Los más grandes engaños criptozoológicos de todos los tiempos (El aullador de Ozark)

El aullador de Ozark

 

18 de febrero de 2016

Brent Swancer

haunting_the_ozarks_by_kodriak1-570x1018Hay algunos engaños criptidos que se han vuelto tan arraigados en la literatura y tan ampliamente informados y aceptados como fenómenos reales en el campo que han llegado a ser establecidos, auténticos monstruos de misterio que muchas personas todavía creen que son tal vez reales, a pesar de que la realidad de ser bastante lo contrario. Uno engaño poco conocido y ampliamente perpetuado que a menudo se ha hablado como un “críptido real” es el del infame aullador de Ozark, Arkansas, Missouri y otros estados adyacentes, sobre todo dentro de las montañas Ozark. Se dice que el aullador de Ozark es una criatura grande, del tamaño similar a un oso, con un cuerpo robusto grueso como de un gato, pelo hirsuto negro, una cola larga, ojos brillantes rojos, garras malvadas, y cuernos en su cabeza, con sus supuestos gemidos sobrenaturales que le dan su apodo “aullador”. Las historias de personas de las regiones salvajes sobre este extraño animal han estado circulando durante años, sin embargo, por desgracia, es todo parte de un engaño particularmente bien elaborado, complejo e ingenioso.

Una de las fuerzas impulsoras detrás de la verdadera historia sin descubrir detrás de aullador de Ozark fue reconocida por el criptozoólogo Loren Coleman, quien hizo una gran cantidad de investigación estableciendo los orígenes de este engaño. Coleman encontró que los orígenes de la broma del aullador de Ozark se remontan a unos pocos cuentos de Internet acerca de esta criatura que comenzaron a circular en la web en 1998. En todos los relatos, estos artículos parecía genuinos, con gran detalle, convincentemente puesto en el saber y las leyendas de las criaturas en Arkansas en el siglo pasado y avistamientos que suenan al parecer fiables tanto modernos como históricos. A partir de ahí, las historias del aullador de Ozark comenzaron a aparecer en todo el Internet y sitios enteros, así como supuestos “grupos de investigación” dedicados al estudio del fenómeno fueron brotando a izquierda y derecha, tal como un grupo que se hace llamar “Ozark Howler Researcher Group”, con su objetivo declarado de estar “dedicado a la evaluación completa de pruebas y exploración de nuevas pruebas existentes del aullador”. Todo esto fue una sorpresa para los criptozoólogos reales, porque la mayoría de ellos, incluso los grandes nombres del campo, nunca habían oído hablar de una criatura semejante.

En poco tiempo, los criptozoólogos fueron inundados por avistamientos y relatos supuestamente “reales” del aullador de Ozark que databan de años, que en su mayor parte eran muy convincentes y no sonaban como si fueran diferentes de cualquier otro informe de un testigo de un críptido. Sin embargo, a pesar de estos informes aparentemente auténticos y organizaciones de investigación que suena de fiar, los criptozoólogos sospechaban, y había un buen número de ellos, tales como los criptozoólogos Loren Coleman y Chad Arment, que estaban dispuestos a profundizar en la cuestión. Investigaciones más profundas en la materia hicieron aparecer todo tipo de banderas rojas. Un hallazgo interesante fue que había un anillo de titularidad de un grupo autodenominado “Howler Research Group”, que cuenta como uno de sus miembros, un investigador llamado “Itzakh Joach”, afirmó ser un profesor de biología en la Universidad de Buffalo River en el este de Oklahoma. Sin embargo, no existe tal persona y de hecho no hay tal universidad, y ambos son falsos. Incluso el nombre del investigador principal del fenómeno, “Itzah Joach”, se lee como “It’s a joke” (Es una broma), un toque ligeramente velado de que todo era una farsa. La escritura estaba en la pared. De hecho, todos los llamados “expertos” e “investigadores” nombrados por el grupo resultaron ser nombres falsos con credenciales que sonaban impresionantes, pero falsas.

