Archivo de la categoría: . Perspectivas (Luis Ruiz Noguez)

Insectos como objetos volantes no identificados

INSECTOS COMO OBJETOS VOLANTES NO IDENTIFICADOS[1]

Philip S. Callahan & R. W. Mankin

Cinco especies de insectos se sometieron a los efectos de un elevado campo eléctrico. Estimulados de esta forma emitieron halos brillantes en diversos colores del espectro visible y del ultravioleta. Se postula que la actividad ovni observada sobre Uintah Basin (Utah) entre 1965 y 1968 pudo deberse, al menos en parte, a enormes enjambres de procesionarias del pino, «Choristoneura fumiferana» (Clemens), estimuladas para emitir al volar esta especie de fuego de San Elmo a través de importantes campos eléctricos causados por frentes de tormenta y por una gran cantidad de partículas flotando en la atmósfera. Existe una excelente correlación temporal y espacial entre los avistamientos nocturnos de ovnis entre 1965 y 1968 y las plagas de procesionarias. Se sugiere que el lograr establecer una correlación entre las observaciones nocturnas de ovnis a lo largo y ancho de Estados Unidos y Canadá, y las plagas de procesionarias puede ofrecer datos interesantes sobre las características de las migraciones nocturnas de insectos.

Introducción

El fuego de San Elmo es probablemente causante de más historias de fantasmas y aparecidos que cualquier otro fenómeno natural. Habitualmente el fuego de San Elmo aparece durante las tormentas en puntos prominentes como las torres de las iglesias, los mástiles de los veleros y con más frecuencia en las puntas de las alas y hélices de los aviones. Uno de los autores ha podido verlo alrededor de las alas de su avión cuando volaba sobre la parte norte de Hokkaido durante una tormenta de hielo. El fuego de San Elmo es una descarga de electricidad estática, normalmente con tonos rojos, púrpuras, verdes o azules.

El nombre de esta fantasmal descarga eléctrica es una corrupción del nombre italiano de San Elmo (San Erasmo en inglés). San Elmo, un obispo y mártir italiano del siglo cuarto, es el santo patrón de los marineros. Durante las grandes tormentas que se dan en el Mediterráneo, la aparición del fuego de San Elmo en la punta del mástil era considerada como un signo favorable por los marineros de aquellos lugares.

Nuestro interés por el fuego de San Elmo surgió al leer un reciente libro de Frank B Salisbury, fitofisiólogo y director del Departamento de Botánica de la Universidad de Utah[2]. Salisbury ha escrito un libro fascinante The Utah UFO Display: a Biologist´s Report. Como señala J. Allen Hynek, Director del Departamento de Astronomía de la Universidad del Noroeste, en el prólogo de dicho libro, «Es a la vez gratificante y refrescante encontrar un trabajo sobre el sugestivo tema de los ovnis realizado con el máximo rigor y metodología científica». Esa fue también nuestra impresión al leer este fascinante, cuidado y razonado relato sobre el estudio que el doctor Salisbury realizó sobre una larga serie de avistamientos ovni que ocurrieron sobre la ciudad de Roosevelt en Uintah Basin, al nordeste de Utah.

Conforme uno de los autores avanzaba en la lectura del relato de estas observaciones nocturnas se le ocurrió que las descripciones recogidas por Salisbury eran bastante similares a las formaciones que adoptan en vuelo los insectos diurnos. El clásico libro de Johnson[3] sobre las migraciones de insectos contiene excelentes descripciones de la estructura y cohesión de los enjambres de insectos voladores.

Los párrafos siguientes son transcripciones de los relatos de los testigos presenciales. Recogidos por Salisbury en los 80 casos que consideró dignos de confianza[4]. Estas 80 observaciones tuvieron 260 testigos. En la página 23 de The Utah UFO Display leemos: «Corrieron a la calle a tiempo de ver un enorme objeto, plano en la parte inferior y con un cúpula en lo alto, flotando sobre la casa, casi como balanceándose sobre la misma. Era el doble de grande que la pequeña casita. Oyeron un zumbido y vieron luces que se encendían y se apagaban en la parte inferior del objeto, dando una impresión predominantemente roja, pero a veces verde o amarilla (20 septiembre 1966)».

Página 51: «Así que continué y me detuve en lo alto de la colina observándolo, y el maldito siguió moviéndose, se detuvo como a mi misma altura tapándome el horizonte y allí estaba «“no puede imaginarse cómo era-, flotó durante un minuto y luego siguió de nuevo casi en línea recta. Parecía cada vez más pequeño conforme se alejaba, pero antes de perderse de vista pude ver cómo algo caía del mismo (1 septiembre 1967)».

Página 57: «Repentinamente esta gran bola de luz a aproximadamente doscientas yardas de distancia comenzó a moverse hacia mí. Parecía tener tres yardas de diámetro, haciéndose más grande, de color naranja. La luz comenzó a cambiar de color a un azul fluorescente y se colocó directamente sobre la camioneta (11 octubre 1967)».

Página 71: «Así que detuvimos el coche y lo observamos. Empezó a descender muy lentamente, muy lentamente, como flotando y bajando cada vez más. Bajó hasta llegar a un, diría, cuarto de milla del suelo y entonces una luz salió del mismo y se perdió en el cielo, y la luz se veía como si estuviera junta. Era realmente brillante por un rato, luego se apagaba, y luego volvía a encenderse (Otoño 1966)».

Las similitudes entre estas descripciones y los ruidos y formas de los enjambres de insectos es asombrosa.

De entrada parecería que un objeto volante luminoso, de brillantes colores y con cierto contorno regular, como debe ser un ovni, nunca podría tratarse de un enjambre de insectos nocturnos. Los bordes delimitados de las nubes de langosta están bien documentados por los entomólogos y, verdaderamente son contornos bien definidos. Como afirma Baron[5] «No importa las extrañas formas que puedan adoptar (los enjambres), las columnas y bandas que aparecen y desaparecen parecen estar gobernadas por la necesidad de mantenerse unidos». Más adelante añade «Al contrario, el borde del enjambre es claramente visible, conforme grupo tras grupo, al llegar hasta él, cambia de dirección como obedeciendo alguna misteriosa orden y vuelven al cuerpo principal». Muchos enjambres de diversos tipos de insectos muestran esta gran cohesión.

Obviamente, para que los enjambres nocturnos sean confundidos con ovnis debe haber algún mecanismo para «encender» los enjambres. Dado que el exoesqueleto es un dieléctrico[6] que rodea a un medio conductor (los fluidos internos del insecto) el fuego de San Elmo es una buena posibilidad. La física de las descargas nos permite considerar cada insecto como un pequeño punto o mecanismo concentrador para la descarga, como ocurre con las torres de las iglesias o los mástiles de un barco. Decidimos comprobar esta posibilidad en el laboratorio.

Métodos y materiales

Se escogieron cinco especies de insectos para los experimentos: Trichoplusia ni (Hübner), Noctuidae; Euthyrnhynchus floridanus (L.), Pentatomidae; Tylocerina nodosus (F.), Cerambycidae; Conotrachelus nenuphar (Herbst), Curculionidae; y Choristoneura fumiferana (Clemens). El curculio de la ciruela fue elegido por su pequeño tamaño y el gran cerambycido de cuernos por su enorme volumen. El pentatómido cazador tiene unas características protuberancias alargadas en sus élitros y parecía apropiado para probar las descargas emanadas de dichos puntos. El pulgón de la col y la procesionaria del pino fueron escogidos como representantes de los insectos nocturnos importantes para la agricultura y los bosques. Cinco especimenes de cuatro especies fueron utilizados, sólo había disponible un escarabajo cornudo. Se emplearon dos métodos distintos para producir el campo eléctrico. En uno de ellos un motor de corriente continua Molectron de alto voltaje producía un potencial (entre 0 y 20 kV) a través de un capacitor compuesto por dos electrodos de aluminio de 20 cm2 de superficie separados 1.9 cm. Los insectos se colocaban entre ambos electrodos pegándolos al extremo de unas pinzas con Duro rubber cement. En el segundo método se pegaba el insecto al extremo de una bobina Tesla de alta intensidad y frecuencia. El pegamento se depositaba sobre el extremo de tal forma que hubiera aproximadamente 1 cm de espesor adhesivo entre el insecto y el metal. Con ello se conseguía un perfecto aislamiento y se evitaba el contacto directo del espécimen con la bobina. También se obtenía un soporte dieléctrico para evitar la combustión ohmica del insecto. La bobina Tesla se puede ajustar para facilitar hasta 10 kV/cm. Las descargas aparecen normalmente a partir de 2-3 kV/cm. El término kV/cm representa el potencial de 1000 V entre dos placas paralelas con un centímetro de separación en una atmósfera normal. Todas las fotografías se tomaron a una distancia de 30 cm con una cámara Honeywell Pentax SPII provista de una gran lente de aumento y usando película Plus X o Kodachrome II.

Resultados

A unos 2.1 kV/cm todos los insectos (excepto el curculio) emitieron llamaradas de un brillante color blanco-azulado por distintos puntos de sus cuerpos, como la punta de las mandíbulas, los ovopositores, las antenas y las articulaciones de las patas. El curculio comenzó a centellear a 2.6 kV/cm. Ocasionalmente aparecían llamaradas rojas, verdes o anaranjadas en o cerca de los espiráculos. La exhibición era continua en los insectos colocados en la bobina Tesla e intermitente en aquellos colocados en el capacitor. Pequeñas variaciones en el voltaje de este último hacían que las luminiscencias fueran más frecuentes. Durante la estimulación en campos eléctricos, los insectos aparecen inicialmente bastante alterados, pero al cabo de unos pocos minutos se calmaban y no parecían sufrir ningún daño debido al elevado voltaje. Los distintos especimenes debidamente atendidos después de haber estado durante 2 horas en el campo eléctrico, vivieron por periodos normales. Trichoplusia ni sobrevivieron 5 a 7 días después de la exposición, y el curculio de la ciruela y los pentatómidos estaban vivos 2-4 semanas más tarde. Sin embargo, en la corriente continua del capacitor a veces resultaba muerto algún insecto al ser alcanzado por una chispa.

Los insectos muertos y secos no ofrecían luminiscencia. Sin embargo, si previamente eran sumergidos en agua unos minutos reaparecían las llamaradas. Después de secarse nuevamente desaparecía la luminiscencia.

Un fotómetro modelo Photovol 502M nos permite saber que un insecto del tamaño de un pentatómido, sujeto al campo de la bobina Tesla (unos 5-7 kV/cm) produce una densidad de flujo radiante de unos 3.75 μW/cm2 en el rango espectral 350 nm (luz negra o ultravioleta) a 450 nm (azul) a una distancia de 18 cm.

Comparación entre las condiciones de laboratorio y las naturales

El fulgor coloreado que rodea a un insecto volando en un intenso campo eléctrico es una descarga en corona similar al fuego de San Elmo[7]. Está relacionado también con la fotografía Kirlian[8]. Penning[9] y Loeb[10] ofrecen amplios detalles del mecanismo físico que interviene. La descarga proviene de las moléculas de gas que han sido excitadas para liberar electrones de alta energía al colisionar con una avalancha de electrones. Dicha avalancha es causada por el fuerte campo eléctrico que impulsa a los electrones desde las superficies desnudas y prominentes del insecto, donde las fuerzas que unen los iones a la superficie son más débiles. El predominio del color azulado indica que la mayoría de la radiación proviene del nitrógeno[11].

Una descarga en corona surge sólo desde un conductor. Los insectos vivos están compuestos de un excelente material dieléctrico (exoesqueleto) rodeando a un electrolito (los fluidos corporales) que encaja perfectamente dentro de los requisitos. En cambio, los insectos muertos y deshidratados, sin electrolito conductor, quedan fuera.

Para que se de una descarga en corona debe existir un fuerte campo eléctrico. La atmósfera, bajo ciertas condiciones climatológicas, produce voltaje más que suficiente para ello, a través de lo que se denominan procesos triboeléctricos (del griego tribo: frotar) y por los elevados campos eléctricos no uniformes que aparecen en los frentes de tormenta. Estudios realizados por Nasser y Loeb[12] y Loeb[13] indican que las descargas en corona desde un punto, surgen cuando la intensidad del campo eléctrico local alcanza 1.7-2.2 kV/cm. Estas condiciones se dan frecuentemente durante las tormentas. Cargas estáticas producidas por la fricción de partículas (condiciones triboeléctricas) alcanzan potenciales tremendos. Sutton[14] señala que el potencial total de un simple frente tormentoso puede alcanzar un máximo desde 200 millones a 1000 millones de voltios. Kamra[15] recoge un incidente debido a fenómenos triboeléctricos ocurridos mientras medía la electrificación de una tormenta de arena. En las cercanías de una tormenta aparecieron rápidos cambios en el gradiente de potencial de hasta 0.015 kV/cm, y cuando el viento rugía se levantaban chispas desde las dunas de arena. No hubo chispas cuando las tormentas estaban ausentes.

En un estudio de 6 años realizado por la Armada y la Marina americana sobre precipitaciones estáticas Gunn[16] encontró que los aviones originaban campos de hasta 0.45 kV/cm al volar entre nieve seca cristalizada, y de hasta 0.02 kV/cm volando entre los gases contaminados de una gran ciudad. Esto representa una apreciable fracción del campo necesario para una descarga en corona visible. Cerca de las tormentas el campo eléctrico medio promediaba unos 1.4 kV/cm y eran habituales campos de 2 kV/cm. Llegaron a obtenerse medidas de hasta 3.4 kV/cm. Los valores medidos son inferiores a los reales porque el avión usado durante las mediciones es conductor y distorsiona el campo natural. Una combinación de tormentas y de una alta densidad de polución (partículas) daría sin ninguna duda campos eléctricos muy superiores a los 1.7-2.2 kV/cm necesarios para una descarga en corona.

Así pues no existe ninguna duda de que, dadas las condiciones meteorológicas adecuadas, la naturaleza puede producir un campo eléctrico de intensidad suficiente como para «encender» insectos voladores.

Discusión

Nuestras investigaciones sobre el fuego de San Elmo en los insectos nos llevó a especular sobre las especies que podrían contribuir a la proliferación de avistamientos ovni en Uintah Basin. Dado que la intensidad de una descarga en corona es pequeña, sólo un gran enjambre de insectos sería visible de noche. A partir de nuestro estudio podemos estimar la distancia máxima a la que puede observarse un enjambre «encendido». Ya que un único insecto con un brillo de 3.75 μW/cm2 era visible a 6 metros a través de un laboratorio casi a oscuras, por la ley del cuadrado inverso, un millar de insectos muy juntos sería visible a unos 180 metros. Mayores concentraciones serían visibles desde lugares más alejados.

