La Lápida de Palenque (Final)

LA LÁPIDA DE PALENQUE[1]

LA INTERPRETACIÓN COMO NAVE ESPACIAL

Daniken20 Muchos conocerían la lápida de Palenque a través de los libros de Erich von Däniken en donde se decía que era la representación maya de una nave espacial. Pero él no fue el primero en señalar esta tontería.

No estoy seguro si fue Alexander Kazantsev, en alguno de sus trabajos traducidos al francés y publicados en la revista Planete, por Louis Pauwels, o fueron los franceses Guy Tarade y André Millou los primeros en sugerir que el personaje de la lápida de Palenque se hallaba en el interior de una nave espacial que despegaba, mientras iba accionando diversos mandos de la misma.

Según ellos la posición que adopta el personaje es muy parecida a la que toman los astronautas dentro de las cápsulas espaciales. Los escritores de Niza escribieron un artículo para la revista turinesa Clypeus, en donde afirmaban que el hombre representado en la lápida vestía un casco que le cubría la cabeza (yo no puedo distinguir ningún casco), y manejaba distintos instrumentos del tablero de mando o los controles de la nave (tampoco veo dichos controles). Decían que los jeroglíficos de la tumba eran un mensaje dejado por los seres de las estrellas. La parte medular del artículo dice:

“Cuando un pueblo quiere transmitir un mensaje indestructible, capaz de vencer al tiempo, lo confía a la piedra, el único material que puede desafiar la eternidad. En nuestro caso, eso es lo que han hecho los científicos mayas. La escultura, nítida, equilibrada, es una de las más bellas y refinadas que se conocen.

“El motivo principal está rodeado por veinticuatro símbolos que nos hacen pensar en la ‘Puerta del Sol’ de Tiahuanaco, y están dispuestos de la siguiente manera: nueve en lo alto (cielo), nueve abajo (Tierra), tres a la izquierda (Oeste) y tres a la derecha (Este). Estos jeroglíficos se refieren, de seguro, al pilotaje de la nave”.

Esos jeroglíficos nada tienen que ver con el pilotaje de ninguna nave, como lo vimos en la primera parte de este capítulo.

“El personaje que está en el centro de la losa y que nosotros llamamos piloto lleva un casco y mira hacia la parte delantera del aparato (proa). Sus dos manos están ocupadas y parecen manejar mandos o manipular unos resortes”.

Pakal no viste ningún casco ni manipula ningún mando.

“La mano derecha se apoya sobre una palanca idéntica a las utilizadas en el cambio de marchas de los autos Citroën 2 CV. Su cabeza está apoyada en un soporte; un inhalador penetra en su nariz, lo que indica claramente un vuelo estratosférico”.

Por lo visto la tecnología de los extraterrestres estaba tan atrasada como para dotar a sus naves espaciales de la palanca de velocidades de un Citroën 2 CV. Ya me imagino que al entrar en la atmósfera terrestre el piloto iba frenando con motor y cambiando de velocidades.

En cuanto al “inhalador”, ya vimos que se trata de un hueso, de una semilla. Es el espíritu de Pakal que sale de su cuerpo, para renacer. Por otra parte, ese “inhalador” no podría ser una “mascarilla de oxígeno”; más bien sería una “mascarilla de ácido sulfúrico”, pues eso es lo que podrían “respirar” los venusinos.

“La nave donde viaja, exactamente equipada como un cohete espacial, parece ser un vacío cósmico que utiliza la energía solar. En efecto, en la parte delantera del aparato aparece la figura de un papagayo, pájaro que representa al dios volante de los símbolos mayas, el Sol. La palabra ‘energía’ sería más apropiada que la de ‘dios’, ya que en la descomposición de la luz mediante prisma podemos encontrar la gama de colores del plumaje de una papagayo”.

Ninguna energía solar. Es la representación del dios Sol. Ningún papagayo. Es un Quetzal.

“El color dominante habitual de estos pájaros es el verde, color de los dioses venusianos. Y cosa muy curiosa y coincidente es que los testimonios más fidedignos afirman que los platillos volantes, a su paso por el cielo, lo impregnan de color verde”.

No sabemos por qué Tarade y Millou dicen que los dioses venusinos son de color verde. Desconocemos incluso cómo es que saben que hay dioses en Venus. Todo mundo sabe que los únicos extraterrestres de ese color son los Marcianitos Verdes.

Por otra parte, ya pasó de moda que los platos voladores pinten de verde los cielos. En los nuevos avistamientos ya no se menciona ese color.