Al final se comprobó que todos estos grupos de investigación eran falsos, y que los cuentos del aullador de Ozark más o menos se reducían a unos pocos o incluso una persona que iba en línea con diferentes nombres y relatos y la evocación de relatos de avistamientos y grupos de investigaciones falsos, la información que filtraron en sitios web legítimos de criptozoología, se utilizó como fuentes para más artículos sobre el asunto, y tomaron vida propia. En todos los casos, estos relatos y las fuentes se remontan a sólo unos pocos relatos web originales. Instrumental en el descubrimiento de esta información fue Loren Coleman, que parecía haber sido tema de estudio de los falsificadores o falsificador, con el objetivo aparente de tener incluido el aullador de Ozark en su libro Cryptozoology A To Z: The Encyclopedia of Loch Monsters, Sasquatch, Chupacabras, and Other Authentic Mysteries of Nature. Un individuo enigmático se presentó con el nombre de “Jonathan C. Cook”, que decía ser de la Universidad de Memphis y supuestamente estaba escribiendo un artículo para Strange Magazine sobre el aullador de Ozark. Esto es curioso ya que el editor de la revista, Mark Chorvinsky, negaría que ningún artículo se escribía para la publicación.

 

También se hizo evidente que este Cook estaba interesado en conseguir que el aullador de Ozark fuera mencionado en el próximo libro de Coleman, sin embargo, cuando Coleman investigó el nombre de “Cook” llegó a un médico real que no tenía idea de lo que estaba pasando. Coleman también encontró que los sitios web en relación con el Aullador habían empleado numerosos alias, así como otros métodos complejos de subterfugio y engaño, tales como el uso de varios diseños en línea al mes. Coleman finalmente enfrentó directamente a “Cook”, en mayo de 1998, y el individuo confesaría que había sido un intento de crear un nuevo críptido con el fin de ver lo que sucedería, engañar a los escritores de criptozoología, y agitar el escepticismo de la criptozoología, en general, la idea le había venido a él después de visitar un foro de un sitio web escéptico. Después de eso, era simplemente una cuestión de trabajar meticulosamente sitios web falsos, cuentas de correo electrónico, informes de avistamientos falsos colocados en los sitios web de criptozoología, y correos electrónicos falsos con el fin de completar la ilusión.

Coleman, por supuesto, no incluyó el críptido falso en su libro, y escribiría gran parte de esta cacería de un engaño, al igual que el Chad Arment en su libro: Cryptozoology: Science and Speculation. Independientemente de este descrédito a fondo por Loren Coleman y otros grandes nombres en el campo, el aullador de Ozark increíblemente se ha mantenido en la criptozoología como una criatura potencialmente real, y a menudo se le refiere como un críptido legítimo. Entre los numerosos artículos en Internet sobre este críptido, pocos hacen mención al engaño, y hay otros que todavía se mantienen firmemente en la idea de que el Ozark Howler es real, ya sea consciente del hecho de que se trata de un engaño comprobado o negándolo. Loren Coleman, incluso ha estabilizado la crítica de lleno en la Wikipedia, cuya entrada sobre el ángulo del engaño y en su lugar prefiere perpetuar el engaño, ofreciendo la posibilidad de que todo es real, independientemente, citando que los informes son anteriores a los hallazgos de la broma sin tener en cuenta que dichos falsificadores hicieron un punto para asegurarse de que no hubiera informes falsos que permitieran lograr este efecto. El aullador de Ozark sigue siendo una verdadera advertencia de “criptidos falsos”, y los efectos perjudiciales de informes falsos y falsas fuentes enturbiando las aguas y que se propagan a sí mismos hasta que se consideran ahora como un hecho. A día de hoy, con el engaño del aullador de Ozark, se puede ver que el daño todavía reverbera a lo largo de la criptozoología.

http://mysteriousuniverse.org/2016/02/the-greatest-cryptozoology-hoaxes-of-all-time-part-1/

LA HISTORIA DE UNA CONTROVERSIA ANTROPOLÓGICA

FRANÇOIS DE LOYS (1892-1935) Y UN HALLAZGO DESDEÑADO: LA HISTORIA DE UNA CONTROVERSIA ANTROPOLÓGICA[1]

Ángel L. Viloria, Franco Urbani y Bernardo Urbani

PALABRAS CLAVE / Ameranthropoides loysi / primates / antropología / zoología / Río Tarra / Zulia / Venezuela /

Ángel L. Viloria. Licenciado en biología graduado en La Universidad del Zulia, fue director del Museo de Biología – LUZ. Actualmente se encuentra en su tercer año de estudios doctorales en el Laboratorio de Biogeografía y Conservación del Museo de Historia Natural de Londres. Miembro de la Sociedad Venezolana de Espeleología (SVE). Dirección: Biogeography & Conservation Laboratory, The Natural History Museum, Cromwell Road, London SW 5BD, Inglaterra. Email: [email protected]