El hecho de que las montañas situadas en el borde de Uintah Basin estén cubiertas de pinos Douglas, Pseudotsuga menziessi (Mirb.) Franco, nos llevó a sospechar que los vuelos nocturnos de la procesionaria del pino podrían ser los responsables de algunos de los avistamientos. Esta especie de insectos había sido ya citada como posible fuente de las luces nocturnas, mucho antes de que supiéramos que los enjambres de procesionarias llegan a formar nubes de 102 kilómetros de largo y 25 kilómetros de ancho, según informa el personal de radar del Servicio Meteorológico americano encargado del seguimiento de dichas plagas[17]. Las escamas de los lepidópteros son dieléctricas y almacenan grandes cargas de electricidad estática debido a mecanismos triboeléctricos. Una nube de procesionarias puede producir un considerable volumen de partículas cargadas.

Según Henson[18] los vuelos en masa de las procesionarias tienen lugar siempre en las últimas horas de la tarde o primeras horas de la noche. Y se distribuyen desde marzo a noviembre. Este es el mismo periodo en que ocurrieron la mayoría de las observaciones ovni[19]. Henson[20] afirma: «Los densos vuelos de las procesionarias son una respuesta a una intensidad luminosa decreciente, siendo el número de insectos en vuelo directamente proporcional a la disminución de intensidad luminosa. La reconstrucción de las condiciones meteorológicas durante dichos vuelos lleva a la conclusión de que los insectos eran impulsados por las corrientes convectivas que preceden normalmente a los frentes fríos».

Henson señala que súbitas reducciones en la cantidad de luz y presión atmosférica originan grandes vuelos en masa de insectos. Concluye por tanto que son los frentes de tormenta los responsables de dichos vuelos masivos. En la vanguardia de cada frente de la tormenta existen fuertes corrientes que pueden llevar a los insectos y otras partículas flotantes hacia lo alto para ser después expulsados en la parte superior o los laterales de las nubes y depositados a varios kilómetros del lugar original. Lo que Henson describe para los vuelos masivos de procesionarias es un entorno ideal para que aparezca el fuego de San Elmo[21]. No existe ninguna razón para pensar que los insectos sujetos a estas tormentas resulten afectados, a no ser que resultasen golpeados por el hielo existente en las nubes[22].

Según Salisbury[23] el 88.75% de los avistamientos ovni tuvo lugar entre el verano de 1965 y el invierno de 1968. Más de la mitad de ese porcentaje ocurrieron durante el otoño. Decidimos escribir a Lawrence Stipe, del Servicio Forestal de los Estados Unidos en Ogden, Utah[24] para ver si 1965-68 fueron años de abundancia de procesionarias en las montañas de Utah.

El informe sobra las condiciones de los insectos en los bosques referidos a los parques nacionales de Fishlake y Ashley en las montañas Uintah, justo al norte de Roosevelt, una ciudad donde tuvieron lugar la mayoría de los avistamientos, indica «La procesionaria sigue infestando el pino Douglas, el pino blanco, y en menor grado, el pino subalpino y el abeto Engelman, en zonas del río Beaver y las montañas de los Mil Lagos. La plaga, aparecida por vez primera en 1964 cubriendo más de 20,000 acres, descendió hasta los 10,000 en 1965 y siguió descendiendo aún más en 1966, para estabilizarse a todo lo largo de 1967». ¡La exhibición ovni de la Uintah Basin empezó en verano de 1965! En otras palabras, hubo grandes zonas afectadas por la procesionaria en los dos años anteriores al periodo principal de la exhibición ovni y un importante descenso a lo largo de dicho periodo. ¡La proliferación de ovnis tuvo lugar cuando serían de esperar migraciones en masa en esa zona!

Un análisis más detallado de los mapas sobre la plaga facilitados por el Servicio Forestal revela algunas asombrosas similitudes entre los lugares donde apareció la plaga y los lugares donde se conocen casos de ovnis de confianza. Por ejemplo, en la tabla de avistamientos preparada por Salisbury encontramos el siguiente: Fecha- 21 marzo 1968; Observador- Henry Wopsock, Whiterocks; Forma- Semiesférica; Hora- Noche; Duración- ?; Descripción- Flotó sobre la casa del testigo durante unos minutos. Los mapas del Servicio Forestal muestran dos importantes zonas desfoliadas descubiertas durante la observación aérea de 1968 en la zona del cañón Whiterocks-Red Pine a unas pocas millas de la ciudad de Whiterocks.

Las infestaciones en las Whiterocks se localizaban en la punta Oeste de las grandes zonas defoliadas descubiertas entre 1966 y 1968 en una línea imaginaria desde Roosvelt en dirección nordeste hasta una planta de fosfatos al Norte de Vergel. A lo largo de esta línea y ligeramente al Norte de los avistamientos ovni, ocurridos al pie de las laderas de las montañas se observaron en el reconocimiento aéreo de 1968 grandes puntos de infestación por procesionarias. A lo largo de las cumbres de las altas montañas de Uintah en el condado Daggett, aparecieron entre 1965 y 1968 varias zonas afectadas. La mayoría de los avistamientos ovni tuvieron lugar en una zona triangular entre Whiterocks, Vergel y Roosvelt en los ondulados campos al pie del macizo montañoso. Esta no sólo es la zona más populosa, y por tanto el lugar donde los avistamientos son más probables, sino también la zona donde existe mayor concentración de partículas en suspensión en la atmósfera. Dado que es una zona despejada, es muy probable que sea sobrevolada por enjambres de procesionarias durante sus vuelos nocturnos de dispersión. Aunque no poseemos datos meteorológicos sobre la zona, en las laderas de las montañas son muy habituales importantes cargas estáticas debidas a frentes tormentosos o a partículas en suspensión. Blais[25] describe cómo las procesionarias se elevan y vuelan durante sus migraciones aprovechando vientos convectivos.

Las descripciones facilitadas por los testigos sobre vuelos erráticos, las luces de colores parpadeantes y los zumbidos emitidos por las luces nocturnas en Uintah, contribuyen significativamente a hacernos creer que los enjambres de insectos son los responsables de algunas de las observaciones realizadas. Si los insectos son perturbados durante el vuelo, al atravesar un campo de alto voltaje, es muy posible que vuelen de forma errática, floten inmóviles, y se enciendan y apaguen conforme entran en el campo o tratan de salir del mismo. Es un hecho que los insectos de nuestro laboratorio emitían luces de varios colores y en particular, luz ultravioleta, y que dichas emisiones no tenían ningún efecto pernicioso sobre su vida. Incluso después de muertos seguían emitiendo hasta que se secaban. Un despliegue luminoso de este tipo contribuye sin lugar a dudas a que cualquier persona que lo observe crea estar viendo un ovni extraterrestre. Cualquiera que haya visitado una moderna discoteca puede imaginar muy bien la impresión que puede dar una discoteca flotando en el cielo nocturno.

No piense el lector que los autores no creen en la existencia de visitantes de otros mundos, eso no se deriva de nuestro artículo. Quizá existan. Pero no son la razón del presente informe. Un agrónomo puede preguntarse qué importa que algunos enjambres de insectos sean confundidos con ovnis. Debemos señalar que de acuerdo con el Informe Condon[26] La Fuerza Aérea de los Estados Unidos posee más de 30,000 avistamientos dignos de crédito almacenados en sus archivos. Un número significativo de los mismos son luces nocturnas. Si algún emprendedor investigador del Servicio Forestal pudiera seguir dichos datos, los avistamientos podrían aparecer como relacionados con plagas de procesionarias u otros insectos en Norteamérica. Es posible que así pudiéramos obtener datos significativos sobre la emigración de estos perjudiciales insectos. Las migraciones de los insectos nocturnos es uno de los fenómenos naturales menos conocidos, entonces ¿porqué no estudiar los ovnis como insectos?


[1] Callahan S. Philip & Mankin R. W., Insects as unidentified flying objects, Applied Optics, Vol. 17, No. 21, 1 november 1978, págs. 3355-3360.[2] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist»™s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.[3] C. G. Johnson, Migration and Dispersal of Insects in Flight, Methuen, London, 1969.

[4] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist»™s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[5] S. Baron, The Desert Locust, Scribner»™s, New York, 1972, págs. 117.

[6] P. S. Callahan, Misc. Publ. Entomol. Soc. Am,. Vol. 5, 315, 1967.

[7] R. Golde, Lightning Protection, Edward Arnold, London, 1973.

[8] M. Toth, Galaxies of Life, S. Krippner, Ed., Gordon and Breach, New York, 1973.

[9] F. M. Penning, Electrical Discharges in Gases, Macmillan, New York, 1957.

[10] L. B. Loeb, Electrical Coronas, Their Basic Physical Mechanisms, California Press, Berkeley, 1965.

[11] L. B. Loeb, Electrical Coronas, Their Basic Physical Mechanisms, California Press, Berkeley, 1965.

[12] E. Nasser and L. Loeb, J. Appl. Phys., Vol. 34, 3340, 1963.

[13] L. B. Loeb, J. Appl. Phys., Vol. 19, 882, 1948.

[14] O. G. Sutton, The Challenge of the Atmosphere, Harper»™s, New York, 1961.

[15] A. Kamra, Nature, Vol. 240, 143, 1972.

[16] R. Gunn, J. Appl. Phys., Vol. 19, 481, 1948.

[17] Battling the Budworm, Time 80, 28 abril 1975.

[18] W. R. Henson, Can. Entomol., Vol. 83, 240, 1951.

[19] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist»™s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[20] W. R. Henson, Can. Entomol., Vol. 77, 7, 1945.

[21] L. B. Loeb, J. Appl. Phys., Vol. 19, 882, 1948.

[22] W. G. Wellington, Can. Entomol., Vol. 77, 7, 1945.

[23] F. B. Salisbury, The Utah UFO Display: A Biologist»™s Report, Devin, Old Greenwich, Conn., 1974.

[24] « Forest Insect Conditions Report », Fishlake and Ashley National Forests, U.S. Forest Service, Utah, 1966.

[25] J. R. Blais, Can. Entomol. Vol. 85, 446, 1953.

[26] E. U. Condon, Scientific Study of Unidentified Flying Objects, D. S. Gillmore, Ed., Dutton, New York, 1969.

Fuego de San Elmo (Final)

CEPILLOS Y DESCARGAS EN CORONA

Durante las tormentas y en los casos en que el campo eléctrico de la atmósfera se hace especialmente grande (tormentas de nieve o polvo, ráfagas de granizo, etcétera), frecuentemente se observan descargas luminosas, de un tipo especial, en puntos y bordes puntiagudos de objetos que sobresalen de la superficie de la tierra. Estas descargas «“los fuegos de San Elmo- ocurren frecuentemente en las montañas que poseen proyecciones puntiagudas de rocas, torres árboles, etcétera. Usualmente van acompañadas de un estallido o silbido característico. Pueden durar varias horas y se observan en cualquier parte y en todas las estaciones del año[1].

Las descargas silentes son simplemente una forma en «cepillo» de la descarga en corona. Estas descargas aparecen cuando la fuerza del campo alcanza grandes valores cerca del electrodo (punta). En el estado inicial de la descarga en corona aparece cerca del electrodo una descarga auto sostenible «“cuando la fuerza del campo no es muy grande-, debida a los movimientos de los iones formados bajo la influencia de los ionizadotes atmosféricos. Su corriente es pequeña e independiente de la densidad de formación de iones. Cuando la fuerza del campo alcanza cierto valor crítico, el cual está determinado por la forma del electrodo y por la densidad del aire, el gas comienza a brillar repentinamente, con una luz azul cerca del electrodo y aparece un sonido característico, mientras que la corriente en el punto se incrementa a valores de micro amperes o más.

El calentamiento y brillo son una consecuencia de la ionización y excitación de las moléculas del gas y de los átomos del mismo, bajo la influencia de los electrones acelerados por el intenso campo electromagnético.

El tamaño de este brillo se incrementa con un posterior aumento, y aparece sobre la punta un cono en forma de brocha, consistente en finas y luminosas corrientes, que se mueve rápidamente.

El brillo se distribuye regularmente dentro de un cono de cerca de 90° en el vértice (extremo de la punta), cuando la punta está cargada positivamente (corona positiva). Se desarrolla una avalancha de electrones desde el extremo de la corona hacia la punta; mientras que los iones positivos permanecen estáticos dejando un espacio cargado positivamente, el cual debilita el campo en la vecindad inmediata de la punta. Debido a esto, la corona parece estar localizada no sobre la punta directamente, sino a una corta distancia de la misma. La longitud de las descargas en brocha alcanza algunas veces los 45 centímetros.

En las coronas negativas el desarrollo de las cintas empieza en la misma punta y los electrones viajan en el espacio alrededor de la punta, donde se combinan con las moléculas del gas, dando la apariencia de que existe un espacio cargado negativamente. Esta corona es más pequeña y más estrecha que la positiva; la longitud de las cintas es de 2 ó 3 centímetros. Las cargas espaciales alrededor de la punta tienen el mismo signo que la punta misma y pueden debilitar el campo si no existe una difusión en el espacio que las rodea, y con ello provocar la extinción de la corona. Por lo tanto, esta corona, por lo regular, no es constante y fluctúa continuamente ya que tiene un carácter intermitente.

Bajo condiciones naturales, la corriente de la punta «i», el campo eléctrico «E» y la velocidad del viento «v» están relacionados como sigue:

I = k(E «“ C)v

donde «k» y «C» son constantes que dependen de la forma y dimensiones de la punta, del signo del campo y de otros parámetros.

SAN ELMO DE LA MONTAÑA

Camille Flammarion relata en su libro The Atmosphere[2] un caso interesante acerca de los fuegos de San Elmo en las montañas, del que es autor el célebre naturalista francés Ferdinand de Saussure. En 1867 estuvo con varios compañeros en una cumbre en los Alpes, de más de tres kilómetros de altura.

