mucho tiempo no quisieron reconocer vestimenta alguna arrancando todo lo que se les trataba de poner. Dormían encorvadas una encima de la otra en una bola apretada, gruñendo y crispándose durante su sueño. Tenían mucho miedo al baño.

El reverendo Singh con algunos de los niños de su orfanato.

Louis Mani Das, una de las niñas huerfanas del orfanato de Singh que fue contemporánea de kamala y Amala, en una foto de 1975 frente a las ruinas del orfanato.

El miércoles 24 de noviembre de 1920, se planeo dar un baño a las niñas. Aunque no incluía inmersión total se resitieron fieramente. Luego del baño se les cortó las grandes uñas y los mechones hechos bola de cabello. Al emerger como niñas normales se dieron cuenta que eran distintas. Aunque ambas tenían las narices chatas, grandes huecos en la nariz, pómulos altos, labios gruesos y cejas muy pobladas, Kamala tenía una cabeza más pequeña y cara redonda, mientras que Amala tenía una cara más fina, de forma oval, con una barbilla puntiaguda. Asombrosamente, según se estableció por la diferencia de edades y el poco parecido físico, las dos niñas parecían no ser hermanas. Al no tener relación familiar Singh supuso que habían sido recogidas por los lobos en momentos distintos.

Las niñas, horas después de haber llegado al orfanato.

En los meses siguientes, las niñas fueron mostrando un comportamiento similar al de los animales con los que vivieron. Emitían gruñidos extraños, ladridos, gemidos, chirridos y aullaban como los lobos, pero no hablaban. Tenían los colmillos más largos de lo habitual, poseían un excelente sentido del oído y de la vista, olfateaban todo lo que pasaba frente a ellas, le temían a la luz, al fuego y a los humanos. Preferían la carne, y aún la carroña, a la comida que les preparaban en aquel lugar. De día casi siempre dormía, y vagabundeaba por la noche. Se despertaban después de la salida de la luna. Estaban particularmente alertas por la noche; después de medianoche nunca dormían, y permanecían en constante movimiento. El menor ruido llamaba su atención. Habían pasado tanto tiempo caminando a gatas que sus tendones y empalmes se habían acortado tanto que les era casi imposible enderezarse y caminar erguidas. Tenían gruesas callosidades en sus codos, rodillas y en las eminencias tenares e hipotenares de sus manos, así como coyunturas inusualmente fuertes y gruesas en las muñecas, codos y rodillas.

Los esfuerzos de los médicos por «civilizarlas» fueron inútiles, ya que eran en verdad salvajes, aunque ellas sí se acostumbraron a una vida como animales domésticos. Vivian en verdad como mascotas, con los perros de la misión. Rehusaron tomar leche servida en tazones y no comieron hasta el día que las pusieron junto a los perros. Éstos sólo las aceptaron cuando una de ellas les quitó trozos de carne antes de irse a roer un hueso. Las niñas tenían apetito por la carne cruda y la carroña. Su captor, el Reverendo Singh, quedó atónito al descubrir que una de las niñas ahuyentó del cadáver de una vaca a unos buitres de una manera bien practicada y realizada, a pesar de que los buitres eran mucho más grandes que ella.

En una ocasión la mayor se escapó y se unió a un revoltijo de perros.

Nunca sonrieron o mostraron ningún interés en la compañía humana. La única emoción que se cruzó sus caras era miedo. Incluso sus sentidos se habían hecho como los de los lobos. Singh afirmó que su sentido de la vista era sobrenaturalmente agudo en la noche y sus ojos brillaban intensamente en la oscuridad como los de un gato. Podían oler un terrón de carne a través del patio de tres acres del orfanato. Su oído también era agudo – excepto, como Víctor, a la voz de seres humanos que parecía extrañamente inaudible a sus oídos.

Su adaptación fue tan difícil que el reverendo Singh se llegó a preguntar si no hubiese sido mejor dejarlas en el bosque. El sacerdote era un hombre pobre pero relativamente educado, que hizo todo lo que estuvo a su alcance para rehabilitarlas, pero nunca pudieron adaptarse a la sociedad.

El 4 de septiembre de 1921, Amala cayó enferma repentinamente. Comenzó como una más de las muchas enfermedades tropicales con diarrea, convirtiéndose en un par de días en disentería. Kamala también enfermó. Amala se volvió más uraña que de costumbre y no permitía a nadie cerca de ella. Luego comenzó a padecer de fiebres y, por primera vez en su vida, cayó en cama, pero siempre adoptando una posición fetal. Tenía convulsiones y palpitaciones. La tarde del 11 de septiembre fue traído el doctor Sachin Sarbadhicari, el médico familiar. Rápidamente examinó a las dos niñas.

El 15 de septiembre la temperatura de Amala bajó peligrosamente dejándola en la inconciencia. Murió unos días después, en la madrugada del 21 de septiembre.

Esto fue un gran golpe para Kamala que acababa de comenzar a perder su miedo a otros seres humanos. La niña pasó las semanas siguientes refugiada en una esquina y aullando en las noches, Singh temió por su vida. Pero pasó el tiempo y Kamala se recuperó.

Singh reinició su programa de rehabilitación. La terapia consistía en una combinación de masajes y ciertos trucos que recordaban a los de Itard. Colocaba la comida colgando a poca distancia para que la niña los pudiera alcanzar irguiéndose. Luego la entrenó para aceptar algunas costumbres humanas, como comer el alimento normal o dormir con los otros niños. Kamala aprendió a caminar erguida y a decir frases sencillas, pero cuando quería moverse a mayor velocidad, se ponía a gatas y olvidaba su posición erguida.

La primera vez que Kamala pudo mantenerse erguida, el 10 de junio de 1923.