Franco Urbani. Geólogo graduado de la Universidad Central de Venezuela, con M.S. y Ph.D. de la Universidad de Kentucky. Profesor Titular de la Escuela de Geología de la Universidad Central de Venezuela, Caracas. Miembro de la SVE. Dirección: Apartado 47028, Caracas 1041A, Venezuela. Email: [email protected]

Bernardo Urbani. Estudiante de antropología de la Universidad Central de Venezuela. Estudiante asistente del Departamento de Antropología del Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas y miembro de la SVE. Dirección: Sociedad Venezolana de Espeleología, Dept. Antropoespeleología, Apartado 47334, Caracas 1041A, Venezuela. Email: [email protected]

Las exploraciones petroleras desarrolladas durante la segunda y tercera década del siglo XX en la regiones sur y suroeste de la cuenca del Lago de Maracaibo han merecido particular atención por parte de historiadores debido a la intensidad de los acontecimientos, al enorme empeño puesto en cada misión tanto por geólogos como por otros hombres de campo, y a la multitud de anécdotas referentes a triunfos y fracasos en este difícil territorio, el cual ha pasado al plano legendario en la historia de la industria petrolera venezolana (Crump, 1948; Arnold et al., 1960; Martínez, 1986; Anónimo, 1989; Blakey, 1991; Urbani y Falcón, 1992). Un caso particular en el que la información es escasa corresponde a las crónicas de las exploraciones en la región sur de Perijá (Río de Oro y Río Lora) y su porción adyacente del medio y alto Río Tarra, entre Venezuela y Colombia, durante 1917 y 1918 (Urbani y Falcón, 1992), período que aquí trataremos de reconstruir parcialmente.

Entre 1914 y 1916 la General Asphalt Company y la Caribbean Petroleum Company orientaban sus inversiones hacia la exploración por vía fluvial de los territorios del Río Catatumbo, Río Lora y Río de Oro (Case, 1921; Urbani y Falcón, 1992). Mientras tanto una subsidiaria de la Caribbean, la Colon Development Company, tendría personal operando en la región del Río Tarra al menos en 1916 (Fig. 1). El 27 de agosto de ese mismo año se descubre el primer pozo productor del área (Martínez, 1986), y se establecen campamentos permanentes en la zona (Campos de Tarra y El Cubo).

En julio de 1917, contratado por una firma holandesa y posiblemente como parte de un acuerdo cooperativo con la Colon Development, llegó el geólogo suizo François de Loys al Campo de El Cubo (de Loys, 1930). Este joven de 25 años, recientemente graduado (Figs. 2 y 3), había dejado su país en busca de nuevas perspectivas profesionales en el extranjero; su misión específica era la de realizar la prospección geológica de la cuenca del Río Tarra para servir al promisorio programa de producción petrolífera local que su empresa desarrollaría exitosamente en los años posteriores. La mayor parte del tiempo durante su estadía en Venezuela la dedicó intensamente al trabajo exploratorio en las selvas del Río Tarra, afrontando condiciones laborales previamente desconocidas dentro de su corta experiencia profesional en las regiones alpinas. Esto significó que en primer lugar de Loys debió experimentar el aislamiento en un área inaccesible, extremadamente calurosa, húmeda, insalubre e inhóspita, en donde la multitud de obstáculos naturales sigue siendo hoy en día el mayor impedimento para desarrollar estudios de campo en el área; segundo, el constante acecho de un grupo indígena “desconocido” (los Barí o “Motilones”), casi invisible para los geólogos y asistentes de campo, que por muchos años reaccionaron ante quienes -con razón- consideraron invasores de sus territorios; y tercero, la dificultad de interpretar correctamente los accidentes geológicos en un terreno donde el aspecto de los afloramientos se presentaba “enrarecido” por la cobertura del suelo, la espesa vegetación y los aluviones recientes de caudalosos ríos. Al considerar en conjunto tales factores, no es sorprendente que ciertos objetivos de exploración, menos accesibles, debieran ser abandonados sin ningún éxito a expensas de inmensos sacrificios físicos y económicos (por ejemplo, el caso de los pozos de la región del Río Lora). Por otro lado, lo que si resulta asombroso es el hecho de que en pocos años las cuadrillas de geólogos, técnicos y obreros descubrieran pozos petroleros de alta producción y dirigieran la instalación de campamentos que hoy en día se han transformado en asentamientos y ciudades donde todavía la principal actividad económica es la petrolera. Los geólogos y otros exploradores pioneros en la región de Perijá y el suroeste del Lago de Maracaibo realizaron una obra poco menos que heroica al conseguir el exitoso establecimiento de sus empresas en el área. François de Loys debe ser clasificado entre estos pioneros, y si bien es cierto que su estadía en Venezuela pasó sin pena ni gloria para la geología nacional, su contribución fue indispensable en el desarrollo de la región del Río Tarra como área petrolera por excelencia, aún en la actualidad.