«Los que habían realizado la escalada acababan de dejar junto a una peña sus bastones con conteras de hierro y se disponían a comer, cuando Saussure sintió en los hombros y en la espalda un dolor, que parecía estar producido por agujas que se le hincaran lentamente en el cuerpo» «suponiendo «“dice Saussure- que en mi capote habían caído alfileres, me lo quité, pero no sentía alivio, sino, por el contrario, el dolor se hizo más intenso y se extendió a toda la espalda, desde un hombro a otro; este dolor iba acompañado de cosquilleo y de pinchazos dolorosos, como si por mi piel anduviera una avispa y la llenara de picaduras. Después de quitarme rápidamente mi segundo abrigo, no encontré nada que pudiera producir esta afección. El dolor proseguía y empezó a parecerse a una quemadura. Pensé que se había inflamado mi jersey de lana. Estaba ya dispuesto a desnudarme, cuando me llamó la atención un ruido parecido al abejorreo. Este ruido procedía de nuestros bastones apoyados en la peña; era semejante al ruido que hace el agua caliente en vísperas de arrancar a hervir. Todo esto duraría unos cinco minutos.

«Comprendí entonces que la sensación dolorosa era debida al flujo eléctrico procedente de la montaña. Sin embargo, como era de día, no vi ningún resplandor en los bastones. Estos producían el mismo ruido agudo cuando, teniéndolos en la mano, dirigíamos las conteras de hierro hacia arriba, hacia abajo y horizontalmente. Del suelo no salía ningún sonido.

«Al cabo de algunos minutos sentí que se me erizaban los pelos de la cabeza y la barba, parecía que me estaban pasando una navaja de afeitar seca por la barba fuerte y crecida. Mi joven ayudante gritó que se le erguían los bigotes y de la parte superior de sus oídos emanaban fuertes corrientes. Al levantar la mano sentí cómo la corriente salía de mis dedos. En una palabra, la electricidad emanaba de los bastones, de las ropas, de los oídos, de los pelos, de todas las partes salientes del cuerpo.

«Abandonamos rápidamente la cumbre de la montaña y descendimos unos cien metros. A medida que íbamos bajando, nuestros bastones emitían cada vez un sonido más débil; por fin el sonido se hizo tan sordo, que sólo podía oírse llevándose el bastón al oído»»

Yákov Isidórovich Perelmán presenta otros casos interesantes de aparición de los fuegos de San Elmo en su libro Problemas y experimentos recreativos[3].

«La emanación de electricidad de las peñas prominentes se observa con frecuencia cuando el cielo está cubierto de nubes bajas que pasan a poca altura de las cumbres.

«El 10 de julio de 1863, Watson y varios turistas más, ascendieron al puerto de Jungfrau (en los montes suizos). Hacía una mañana magnífica, pero ya cerca del desfiladero, los viajeros tuvieron que aguantar un viento fuerte con pedrisco. Se oyó el horrísono bramar del trueno, y poco después Watson percibió un sonido silbante procedente de su bastón; este sonido era parecido al de un calentador en que se inicia la ebullición. Los viajeros se detuvieron, y notaron que sus bastones y hachas emitían el mismo sonido y no dejaron de sonar ni después de clavar uno de sus extremos en tierra. Uno de los guías, que se quitó el sombrero, comenzó a gritar que le ardía la cabeza. Y, efectivamente, sus cabellos estaban erizados como si los tuviera electrizados. Todos experimentaban sensación de cosquilleo en la cara y en otras partes del cuerpo. Watson tenía los cabellos completamente en punta. En los extremos de los dedos, cuando los movíamos en el aire «“dijo Watson-, se oía el silbido eléctrico».

FUEGOS DE SAN ELMO EN EL INFORME CONDON

El siguiente es un reporte de un piloto de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, que apareció en el Informe Condon, Capítulo 7, Sección 8[4] habla de los Fuegos de San Elmo pero se detiene en la descripción de las centellas en aviones en vuelo:

«Las centellas más pequeñas siempre las asocio con el fenómeno conocido como Fuegos de San Elmo, sin embargo, el Fuego de San Elmo consiste generalmente de una especie de tela blanca que cubre los extremos de los aviones. No es muy brillante ni cegadora, pero si irrita los ojos y evita una buena recepción de radio. La «˜bola pequeña»™ varía de tamaño de 5 cm a 46 cm de diámetro y generalmente «˜rueda alrededor»™ del avión sin verse afectada por su movimiento. En una ocasión una bola pequeña (de unos 15 cm de diámetro) de color blanco amarillento, se formó en la punta de mi tanque izquierdo, de mi F-94B, y luego rodó por el ala, subió por la carlinga, cruzó el ala derecha hasta el otro tanque y de ahí comenzó el trayecto inverso. Por un momento la deje de observar, pero mi copiloto me dijo que había desaparecido espontáneamente, tal y como había llegado. Yo había visto este tipo de fenómenos varias otras veces, pero nunca por un periodo de tiempo tan prolongado. Estimo que este episodio tendría una duración de unos dos minutos. Algunas veces las bolas son azules, azul verdoso, o blancas, pero hay más azul verdosas y blanco amarillentas. Podría interesarle que después del paso de la bola sobre mi avión, éste fue golpeado por tres ocasiones por relámpagos convencionales, los cuales fundieron unos 10 cm del extremo de los depósitos y soldaron otros 10 cm de la sección que cubre mis luces de cola».

Thomas Bowen, un estudiante de postgrado de la Universidad de Colorado estaba escalando el Chimborazo, una montaña aislada en Ecuador, cuando tuvo una experiencia similar. En el Informe Condon también aparece este relato.

La montaña es en realidad una meseta con un diámetro de unos 400 metros y una altura de 6,266 metros sobre el nivel del mar. El y su compañero dejaron el campo, a 5,700 metros, la mañana del 1 de marzo de 1968. A las 10 a.m. se comenzaron a formar nubes en la cresta, y empezó a caer una pequeña cantidad de granizo. Cuando alcanzaron la meseta, entre las 2 y 2:30 p.m. estaba completamente nublada. Justo cuando comenzaron a tomar las tradicionales fotografías, el granizo comenzó a caer más fuerte. Repentinamente sintieron una extraña sensación en sus cabezas, que describieron como descargas eléctricas acompañadas de sonidos y zumbidos. Sus goggles de aluminio comenzaron a vibrar, y su cabello se paró en punta. Los deportistas se hundieron en la nieve y esperaron. La tormenta se oía a la distancia. Pronto se dieron cuenta que en cuanto sacaban la cabeza del refugio, regresaban los efectos eléctricos. Parecía como si tuvieran una capa que los oprimiera. Después de esperar por media hora, se arrastraron sobre sus estómagos, durante una hora y media, hasta recorrer la totalidad de los 400 metros y poder bajar por la pendiente. Después de descender 60 metros, encontraron que, finalmente, se podían poner de pie. En este momento la caída de granizo y los sonidos de la tormenta habían cesado.

Fue por estas características que el fuego de San Elmo era considerado como un maleficio satánico o como un aviso del santo varón para que los marinos se precavieran sobre la inminencia de la tormenta[5].

En muchos casos de modernos encuentros cercanos, los testigos han mencionado esa especie de «campo electromagnético», la sensación de enfrentarse a «energías desconocidas». Se habla del famoso «efecto electromagnético» que produce interferencias en aparatos eléctricos e, incluso, llega a detener automóviles. Qué podemos decir de los supuestos abducidos que mencionan cómo su cuerpo es perforado por minúsculas agujas, con las que los extraterrestres los inspeccionan, a la vez, que les implantan objetos desconocidos para monitorear sus movimientos. No olvidemos, tampoco, las luces como parte esencial del fenómeno San Elmo y que bien se pueden asimilar a la iconografía ufológica. Están, también, los efectos de parálisis que bien pueden ser confundidos con los síntomas que presenta una persona expuesta a intensos campos eléctricos. Y recordemos que Michael Persinger ha señalado la importancia de estos campos en la formación de visiones o alucinaciones provocadas por la estimulación del lóbulo temporal. Finalmente mencionemos que muchos cultos ufológicos y otros tantos de la nueva era, acostumbran «cargar las pilas» en lugares elevados como montañas y pirámides. Para estos adoradores de lo desconocido podríamos tener una recomendación: en lugar de ir a Teotihuacan el 21 de marzo, inténtenlo en cualquier montaña elevada, solitaria y sin árboles en una época del año que vaya de finales de mayo a finales de octubre. Si no se «cargan de energía» por el efecto corona, con suerte, podrían recibir la descarga de un rayo que los enviaría directamente a «otros niveles».

Otro consejo para personas más cuerdas: cuando en la montaña sienta la presencia de electricidad estática o vea algún fenómeno tipo San Elmo, descienda rápidamente o busque refugio. Todo indica la proximidad de una tormenta, que puede presentarse entre media hora y dos horas después. No trate de tener un «encuentro cercano» ni «cargarse las pilas».

Sin salirnos del aspecto ufológico del fuego de San Elmo tendríamos que mencionar que las famosas «Luces de Marfa», también fueron explicadas como una descarga en corona por Kahl y Curt Laughlin, éste último superintendente del Observatorio McDonald, cercano al lugar[6].

No cabe duda que los fuegos de San Elmo son un fenómeno desconcertante que ha dado lugar a infinidad de leyendas.

REFERENCIAS

Adamenko Viktor, Russians study St. Elmo»™s fire, Fate, September 1971, p. 77-80.

Alinei Mario, I fuochi di S. Elmo, Bollettino dell’Atlante Linguistico Mediterraneo, Fondazione Giorgio Cini; Venezia, Giardini Editori, Pisa, No. 22-28, 1980-1986, p. 7-23.

Anonym, St. Elmsfeuer auf den Orkney-Inseln, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. XXXXVI, 1839, No. 4, p. 659-660.

Anonymous, Artificial Aurorae, Symon’s Monthly Meteorological Magazine, 18:33, 1883.

Anonymous, Curious Electrical Phenomenon on Pike’s Peak, Scientific American, 47:16, 1882.

Anonymous, Remarkable Discharge of Atmospheric Electricity, Scientific American, 58:210, 1888.

Anonymous, Remarkable Electrical Phenomenon, Quarterly Journal of the Royal Meteorological Society, vol. 22, 1896, p. 295.

Anonymous, Silent Discharges, Knowledge, 10:26, 1913.

Anonymous, St. Elmo»™s fire, Astronomie-Québec, November-December, 1991, p. 12-13.

Anonymous, The Fires of St. Elmo, Scientific American, 41:234, 1879.

Anonymous, The Flying Dutchman, Scientific American, vol. 54, 1886, p. 279.

Botley Cicely M., St. Elmo’s Fire in Egypt, Meteorological Magazine, 73:96, 1938.

Bowlker C. A. C., Atmospheric Electricity, Nature, vol. 40, p. 55, May 16, 1889.

D’Amato A., La leggenda di S. Elmo, Lares, vol. VIII, No. 4, December 1937, p. 319-320.

De Ritis Beniamino, Ortona, Rome, T. Aquino, 1925. (Algunas páginas sobre la llamada «Lume di San Tommaso», un «meteoro» extraño que se ve en ocasiones sobre la iglesia de Ortona, en el Mar Adriático, desde el siglo XIII)

Felici Maria Luisi, Alla scoperta dei fuochi di Sant’Elmo, Il Giornale dei Misteri, Florence, Tedeschi, No. 351, January 2001, p. 25-26.

Grigor’ev A. I., Capillary electrostatic instabilities, texto en Ruso, 2000, p. 37-43, on line en: http://www.issep.rssi.ru/pdf/0006_037.pdf

Kleefeld Alwin, Eine Beobachtung des Sanct-Elmsfeuer, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. CXII, 1861, No. 4, p. 643-644.

Lorscheid S., St. Elmsfeuer in Münster, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. CXLIX, 1873, No. 7, p. 431-432.

Lucas Robert, Electrical Phenomenon in Mid-Lothian, Nature, 32:343, 13 August 1885.

M. J. McV., St’Elmos Fire, Nature, vol. 89, p. 7, 1912.

Mohr, Beobachtung eines St. Elms-Feuers, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. XXXIV, 1835, No. 2, p. 370-373.

Morr F. T., Curious Electric Phenomenon, Nature, 1st July 1880, p. 193.

Napoletano Raffaele, I fuochi di Sant’Elmo. Studio critico, Nola, Tipografia Rubino, 1932, p. 78.

Ossola Franco, Dizionario Enciclopedico di Ufologia, Milano, SIAD, 1981, volume 1, «Fuochi fatui» e «Fuochi di Sant’Elmo», p. 399-401.

Pietro (Colonna) Galatino (OFM), De arcanis catholice veritatis, impressun in Orthone maris, XV februari 1518 apud Hyeronimus Soncini. (En el colofón, en una nota del editor, el tipógrafo judío Hyeronimus Soncini, documenta por vez primera las luces misteriosas de Ortona, en la costa del Adriático. Es «Il lume di San Tommaso» que se dice se ve sobre la catedral de Ortona, especialmente durante las tormentas.).

Piper Ferdinand, Das St. Elmsfeuer, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. LXXXII, 1851, No. 2, p. 317-326

Saint-Laurent France, Effet Couronne et Décharges Electro-Atmospheriques, The Journal of Meteorology, England, vol. 16, No. 161, September, 1991, p. 238-241. (Luces recurrentes vistas por observadores cualificados en Quebec en 1988-89 relacionadas con descargas atmosféricas, e. d. Fuegos de San Elmo)

Tomlinson Charles, Atmospheric Electricity, Nature, vol. 40, p. 102, May 30, 1889.

Traill William, St. Elmo’s Fire Seen in Orkney, Edinburgh New Philosophical Journal, 23:220, 1837.

Traill William, St’Elmo’s Fire Seen in Orkney, Franklin Institute, Journal, 24:362, 1837.

van der Pohl Balthasar, Bead-Corona on Radio Antenna, Nature, vol. 130, No. 3287, October 29, 1932, p. 662.

Watt J. B. A., Electric Phenomenon, Nature, vol. 32, 1885, p. 316.

Zibra Ernst von, Elsmsfeuer und Erd-Erschütterungen in Franken, Annalen der Physik und Chemie, Leipzig, vol. XXXXVI, 1839, No. 4, p. 655-658.

Diversas fotografías de descargas en cepillo y corona en el laboratorio.

Camille Flammarion, relató varios episodios de Fuegos de San Elmo en su célebre The Atmosphere

El naturalista y lingüista francés Ferdinand de Saussure tuvo un «encuentro cercano» con un fuego de San Elmo.

