EPN y el hospital de los globulitos

ESCRUTINIO

EPN y el hospital de los globulitos[1]

Juan José Morales

El pasado 28 de noviembre, con bombo y platillo, Peña Nieto inauguró el nuevo Hospital Nacional Homeopático, una obra de su gobierno en la cual se invirtieron más de 761 millones de pesos y que reemplaza al viejo Hospital Homeopático, que más que remodelado debió ser demolido y reemplazado por un auténtico hospital, con todos los elementos de la medicina científica.

Y en la información oficial del evento, hay verdaderas joyas. Escribió EPN en su cuenta de twiter, que “su construcción y equipamiento forman parte de la respuesta institucional del Gobierno de la República a la demanda ciudadana, de contar con servicios de salud modernos…” y que en el establecimiento “se reforzará la investigación y docencia de los modelos clínico-terapéuticos complementarios, especialmente de la Homeopatía, en la que México tiene una amplia tradición de más de un siglo”. Por su parte, en los boletines de la Presidencia se afirma que el establecimiento permitirá “impulsar la investigación, la enseñanza y la atención médica homeopática de alta calidad”.

clip_image002La caricatura, cortesía de Andrés Diplotti, alude al hecho de que los llamados remedios homeopáticos no son sino píldoras o glóbulos de lactosa o azúcar, ya que por la forma en que se preparan, diluyendo la supuesta sustancia curativa una y otra vez, finalmente no queda nada de ella. Los homeópatas intentan salvar este insuperable inconveniente con explicaciones disparatadas, como que el agua, la lactosa o el azúcar, tienen “memoria” y recuerdan la presencia de la sustancia original.

Ante tales afirmaciones, uno se pregunta: ¿Moderna la homeopatía? ¿Cuál investigación? Si algo caracteriza a la homeopatía es que se trata de una antigualla que ha permanecido fosilizada durante siglos. Inventada hace más de 200 años por Samuel Hahnemann, en esos largos dos siglos no ha cambiado un ápice. Sigue utilizando las mismas sustancias y los mismos remedios de aquella lejana época, fines del siglo XVIII, anterior a la medicina científica. En esos 200 años la homeopatía no ha hecho una sola aportación médica. Ni uno solo de los avances —sulfas, anestesia, antibióticos, antisepsia, vacunas, técnicas quirúrgicas, radiografías, quimioterapia y otros muchos de una larguísima lista— que han permitido al ser humano erradicar enfermedades, mejorar su calidad de vida, evitarle sufrimientos y muertes, y triplicar en ese lapso la esperanza de vida, ni uno solo —repetimos— se debe a la homeopatía. Ni uno solo.

Y si algo caracteriza también a la homeopatía es su total y absoluta falta de fundamento científico. Ninguno de los dos principios básicos en que se sustenta ha sido comprobado. Más aún: han sido demolidos por la evidencia científica. De sobra se ha demostrado, a través de estudios científicos realizados en diversos países, que la homeopatía no cura, que sus supuestos remedios son totalmente ineficaces, que sólo actúa por sugestión y que los principios en que se sostiene, ideados hace más de dos siglos por Hahnemann e inmutables desde entonces, no sólo carecen por completo de base científica sino que están reñidos con principios científicos plenamente confirmados. Jamás se ha comprobado mediante pruebas clínicas que, como creía aquel buen señor, una sustancia que provoca los síntomas de una enfermedad también la cure. Eso fue tan solo una suposición. Tampoco se ha se ha demostrado científicamente que las propiedades de un elemento o un compuesto se multipliquen si se le diluye y se agita vigorosamente la solución, que es como se preparan los productos homeopáticos. Dicho sea de paso, una gota de remedio homeopático preparado a la 30x o trigésima dilución estaría formada por

0.0000000000000000000000000000000000000000000000000000000001% de compuesto y el resto por agua. Sencillamente, de acuerdo con la Ley de Avogadro —un principio científico que Hahnneman no conocía—, ahí no quedaría ni siquiera una molécula del compuesto.

En cuanto a que la homeopatía tiene una larga tradición en México, no sólo es falso —en realidad fue introducida a fines del siglo XIX—, sino que con ese criterio habría que aplicar en los hospitales “limpias” con ruda, que tienen una tradición todavía más larga, de muchos siglos.

Tal parece que el gobierno quiere tomar el pelo a los enfermos dándoles pildoritas de azúcar con la esperanza de que el efecto placebo los haga sentirse mejor, aunque no se curen y aunque finalmente sus padecimientos empeoren y les causen la muerte.

Y cabe preguntarse cómo se podrán prevenir enfermedades si no se aplican vacunas —recuérdese que la homeopatía no las utiliza—, cómo se atenderá a un paciente que llegue con una grave apendicitis si la homeopatía no usa métodos quirúrgicos, o si se intentará curar a un enfermo de cáncer con píldoras —”chochitos” o globulitos, como se les llama popularmente— de lactosa y belladona, dado que los homeópatas rechazan la quimioterapia y la radioterapia.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Jueves 11 de diciembre de 2014

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