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El profesor Luiz Ferraz Netto gana el premio Candela

Premio Candela

«Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad» «“ Proverbio

PREMIADOS

– Octubre 2007

El profesor Luiz Ferraz Netto, responzable del sitio online Feira de Ciências. Con más de dos decenas de «salas» conteniendo centenas de explicaciones, referencias y – ¡claro! «“ experimentos científicos, es un trabajo «imperdible».

Sobre el premio Candela

Durante la fiebre de caza de brujas en Europa, en donde la única forma de probar su inocencia podía ser ahogándose en el fondo de un lago, pocas voces osaron levantarse contra las atrocidades cometidas en nombre de lo sobrenatural.

Fue especialmente en este contexto que el inglés Thomas Ady valerosamente publicó en 1656 el tratado «Uma Vela no Escuro» advirtiendo que «el gran error de estos tiempos es atribuir poder a las brujas, y por la tonta imaginación de los cerebros de los hombres, promover la matanza de inocentes». Escrito como consejo a los tribunales, su tratado exhibe las incoherencias e injusticias de uno de los extremos históricos más conocidos de irracionalidad.

En algunos países de África, en Paquistán y la India, las personas inocentes continúan siendo asesinadas como brujas, aunque esta locura en particular se haya extinguido en gran parte del mundo. Pero dio lugar a muchas otras.

Estas nuevas locuras no acostumbran ser tan explícitas en sus atrocidades, no obstante su impacto en la sociedad continúa siendo tan dañino como cuándo Ady advirtió sobre el peligro: «las naciones perecerán por la falta de conocimiento».

El astrónomo Carl Sagan se refirió a Ady en el subtítulo de su última obra publicada trescientos cuarenta años más tarde, en 1996. «El mundo y sus demonios «“ La ciencia vista como una vela en la oscuridad» es un libro escrito como consejo al público sobre los incoherencias y los peligros de las pseudosciencias.

El premio «Candela» del proyecto HAAAN, es así una reverencia a Ady, Sagan, y a todos los premiados por su trabajo en ayudar a iluminar el mundo.

Los niños salvajes (28)

LA MANZANA

Otro caso de abuso infantil, esta vez generado por el fanatismo y las normas religiosas, es el de las niñas gemelas Zahra y Massoumeh Naderi. Su padre, un anciano de 65 años sin empleo, llamado Ghorban Ali Naderi aplicó la ley musulmana de una forma cruel y estúpida. Mantuvo a estas niñas iraníes alejadas de todo contacto con cualquier otro ser humano. Incluso él mismo, la madre y otros familiares no tenían acceso a las niñas, mucho menos los vecinos.

Ghorban era un hombre estricto y religioso que estaba preocupado por su honor y no deseaba que sus hijas estuvieran expuestas a las pecaminosas influencias del mundo exterior mientras él estaba fuera de la casa. Su esposa, una mujer ciega, estaba de acuerdo y entre ambos decidieron mantener encerradas a las niñas en un cuarto de tres por cuatro metros. Las niñas crecieron tras las rejas y paredes de una casa pobre de Teherán, sin bañarse sin aprender a caminar correctamente y emitiendo solamente gruñidos inarticulados.

Durante años nadie se dio cuenta de esta atrocidad. Pero luego, en 1997 cuando las niñas tenían unos 10 años de edad, unos vecinos dieron parte a las autoridades, a la Dirección de Asuntos Sociales, la dramática situación en la que se encontraban las dos hermanas gemelas, encerradas por su padre desde su nacimiento, y las niñas, al fin, pudieron ser rescatadas. Eran una piltrafa. Apestaban, no podían caminar y emitían gruñidos y otros ruidos sólo comprensibles entre ellas.

La trabajadora social examinó la situación y se enfrentó a los padres que aseguraban protegerlas así del mundo exterior: esa fue la opción que tomaron para mantenerlas seguras del mundo, alejadas del ojo masculino. La asistente social advirtió a los padres que tomaría a las muchachas bajo su cuidado si sus circunstancias no mejoraban. Se permitió que el matrimonio conservara la custodia a condición de que quitaran las rejas y candados de su puerta delantera.