Yákov Isidórovich Perelmán fue uno de los mejores divulgadores de la ciencia del siglo pasado.

El doctor Condon también se ocupó de los fuegos de San Elmo, a través del doctor Altschuler, como posible explicación para algunos casos de Ovnis.

Persinger es el científico que más ha estudiado los fenómenos lumínicos «anómalos»

Algunos han interpretado las luces de Marfa como un efecto de la electricidad atmosférica.

El doctor Martin D. Altschuler, físico de plasmas, fue el encargado de redactar el Capítulo 7, sobre electricidad atmosférica.

La electricidad estática que se forma en días de tormenta y sobre las montañas puede, literalmente, poner los pelos de punta.

Efecto corona, mejor conocido como Fuego de San Elmo, en líneas de alta tensión.

Dibujo de Jim Brogden: capilla en los Alpes, con Fuego de San Elmo.

Ilustración de principios del Siglo XX que muestra unos marinos tratando de arriar las velas durante una tormenta. En el extremo de la verga aparece una «Luz de Pedro» o Cozmozant (Fuego de San Elmo).

El efecto más impresionante es cuando en alta mar todos los palos y mástiles del barco se ven coronados con una descarga en corona.


[1] Tverskoi P. N., Physics of the atmosphere. A course in meteorology, NASA Technical translation, NASA TT F-288, NTIS; Sprinfield, Va., 1965.[2] Flammarion Camille, The Atmosphere, J. Glaisher (ed.), Harper and Brothers, New York, 1874.[3] Perelmán Yákov Isidórovich, Problemas y experimentos recreativos, Editorial MIR, Segunda edición, Moscú, 1983, páginas 104-105.

[4] Altschuler D. Martin, Atmospheric Electricity and Plasma Interpretations of UFOs, Section 8, in Condon Edward U,. Scientific Study of Unidentified Flying Objects, Chapter 7, Dutton, New York, 1969.

[5] Morales Juan José, Mitos y leyendas del mar, Editorial Posada, Colección OMNIA, México, 1984.

[6] Mulholland Derral, What are those lights?, Science 84, Vol. 5, No. 2, marzo 1984, p. 32.

Fuego de San Elmo

FUEGOS DE SAN ELMO[1]

 

«I boarded the Kings’ ship; now in the beak,

Now in the waist, the deck, in every cabin,

I flamed amazement; sometimes I’d divide

And burn in many places; on the topmast,

The yards and bowsprit, would I flame distinctly,

Then meet and join.»

«He abordado la nave del rey «“dice Ariel en La Tempestad-, y ora sobre proa, ora en los costados, ora en cubierta, ora en las cámaras, por doquier he encendido el asombro. Tan pronto me dividía, y ardía entonces por aquí y por allá, y llameaba separadamente en el palo mayor, en el bauprés y en las vergas, como me reunía de nuevo juntando todas mis llamas»¦»

 

La Tempestad, Acto I, Escena 2[2]

 

San Elmo o San Erasmus (303 d. C.?, Formia, Italia) fue uno de los primeros obispos cristianos. Es el patrono de los marinos quienes lo asociaron románticamente al fuego de San Elmo (o San Telmo). Es uno de los mártires que constituye los «Catorce santos de ayuda», un grupo de santos venerados conjuntamente en la Alemania medieval. Fue obispo de Formia (antigua Formiae) donde murió martirizado, probablemente durante la persecución de cristianos por el emperador Diocleciano. De acuerdo con el Papa San Gregorio I el Grande, sus reliquias están en la catedral de Formia. Después de que los sarracenos destruyeron Formia en el 842, el cuerpo de Erasmus fue transferido a Gaeta (Italia). Varios actos espurios han embellecido la leyenda. De acuerdo con esto, él fue obispo de Siria y resistió milagrosamente las torturas de Diocleciano en Líbano y después fue guiado por un ángel a Formia. Se le confunde con el sirio San Erasmus de Antioquia (25 de noviembre), aunque algunos proponen que es la misma persona.

San Rudolf escribió la biografía de San Elmo hacia el año 1130. En su «Vida de San Elmo», escribe:

«Una noche de gran tormenta, San Elmo se dirigió a visitar al Obispo de Auvergne, Ranco, quien se encontraba en cama por enfermedad. Los discípulos de Elmo le acompañaban en el camino, pero era tal la oscuridad, que prácticamente estaban imposibilitados de seguir adelante.

«Elmo comenzó a encender una vela, lo cual sorprendió a sus discípulos ¿Acaso pretendía San Elmo que tal vela permaneciera encendida enfrentando semejante noche torrencial?

«Pese a las dudas de sus acompañantes, la lluvia que caía a cántaros y las ráfagas de viento no pudieron apagar la vela, y San Elmo logró llegar a su destino.»

Debido a esta leyenda, San Elmo ha sido adoptado como patrono de los marinos del Mediterráneo, quienes han visto el destello que acompaña a la descarga en cepillo que aparece sobre los mástiles de los barcos durante las tormentas. Elmo es la corrupción italiana de Erasmus (a través de Ermo), otras derivaciones etimológicas incluyen Ramus, Eramus, Ermo, Elm, Elme y Telmo. Este último es en realidad el pseudónimo adoptado por Pedro González, el cual los marinos españoles y portugueses veneran como patrón. De aquí que en Portugal el fenómeno se conozca como «Luces de Pedro». La fecha de veneración del santo es el 2 de junio. Este San Telmo es venerado en España, y especialmente en Sevilla. Nació en Astorga hacia 1190 y que murió en Tuy en 1246. Fue primero canónigo en Astorga para después ingresar en la orden dominica, donde destacó como predicador elocuente, sabiéndose que acompañó al rey Fernando III El Santo en sus conquistas. Se le representa en pinturas en donde el santo aparece en pie, revestido del hábito negro y blanco propio de los dominicos; lleva en su mano derecha una vela encendida, aludida a la luz que se considera como fuego de San Telmo, y en la izquierda una pequeña nave como símbolo de protección hacia los navegantes.

También se le ha llegado a conocer como San Nicolás y San Hermes, Corpusante o Corpus Santos.

Al fuego de San Telmo, fuego de San Elmo, feu Saint-Elme o St. Elmsfeur se le conocía con el nombre de Helena por los romanos, en el caso de que fuese una llama solitaria, y si la llama era doble, Cástor y Pólux. Creían que era el númen protector de Cástor y Pólux.

Séneca decía que eran estrellas que se posaban en los palos de los buques.

Julio César escribió en sus Comentarios de la guerra de las Galias:

«En el mes de febrero, alrededor de la segunda hora de la noche, apareció repentinamente una nube seguida de una tormenta de granizo, y en la misma noche las puntas de las lanzas de los soldados que pertenecían a la Quinta Legión, parecían estar en llamas».

Francesco Antonio Pigafetta, quien acompañó a Magallanes en su expedición (1519-1522), relata con gran viveza, la aparición de este fenómeno en el transcurso del viaje. El cronista del viaje escribe, en su «Relazione in torno al primo viaggio di circumnavigazione, noticia del Mondo Nuevo con le figure dei Paesa scoperti», lo siguiente:

«Aparecía en más de una ocasión el cuerpo Santo, esto es, Santo Elmo, como otra luz entre las nuestras, sobre la noche oscurísima; y de tal esplendor cual antorcha ardiendo en la punta de la gabia («¦) Cuando esa bendita luz determinaba irse, permanecíamos medio cuarto de hora todos ciegos, implorando misericordia y creyéndonos muertos ya».

Cristobal Colón, en su segundo viaje reportó uno de estos avistamientos:

«(Una) flama fantasma que danzaba entre nuestros marinos y que luego se quedó quieta como una vela quemándose brillantemente sobre el mástil… Cuando aparecía no había peligro».

Pocos años después Alvar Núñez Cabeza de Vaca sufrió tan fuerte impacto, al enfrentarse con uno de estos meteoros, que en su «Relación de los naufragios de Alvar Núñez Cabeza de Vaca», escribió:

««¦más estábamos cerca de la muerte que de la vida («¦) estuvimos pidiendo a Nuestro Señor misericordia y perdón de nuestros pecados».

En una nota de Francis Bacon sobre los trabajos de Plinio, afirmaba:

«Si es uno sólo, pronostica una tormenta severa, que puede ser todavía más intensa si la bola de fuego no esta adherida al mástil, sino que rueda y danza sobre él. Si hay dos de ellas, en el momento en que la tormenta se ha incrementado, se puede tomar como un buen signo. Pero si hay tres, seguramente la tormenta será terrorífica».

Charles Darwin escribió en una carta a J. S. Henslow que una noche cuando el Beagle estaba anclado en el estuario de Río de la Plata:

«Todo estaba en llamas, el cielo con sus relámpagos, el agua con sus partículas luminosas, y aún todos nuestros mástiles estaban coronados con una flama azul».

La aparición del Fuego de San Elmo se consideraba como un buen presagio, ya que comúnmente aparecía cuando la tormenta estaba amainando. Por eso se interpretaba como el resultado de las plegarias de los marinos dirigidas al santo.

En su novela Moby Dick, Herman Melville hace decir a Ismael:

«Todos los palos y las vergas estaban coronados con un fuego pálido, y al tocarse, tres relámpagos con tres anillos estrechos de flamas blancas, en cada uno de los tres mástiles, se quemaban en el aire sulfuroso, como gigantescos ciros en el altar… juro que en todos mis viajes nunca había oído que el dedo flamígero de Dios hubiera caído sobre la nave…»

Además de los mástiles de los barcos se les ha visto en las chimeneas, las torres y campanarios de las iglesias, las copas de los árboles y las cumbres de las montañas. Incluso se ha reportado en los cuernos del ganado, saltando de cuerno a cuerno. En el siglo XII un grupo de soldados vio como una «estrella» caminaba sobre los cuernos de un toro que se encontraba en una colina en la que luego se fundaría la ciudad de Teruel. En el escudo de la ciudad aparece la imagen del toro y la luz, recordando su origen.

Al iniciar la era de la aviación, el Fuego de San Elmo se trasladó de la tierra y los mares hacia el cielo. Ahora aparecía en los extremos de las alas, en las hélices y las antenas de los aviones. Incluso alteraba las comunicaciones de radio (efecto electromagnético).

Usualmente es de color púrpura, azul, blanco-azulado o blanco. La «flama» no desprende calor y dura unos minutos y hasta horas, pues no se consume. Algunos creen que el relato bíblico de la zarza ardiente, que no se consumía, pudiera tener un origen en este fenómeno. Ocasionalmente se reporta un ruido eléctrico. Lo que me recuerda que Moisés creía que Dios se comunicaba con él a través de la zarza; lo mismo que los extraterrestres hacían con Shraver a través del zumbido de su máquina de soldar.

Cuando Benjamín Franklin inventó el pararrayos se dio cuenta queel fenómeno aparecía en la punta de esos aparatos:

«Lejos de la nube y silenciosamente, antes de que estalle, en la punta se puede ver una luz como el corpuzante de los marinos».
En la novela San Elmo, escrita por Augusta Juana Evans, posteriormente a la Guerra Civil norteamericana, se narra la historia del santo. La novela fue tan popular que muchas poblaciones en los Estados Unidos fueron bautizadas con su nombre en Alabama, Tennessee, Georgia, California, Colorado, Illinois, Kentucky, Louisiana, Mississippi, Missouri, New York, Texas y Virginia. Augusta Evans era una firme antifeminista. En todas sus novelas, nunca fue más que una escritora mercenaria. Era tan superficial, moralista y pomposa que The New York Times se mofaba regularmente de ella, y una vez publicó una parodia de San Elmo, «San Twelmo».

Estos «fuegos» han provocado también pánico y leyendas en la imaginación popular. Pueden ser vistos, a veces, sobre los mástiles y las vergas de los barcos, sobre las torres de las iglesias, inclusive sobre las copas de los árboles, en días de tormenta. Este fenómeno era muy acentuado en los veleros, que generalmente llevaban varios mástiles y mucho aparejo. La aparición de esta luminosidad en la oscuridad era de efectos sorprendentes para los supersticiosos marinos de antaño, que desconocían la causa del fenómeno.

«Ciertas piezas de ropa, sobre todo las de nylon, acumulan electricidad estática en alguna cantidad; en la oscuridad produce una lluvia de chispas, por ejemplo al quitarse la ropa. A veces, estas ropas quedan rígidas o se mueven, pareciendo un «fantasma», aún cuando estén colgadas de las perchas, por efectos de pequeñas descargas eléctricas»- según el padre Óscar González Quevedo[3].

Existe una evidente e íntima conexión entre el más inofensivo de estos fenómenos flamígeros y los Cozmozants (o cuerpos santos) de electricidad estática que juegan en torno a los extremos de los mástiles de los barcos en alta mar. Esta carga estática fue la responsable de la catástrofe del Hindenburg. Se piensa que uno de los depósitos de gas, lleno de hidrógeno, había comenzado a dejar escapar su contenido antes de llegar al punto de amarre de Lakehurst. En los cientos de metros cuadrados de la superficie del gigantesco dirigible alemán, se había formado una gran carga de electricidad estática a causa de la fricción con el aire. Una chispa, producto de esa carga, produjo la ignición del hidrógeno[4].

LA DESCARGA EN CORONA

El fuego de San Elmo es un tipo especial de descarga eléctrica, llamada Descarga en Corona, que puede ocurrir en los objetos cuando el campo eléctrico cerca de ellos se incrementa por alguna razón. La descarga es luminosa y puede estar acompañada de un sonido audible. La Corona Eléctrica es un efluvio que se produce alrededor de los conductores cilíndricos, cuando se encuentran sometidos a una gran diferencia de potencial con respecto del aire ambiente[5]. La carga atmosférica induce cargas en los mástiles y estructuras elevadas. El resultado es una luminosidad esférica notable alrededor de aquellos puntos.

Los fuegos de San Elmo son de forma ovalada, inmóvil, de tamaño entre 10 y 40 centímetros y de color blanco o azul[6].