El Dr. Elie Gagnebin de la Universidad de Lausanne, quien fue uno de los profesores más influyentes en la carrera de François de Loys, se ha referido a su pupilo en los mejores términos, destacando que como profesional tuvo la fortuna de verse involucrado en los momentos decisivos de la época dorada de las exploraciones petroleras en las áreas más productivas del mundo, oeste de Venezuela, Argelia, Sur de los Estados Unidos y finalmente Irak, donde alcanzó la madurez profesional, lamentablemente truncada por una muerte prematura. Al Dr. de Loys se le atribuye el primer contacto en Venezuela con una etnia de “pigmeos” llamados Motilones –afirmación por demás incorrecta, ya que este grupo indígena es conocido con mucha anterioridad, y de ninguna manera constituido por “pigmeos”-, y del primer simio antropoide del continente suramericano (Gagnebin, 1930; 1935). Sobre esta última mención trataremos a continuación, toda vez que cierta o no, fue motivo de una fuerte controversia antropológica que ha repercutido en la comunidad científica internacional hasta nuestros días.

Encuentro fortuito en el río Tarra

No se conoce la fecha exacta en la que el Dr. François de Loys, acompañado de un grupo de venezolanos que lo asistía en un trabajo exploratorio en un afluente occidental del alto Río Tarra, presenció mientras tomaba un descanso, cómo una pareja de animales a quienes tomó inicialmente por osos, irrumpía agresivamente arrojando ramas y excremento a los atónitos exploradores. Impresionados por la sorpresiva visita, el grupo respondió disparando sus rifles, matando instantáneamente al animal que más se había aproximado, mientras que el otro huía herido hacia el bosque. Ninguno de los presentes había visto anteriormente un animal tan corpulento como aquel en la región, el cual resultó ser un simio de proporciones extraordinarias (Fig. 4). El cadáver fue examinado, determinándose que se trataba de una hembra, de 157 cm de estatura y un peso estimado por encima de cincuenta kilogramos. Sentada sobre una caja de madera en un banco de arena al lado del río, y soportada por una vara bajo el mentón, fue fotografiada, y posteriormente desollada. Su piel y cráneo fueron presuntamente guardados, pero no sobrevivieron a las peripecias sufridas por el grupo expedicionario en los días posteriores, de manera que finalmente la única evidencia que quedó fue una fotografía. El Dr. de Loys informó a su madre de este hallazgo, en una carta que no ha podido ser localizada, de otra manera, podríamos establecer con precisión la fecha del incidente. Sin embargo, luego de examinar los documentos a nuestro alcance concluimos que éste episodio debería datarse entre agosto de 1917 y noviembre de 1918. Fechas posteriores son improbables.

MapaFig. 1. Mapa de ubicación de la zona al suroeste del Lago de Maracaibo.

Si acreditamos el testimonio de de Loys (de Loys, 1929), éste animal no solamente sería extraordinario por su talla, sino por carecer completamente de cola y por presentar 32 dientes, caracteres que no corresponden con ningún otro primate conocido en el continente suramericano.

Más adelante especularemos sobre el eventual encuentro entre el Dr. François de Loys y el antropólogo George Montandon quien publicó por primera vez en el medio científico una relación del descubrimiento de la región del Tarra y de sus posibles consecuencias, basado en el testimonio verbal y gráfico del geólogo suizo.