Cuando la trabajadora social volvió, las encontró de nuevo inmovilizadas por su padre. Ghorban se quejó, lloró e insistió inútilmente en que no había hecho otra cosa que cumplir con el mandato de lo que le enseñó la tradición. Para apoyar sus palabras sacó un vetusto libro de Consejos para los Padres que inspiró literalmente su política hogareña. En el libro se podía leer: «La mujer es una flor que se marchita al sol y la mirada de los hombres es ese sol».

Eventualmente ocurrió una inversión de papeles: mientras que las niñas consiguieron salir a la calle e interaccionar con otros niños, Ghorban fue forzado a permanecer en casa tras las rejas de la puerta.

La noticia apareció en todos los diarios y la televisión de Irán. Después de conocer sobre esta tragedia, la hija del director de cine iraní Mohsen Makhmalbaf, Samira Makhmalbaf, una joven de 17 años, se comenzó a interesar en el destino y futuro de las gemelas.

Samira Makhmalbaf entró en contacto con la familia y consiguió que actuaran en una especie de documental basado en sus vidas: La Manzana. Aunque escrita por su padre y con el trabajo de la madre (Marziyeh Meshkini) como asistente de director, La manzana es una pequeña obra de arte ganadora de varios premios: Premio del público del Festival Internacional de Cine Independiente de Buenos Aires, así como también el de la OCIC, que nuclea a los críticos internacionales; el trofeo Sutherland para la mejor opera prima en el festival de películas de Londres; y obtuvo buenas críticas en el festival de películas de Nueva York y en Cannes 98.

La manzana relata el encuentro de las dos gemelas con el mundo exterior. El momento en que quedan libres, atraviesan el umbral, y se enfrentan a un nuevo mundo totalmente desconocido para ellas en donde todo las sorprende. Juntas, descubren lo que hay más allá de la puerta de su casa y se relacionan con otros niños.

También se le da voz al padre, quien insiste en decir que obedece a los preceptos tradicionales. No entiende porqué se le ha presentado como un monstruo. Se siente desconcertado y herido.

Esporádicamente aparece la silueta de la madre cuyo rostro jamás podrá verse, cubierto perpetuamente con el chador, maldice a la trabajadora social ante la impotencia de su ceguera.

Samira abordó la historia de las niñas en el intervalo que va desde su retorno al hogar (luego de un breve período de atención médica) y la disolución del sistema de encierro en que consistía la totalidad de su mundo.

Se asiste a la humanización de las hermanas con un regocijo que no puede dejar de trasladarse al espectador. En una entrevista Mohsen Makhmalbaf declaró: «Como ves en la película, estas dos muchachas al principio de la película parecen animales. Sólo hacen sonidos igual que los animales. Filmamos esto en 11 días, y durante estos 11 días, cambiaron más que durante esos 11 años, sólo debido a tener contacto con nosotros».

La «actuación» de las dos niñas es simplemente mágica. Su pureza e inocencia se ve en su comportamiento natural y genuinamente encantador vistos tan raramente en las películas. Zahra y Massoumeh ejecutan ante cámara la ínfima articulación de las escasas palabras que han aprendido. Aun cuando son liberadas, las muchachas no pueden inicialmente funcionar en un mundo del que no tienen ningún concepto y regresan al único lugar que les es familiar: su patio trasero. Pero poco a poco se van integrando. El encuentro con otros chicos o un animal, el simple hecho de cruzar la calle, de alejarse de la cuadra de casa o ir a comprar a algún negocio asume las formas del asombro propias de la infancia. Su sentido de descubrimiento en las calles diarias de Teherán se colorea con un temor encantador por los placeres simples. El sabor del helado, el encuentro con una cabra, las interacciones con los vendedores y los potenciales amigos dan lugar a situaciones cómicas y profundamente humanas.