El fenómeno ocurre en las puntas de los objetos en donde la fuerza de potencial alcanza valores de cientos de volts por centímetro. Cuando el potencial es superior a esos valores, la corriente empieza a fluir, de acuerdo con la ley de Ohm, por lo que no se podrá observar el fenómeno. En un día normal la fuerza del campo eléctrico en la atmósfera es de alrededor de 1 volt por centímetro. Al inicio de la formación de un cumulonimbus (nubes de tormenta), el campo se incrementa hasta unos 5 volts por centímetro, y justo entes de la descarga de un relámpago el valor se eleva a miles de volts por centímetro. De ahí que el Fuego de San Elmo sólo aparezca cuando el campo eléctrico es muy elevado, esto es, en la vecindad de las tormetas o tornados. Se ha reportado, por ejemplo, la presencia del fenómeno en navajas, cuchillos y otros objetos filosos durante la aparición de tornados[7].

Estos fuegos por lo regular se relacionan con la acción de los cristales de hielo, nieve o granizo. Las colisiones de los cristales de hielo en las nubes, su rompimiento e interacción con gotas de agua subenfriadas produce descargas eléctricas que causan estática en la radio y frecuentemente descargas luminosas. El movimiento de torbellinos de partículas de humo, nubes de humedad y cristales de hielo, provoca cambios en el potencial y puede afectar el campo magnético.

El efecto corona es una luminiscencia debida a la recombinación de átomos ionizados por elevados campos electrostáticos. Es susceptible de manifestarse en la proximidad de conductores de energía eléctrica de alta tensión (220,000 volts), cuando la separación de los conductores (de 3 centímetros de diámetro) es inferior a los 5 metros, y las condiciones atmosféricas le son propicias (altos índices de humedad).

La corriente eléctrica fluye de los puntos que tienen un potencial más elevado a los de menor potencial. Sin embargo, cuando el potencial eléctrico del campo es lo suficientemente elevado, los electrones de las moléculas con un mayor potencial, adquieren la energía suficiente para escapar de la molécula y pueden colisionar con otras, sin ser capturados. Cuando ocurren las colisiones entre estos electrones libres, las moléculas ionizadas y las moléculas no ionizadas del aire, se produce una luminosidad. Cuando estas colisiones están confinadas a un volumen pequeño, como lo es las puntas de los mástiles o de otros objetos, la luminosidad puede hacerse visible como un destello azul o blanco.

Cerca de las puntas que se proyectan en la atmósfera, las líneas de fuerza eléctrica se reflectan de su posición normal y tienden a concentrarse en la punta. Cerca de este punto, la fuerza del potencial de campo eléctrico es considerablemente mayor que la de sus alrededores. Esta es la razón por la cual funcionan los pararrayos. Cuando se encuentran puntos con una elevación considerable sobre terrenos planos, el campo eléctrico en la punta puede alcanzar los 200 volts por centímetro y formar un Fuego de San Elmo. También esta es la razón por la cual es sumamente peligroso cruzar un terreno plano en época de tormenta: el cuerpo se transforma en un pararrayos.

Philip J. Klass, quien ha publicado varios trabajos para tratar de explicar los avistamientos de ovnis[8], estudió la oleada de Exeter, New Hampshire y quedó impresionado por la cantidad de observaciones que informaban de objetos vistos cerca de líneas de alta tensión. Exeter está lo suficientemente cerca de la costa como para que se forme sal en los cables de alta tensión, lo que facilita los efectos de la descarga en corona, dando lugar a la aparición de bolas luminosas de gas ionizado sobre los transformadores y líneas de alta tensión[9].

ALGO DE INGENIERÍA ELÉCTRICA

La siguiente sección se la puede saltar aquel lector que no tenga conocimientos de física. Puede retomar la lectura después de la tabla de plasmas. Recomendamos que los que manejen algo de física y deseen comprender un poco más el mecanismo de formación de los fuegos de San Elmo, lean los siguientes párrafos.

Como se ha visto, si un voltaje entre un conductor en una línea de transmisión excede un valor crítico, se produce un sonido como de siseo en el lugar en donde aparece un destello alrededor del conductor (corona). El voltaje crítico depende del diámetro del conductor, la rugosidad de la superficie y su distancia a otros conductores. La corona se produce por la ionización intermitente del aire que rodea al conductor, produciendo ondas de alta frecuencia y provocando pérdidas de energía e interferencia en radios y televisores cercanos (¡He aquí el famoso efecto electromagnético!). La única forma práctica de minimizar la corona es incrementando el diámetro del conductor. Al nivel del mar, por ejemplo, es necesario un diámetro mínimo de una pulgada, para una línea de 230 KV; de 1.5 pulgadas para una de 330 KV y de 2.5 pulgadas para otra de 500 KV. Los tamaños se deben incrementar a mayores alturas[10].

Se prefiere al aluminio para líneas conductoras de voltaje extra-alto, a pesar de que su conductividad es menor que la del cobre. La mala conductividad del aluminio resulta ventajosa porque se requiere un gran diámetro (especialmente con un centro de acero) para altos voltajes.

Dijimos que para 500 KV el conductor debe ser de 2.5 pulgadas o más. Tales conductores pesan cerca de 6 kilogramos por metro, por lo que son difíciles de manufacturar, trasladar e instalar. Para subsanar estas dificultades se instalan dos o más cables (llamados subconductores) de diámetro mucho más pequeño, espaciados un pie o más, en lugar de un solo conductor. Este arreglo conocido como haz de conductores, hace decrecer la impedancia de la línea e incrementa la capacidad de carga eléctrica en un 25% o más.

En términos generales los fuegos de San Elmo son plasmas. Un plasma es una colección de cargas positivas y negativas de igual densidad que forman una distribución neutra de materia. Pueden existir en sólidos (como electrones excitados en metales), en líquidos (como sales disueltas en agua), pero es más común relacionarlos con los gases. Se cree que aproximadamente el 99% de la materia en el universo se encuentra en esta forma. Se considera como el cuarto estado de la materia. Es un medio conductor, en general compuesto de electrones e iones positivamente cargados. Las auroras, relámpagos y arcos eléctricos (de soldadura) son plasmas.

En general un plasma es una mezcla compleja de muchos tipos diferentes de partículas en movimiento térmico rápido. Las propiedades básicas del plasma son independientes de sus propiedades químicas y están determinadas en primer lugar por las leyes de conservación de energía y momentum y por la conducta de los electrones. Se usan métodos estadísticos para estudiar los plasmas. La densidad (η) y la temperatura cinética (T) son los parámetros básicos. El promedio de la energía cinética por partícula es de 1.5 veces la constante de Ludwig Boltzman por T, o sea 3/kT. La presión está definida por ηkT. En equilibrio termodinámico todas las temperaturas son la misma e (ignorando las interacciones de partículas) la suma de las presiones cinéticas es la fuerza por unidad de área en el continente. Se puede hacer una clasificación básica de plasmas en términos de densidad electrónica (ηe), temperatura electrónica (Te) y grado de ionización, o fracción de plasma ionizado.

Uno de los parámetros más importantes asociado con los plasmas es la longitud de Debye, un concepto similar al introducido en 1923 por los químicos Meter W. Debye y Walter K. F. Huckel[11] en su teoría de los electrolitos fuertes. En un plasma la longitud de Debye es la máxima distancia en la cual una gran diferencia en el número de cargas positivas y negativas puede ocurrir. Esta es una constante (h) que es igual a 69 (Te/ηe)1/2 dada en metros. Para distancias mayores de h, existe una casi-neutralidad, pero para distancias menores, un ion positivo puede ejercer una fuerza sobre un electrón. Este fenómeno lleva a la definición cuantitativa del plasma: un gas ionizado es un plasma si la dimensión física del gas es mucho menor que h.

Cuando el plasma no está en equilibrio y, especialmente cuando tiene corrientes eléctricas (movimiento general de los electrones relativo a los iones positivos), la interacción de partículas dentro de la esfera que tiene un radio de Debye se explica mejor en términos de colisiones binarias equivalentes. Esto es, sí es posible sumar las muchas interacciones simultáneas entre las partículas dentro de tal esfera en tal forma que pueda representarse como una serie de eventos discretos solamente entre dos partículas. El número de tales eventos se llama «frecuencia de colisión».

La frecuencia angular (Wp) de las oscilaciones del plasma es igual al promedio de la velocidad térmica del electrón por H o:

Wp = 56(ηe)1/2 (en radianes por segundo)

A temperaturas del orden de 1,000,000 °K, los átomos han sido despejados de todos sus electrones y pueden ocurrir reacciones nucleares.

Los plasmas pueden emitir Bremsstrahlung (radiación por frenado de electrones en colisiones elásticas). La potencia (energía por unidad de volumen) radiada es proporcional a la raíz cuadrada de Te.

Cuando un electrón es capturado por un ion positivo, emite un fotón (luz). Esto se llama Recombinación radiativa.

Como hemos dicho, el 99% de la materia en el Universo se encuentra en estado de plasma. Esto no es una exageración, puesto que el Universo se generó de una violenta explosión que inicialmente consistió en una «bola de fuego» de plasma de hidrógeno completamente ionizado.

En la siguiente Tabla podemos ver los diferentes tipos de plasmas que se encuentran en el Universo, junto con su densidad electrónica (ηe) y temperatura electrónica (Te).

PLASMA ηe (1/m3) Te (°K)
Sol    
Centro 1031 1.5 x 107
Fotosfera 1020 4,200
Cromosfera 1017 a 1020 5 x 105
Corona 1013 1.5 x 106
Viento solar (cercano a la Tierra) 5 x 106 4 x 105
     
Espacio Interestelar    
Regiones H II 106 104
Regiones H I 102 100 a 125
     
Espacio Intergaláctico 1 3
     
Tierra    
Magnetosfera exterior 107 a 106 104
Plasmosfera 1010 a 109 104
Ionosfera 1011 a 1012 250 a 3,000
     
Metales 1028 104

Continuará…

Portada de La tempestad en donde podemos ver a Ariel.

Varias representaciones de San Telmo. En este caso se trata del dominico Pedro González.

Busto de Diocleciano.

San Gregorio I El Grande.

Estatuas de Cástor y Polux en Roma.

Busto de Séneca.

Busto en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Julio César reportó haber observado Fuegos de San Elmo durante la guerra de las Galias.

Retrato de Magallanes en la Torre de Oro, Sevilla. El marino fue otro de los testigos del fenómeno eléctrico, durante su viaje de circunnavegación al mundo.

Museo de la Marina de Lisboa. Cristóbal Colón.

Alvar Núñez Cabeza de Vaca y un busto del marino.

Science Museum de Londres. Roger Bacon.

Dos dibujos de Plinio.

Charles Robert Darwin, en una fotografía de 1860. El naturalista inglés vio el fenómeno durante su famoso viaje en el Beagle

J. S. Henslow, corresponsal de Darwin.

Retrato de Herman Melville por A. W. Twitchell, 1847. En su famosa novela, Moby Dick, relata un episodio de corpo santo.

Otro retrato de Melville.

Probablemente en el origen de la ciudad de Teruel se encuentre un fenómeno del tipo de Fuego de San Telmo. Su escudo puede ser prueba de ello.

Dos dibujos del famoso experimento de Benjamín Franklin que daría lugar a la invención del pararrayos y a la posterior comprensión del Fuego de San Elmo como un fenómeno electromagnético.

El padre y parapsicólogo Óscar González Quevedo.

Explosión del Hindemburg provocada por la electricidad estática.

Philip Klass inició su carrera de escéptico profesional explicando los avistamientos de New Hampshire como producto del efecto corona sobre las líneas de alta tensión.

El famoso físico alemán Ludwig Boltzman.

Fotos de Fuegos de San Elmo en el laboratorio.


[1] Este artículo se publicó como Ruiz Noguez Luis, Fuegos de San Elmo, Cuadernos de Ufología, No. 9-10, 2da Época, Santander, sept.-dic. 1990, págs. 153-157.[2] Shakespeare William, Obras completas, La Tempestad. Planeta Agostini, 1990.[3] Quevedo González Óscar, ¿Qué es la parapsicología?, Colección Esquemas No. 98, Editorial Columbia, Séptima edición, Buenos Aires, 1973, páginas 50-51.

[4] Harrison Michel, Fuego en el cielo, Ediciones Martínez Roca, Colección Fontana Fantástica, Barcelona, 1980, páginas 49-50.

[5] Loeb B. Leonard, Electrical coronas. Their basic physical mechanisms, University of California Press, 1965.

[6] Robiou Lamarche Sebastián, Posibles ambigüedades sobre OVNIs, Stendek, Año IV, No. 13, junio 1973, páginas 18-21.

[7] Coffman A. John & Browne R. William, Corona chemistry, Scientific American, june, 1965.

[8] Klass J. Philip, Plasma theory may explain many UFOs, Aviation Week and Space Technology, Vol. 75, No. 23, 22 august de 1961, p. 52.

Klass J. Philip, Many UFOs are identified as plasmas, Aviation Week and Space Technology, Vol. 75, No. 23, 22 august 1961, p. 52.

Klass J. Philip, UFOs: Identified, Random House, New York, 1968.

Klass J. Philip, UFOs: Explained, Random House, New York, 1974.

Klass J. Philip, «letter», Astronautics and aeronautics, October 1975, p. 4.

Klass J. Philip, UFOs. The public deceived, Prometheus Books, New York, 1983.

[9] Hourcade W. Milton, Fenómeno OVNI desafío a la Ciencia, Ediciones de la Plata, Colección Periodismo y Testimonio, Montevideo, 1978.

[10] Barthold L. O. & Pfeiffer H. G., High voltage transmissions, Scientific American, may, 1964.

[11] Debye W. Peter & Hückel K. F. Walter, Physikalische Zeitschrift, No. 24, 1923, p. 185 y 305.

El soldado filipino (Final)

EL TRIBUNAL DEL SANTO OFICIO DE LA INQUISICIÓN

Aquí se nos presenta una nueva vertiente de investigación. ¿Hay algún registro de este evento en los archivos de la Inquisición? Hagamos un poco de historia.

El primer antecedente del Santo oficio en tierras americanas se presenta aún antes de la caída de Tenochtitlán. En 1520 Hernán Cortés promulga sus Ordenanzas contra blasfemos. Dos años después, los primeros frailes en territorio mexicano realizan actividades, que le corresponderían a la Inquisición, en contra de los herejes.

En 1530 Nuño Beltrán de Guzmán inicia el proceso por idolatría contra el señor de los tarascos, Caltzontzin. Pero la inquisición como tal no se instauraría en territorio mexicano sino hasta 1571.

El inquisidor general de España, el cardenal Adriano de Utrecht, delegó su autoridad en don Alonso Manso, obispo de Puerto Rico y en fray Pedro de Córdoba, viceprovincial de los dominicos en las Indias, quien vivía en Santo Domingo, la Española. Este último comisionó al fraile franciscano Martín de Valencia para que usara sus poderes inquisitoriales en la Nueva España, mientras no hubiera un prelado dominico.