“En la parte anterior del cohete, justo detrás de la proa, están dispuestos tres ‘receptores’ que acumulan energía, y también son visibles más condensadores de energía, agrupados en series de tres, en torno al vehículo. El motor está dividido en cuatro partes en la parte delantera, y en la trasera aparecen unas células y vemos unos órganos complejos que están conectados por unos tubos a una tobera que expulsa fuego”.

No sé qué se metían estos franceses, pero el efecto era muy poderoso. O quizá sólo eran unos racistas ignorantes, que adjudicaban a seres extraterrestres las grandes construcciones de los pueblos no europeos, porque los nativos “no eran capaces de tales proezas”. Es por eso que para ellos el “hombre de la máscara de jade” era un “semidiós blanco”:

“El grabado de la losa representa un cosmonauta pilotando una astronave que utiliza la energía solar. El hombre de la máscara de jade se perfila como un ‘semidiós’ blanco, tal vez uno de los últimos representantes de un grupo de iniciadores y protectores del Imperio que llegaron desde el cielo y a los que el Popul-Vuh, el libro sagrado de las mayas recuerda como los Sabios de la Primera Raza. La raza que descendió de las estrellas, instruyó a los primitivos mayas y después desapareció”.

Guy Tarade fue más específico y escribió:

“Considero que el ilustre difunto no era un maya, su morfología era totalmente diferente a la de los indios. Aparentaba unos 40 ó 50 años de edad. Su talla de 1,75 metros, sobrepasaba en más de 20 centímetros la altura media de los mayas, que era de 1,54 metros”.

Para él los restos no pertenecían a ningún ser humano, sino a un ser extraterrestre. El último de los extraterrestres que descendió de las estrellas para instruir a los primitivos mayas. Éste “astronauta de Palenque” adoptaba la posición más apropiada para resistir el impulso de los cohetes, cuyas “llamas” se podían ver saliendo de las “toberas de escape” en la parte inferior de la lápida.

El pelo de este “piloto”, decían los astroarqueólogos franceses, parece flotar a causa de la ingravidez. Lo cual contradecía dos puntos de su exposición: que el personaje vestía un casco (el cual hubiera impedido que sus cabellos “flotaran”); y que la lápida muestra el momento de despegue, o por lo menos una etapa en la que se dejan escapar los “gases de combustión” (este impulso tampoco es compatible con un estado de ingravidez).

En realidad no son los cabellos de Pakal los que “flotan”. Es su collar el que se desprende de su cuerpo en el momento de su muerte.

LA VERSIÓN DE VON DÄNIKEN

En 1969 vino a México el ingeniero civil norteamericano Hugh Harleston, un contratista de la NASA. Harleston encontró 18 coincidencias entre el grabado de la lápida de Palenque y una cápsula espacial de su época. Entre ellas estaba un supuesto cinturón de seguridad, el tablero de mandos, un micrófono o respirador (el inhalador de Tarade y Millou). Para Harleston:

“No cabe duda de que la imagen esculpida es la representación de un astronauta dentro de un módulo espacial fuera de la atracción de la atmósfera terrestre: 1) En la nariz de Quetzalcóatl se puede observar un especie de aparato que serviría como respirador y cumpliría la función del casco de un astronauta; 2) En la parte delantera se identifican botones y palancas; 3) El cabello ingrávido, como estaría un astronauta sin el casco; 4) En la parte trasera del aparato se distinguen claramente las llamas producidas por la nave”.

Otros astroarqueolocos se ocuparían de la lápida de Palenque, como el francés Robert Charroux, el inglés Raymond Drake y el español Eugenio Danyans de la Cinna. Éste último escribió:

“El extraño grabado que decora la losa ha desconcertado a hombres de ciencia porque se parece, como una gota de agua a otra, a un cohete cósmico o cápsula espacial del tipo Mercury, propulsada por energía iónica”.

Pero tal vez quien tuvo más éxito contando estas patrañas fue el escritor suizo Erich von Däniken quien escribiría en su libro Recuerdos del futuro lo siguiente:

“Ante nuestros ojos aparece un ser humano, sentado con el torso inclinado hacia delante como un motociclista de carreras; cualquier niño de nuestros días identificaría su vehículo con un cohete. El artefacto tiene una cabeza puntiaguda, continúa con unas extrañas aletas estriadas como puertos de entrada, luego se ensancha y termina en la popa en un fuego llameante.