Ficha técnica

Título original: Sib

Dirección: Samira Makhmalbaf

Guión: Mohsen Makhmalbaf y Samira Makhmalbaf

Fotografía: Mohamad Ahmadi y Ebrahim Ghafori

Música: Philippe Sarde

Producción ejecutiva: Iraj Sarbaz

Montaje: Mohsen Makhmalbaf

Intérpretes: Massoumeh Naderi (Massoumeh), Zahra Naderi (Zahra), Ghorban Ali Naderi (el padre), Azizeh Mohamadi (la madre), Zahra Saghrisaz (la asistente social).

Año 1998

Nacionalidad Irán

Estreno 26-11-98

Género Drama

Duración 85 m

Continuará…

Los niños salvajes (27)

OXANA MALAYA

Oxana Malaya nació en 1983 en una granja de la aldea de Novaya Blagoveschenka, en Ucrania. Sus padres eran alcohólicos que constantemente discutían y gritaban. Su madre la golpeaba y ella se orinaba por el terror. Una noche, cuando Oxana tenía tres años, sus padres completamente borrachos la dejaron en el exterior. «Se olvidaron totalmente de mí», cuenta a los 23 años. Ella se arrastró a un cobertizo en donde guardaban perros.

Pasó el tiempo y nadie se preocupó en buscarla. Es más, parecía que no habían notado su desaparición. Oxana permaneció donde había calor y alimento. Los perros la adoptaron como una más de la jauría y compartían con ella los restos de comida y la carne cruda.

Poco a poco fue perdiendo su humanidad. Olvidó el lenguaje, adoptó la forma de caminar de los perros y aprendió a sobrevivir entre los animales. Al parecer se acercaba a las casas con sus amigos perros para conseguir alimento, pero los humanos ya no eran más de su especie.

Cinco años después un vecino reportó un niño que vivía con los perros callejeros. Cuando la encontraron, en la edad de ocho años, en 1991, Oxana apenas podía hablar y se comportaba exactamente como un perro. Su caso es idéntico a los anteriores: jadeaba, olía la comida antes de comerla, andaba a cuatro patas, enseñaba los dientes al sentirse cercada, ladraba y gruñía. Bebía el agua directamente de las charcas con la lengua. Cuando se mojaba sacudía la cabeza y el cuello para librarse de las gotitas, exactamente como lo hacen los perros. En el 2001 el Discovery Channel emitió un documental sobre Oxana. «La niña perro» vivía en una clínica para discapacitados mentales. Aunque en la clínica la enseñaron a caminar verticalmente, a comer con las manos y a comunicarse como un humano, seguía mostrando su extraño comportamiento canino. Estas características hicieron que tuviera su primera desilusión sentimental. Cuando ella le contó a su novio lo que había ocurrido en su vida y le mostró que todavía era capaz de gimotear, ladrar y correr a cuatro patas, el chico se asustó y nunca más volvió con ella.

Oxana pudo aprender a hablar otra vez porque ella ya tenía cierto discurso infantil antes de que la abandonaran. Los expertos están de acuerdo en que a menos que un niño aprenda hablar a la edad de cinco años, el cerebro pierde su ventana de oportunidad de adquirir un lenguaje, una característica que define a los seres humanos.

Cinco años después del programa de Discovery Channel, la televisora británica Channel Four contrató a la psicóloga británica y experta en niños salvajes, Lyn Fry, para dirigir otro documental sobre Oxana. Deseaban ver si se había integrado a la vida de la comunidad. El documental, Feral Children, de 48 minutos, se centra en Oxana pero presenta otros casos de niños ferales y ahonda sobre la función del lenguaje humano en la construcción de la identidad.

«Esperaba alguien mucho menos humano», dijo la psicóloga Fry. «Había oído historias de que no era muy cooperativa, que era inepta socialmente, pero ella hizo todo lo que le pedí.