Este Martín de Valencia ejecutó por idólatras a cuatro indios nobles tlaxcaltecas hacia 1524. En el 26 llegaron los primeros dominicos y entonces el cargo de inquisidor pasó a fray Tomás Ortiz, y al año siguiente a fray Domingo de Betanzos, quien estuvo muy activo durante el año en que presidió el tribunal (mayo 1527 a septiembre de 1528).

A Betanzos le siguió fray Vicente de Santa María quien realizaría el primer auto de fe en la Nueva España (octubre de 1528), en donde fueron quemados por herejes Hernando Alonso y Gonzalo de Morales.

Apenas un año antes, el 12 de diciembre de 1527, el emperador Carlos V propuso a la Santa Sede a Juan de Zumárraga, para que ocupara el obispado de México. Aunque llegó a México en 1928, no fue reconocido por el papa hasta 1534. A partir de entonces fungió como juez eclesiástico «ordinario», pero no como «inquisidor». Fue hasta el 27 de junio de 1535 que el presidente del Consejo Supremo de la Inquisición le concedió el título especial de inquisidor apostólico, título que le sería revocado en 1543.

Zumárraga quemó vivo a don Carlos Chichimecatecuhtli, cacique de Texcoco y descendiente en línea directa de Nezahualcoyotl, el 30 de noviembre de 1539.

El emperador otorgó el cargo de «visitador» e inquisidor apostólico al licenciado Francisco Tello, en 1543, motivo por el cual se le revocó el mismo título a Zumárraga. Tello estuvo en la Nueva España de 1544 a 1547, cuando regresó a España. A partir de ese año y hasta 1571 las actividades inquisitoriales serían asumidas por obispos e incluso frailes.

No fue sino hasta 1571 en que Felipe II creó oficialmente el Tribunal del Santo Oficio en México mediante la real cédula del 25 de enero de 1569, complementada por la del 16 de agosto de 1570.

La jurisdicción de este nuevo órgano comprendía toda la Nueva España, Guatemala, Nicaragua y las Filipinas. En ese entonces el inquisidor general de España era don Diego de Espinosa, cardenal obispo de Sigüenza. Este designó a don Pedro Moya de Contreras y al licenciado Juan de Cervantes como inquisidores del tribunal en la Nueva España, y para los cargos de secretario del secreto y fiscal a Pedro de los Ríos y al licenciado Alonso de Bonilla.

Eran tiempos del virrey Martín Enríquez. La inquisición se estableció en el monasterio de Santo Domingo. El 4 de noviembre de 1571 se ofició la misa y ceremonia por la que se daba por instaurada la Santa Inquisición en México.

El primer auto de fe oficial fue en septiembre de 1569, en donde se «dio por libre» a don Pedro Juárez de Toledo, acusado de hereje en Guatemala y muerto en 1569. En el acto se le restituyó de su honra y sus bienes pasaron a sus descendientes.

En ese mismo auto de fe fueron «relajados en persona» (condenados a muerte) cinco ingleses.

El sexto auto de fe se realizó el 24 de febrero de 1590. Los miembros de la familia de don Luis de Carvajal «el Viejo» (gobernador de Nuevo León), fueron condenados por judaizantes.

El auto de fe más notable del siglo XVI en México, se celebró el 8 de diciembre de 1596. En él se quemaron a nueve reos (cinco de ellos de la familia de Carvajal), de un total de cuarenta y nueve procesados:

«Fue cosa maravillosa la gente que concurrió a este auto famoso y la que estuvo en las ventanas y plazas hasta las puertas de las casas del Santo Oficio para ver este singular acompañamiento y procesión de los relajados, penitenciados que salieron con sogas y corozas de llamas de fuego (pintadas) y una cruz verde en las manos, llevando cada uno de éstos un religioso a su lado para que le exhortase a bien morir, y un familiar de guarda. Los reconciliados judaizantes con sambenitos»¦; los casados dos veces, con corozas pintadas significadoras de sus delitos; las hechiceras, con corozas blancas, velas y sogas; otros por blasfemos, con mordazas en las lenguas, en cuerpo, descubiertas las cabezas y velas en las manos»¦ y los dogmatistas y enseñadores de la ley de Moisés»¦ con sus caudas sobre las corozas retorcidas y enroscadas, significando las falsas proposiciones de su magisterio y enseñanza».

La Inquisición en México continuaría hasta las primeras décadas del siglo XIX, cuando serían enjuiciados Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos.

En los archivos de la inquisición de la Nueva España, que abarcaba y tenía jurisdicción sobre las islas Filipinas, no hay referencia alguna a un soldado filipino que haya sido embarcado en Acapulco para ser reintegrado a la sociedad filipina, luego de aparecer misteriosamente en el Zócalo de la Ciudad de México.

No creo que la Santa Inquisición hubiese dejado escapar la oportunidad de «relajar en persona» y quemar vivo a un soldado que, de seguro, había viajado por artes del maligno más de quince mil kilómetros «en menos de lo que canta un gallo».

De la misma opinión es don Artemio del Valle Arizpe cuando escribe en tono de sorna:

¡Señor! Ni una sola vez lo descoyuntaron, ni le retorcieron el cuerpo, ni le pegaron en los hierros candentes, ni le aplastaron los pies entre los torniquetes, ni le quebraron un solo hueso, ni el más pequeño, ¡caramba!, ni le desgarraron las carnes a azotes ni siquiera le hicieron tragar unos cuantos cuartillos de agua; nada, nada, sino que lo sentenciaron a que volviera a Manila, no ya con la violenta rapidez con que se trasladó a la Nueva España, en solo una noche, sino en el galeón que iba a zarpar en esos días del puerto de Acapulco. ¡Vaya una sentencia! ¡Para eso más valía que ni lo hubiesen aprehendido! ¡Lástima!

ARMANDO EL ROMPECABEZAS

Al caer Tenochtitlan en manos de Hernán Cortés, se funda el virreynato de la Nueva España (1535), cuya capital natural lo sería la ciudad de México, sede de la corte virreinal.

Hacia 1579 todo el territorio de la Nueva España, que iba desde Colombia hasta la Alta California, estaba poblado por 3, 445,000 habitantes y en todo el valle de México no habría más de 300,000.

Los sucesos y noticias que se daban en el centro del virreinato eran rápidamente conocidos por todos.

En 1559 (24 de septiembre) el Rey Felipe II ordenó al Virrey Luis de Velasco I que enviara una expedición hacia las Filipinas. El rey español conocía perfectamente que esos territorios caían en la demarcación portuguesa según el Tratado de Tordesillas, pero a pesar de ello quería consolidar su dominio por aquellas tierras, aprovechando que no había portugueses, con el fin de tender un puente comercial con China. Para eso era necesario encontrar una ruta de retorno hacia Nueva España: el llamado Tornaviaje.

Cinco de esas expediciones habían fracasado hasta que se decidió utilizar los servicios del padre Andrés de Urdaneta Cerain, el máximo experto náutico de aquellos días.

La nueva expedición, al mando de Miguel López de Legazpi y André de Urdaneta, partió del puerto de La Navidad, en Nueva España, el 21 de noviembre de 1564, llegando a las Filipinas el 13 de febrero del año siguiente.

Luego de explorar esas tierras y reparar la nao San Pedro y dejar un emplazamiento en Cebú para preparar la conquista, partieron nuevamente con rumbo a la Nueva España el 1 de junio de 1565. 7,644 millas los separaban del Nuevo Mundo: el viaje más largo realizado hasta entonces. Llegaron al puerto de Acapulco el 8 de octubre de 1565.

Pocos años después, tras la conquista de las Filipinas, esa ruta sería la que seguiría la famosa «Nao de China» que mantuvo el contacto comercial entre México y Filipinas hasta 1815, año en que zarpó el último galeón de Manila.

Para 1593 la ruta del oriente era ya una realidad, aunque ese año, como lo dice el doctor Antonio de Morga, no llegó ninguna «Nao de China» al puerto de Acapulco pues los dos barcos que había mandado el gobernador Das Mariñas, el San Felipe y el San Francisco, tuvieron que regresar al puerto de Sebu debido al mal tiempo. Luego vino el asesinato de Das Mariñas y los problemas por su sucesión, lo que fue alargando el tiempo para que se reestableciera la comunicación. La noticia de la muerte de Das Mariñas fue conocida antes en España, debido a la ruta normal vía la India. En México se conocería hasta el año siguiente, cuando llegaron las nuevas Naos de China. Es decir, no es cierto, como apunta don Luis González que en «la ciudad de México se enteraran de la muerte del gobernador, aún antes de que lo supiera la propia ciudad de Manila».

Dice el cronista que el soldado filipino «había estado en servicio en la isla capital la noche del 24 de octubre». A la mañana del día siguiente inexplicablemente se encontraba en la Plaza Mayor de la ciudad de México contando la historia de la muerte de Das Mariñas, ocurrida esa misma noche, como dice don Artemio del Valle Arizpe: «En la punta de Santiago y el día 25, el viento del este estrechó a la galera capitana a abandonar a las demás»¦ había tenido muerte airada en el mar, tal y como lo contó aquel extraño soldado que en la mañana del 25 de octubre».

En efecto, Gómez Pérez Das Mariñas había salido del puerto de Cavite el 17 de marzo y había llegado a Punta Azufre, a 24 leguas de distancia de Manila, la noche del 24, misma en que fue asesinado. Pero ese dato no se conocería en Manila sino hasta los siguientes días. Cualquier soldado que hubiese estado de guardia en Manila la noche del 24, no podría conocer esos datos.

Lo que ya se sabía tanto en España, Nueva España y las Filipinas fue que el gobernador había hecho un testamento (registrado en Manila el 30 de septiembre de 1592, un año antes de su muerte). No es raro suponer que fray Gaspar de San Agustín conoció la existencia de ese documento.

Pero no se les puede culpar de error, y mucho menos de engaño, a los cronistas mexicanos (González y del Valle), ya que ellos simplemente estaban transmitiendo una «tradición» (una leyenda). Ese era un género literario muy socorrido a finales del siglo XIX en el que se mezclaban la verdad y la fantasía, la novela y la historia. Incluso el mismo González Obregón nos dice que es un «cuento»:

En antiguos pergaminos hemos encontrado este acontecimiento poco conocido, y certificado por muy graves autores, insignes por su veracidad y teologías. Pero vamos al cuento…; esto es, a la historia.

En lo que sí se equivoca don Luis González es que don Antonio de Morga nunca mencionó al soldado filipino. Y muy probablemente también comete un error cuando escribe: «»¦ un soldado con el uniforme de los que residían en las islas Filipinas». Estas islas, junto con sus soldados, pertenecían al virreynato de la Nueva España y todos los militares poseían el mismo uniforme.

Pero la historia del soldado filipino no fue conocida en México sino hasta el siglo XX con la publicación del libro de don Luis González, Las calles de México. Los 300,000 habitantes de la capital de la Nueva España nunca tuvieron referencias de tan gran portento.

Ni la misma Inquisición se ocupó nunca de ese caso. En 1590 quemaron a don Luis de Carvajal «el Viejo», y hasta 1596 hubo otro acto de fe donde fueron procesados 46 acusados, y nueve de ellos fueron quemados vivos.

No hay ningún dato en los archivos del Santo Oficio que mencione al soldado filipino. El único que da cuenta de él es fray Gaspar de San Agustín, quien al parecer fue el que inventó la historia y quien escribió del asunto en 1698, casi un siglo después de los supuestos hechos. ¿De dónde sacó ese cuento? No lo sabemos, pero tres años antes de publicar su «Conquista de las Filipinas», en Londres apareció el libro Misceláneas, escrito por John Aubrey, quien escribió:

«Un caballero conocido mío, Mr. M, se encontraba en Portugal en 1655, cuando un hombre fue quemado en la hoguera por la Inquisición al asegurar que había sido trasladado a aquel país europeo desde Goa, en las Indias Orientales, en un plazo de tiempo increíblemente corto».

Una historia prácticamente idéntica a la contada por fray Gaspar de San Agustín, sólo cambian los lugares y las fechas (y el desenlace del protagonista). ¿Fue esta nota la que inspiró al sacerdote racista? Tal vez, pero de eso se tendrán que ocupar los investigadores portugueses hurgando en los archivos del Santo Oficio.

REFERENCIAS

Blair H. Emma & Robertson James Alexander, The Philippine Islands, 1493-1898, (volumenes 15 y 16) 55 volumenes, The Arthur H. Clark Company, Cleveland, Ohio, 1907.

Bosch José Ramón de Miguel, Andrés de Urdaneta y el tornaviaje, Euskonews & Media 211. zbk (2003 / 05 / 23-30)

Calderon J. Carlos, «(«¦) mando que si me llevare Dios fuera del Reyno de Galicia («¦)». El testamento de Gómez Pérez das Marinas, Gobernador y Capitán General de las Filipinas (Año 1592), Cuadernos de Ultramar; Revista Americanista, No. 4, Montevideo, 2002.

Calderon J. Carlos, Cambios y persistencias en la mentalidad nobiliaria gallega en el tránsito de la Edad Media a la Moderna según la literatura testamentaria: un estudio comparativo, Cátedra, Vol. I, Universidad Nacional del Comahue, Centro de Estudios Clásicos y Medievales, Argentina, Neuquén, 2002, págs. 101-125.

De San Agustín Gaspar (O. S. A.), Conquestas de las Islas Philipinas (1565 – 1615). La temporal, por las armas del señor don Phelipe Segundo el Prudente, Madrid 1698, edición, introducción, notas e índices por Manuel Merino, Biblioteca Missionalis Hispanica, Vol. 18, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Instituto Enrique Flórez, 1975.

Fernández del Castillo Francisco, Luis González Obregón, en Semblanzas de Académicos, Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana, México, 1975.

García G., Documentos inéditos o muy raros para la historia de México. La inquisición en México, Tomo V, México, 1906.

García G., Documentos inéditos o muy raros para la historia de México. Autos de fe de la Inquisición en México, Tomo XXVIII, México, 1910.

González Obregón Luis, Don Guillén de Lampart. La Inquisición y la Independencia en el siglo XVII, México, 1908.

González Obregón Luis, Las calles de México, Promexa, México, 1984, págs. 36-39.