La hipótesis de George Montandon y la controversia suscitada

El 11 de marzo de 1929, George Montandon, natural de Suiza, presentó una nota ante la Academia de Ciencias de París, la cual fue leída por uno de sus miembros, el zoólogo Eugene Bouvier (Montandon, 1929a). En dicho documento se participaba acerca del singular descubrimiento zoológico-antropológico de François de Loys en Venezuela, mencionando la fotografía (la cual no se reprodujo) y analizando, la talla del animal tomando como referencia la caja sobre la cual fue fotografiado (aparentemente, un modelo estándar de 45 centímetros de altura), la ausencia de cola y la fórmula dentaria, siendo estos dos últimos caracteres imposibles de confirmar en el documento gráfico aludido. Finalmente Montandon consideró el hiperdesarrollo del clítoris en el espécimen como una característica que reservaba la posibilidad de que el animal fuera una nueva especie de mono araña del género Ateles. No obstante, en base a caracteres tan distintivos como la ausencia de cola y el número de dientes, erigió la familia Ameranthropoidae con un sólo representante Ameranthropoides loysi. Montandon envió esta nota y otras versiones de la misma simultáneamente a otras revistas, captando rápidamente la atención de la comunidad científica europea (Montandon, 1929b,c,d,e,f).

En los meses de abril a julio, aparecieron publicados diversos comentarios referentes a la hipotética presencia del misterioso primate en Suramérica, algunos firmados por prominentes científicos franceses como los doctores Georges Bohn y Leónce Joleaud (el último, zoólogo y geólogo que había trabajado en Colombia entre 1925 y 1926, presidente de la Sociedad Geológica, y más tarde de la Sociedad Zoológica de Francia), o aún el experto en mamíferos E. Bourdelle (Honoré, 1929; Joleaud, 1929; Bohn, 1929; Bourdelle, 1929). El mismo de Loys describió la anécdota del hallazgo en una revista londinense (de Loys, 1929).

Resalta aquí el hecho de que hasta ese momento todos coincidieron en aceptar de una u otra manera la existencia de tal simio en Sur América, y que todas las responsabilidades intelectuales eran del dominio exclusivo de la comunidad científica francesa (con la excepción del propio de Loys). La única información sobre el descubrimiento publicada en otro país, fue una nota anónima que apareció en Alemania (Anónimo, 1929a).

FrancoisDeLoysFig. 2. El joven François de Loys, probablemente antes de su viaje a Venezuela.

La primera crítica en contra de la posible existencia de tal animal se publicó en agosto; se trataba de una nota viciada de arrogancia y escepticismo firmada por el reputado Sir Arthur Keith, influyente miembro del Royal Anthropological Institute de Gran Bretaña e Irlanda y de la Royal Society. Keith pretendió apoyar su punto de vista denigrando de la inteligencia y cultura de de Loys y Montandon (de ninguna manera menos informados en materias zoológicas que el propio autor inglés), y resolviendo el asunto como un fraude en las tres primeras líneas de su artículo. Respecto a la fotografía, Keith concluyó que se trataba de un mono araña (Keith, 1929).

Parece que la intervención del antropólogo inglés hizo aparecer inmediatamente nuevas contribuciones en Alemania (Remane, 1929a,b; Oppenheim, 1929), de las cuales, la más breve, presentada por una autoridad en antropología física (la Dra. Stephanie Oppenheim), sintetiza un análisis de proporciones corporales que parece no dejar dudas sobre la asignación de una identidad taxonómica propia al Ameranthropoides loysi. Tres trabajos adicionales aparecieron en inglés, dos escudados nuevamente bajo el anonimato (quizá por no ser críticos, lo cual equivaldría a una posición contraria a la de Sir Arthur Keith) (Anónimo, 1929b,c), y un tercero firmado por un joven de 24 años, entonces curador de antropología del Wellcome Institute of History en Londres, quien habría logrado establecer contacto personal con François de Loys (Montagu, 1929).

Francis Ashley Montagu quiso examinar la fotografía por sí mismo, obteniéndola directamente del Dr. De Loys. En su trabajo publicado en la revista divulgativa norteamericana The Scientific Monthly y no en un medio de más prestigio, se identifica como representante del Royal Anthropological Institute (RAI), lo cual no parece ser cierto, toda vez que su nombre no aparece en ninguna de las listas de miembros de tal institución. El Dr. Montagu, si bien concurrió en la opinión de que el Amerantropoides parecía ser más bien un miembro del género Ateles, de ninguna manera desdeñó el testimonio de de Loys y aconsejó anteponer la cautela ante la emisión de cualquier juicio definitivo.