«Su lenguaje es raro. Habla de corrido y llanamente como si fuera una orden. No hay cadencia o ritmo o música en su discurso, ni ninguna inflexión o tono. Pero ella tiene sentido del humor. Le gusta ser el centro de atención, hacer que la gente se ría. Muestra una habilidad que sorprende cuando consideras su pasado.

«Ella me impresionó mucho. Cuando le regalé algunos animales de madera de juguete que habíamos utilizado en pruebas, ella me lo agradeció. Superficialmente, nunca sabrías que ella fue una mujer criada por los perros.

«Como un perro con un hueso, su primer instinto es ocultar cualquier cosa que le dan».

La cosa más rara es cuán poca atención pone a su mascota. «A veces, lo empuja lejos», dice la señora Fry. «Esta mucho más orientada a la gente». Pero es feliz mirando las vacas en la granja insalubre de la clínica de Baraboy, fuera de Odessa. «Era sucio, terriblemente reducido y primitivo» dice Fry, «pero en términos ucranianos, muy deseable».

Sus cuidadores son buena gente con los mejores intereses, aunque no hay terapia como tal. Oxana está haciendo cosas en las que ella es buena.

Después de una serie de pruebas cognoscitivas, Fry concluyó que Oxana tiene la capacidad mental de un niño de seis años. Puede contar pero no sumar. No puede leer o deletrear su nombre correctamente. Tiene dificultades de aprendizaje, pero no es autista. Ella está orgullosa de su enorme reloj con sus numerosos tonos – pero no puede decir la hora.

Tiene solamente 1.52 metros de altura pero cuando juega con sus amigos, hay un aire palpable de amenaza y de fuerza bruta.

La escena inicial del documental muestra a Oxana a cuatro patas y ladrando. Lisa Plasco, productora ejecutiva, dijo: «La han educado lejos de todos esos aspectos de su pasado. Pero en privado, pienso que ella puede (ladrar). El nivel de sonido se puede haber realzado en la película, pero ella hizo ciertamente esos ruidos».

En la película, Oxana se ve sin coordinación. Cuando camina, se nota su extraño paso tambaleante, el movimiento de los hombros, el intermitente escudriñar y los dientes deformes. Ella dice que todavía va al bosque cuando está trastornada. Uno se puede preguntar qué voz utiliza cuando va allí: animal o humana.

En el documental, al igual que sus amigos presentes, pero desde la distancia, presenciamos la reunión de Oxana con su padre y su hermana (de la madre no se sabe nada). Plasco informa: «Sabíamos que ella deseaba mucho reunirse con él y eso nos facilitó la escena pero no la orquestamos».

Fry estaba ansiosa por la manera que la reunión fue conducida: «Pienso que era una buena idea para ellos reunirse pero una manera muy aventurada. Sentía que cualquier cosa podría suceder. Habría podido separarlos permanentemente. Era muy tenso. Allí necesitaba alguien a su lado, tomando su mano».

Oxana estaba parada frente a su padre y hermanastra, Nina, con la que ella nunca se había reunido. Caminó lentamente hacia ella, sin hablar. Oxana rompe el silencio. «Hola», dice ella. «He venido», contesta su padre. «Te agradezco que hayas venido. Quisiera que me vieras ordeñar las vacas». Nina comienza a sollozar y Oxana la abraza.

Oxana tiene una noción romántica de volver a vivir con su pobre padre, pero es dudoso que eso suceda. Es poco probable que Oxana deje la institución ya que carece de las habilidades para sobrevivir. Según Fry: «Ella no tiene las habilidades sociales o personales. Ella ha tenido novios pero no tiene la capacidad de formar relaciones a largo plazo o de entender el dar y tomar. Es una persona muy vulnerable y esa institución no le ha enseñado a protegerse del exterior».

Continuará…

Los niños salvajes (26)

JOHN DE LOS MONOS

En una fecha no determinada de 1991, una joven mujer llamada Milly Sebba, al estar juntando leña en la selva, vio un niño pequeño, desnudo, de unos cinco o seis años, en medio de una banda de monos africanos. La mujer dio aviso a los aldeanos y pronto se organizaron para dar alcance al grupo de monos y atrapar al muchacho.