Greenleaf E. Richard, The Mexican Inquisition of the Sixteen Century, University of New Mexico, Albuquerque, 1969.

Haupt Cecilia, Una biblioteca colonial en nuevo México, Bibl. Univ., Vol. IV, No. 1, enero-marzo de 1989, Universidad Nacional Autónoma de México, Dirección General de Bibliotecas.

Jessup Morris Karl, El caso de los OVNIs, Populibros La Prensa, México, 1956, págs. 169-172.

Jiménez Rueda Julio, Herejías y supersticiones en la Nueva España (Los heterodoxos en México), México, 1946.

Magdalena Mauricio, Artemio de Valle-Arizpe, en Semblanzas de Académicos, Ediciones del Centenario de la Academia Mexicana, México, 1975.

Medina José Toribio, Historia del Tribunal del Santo oficio de la Inquisición en México, ampliada por Julio Jiménez Rueda, Ediciones Fuente Cultural, México, 1952.

O»™Gorman Edmundo, La Inquisición en México, en Historia de México, Tomo VI, Salvat Mexicana de Ediciones SACV. México, 1978.

Vaamonde Lares César, Gómez Pérez das Marinas y sus descendientes, Boletín da Real Academia Galega, 79, 1913, págs. 186-187.

Vasco de Aponte, Relación de algunas Casas y Linajes del Reino de Galicia, Editorial Nova, Buenos Aires, 1943, págs. 62-69.

Morris Karl Jessup.

El caso de los ovnis, edición mexicana.

Luis González Obregón.

Don Luis González al final de sus días.

Las calles de México.

El soldado filipino.

Don Artemio de Valle Arizpe.

Historia, tradiciones y leyendas de calles de México.

Arcabucero español de la colonia.

El primer mapa de la ciudad de México fue mandado confeccionar por Hernán Cortes y aparece en sus Cartas de Relación de 1524.

El códice Osuna muestra la forma en que se hicieron los trabajos de cimentación de la catedral de México, en la Plaza Mayor.

El valle de México hacia 1519, tal como se muestra en este mapa francés de 1754.

El Tecpac Calli dibujado en el códice Osuna. En el zócalo de la ciudad de México.

Mapa de la ciudad de México basado en el de Cortés, del siglo XVI.

Tenochtitlan y el lago de México.

La ciudad de México aparece así en el Insularium de Benedetto Bordono (1528).

El valle de México según Camelli Carreri en su Giro del Mondo.

La ciudad de México en el mapa de Juan Bautista Ramusio.

La ciudad de México hacia 1683.

El Virrey Luis de Velasco, virrey de la Nueva España.

El mapa de Upsala de 1555.

Plaza Mayor de la ciudad de México hacia 1562-1566.

El Zócalo o Plaza Mayor hacia 1596.

Mapa de la ciudad de México en 1628, de Juan Gómez de Trasmonte.

Biombo que muestra el Palacio Virreynal hacia el siglo XVII.

La Plaza Mayor en una pintura de Villalpando de 1695.

Escudo de la Inquisición.

El Zócalo en 1834.

El Zócalo en 1847.

Legazpi, Urdaneta y Martín de Rada en las islas Filipinas, grabado de «Conquista de las islas Filipinas», de Gaspar de San Agustín.

Plano del puerto de Acapulco hacia el siglo XVI.

El puerto de Acapulco a mediados del siglo XIX. Del «Atlas Pintoresco» de García Cubas.

El soldado filipino (y 2)

RASTREANDO EL ORIGEN DE LA HISTORIA

Valle Arizpe, con su estilo recargado imitando la forma de escribir de la colonia, no nos proporciona mayor información, pero su antecesor, don Luis González, sí. Este cronista menciona a don Antonio de Morga Alcalde de las Causas Criminales de la Real Audiencia de la Nueva España y Consultor del Santo Oficio, y a su libro, Sucesos de las islas Filipinas. Esta obra fue publicada en México en 1609 («En casa de Geronymo Balli. Ano 1609. Por Cornelio Adriano Cesar«). El libro fue dedicado a don Cristóbal Gómez de Sandoval y Rojas, Duque de Cea.

Zaragoza hizo una reimpresión en Madrid, 1887 (No. 2658, del Catalogo de la librería del Padre Vindel); Rizal la tradujo al francés, Paris, 1890; y Lord Stanley al inglés, Londres, Hakluyt Society edition, 1868. Fue reeditado en 1907 por Emma H. Blair y James Alexander Robertson en su The Philippine Islands, 1493-1898, una enciclopedia en la que publican 55 volúmenes de obras dedicadas a la historia de las Filipinas. El libro del doctor Morga constituye los volúmenes 15 y 16 de la obra de Blair y Robertson.

El libro es importante porque Morga era un observador agudo que describe los asuntos diarios y comunes en las islas. Al ser un funcionario real, no tiene limitaciones y comenta las fuerzas y debilidades de los gobernadores de las islas.

En su introducción escribe Morga:

Pasé ocho años en las Islas Filipinas, los mejores años de mi vida, sirviendo continuamente como teniente del gobernador y capitán general, y, tan pronto como se estableció la Audiencia Real de Manila, en la oficina del interventor, la cual fui el primero en ocupar. Y deseoso que los asuntos de esas islas sean conocidos, especialmente los que ocurrieron durante mi estancia en ellas, he escrito estos temas en un libro de ocho capítulos, remontándolos hasta su origen cuando fue necesario. Los primeros siete capítulos contienen una descripción de los descubrimientos, las conquistas, y de otros acontecimientos en las islas y los reinos y provincias vecinos, que ocurrieron durante la época de cada uno de los gobernadores hasta que la muerte de don Pedro de Acuña. El octavo y último capítulo contiene un breve resumen de la naturaleza de estas regiones, de sus habitantes, de la manera de gobernarlos y convertirlos, y de otros detalles…

La obra, como ya se ha dicho, consta de ocho capítulos. Los primeros siete capítulos del libro se ocupan de los «descubrimientos, conquistas, y de otros acontecimientos… hasta la muerte de don Pedro de Acuña». El octavo, de los naturales, del gobierno, de la conversión, y de otros detalles.

Los títulos de cada capítulo son:

CAPÍTULO PRIMERO

De los primeros descubrimientos de las islas Occidentales; del viaje del Adelantado Miguel López de Legazpi; la conquista y el pacificación de las Filipinas durante su gobierno, y de Guido de Labazarris, quien ayudó al gobierno.

CAPÍTULO SEGUNDO

La administración del doctor Francisco de Sande, y los acontecimientos de las Islas Filipinas durante su mandato.

CAPÍTULO TERCERO

De la administración de don Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, y de Diego Ronquillo, quien tomó el mando debido a la muerte del anterior.

CAPÍTULO CUARTO

De la administración del doctor Santiago de Vera, y del establecimiento de la Audiencia de Manila, hasta su supresión; y de los acontecimientos durante este periodo.

CAPÍTULO QUINTO

De la administración de Gómez Pérez Das Mariñas, y del Licenciado Pedro de Rojas, quien fue elegido por la ciudad de Manila para actuar como gobernador, a causa de la muerte del anterior, hasta que don Luis Das Mariñas fue recibido como el sucesor de Gómez Pérez, su padre.

CAPÍTULO SEXTO

De la administración de don Francisco Tello, y del segundo establecimiento de la Audiencia de Manila; y lo ocurrido durante el período de esta administración.

CAPÍTULO SÉPTIMO

Del gobierno de don Pedro de Acuña, gobernador y presidente de las Filipinas, y de lo que ocurrió durante su administración, hasta su muerte en junio del año mil seiscientos seis, después de su regreso a Manila desde Molucas, donde conquistó las islas del rey de Terrenate.

CAPÍTULO OCTAVO

Relación de las Islas Filipinas y sus nativos, antigüedad, costumbres y gobierno, tanto en su periodo de paganismo como después de ser conquistados por los españoles, y otros detalles.

Para los fines de este artículo sólo el capítulo V es importante. En él, Morga se ocupa del fallecimiento de Gómez Pérez Das Mariñas y los interinatos de Pedro de Rojas y Luis Pérez Das Mariñas.

La administración de Das Mariñas se caracterizó por su gran energía y entusiasmo. La construcción del muro de Manila y otras fortificaciones, el edificio de galeras, la regulación del comercio, las diferentes pacificaciones, la reconstrucción de Manila, y el inicio de negociaciones con Japón, son todas parte de su administración.

Después de su muerte, comenzó la competencia por su puesto, ya que el gobernador había asegurado a varias personas que las designaría en caso de su muerte. Especialmente a Estevan Rodríguez de Figueroa, hombre rico de Pintados, al que le «había mostrado una declaración firmada en su favor». En Manila, Pedro de Rojas, teniente y asesor, es elegido gobernador en el ínterin, pero después de cuarenta días Luis Pérez Das Mariñas toma la oficina en virtud de un documento firmado a su favor. La noticia de la muerte de Das Mariñas fue conocida en España a través de la India.

Las partes más sobresalientes de ese quinto capítulo son:

CAPÍTULO QUINTO

De la administración de Gómez Pérez Das Mariñas, y del Licenciado Pedro de Rojas, quien fue elegido por la ciudad de Manila para actuar como gobernador, a causa de la muerte anterior, hasta que don Luis Das Mariñas fue recibido como el sucesor de Gómez Pérez, su padre.

Tan pronto como Gómez Pérez Das Mariñas llega a las Filipinas, lo reciben como gobernador por aclamación popular. Suprimió la Audiencia, y las residencias de su presidente, interventores, fiscales, y otros funcionarios fueron tomadas por Licenciado Herver del Coral, a quien el Virrey don Luys de Velasco[1] había enviado para ese propósito, en virtud de un decreto real recibido a ese efecto. El nuevo gobernador inauguró su mandato estableciendo la paga de la guarnición, y ejecutando, con gran entusiasmo y celo, muchas y varias cosas, para las cuales poseía órdenes e instrucciones reales, sin retraerse de otro tipo de trabajos, y tomándolos a su cargo. Su primer trabajo fue el amurallado de la ciudad, lo cual atendió de forma asidua, que casi fue terminada antes de su muerte. También construyó una caballeriza sobre el promontorio de Manila en donde estaba la vieja fortaleza de madera, a la que llamó Santiago, y la fortificó con artillería. Destruyó los cimientos del fuerte de Nuestra Señora de Guía, que su precursor había construido; construyó de piedra la catedral de Manila, y animó a los habitantes de la ciudad que poco antes habían comenzado a construir, a que perseveraran en la construcción de sus casas de la piedra, un trabajo que el obispo fue el primer en comenzar al edificar su casa. Durante su mandato aumentó el comercio con China, y reguló mejor la navegación con Nueva España, y despachó navíos en esa línea. Construyó algunas galeras para la defensa de la costa, pacificó a los Zambales, que se habían rebelado, y ordenó a su hijo don Luys Das Mariñas, de la orden de Alcántara, que hiciera una incursión con las tropas de Manila al interior de la isla de Luzón, cruzando el río Ytui y otras provincias todavía no exploradas o vistas por los españoles, hasta llegar a Cagayan. Construyó también una fundición de artillería en Manila, con fundidores expertos, pero resultaron pocas piezas mayores.

En el primer año de su administración, envió al presidente y a los interventores de la recién suprimida Audiencia a España. El Licenciado Pedro de Rojas, el interventor mayor, permaneció con el gobernador por orden de su majestad, como teniente-asesor en materias de justicia, hasta que algunos años más tarde fue designado alcalde en México.

Durante la administración de Gómez Pérez, las relaciones y la paz que existía entre los japoneses y los españoles de las Filipinas comenzaron a fracturarse; hasta entonces los barcos japoneses que salían del puerto de Nangasaqui hacia Manila, desembarcaban con su harina y otras mercancías, y eran recibidos amablemente. Pero Taicosama, señor de todo el Xapon, fue incitado por las insidias de Farandaquiemon -un japonés de extracción baja, uno de los que vinieron a Manila- para escribir de una manera bárbara y arrogante al gobernador, demandando sumisión y tributo, y amenazando con venir con una flota y para devastar el país. Pero, entre las demandas y las contestaciones, pasaron varios años, hasta que Taico murió.

Mientras que Xapon causaba al gobernador una cierta ansiedad, el rey de Camboja le envió una embajada con el portugués Diego Belloso, quien trajo un presente de dos elefantes y oferta de la amistad y comercio con su reino, e imploró la ayuda contra Sian -que amenazaba Camboja. El gobernador contestó al rey, y le envió un caballo, con algunas esmeraldas y otros objetos, pero pospuso para después lo relacionado con la ayuda, y agradeció su amistad. Éste fue el origen de los acontecimientos y las expediciones que se hicieron más adelante desde Manila a los reinos de Sian y de Camboja, en el continente de Asia.

A partir del momento que Gómez Pérez recibió su carga de España, él había acariciado el deseo de conducir a una expedición de Manila para conquistar la fortaleza de Terrenate en Molucas, a causa de la gran importancia de esta empresa, y los resultados, en los cuales no se había logrado ningún éxito en otras ocasiones. Constantemente tomaba las medidas necesarias para emprender esta expedición, pero tan secretamente que no lo dijo a nadie, hasta, el año noventa y tres, viendo que los preparativos para su expedición parecían suficientes, declaró su propósito, y estuvo listo, con más de novecientos españoles y doscientos navíos, contando galeras, galeones, fragatas, virreyes, y otros aparatos. Dejó los asuntos de guerra de Manila y de las islas, con algunas tropas -aunque escasas para la defensa de la ciudad- a cargo de Diego Ronquillo, su maestro-de-campo; y los de la administración y de la justicia al Licenciado Pedro de Rojas. También envió a su hijo, don Luys Das Mariñas, a la retaguardia con el resto de la flota, como su teniente en la oficina del capitán-general, a las provincias de Pintados, de dónde debía navegar; mientras que él mismo permanecía en Manila y hacía sus preparativos finales y que armaba una galera de veintiocho bancos, en la cual debía navegar. Esta galera contaba con buenos remeros chinos[2], a sueldo, que, para ganar su buena voluntad, él no permitiría que fueran encadenados, e incluso se les permitiría llevar ciertas armas. Cerca de cuarenta españoles se embarcaron en la galera, y la galera misma era acompañada por algunas fragatas y barcos más pequeños, en los cuales se embarcaron los civiles. El gobernador salió del puerto de Cabit, en el mes de octubre, mil quinientos noventa y tres, para las provincias de Pintados, donde esperaba reunirse con la flota que los aguardaba allí, y proceder a Molucas. Por la tarde del segundo día de viaje, alcanzaron la isla de Caca, a veinticuatro leguas de Manila, y cerca de la costa de la misma isla de Luzón, en un lugar llamado Punta del Acufre, donde hay un viento principal fuerte. La galera intentó rodear este punto remando, pero no pudieron hacer ningún progreso hasta que el viento amainara, anclaron bajaron una vela, y permanecieron allí esa noche. Algunos de los barcos que navegaban con la galera se acercaron más a la costa a la vista de la galera, y la aguardaron allí.