“El propio ser, encorvado y tenso, manipula una serie de palancas indefinibles y apoya el talón izquierdo en una especie de pedal. Su indumentaria es funcional: un pantalón corto a cuadros con un ancho cinto, una chaquetilla de moderno corte japonés, gruesas manoplas y polainas. Puesto que conocemos ya como precedente otras representaciones similares, nos extrañaría mucho la falta del complicado sombrero. Pero no, ahí está de nuevo el casco con sus resaltes y pinchos semejantes a antenas.

“Nuestro astronauta -su silueta es inconfundible y, por tanto, podemos llamarlo así- no evidencia sólo acción por la actitud; ante su vista cuelga un aparato que él observa con mirada fija y penetrante. Entre el asiento delantero ocupado por el astronauta y la parte posterior del vehículo, donde vemos cajas, círculos, puntos y espirales, hay varios puntales”.

En El mensaje de los dioses continúa:

“La losa en bajorrelieve viene a servir de marco a la figura central de un ser que aparece sentado e inclinado sobre unos mandos como un astronauta en la cápsula de mando de su cabina de pilotaje. El extraño ser lleva en su cabeza un casco del que parten hacia atrás tubos dobles flexibles. Frente a su nariz puede verse claramente un balón de oxígeno. Con las manos maneja algunos mecanismos de control. El talón de su pie izquierdo descansa sobre un pedal de varios niveles. Bajo su barbilla y bien visible en la parte del escote se distingue una prenda semejante a un jersey de ‘cuello de cisne’, que se ajusta completamente al torso y acaba en unos puños estriados. Lleva un ancho cinturón con hebilla de seguridad, un pantalón de mallas gruesas y otro interior muy ajustado, que le llega hasta los tobillos. En la proa grandes electroimanes cuyo fin es crear un campo magnético en torno al casco de la astronave y protegerla así del choque con las partículas cósmicas. Detrás del astronauta se aprecia una unidad de fusión nuclear: en esquema se reduce a sintetizar dos núcleos atómicos, probablemente de hidrógeno y helio, los cuales acaban por fundirse en uno solo. Considero de mayor importancia el hecho de que en el extremo posterior de la nave, fuera del encuadre general, se haya incluso representado en forma estilizada la estela que dejan tras sí los cohetes propulsores…

“Ante la llegada de un ser extraterrestre los indios mayas sintieron el deseo ‘natural’ de perpetuar el recuerdo de tan excelsa visita y del extraño aparato en uno de sus relieves… lo hicieron en este caso para dejar a futuras generaciones un testimonio visible de su presencia”.

Von Däniken arguye que si este ejemplo de su “cadena de pruebas” no es aceptado por los estudiosos, hay que dudar de su integridad. Éste es su desafío a un académico honesto. “Una mirada sin prejuicios a esta imagen”, nos dice, “haría que incluso el más escéptico se detuviera y pensara”.

Sin embargo Däniken se equivoca en su interpretación y omite muchos elementos. El niño que identifique esa imagen como un cohete, identificará más fácilmente la figura en la parte superior como la de un pájaro. Cuando le preguntaron a Däniken por qué había un pájaro ahí, respondió:

“Oh, no lo sé. Quizás representa el vuelo, ya sabe”.

Es decir, en el asunto del pájaro Däniken utiliza una interpretación simbólica, mientras que al resto de la obra la considera como una transcripción directa de lo que vio el artista. En otras palabras, utiliza dos formas de medir, según su conveniencia.

¿ASTRONAUTAS?

Analicemos ahora la “nave espacial”. En todo caso se trata de una simple capsula, más bien pequeña, con poca protección externa para el piloto. Pero lo peor es que el astronauta tiene su cabeza ¡totalmente fuera de la nave!

Ya dijimos que en la parte superior de la lápida se puede ver un quetzal (que cualquier niño identificaría de inmediato), su cabeza está a la izquierda y la cola a la derecha. Ahora bien, ese adorno podría causar problemas. Reflexionemos: un pájaro en la punta de un cohete lo pasaría muy mal, además de que difícilmente contribuiría a las propiedades aerodinámicas del cohete.

A lo largo del centro del “cohete” y formando una cruz, se encuentra uno de los símbolos más sagrados de los mayas: El Árbol de la Vida. Para Däniken esta cruz es la parte delantera del cohete. El escritor suizo ni siquiera se tomó la molestia de comparar este relieve con otros que hay en el mismo Palenque. No hizo la comparación o la ocultó a sus lectores.