Montagu había enviado un manuscrito sobre la evolución humana y los tarseros el 10 de febrero de 1929 para ser publicado en Man, la revista científica del RAI; el cual fue leído por el propio Keith el 13 de marzo, pero en el libro de minutas del Consejo del Royal Anthropological Institute (del cual, repetimos, Montagu nunca fue miembro) puede leerse que el 28 de mayo “it was resolved to suspend publication of Dr. Ashley Montagu’s paper until further consideration” (RAI, Council Minutes, 1922-43). El artículo sobre el mono americano fue escrito en los mismos días, claramente con la intención de ser publicado en un medio serio (Man, por ejemplo) y pareciera lógico suponer que ante la posición del RAI en torno a las ideas y pretensiones de Montagu, este autor decidiera publicarlo en un medio más “blando”. Este simple hecho abre una interrogante en torno a la personalidad de Montagu y a su participación en la comunidad de antropólogos británicos. ¿Encontró el joven Montagu oposición deliberada para pertenecer a un instituto dominado política e intelectualmente por personalidades de carácter ortodoxo tales como Sir Keith? El hecho es que la única opinión relativamente condescendiente con la hipótesis de Montandon en Inglaterra fue la de Montagu, quien quizás por esta y otras causas, debió emigrar a Norteamérica en 1930 donde desarrolló una sobresaliente y prolífica carrera como antropólogo, trascendiendo, por la amplitud de su obra, mucho más allá que sus contemporáneos en Gran Bretaña.

El año de 1929 cerró con la divulgación del descubrimiento al medio hispanoparlante (Rioja, 1929), y con la publicación de una antigua referencia acerca de simios de gran talla en Suramérica (Bayle y Montandon, 1929). Montandon por su parte en un último esfuerzo por reafirmar sus conclusiones realizó un estudio muy cuidadoso, enfocado desde una perspectiva más zoológica que antropológica, el cual apareció en una revista italiana especializada en 1930 (Montandon, 1930); parecía que la comunidad antropológica francesa se hallaba convencida de la veracidad del asunto.

Con posterioridad, el mastozoólogo argentino Ángel Cabrera, quien representaba una autoridad en cuestiones relativas a la fauna americana, repitió más o menos los argumentos de Keith y consideró la fotografía de de Loys como un documento insuficiente para justificar el atrevimiento de Montandon (Cabrera, 1931), no obstante se empeñó también en denigrar de la palabra del geólogo y en calificarlo de viajero en términos despectivos, al igual que descalificó sistemáticamente a Montandon para luego tratar su teoría de la “hologénesis humana” como absurda (en ello se basó en el criterio igualmente absurdo de considerar la jerarquía taxonómica a nivel de familia como natural y no como un artificio humano, idea que para aquel entonces ya había sido superada. Actualmente se acepta sin cuestionamientos el posible origen polifilético de algunos grupos taxonómicos). Asombrosamente, Cabrera después de todo admitió que el primate en cuestión debía ser una especie o a lo más un género nuevo y atinó categóricamente al advertir que era necesario desprejuiciar el significado de este descubrimiento de cualquier especulación en torno al origen del hombre en su más amplio sentido.

En la década de los treinta el caso fue progresivamente olvidado, de Loys fallece en ese período y sólo unas pocas publicaciones trataron sobre la controversial historia (Boulenger, 1936). Sin embargo, el anatomista y entomólogo italiano Nello Beccari, a la sazón de 41 años, estaba realizando entre 1931 y 1932 lo que ninguno de los personajes previamente mencionados había determinado hacer, una búsqueda sistemática del animal en Suramérica. Beccari viajó a la Guayana Británica con el objeto de investigar sobre problemas anatómicos de los primates del Nuevo Mundo. Habría seleccionado esta nación en parte por su conocimiento de antiguas obras en las que se mencionaba la existencia de un gran primate en el área (p. ej. Kemys, 1596; Bancroft, 1769; Brown, 1877; Reclus, 1894) y por su interés particular en resolver la controversia desatada por de Loys y Montandon. Aunque no consiguió prueba física del legendario animal, Beccari regresó a Italia convencido de su existencia y sus consideraciones quedaron plasmadas en un extenso artículo de más de cien páginas, que resalta por su seriedad, profundo conocimiento de la neuroanatomía de los primates, y por el carácter obsesivo de su empeño en hacer del Ameranthropoides una realidad palpable; esta obra publicada en 1943, incluye un dibujo hipotético de la anatomía externa del cerebro del Ameranthropoides loysi, especulación que sólo la mente atrevida de un destacado experto pudo haber delineado con tal seguridad (Beccari, 1943).