En un principio las dos hermanas aullaban lánguidamente, y sus alaridos se repetían con intervalos regulares: cerca de las diez de la noche, a la una y a las tres de la madrugada.

A base de paciencia Singh logró que Kamala se habituara a dormir por las noches, comiera valiéndose de las manos y bebiera en un vaso.

Singh, Kamala y raquel en noviembre de 1926.

Antes de morir, Amala había estado haciendo un prometedor progreso en su lenguaje. Kamala sólo llegó a comprender alrededor de cincuenta palabras; nunca progresó tanto como los demás niños. A los quince años semejaba un niño de dos, y al momento de su muerte su nivel era el de un niño de cuatro años. Con todo, el vocabulario de Kamala era entrecortado. La palabra hindú para medicina es ashad pero Kamala pronunciaba solamente la mitad de la palabra, es decir «ad». Asimismo, ella decía bha para bhat (arroz), bil para biral (gato) y tha para thala (plato).

Kamala jugando con un cachorro.

Singh estaba muy satisfecho de un incidente cuando le dieron algunas muñecas para jugar a Kamala y luego una caja para guardarlas. Kamala cerró las muñecas y les dijo «orgullosa» a los otros niños del orfanato: «Bak-poo-voo.» Singh interpretó esta elocución como «Baksa-pootool-vootara,» – o «Muñeca-dentro-de-caja».

Sus últimas palabras a la esposa de Singh – posiblemente demasiado conmovedoras para ser verdad – fueron: «Mama, el pequeño duele».

Kamala vivió hasta los diecisiete años. Finalmente, en 1929, contrajo la fiebre tifoidea y murió tras dos meses de enfermedad. Fue enterrada junto a Amala en el cementerio cristiano de St. John.

Kamala solía sentarse durante horas en una esquina de su cuarto.

La historia de Singh y sus dos niñas lobo fue conocida en los periódicos hasta 1926. El primer tratamiento científico del tema se hizo hasta 1941 con la publicación de los libros de Arnold Gesell (Wolf Child and Human Child), y Robert M. Zingg (Wolf-Children and Feral Man). El primero experto en el desarrollo infantil de la Universidad de Yale, y el segundo un antropólogo y profesor asociado en la Universidad de Denver. Ambos libros estaban basados en el diario del reverendo Singh.

Gesell creía que la cultura humana opera sobre la mente como «una matriz que moldea a gran escala, un aparato de condicionamiento gigantesco» sin el cuál seguiríamos estando al nivel de los animales.

Secuencia que muestra los experimentos de Singh para hacer que Kamala se mantuviera erguida. La comida era colocada en una parte alta que obligaba a la niña a pararse.

Pero las críticas no se hicieron esperar. En la crítica de los libros hecha en el Journal of Social Psychology se decía que las afirmaciones sobre las muchachas estaban basadas en el testimonio de un hombre y sugerían que el cuento de Singh era muy parecido a los cuentos populares comunes para ser tomado seriamente. Según el psicólogo Bruno Bettelheim, en un trabajo publicado en 1959 afirmaba que las «niñas-lobo» de Singh eran en realidad niñas autistas abandonadas por sus padres. Decía que para quienes previamente creen estar observando a niños criados por animales, cualquier conducta de tipo animal es tomada por una confirmación. El contragolpe fue tan fuerte que Gesell se distanció rápidamente de la discusión, moviéndose a la investigación en áreas menos polémicas, y Zingg perdió su puesto académico en Denver, terminando sus días como conductor de ferrocarriles y vendedor de carne.

No obstante la veracidad de este relato ha sido comprobada por numerosos investigadores. Aún el escéptico escritor Charles Maclean tuvo que conceder que «el relato del diario del reverendo Singh sobre lo que aconteció en la selva es cierto, aunque tal vez no toda la verdad».

Un coronel del ejército inglés, William Henry Sleeman, escribió de seis o siete casos que él solo había oído hablar y que había sentido eran confiables. Si tales historias son verdaderas, la razón de su frecuencia debe estar en la naturaleza del lobo indio.

El lobo indio «“ color arena y menos temible que sus contraparte europea – vive en grupos pequeños donde solamente la hembra dominante cría. Mientras no producen sus propios lobeznos, las otras «hermanas» lobas ayudan en la cría y el cuidado de los jóvenes.

Solía rascar las puertas para que la dejaran entrar o salir.

También se sabe que los lobos toman a infantes humanos, ya sea después de robar en una aldea en la noche o bien de asir a un bebé dejado en un campo mientras su madre está en el trabajo. Cuando son perseguidos, los lobos dejan caer a menudo los bebés ilesos. Se supone que normalmente los lobos llevan a los niños a su guarida para comer. Pero quizás, por alguna razón, algunos de los infantes sobreviven. Como escribió Arnold Gesell, «calentada por la química de las hormonas maternales» las madres lobo pueden ser engañadas a tratar el desamparado, los infantes como sus propios lobeznos.

Los perros eran sus mejores amigos.

Las cuentas de Sleeman de tales niños lobo tienen cierta credibilidad por lo menos porque todos los niños que él describió se comportan de manera semejantemente. Al ser capturados, todos ellos corrían agachados en cuatro patas, rechazaban todo el alimento a excepción de la carne cruda en descomposición, no mostraban nada sino miedo a los seres humanos, y, por supuesto, ninguno podía hablar aunque podían oír y hacer gruñidos como lobos.

La mayor parte de las veces recibía la comida de manos de la señora Singh.

En 1937 la revista Illustrated Weekly of India publicó una serie de tres artículos (el 28 de noviembre y 5 y 12 dediciembre) en donde aparecen las fotografías de Kamala y Amala que han llegado hasta nuestros días.

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