Lograron arrinconarlo en la cima de un árbol. Se dice que los monos presentaron una lucha feroz, protegiendo a uno de sus miembros. El niño, aterrorizado, les lanzó palos. Finalmente lograron atraparlo y lo llevaron a la aldea. Estaba en tales condiciones que, si no lo hubieran atrapado, seguramente hubiera muerto a los pocos días. En la aldea le dieron de comer una sopa caliente que le hizo daño: estuvo enfermo durante tres días. Debido a la diarrea expulsó una solitaria de unos 122 centímetros de largo.

Uno de los aldeanos lo identificó como John Ssebunya, que había desaparecido y al que se le creía muerto, después de que su padre asesinara a su madre en 1988, cuando él tendría unos tres o cuatro años. El padre tenía antecedentes violentos y era alcohólico. Muchos pensaron que el niño había huido de su violento padre, pensando que sería la siguiente víctima. Pero otros supusieron que el padre lo había abandonado en la selva porque lo creyó muerto.

John dice recordar vagamente que un grupo de monos se le acercó con curiosidad. Eran tímidos y precavidos. Poco a poco se fueron acostumbrando al niño y le ofrecieron comida: raíces, frutas, bayas, nueces, papas dulces y kasava. A las dos semanas parecía que lo habían aceptado como miembro periférico de su grupo. John viajaba con ellos en busca de alimento. En su lenguaje entrecortado recuerda: «Subía a un árbol. No dormía muy bien. Cabeza abajo y cola en el aire».

No está claro qué tipo de monos adoptaron a John. Se habla de monos grises, monos verdes, monos de Vervet (Cercopithecus æthiops); otros dicen que eran monos blancos y negros de Colobus (Colobus guereza). Sólo se sabe que eran cinco monos, dos de ellos más jóvenes.

Pero otros, como el productor y director de la BBC, James Cutler (The Boy who Lived with Monkeys), son más escépticos. Según Cutler los monos suelen robar más comida que la que pueden comer. Son desordenados al comer y dejan caer mucho alimento desde los árboles. John pudo haber tomado este alimento que caía al suelo. Pero a favor de la historia de John está el hecho de que los monos de Brevet son de las pocas especies de mamíferos que viven en grupos sociales y que llegan a aceptar y tolerar individuos de otras especies.

La primatóloga, doctora Debbie Cox, del Uganda Wildlife and Education Centre de Entebbe, tuvo oportunidad de estudiar la interrelación de John con un grupo de Cercopithicus aethiops y declaró que en su experiencia John era capaz de comunicarse con los monos de una manera que ella nunca había visto. Ella estima que para aprender el complejo lenguaje corporal y de sonidos de los monos, John debió haber pasado, como dice, algunos años conviviendo con ellos.

Para ese entonces el padre de John ya había regresado a la aldea. Pertenecía a uno de los bandos en conflicto en la guerra civil que había cobrado muchas vidas en Uganda. El hombre no quiso hacerse cargo del muchacho salvaje. Algunas semanas más tarde lo encontraron muerto, una víctima más de la guerra civil.

John fue enviado al Orfanato Cristiano de Kamuzinda, en Masaka, a 160 kilómetros de Kampala, capital de Uganda. Fue estudiado por expertos, que se convencieron de que era un niño salvaje genuino. El niño tenía muchas heridas, cicatrices, y mucho pelo. Sus rodillas eran casi blancas de caminar sobre ellas. Sus uñas eran muy largas y retorcidas. Cuando dejó el grupo de monos evitaba el contacto visual y se acercaba de lado con las palmas abiertas, a la manera simia clásica. Tenía un extraño paso ladeado y echaba los labios hacia atrás cuando sonería. Saludaba a la gente con un poderoso abrazo, de la manera que los monos se saludan. Sin embargo, aprendió a guiñar los ojos, algo que un mono no puede hacer.