Incomprensiblemente, este trabajo que es de gran interés para los primatólogos, no está referido en el índice bibliográfico más importante sobre temas de zoología, el Zoological Record, y en 1944 justamente el año en que fallece Montandon, el nombre fue sinonimizado formalmente con el de la especie de mono araña común de la cuenca del Lago de Maracaibo en una revisión en donde se omitieron las opiniones de los zoólogos Joleaud, Bourdelle, Cabrera y Beccari (Kellogg y Goldman, 1944). Philip Hershkovitz, el más célebre de los primatólogos de América, quién en la década de los cuarenta prospectó la región del Río Tarra, obteniendo únicamente especímenes del mono araña común o marimonda, igualmente aceptó el criterio de Kellogg y Goldman (Hershkovitz, 1949), y más tarde, tras la aparición de sendos libros sobre zoología fantástica en los que se divulgaba al público general y se traía nuevamente a discusión la historia del controvertido Ameranthropoides (Heuvelmans, 1955; Wendt, 1956), se pronunció decididamente por descalificar al Dr. François de Loys tildándolo de aventurero y forjador, en compañía de su mentor Dr. George Montandon, de lo que él considera un burdo fraude (Hershkovitz, 1960). En años siguientes aparecieron reediciones de los trabajos de Heuvelmans y Wendt, así como sus traducciones a otros idiomas con la repetición de la historia.

A finales de los cuarenta se siguió mencionando la controversia (Antolínez, 1945; Hooton, 1947; Urbain y Rode, 1948), y todavía en 1962 el debate en torno al alegado antropoide suramericano tenía una vigencia enorme; el antropólogo mexicano Juan Comas calificó al Ameranthropoides de animal “imaginario” y “carente de todo valor científico” (Comas, 1962, 1974), mientras que Osman Hill dedicó varias páginas de su exhaustiva serie sobre la anatomía comparada y la taxonomía de los primates a la discusión sobre la identidad del animal (Hill, 1962), lo cual indica que para la fecha la figura del simio todavía se situaba entre los planos de lo fantástico y lo real. Este trabajo, aunque minucioso y sistemático, concluyó por lo que ya se había establecido en 1944.

Posteriormente se han publicado reseñas evocando de manera romántica los momentos cruciales de la disputa intelectual originada por el desconocido geólogo y presentando todavía reproducciones desmejoradas de la famosa fotografía como testimonio de un misterio todavía irresoluto (Hitching, 1978; Straka, 1980; Cousins, 1982; Phillips, 1988; Miller y Miller, 1991; Shuker, 1991, 1993). Durante 1995 y 1996 en el canal de televisión norteamericano Discovery Channel en diversas oportunidades se presentó un programa dirigido por Arthur C. Clark, reseñando brevemente esta controversia desde un punto de vista sensacionalista. Una nueva interpretación zoológica del controvertido hallazgo se adelanta actualmente, pero su tratamiento se hará por separado en otra contribución (Á. Viloria, en preparación), toda vez que escapa del alcance histórico de este trabajo.

Aspectos biográficos del Dr. François de Loys (1892-1935)

Perteneciente a una familia, que por su tradición política, militar y científica se cuenta entre las nobles del Cantón del Vaud, de la Suiza francófona, desde el siglo XV (Attinger, 1928). Louis François Fernand Hector de Loys, nació en Plainpalais, Suiza, el 10 de mayo de 1892; tercero de cinco hijos del matrimonio de un militar francés al servicio de la armada suiza, Coronel Divisionario Robert Fernand Treytorrens de Loys y de la señora Marie Madeleine Zélie Ebrard (de Ginebra). Se inscribió en la Facultad de Ciencias de la Universidad de Lausanne en noviembre de 1912 y se hizo miembro de la Sociedad Geológica Suiza en 1915 cuando estaba comenzando su disertación doctoral con el profesor Maurice Lugeon. Pasó sus exámenes a comienzos de 1917, obteniendo el grado de Doctor en Geología con la tesis La géologie du massif de la Dent du Midi, la cual aparece registrada el 4 de abril de ese mismo año. De inmediato inicia su viaje a Venezuela contratado por la compañía holandesa Bataafsche Petroleum Maatschappij (más tarde parte del consorcio Royal Dutch-Shell Group).

FrancoisDeLoys2Fig. 3. El Dr. François de Loys junto con algunos niños vecinos de la región del Río Tarra, en Venezuela. Esta gráfica parece corresponder al Campamento de El Cubo, cerca de 1920.