Y es que también se pueden ver motivos similares en otras estelas, como la del Templo de la Cruz, la del Templo de la Cruz Foliada, y en otras construcciones. Nada tienen que ver con el fuselaje de una nave espacial. Son objetos religiosos y no una parte de un vehículo espacial. Se trata del símbolo del conocimiento, una planta de maíz, de la cual Pakal está a punto de tomar un fruto y no como se afirma, manipulando unos “controles”. Pakal está presente en todas esas estelas, es la figura de gran tamaño. En la parte superior está el Quetzal y en la parte inferior el Monstruo de la Tierra. También está la serpiente bicéfala, cabezas en forma de mazorca de maíz. Pakal está asociado con el Árbol de la Vida.

De acuerdo con Merle Greene Robertson[2], una autoridad en el arte maya, la representación de una planta de maíz es una parte importante de estas estelas. “El ritual de la siembra de maíz es lo más importante en la mente de los mayas aún hoy en día, y sé que esto fue cierto en el pasado. El maíz, las hojas nuevas, son el signo del renacimiento –la respuesta a sus oraciones por la inmortalidad”.

En cuanto a la vestimenta de Pakal lo menos que se puede decir es que no es adecuada para un viaje espacial. Lleva un taparrabos, un cinturón ancho y alhajas en el cuello, muñecas y tobillos, todo apropiado para la vida en una zona tropical. No lleva zapatos ni guantes (se ilustran las uñas tanto de las manos como de los pies). Tampoco tiene pantalones largos o camisa. En otras palabras, viste el típico atuendo de la clase alta maya alrededor del año 700, como se muestra en otras tallas y pinturas mayas.

El “casco” (que según Däniken tiene “resaltes y pinchos semejantes a antenas”) no le cubre la cara y su cabeza sobresale por un agujero en el costado del “cohete”. Lo que los astroarqueólogos interpretan como casco es en realidad una planta de maíz. Pudiera ser un “sistema de apoyo de vida” ya que produce oxígeno y proporciona alimento, pero dista mucho de lo que cualquier persona pudiera razonablemente esperar que usaran los astronautas en el espacio.

El “fuego que sale por las toberas” no son más que las raíces del Árbol de la Vida. Las “aletas estabilizadoras” son las mandíbulas del Monstruo de la Tierra, que apuntan hacia arriba. El asiento del “astronauta” ha sido identificado por los arqueólogos como insignia real del gobierno de Pakal. Los “controles” realmente no están asociados con las manos. Se trata del jeroglífico maya del Sol. El “pedal” es una concha marina (un símbolo maya asociado con la muerte).

Finalmente, Däniken afirma que todo el jade proviene de China y, por lo tanto, las cuentas de jade, los adornos en los tobillos, muñecas y cuello, así como la máscara de jade, demostrarían una posible conexión entre estos dos pueblos. La verdad es que se han localizado varios lugares en donde los mayas extraían esta piedra.

Es obvio, por todo lo expuesto, que la escena grabada en la lápida de Palenque nada tiene que ver con naves extraterrestres. La escena entera es una ilustración religiosa y no tecnológica. Se necesita un esfuerzo deliberado y concienzudo para rechazar todo el arte maya y su simbolismo y convertir el grabado de Palenque en cohete espacial. Como muchas de las “teorías” de los astroarqueólogos, la interpretación depende del uso selectivo que se le dé a la evidencia. Y en este sentido podríamos tomar una de las frases de Däniken (“Ante nuestros ojos aparece un ser humano, sentado con el torso inclinado hacia delante como un motociclista de carreras”) e interpretarla literalmente: la lápida de Palenque muestra a un motociclista, un “Hell’s Angel”, manejando una vieja Harley-Davidson, vistiendo un casco con cuernos, bufanda y un cigarro en la boca. ¿Ridículo? Lo mismo que la interpretación del astronauta.

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REFERENCIAS

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[1] Este es uno de los capítulos del libro Ruiz Noguez Luis, ¿Regresaron los dioses? Mitos y manías astroarqueológicas, (prólogo de Mario Méndez Acosta), México, 1991. (Sin publicar), actualizado al 2011. La primera parte se puede leer en: http://marcianitosverdes.haaan.com/2011/02/la-lpida-de-palenque-primera-parte/

[2] Merle Green Robertson organizó la primera de las Mesas Redondas de Palenque (en 1973), una serie de encuentros de estudiosos de los mayas para discutir y examinar nuevos hallazgos.

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