Los directores del orfanato Paul y Molly Wasswa, decidieron adoptarlo. Le enseñaron a hablar y a adoptar las costumbres humanas: comer en un plato y dormir en una cama. Como parte de su terapia y enseñanza religiosa se le enseñó a cantar salmos, descubriéndose que tenía una voz muy fina.

Los Wasswa también dirigen A.F.R.I.C.A. (Association for Relief and Instruction of Children in Africa), y dentro de esta asociación promueven el Pearl of Africa Children»™s Choir.

En 1998 Hillary Cook, una dentista de 56 años, de Sheffield, Yorkshire del sur, viajó a Uganda para ofrecer tratamiento dental a una de las etnias más pobres del mundo. Ahí encontró a los Wasswa y escuchó a John. A su regreso a Inglaterra organizó una serie de conciertos en las iglesias de Merseyside, Glasgow, Sheffield, Londres y País de Gales, en un tour de tres semanas.

Los conciertos comenzaron el 6 de octubre de 1999 y los periódicos de Inglaterra los anunciaban así:

«Un muchacho huérfano criado por los monos en la selva africana ha llegado a Gran Bretaña para cantar en un coro de niños».

Entrevistada, la señora Cook dijo:

«Él no se ve diferente a los otros niños del coro, pero la suya es una historia verdaderamente notable. Si no hubiera sido por la intervención de los monos él ciertamente estaría muerto.

«Él es un muchacho tímido y todavía habla lentamente pero cuando canta tiene la voz más maravillosa».

Fue todo un éxito y la BBC decidió filmar un documental sobre la vida de John (Living Proof). Los productores del programa y un antropólogo volvieron con John a África y lo llevaron con una banda de monos para ver cómo se comportaba. Se dieron cuenta que él sigue siendo un feroz protector de los monos y todavía parece ser capaz de comunicarse con ellos. El documental fue transmitido el 13 de octubre de 1999, en plena gira de John.

Actualmente John vive en el pueblo de Kabonge, cerca de Bombo, al Norte de Kampala. El caso de John es uno de los que trata Michael Newton en su libro Savage Girls and Wild Boys.

BELLO

En 1996, los cazadores encontraron a un muchacho de cerca de dos años, viviendo con una familia de chimpancés en la selva de Falgore, a 145 kilómetros al sur de Kano en Nigeria. Fue llevado al hogar de niños de Tudun Maliki Torrey en Kano, donde el personal lo llamó Bello. Se pensó que era el hijo de los Fulani, gente nómada que viajaba a través de la región. Inhabilitado mental y físicamente, con una frente deforme, un hombro derecho inclinado y un enorme pecho, sus padres lo abandonaron probablemente debido a sus discapacidades. Tales abandonos de niños lisiados son comunes entre los Fulani, pastores que viajan grandes distancias a través de la región africana del oeste de Sahel. En la mayoría de los casos los niños mueren, pero este niño parece haber sido adoptado por los chimpancés.

«No sabemos exactamente cuánto tiempo habría estado con los chimpancés», dijo Abba Isa Muhammad, oficial del bienestar casero del niño. «Basados en los rasgos que exhibe, estimamos que lo adoptaron cuando él no tenía más de seis meses y fue cuidado por un chimpancé que oficio de enfermera».

En abril de 2002, cuando tenía cerca de ocho años, apenas había alcanzado el tamaño y el peso de un niño de cuatro años. Cuando lo llevaron al hogar, caminaba como un chimpancé, moviéndose en sus piernas pero arrastrando los brazos en la tierra. Al principio estaba muy agitado, rompía y lanzaba cosas. En la noche saltaba de cama en cama en el dormitorio, molestando a los otros niños. No podía hablar. En la actualidad está mucho más tranquilo. Aunque todavía salta como chimpancé, golpea constantemente su cabeza con las manos ahuecadas, y no habla pero hace ruidos como los chimpancés. Vive en la casa Tudun Maliki Torrey, en Kano, dirigida por Abba Isa Muhammad.

Continuará…