El gobernador y los que lo acompañaron pasaron la noche jugando en la popa, hasta el final de la primera hora. Después de que el gobernador hubiera entrado en su cabina para descansar, los otros españoles fueron también a sus ballesteras para el mismo propósito, dejando a los guardias en la pasarela del barco, en el arco y la popa. Los remeros chinos, que desde hacía tres días que conspiraron para apoderarse de la galera al momento en que se presentara una oportunidad favorable -para evitar el trabajo de remar en esta expedición, y apoderarse del dinero, de las joyas, y de otros artículos del valor a bordo del barco- pensado que no debían perder su oportunidad. Los jefes designados para su ejecución proporcionaron velas, y camisas blancas con las cuales vestirse, para realizar su plan esa misma noche, en la última hora antes del amanecer, cuando percibieron que los españoles estaban dormidos. A una señal que dio uno de ellos, todos a la misma hora se pusieron sus camisas, encendieron sus velas, y dispusieron de su catana, y atacaron a vigilantes y a los hombres que dormían en las ballesteras, e hiriéndolos y matándolos, tomaron la galera. Algunos de los españoles se escaparon, algunos nadando a tierra, otros por medio de la tienda de la galera, que estaba en la popa. Cuando el gobernador oyó el ruido desde su cabina, pensó que la galera era arrastrada por la corriente y que el equipo bajaba la vela y llevaba los remos, él se apresuró a salir de la cabina sin tomar cuidado. Varios chinos lo aguardaban allí y le partieron la cabeza con una catana. Así herido cayó abajo de las escaleras en su cabina, y los dos criados que estaban allí, le llevaron a su cama, donde murió inmediatamente. Los criados tuvieron el mismo destino al recibir puñaladas a través de la portilla. Los únicos españoles que sobrevivieron en la galera fueron Juan de Cuellar, secretario del gobernador, y el padre Montilla de la orden franciscana, que dormían en la cabina, y que permanecieron allí sin salir; ni los chinos, pensaron que había más españoles, por lo que entraron hasta el día siguiente, y sacaron a los dos hombres y los pusieron en tierra en la costa de Ylocos, en la misma isla de Luzón, para que los naturales les pudieran permitir tomar agua de la orilla, que necesitaban urgentemente.

Aunque los españoles que estaban en los otros barcos, cerca de la tierra, percibieron las luces y oyeron el ruido hecho en la galera desde sus naves, pensaron que se hacía algún trabajo; y cuando luego, supieron lo qué sucedía por los que se habían escapado nadando, ya no podían proporcionar ninguna ayuda y aguardaron, pues todo estaba perdido, y había pocas e insuficientes fuerzas. Esperaron hasta la mañana, y cuando comenzó a amanecer, vieron que la galera ya había fijado su bastardo, y navegaba, viento en popa hacia China, y no podían perseguirla.

La galera navegó con un viento favorable todo a lo largo de la costa de la isla hasta abandonarla. Tomó un poco de agua en Ylocos, donde abandonaron al secretario y el religioso. Los chinos intentaron llegar a China, pero no pudieron llegar, viraron hacia el lado de babor al reino de Cochinchina, en donde el rey de Tunquin tomó su carga y dos piezas grandes de artillería que fueron fabricadas para la expedición de Molucas, todas las joyas, dinero, y artículos del valor; la galera fue dejada a la deriva en la costa, y los chinos se dispersaron y huyeron a diversas provincias. El gobernador Gómez Pérez tuvo esta muerte desafortunada, con lo cual la expedición y la empresa a Molucas, que el gobernador había emprendido, cesaron también. Así terminó su administración, después de que hubiera gobernado algo más de tres años.

¿Y EN DÓNDE ESTÁ EL SOLDADO?

Luego se hace un recuento de las luchas políticas por ocupar el poder vacante, y de los problemas que se generaron debido a que Das Mariñas había prometido a varios ser su sucesor. Más adelante el doctor Antonio de Mora escribe:

Ese año no se envió ninguna nave a la Nueva España desde las Filipinas, porque el gobernador Gómez Pérez, antes de comenzar la expedición a las Molucas, había enviado allí los barcos el «San Felipe» y el «San Francisco,» que, a causa de las grandes tormentas, tuvieron que regresar, el «San Felipe» al puerto de Sebu y el «San Francisco» a Manila, y no podrían reembarcarse hasta el año siguiente. En Nueva España se sospechó que había problemas en las islas debido al no arribo de las naves, y las personas no sabían lo que realmente había sucedido; ni era posible en la misma época -en la ciudad de México- comprobar de dónde habían emanado las noticias. Esto se supo muy pronto en España, a través de la India, fueron enviadas cartas a Venecia, a través de Persia; e inmediatamente se designó un nuevo gobernador.

Más adelante Morga comenta la forma en que llegó a tener contacto con las Filipinas.

En el mismo año de noventa y tres en el cual Gómez Pérez murió en las Filipinas, el consejo después de consultar con su majestad, resolvió que la oficina del teniente-asesor en materias judiciales, que habían sido ocupada por Licenciado Pedro de Roxas desde la supresión de la Audiencia, se debía hacer más importante que antes para facilitar las materias; que el título de la oficina después de esto debía ser del teniente-general; y en materias judiciales su ayudante debía tener autoridad para oír casos con apelaciones que no excedieran del valor de mil ducados castellanos. Para esto promovieron al Licenciado Pedro de Rojas de la oficina del alcalde de México, y su majestad designó al doctor Antonio de Morga para tomar la última residencia, y la oficina del teniente-general de las Filipinas. En el curso de su viaje el último llegó a Nueva España en el principio del año noventa y cuatro, y encontró que no habían llegado las naves que, como arriba se dijo, no habían podido venir de las Filipinas. Además de la muerte de Gómez Pérez, otros acontecimientos que habían ocurrido, eran desconocidos hasta que la llegada de don Juan de Velasco, en el mes de noviembre del mismo año, en el galeón «Santiago,» que había sido enviado a las islas un año antes por el Virrey Don Luys de Velasco, con los suministros necesarios. Él trajo las noticias de la muerte del gobernador y de la sucesión a la oficina del hijo del finado, don Luys Das Mariñas. De inmediato se prepararon los hombres y las provisiones frescas para las islas y junto con muchos pasajeros y religioso de España, el doctor Antonio de Morga se embarcó en el puerto de Acapulco, en los galeones «San Felipe» y «Santiago,» con todo bajo su cargo. Él fijó la salida el veintidós de marzo del noventa y cinco, y llegó bajo buen tiempo al puerto de Cabit, el once de junio del mismo año. Él entró a su oficina de teniente-general, y comenzó a ocuparse de sus deberes y las otras materias a su cargo.

Hasta aquí lo más sobresaliente y que atañe a nuestra historia del soldado Filipino. Como se ve no hay ninguna referencia a tal soldado.

EL TESTAMENTO DE GÓMEZ PÉREZ DAS MARIÑAS

Tratando de salir de ese callejón sigamos el otro hilo conductor que nos proporciona Luis González Obregón. El cronista de la ciudad de México habla de la muerte del gobernador de Filipinas: don Gómez Pérez das Marinas Ribadeneira (que era su nombre completo). Este caballero era uno de los favoritos del rey Juan II. Señor de A Coruña y de As Mariñas y poseedor de una torre en Mesía.

El rey Felipe II le nombró sucesor del doctor don Santiago de Vera, quien había administrado la Audiencia de Manila desde 1584 y que, a su vez, fuera sucesor de don Diego Ronquillo (1580). Das Mariñas fue gobernador de Filipinas de 1590 a 1593, año de su muerte. Su hijo, don Luis Pérez das Marinas le sucedió en el cargo de 1593 a 1596.

Dato interesante. Algo poco común para su época, el Gobernador y Capitán General de las Filipinas escribió de su propio puño y letra su testamento registrado en Manila el 30 de septiembre de 1592, un año antes de su muerte. Escribe:

«»¦ disponer de lo que en este mundo (Dios) me encomendó que fue mucho más de lo que yo meresco dexandolo en la orden de placer concierto»

«Si Dios nuestro señor fuese serbido de llebarme de esta presente bida en esta ciudad de Manila mi cuerpo se deposite en el conbento de Santo Domingo della en lo alto de la capilla mayor al lado derecho del altar mayor».

«»¦ si me llevare Dios fuera del reyno de Galicia, después de gastado mi cuerpo se lleven mis huesos a Galicia y se entierren el conbento de San Francisco de la Villa de Vivero en la capilla mayor»¦ que si Dios me llevare en estas Islas y don Luys mi hijo fuere a España sin poder llevar mis huesos por no estar el cuerpo gastado o por otra causa, que dexe persona de cuydado e confianca que los aga de llebar de secreto por escusar costas y con costas o sin ellas quiero que se llieven».

También establece las honras fúnebres que le tributarán:

«»¦ ábito de Santiago y que allí esté depositado y sobre del una tumba cubierta e un paño de raso negro»¦ y que las fiestas principales este paño sea de terciopelo negro»¦ todas las misas cantadas e recadas que sea posible e por ellas se de la limosna ordinaria

«»¦ que el día de mi entierro y de las onras se bistan doce pobres a onra de los doce apostoles de la manera que pareciere a mis albaceas».

«»¦ primeramente nombro y señalo por heredero y sucecor en el dho. Vinculo a don Luys Pérez das Mariñas»¦ mi hijo legítimo»¦ para que lo aya e goce y herede todos los días de su vida e después de ella su hijo mayor varon siendo legitimo abido de legitimo matrimonio».

El escribano Jerónimo de Messa elaboró el protocolo notarial:

«En la Muy Noble y Siempre Leal ciudad de Manila de las yslas felipinas del Poniente; a treynta días del mes de septiembre de mill y quis.° e nobenta y dos años en presencia de los testigos aquí contenidos Gomez das Mariñas Caballero profeso de la Orden de Sant.° Gobernador e Capitan General en estas yslas por el Rey nuestro Señor, dio y entrogo a mi el presente escribano esta escriptura cerrada»¦ la cual dicho y declaro su testamento ultima e postrimera boluntad y herederos nombrados y donde a de ser enterrado y questa escriptura tiene trece foxas y al cabo firmado de su nombre»¦»

Dejemos por un momento a don Gómez Pérez e investiguemos otra fuente citada por González Obregón.

FRAY GASPAR DE SAN AGUSTÍN

Gaspar de San Agustín, nacido en 1650 y muerto en 1724 escribió las crónicas más duras, despreciables y críticas de la sociedad filipina. Para el religioso los habitantes de aquellas islas eran poco menos que animales. Critica su sociedad, tradiciones y costumbres, y el propio carácter del pueblo filipino. Su obra se publicaría en España hasta 1698.

Fundó varios monasterios de la orden de San Agustín, como el de Santo Cristo Milagroso en Apo Lakay; Sinaí, Ilocos Sur; La Virjen Milagrosa (Apo Baket) en Badoc, Ilocos Norte. También rigió varias parroquias, pero como era lógico y debido a su espíritu antifilipino, no duró mucho en ninguna.

Fray Gaspar de San Agustín escribió poesía e historia. Se le considera el primer estudioso de la gramática filipina. Escribió el Compendio de la Arte de la Lengua Tagala.

Como historiador, se le debe la obra Conquestas de las Islas Philipinas (1565 – 1615). En esta obra sigue los pasos del doctor Antonio de Morga, y cuenta de esta manera la llegada de los embajadores de Camboya:

«Casi por el mismo tiempo llegaron a Manila por parte del rey de Camboxa Embaxadores, el vno Portugués, nombrado Diego Belloso, y el otro Castellano, llamado Antonio Barrientos, que truxeron de regalo al Gobernador dos hermosos elefantes, que fueron los primeros que se vieron en Manila. El motivo de esta Embaxada se reducía a pedirle su amistad, y alianza, para que les diese socorro contra el Rey de Siam su vezino, que pretendía invadirle. Recibió el Gobernador Gómez Pérez Das Mariñas la embaxada con agrado, y el regalo que le traía; y como no se hallase con bastante gente para el socorro que se le pedía, despachó los Embaxadores, dándole al Rey de Camboxa buenas esperanzas: y correspondiéndole con otro regalo, se estableció buena correspondencia para el comercio entrambas naciones».

Pero en donde se aparta de la versión del citado Morga es cuando menciona, por primera vez, al soldado filipino:

«Es digno de ponderación que el mismo día que sucedió la tragedia de Gómez Pérez, se supo en México por arte de Satanás; de quien valiéndose algunas mujeres inclinadas a semejantes agilidades, transplantaron a la plaza de México a un soldado que estaba haziendo posta vna noche en vna Garita de la Muralla de Manila, y fue executado tan sin sentirlo el soldado, que por la mañana lo hallaron paseándose con sus armas en la plaza de México, preguntando el nombre de cuantos pasaban. Pero el Santo Oficio de la Inquisición de aquella ciudad le mando bolber a estas islas, donde lo conocieron muchos, que me aseguraron la certeza de este suceso…»

Esta es la primera y única versión original que menciona la extraña aparición en la Plaza Mayor de la ciudad de México. Fue escrita por un monje racista que nació 53 años después de que hubiesen ocurrido los supuestos hechos. No existe ninguna confirmación de otros cronistas españoles residentes en las Filipinas contemporáneos a la muerte de Das Mariñas. Mucho menos hay constancia en los historiadores de la Nueva España. Un suceso así debió cimbrar las entrañas de una sociedad colonial temerosa de la iglesia. No podía pasar inadvertido. Mucho menos por quienes guardaban de la pureza de las costumbres.

Continuará…


[1] Se refiere a don Luis de Velasco II, quien fuera el octavo Virrey de la Nueva España de 1590 a 1595.

[2] San Agustín y Argensola dicen que eran 250 chinos.