En Venezuela, se le asignó la tarea de explorar geológicamente el Río Tarra y sus vecindades (iniciada por The Colon Development Company Ltd., uno o dos años antes), labor que acometió con tenacidad, sufriendo toda suerte de percances dada la inhospitabilidad e inaccesibilidad del territorio y los constantes enfrentamientos violentos con los indígenas Barí (entonces llamados “Motilones”), como se indicó anteriormente. El Dr. de Loys fue uno de los primeros geólogos que se asentó en el Campo de El Cubo, como puede inferirse de las cartas que enviara a su profesor Elie Gagnebin, fechadas entre 1917 y 1920, las cuales fueron publicadas posteriormente en un periódico lausanés (Gagnebin, 1930; de Loys, 1930), estas reflejan las más vivas impresiones del geólogo durante el cumplimiento de su deber en Venezuela.

La permanencia del Dr. de Loys en Venezuela se extendió por tres años (Gagnebin, 1928; 1935), y en un informe firmado en Caracas (de Loys, 1918), señala haber estudiado la zona del anticlinal de Tarra, cartografiando geológicamente una franja de 5 km de ancho desde unos 6 km al norte de El Cubo hasta unos 25 km al sur. Adicionalmente a los aspectos geológicos sólo se refiere a los indígenas de la siguiente manera: “La región está absolutamente deshabitada a excepción de las tribus de los indios Motilones. Aunque no muy numerosos, estos salvajes algunas veces atacan los campos”.

De sus cartas se desprende que en su viaje a Venezuela pasó por New York y de allí se embarcó en un vapor que lo llevó a Puerto Rico, República Dominicana, Saint Thomas y finalmente al puerto de La Guaira en Venezuela. Tras una breve estadía en Caracas, partió hacia Maracaibo nuevamente en barco, haciendo escala en Curazao. Su ruta a la región que debía explorar se hizo a través del Lago de Maracaibo y del Río Catatumbo, hasta la población de Encontrados, desde donde remontó las aguas del Río Tarra por dos días y tres noches, hasta llegar a El Cubo. Las condiciones precarias de aquel campamento causaron gran impresión en el joven suizo quien por primera vez debió sufrir las inclemencias de la temperatura, la selva impenetrable, las plagas y el asedio constante de aquellos “indios salvajes”, “más feroces que los alemanes” -según sus propias palabras-. La misión de aquel geólogo y su “pequeño ejército” de compañeros venezolanos, no solamente consistió en el estudio geológico sino en el levantamiento de las primeras cartas geográficas de la zona, por lo cual debió organizar excursiones fluviales y terrestres casi permanentemente, en una de las cuales ocurrió el fortuito encuentro con el primate previamente referido.

A mediados de 1918, por razones de salud fue enviado a la capital. Pasó un corto lapso en Los Teques y de allí regresó al Zulia. Ese mismo año realizó una travesía desde Encontrados a San Cristóbal y de allí hasta Pamplona (Colombia), pasando las poblaciones de Colón, Lobatera, Borota, Palmira, Táriba, San Antonio, Cúcuta, Chinácota, Málaga y Salazar; también atraviesa los páramos andinos en su regreso a la ciudad de Mérida por la vía de Bailadores.

En marzo de 1920, se trasladó el Dr. de Loys nuevamente a Maracaibo para recuperarse de fiebres y disentería amibiana contraídas en la región del Tarra. Para ese entonces ya se le había ofrecido un trabajo en Argelia. El 17 de mayo de 1920 se embarca en Maracaibo con destino a Holanda (de Loys, 1930).

Los directorios de la sociedad geológica suiza de 1920 y 1923 indican su residencia en Durigny, pero en las listas publicadas en 1926 y posteriormente, ya no aparece su nombre. En ese período trabajó en el norte de África y los países balcánicos. Alrededor de 1923 se trasladó a realizar exploraciones petroleras en la frontera de México y Los Estados Unidos. En 1924 se encontraba en San Antonio, Texas en donde celebró su boda el primero de marzo con la Señorita Winifred S. G. Taylor (Londres, 24-ix-1896 – Los Ángeles, 10-v-1936). Al finalizar su contrato con la Bataafsche, regresó a Londres. Allí es empleado en 1926 como asesor geológico de la Turkish Petroleum Company para trabajar en la primera perforación profunda en Irak. Durante su estancia en ese país es nombrado jefe de geólogos en un área que posteriormente se descubriría como la más rica en yacimientos petrolíferos del mundo.

Ameranthropoides_loysi-570x896Fig. 4. Reproducción ampliada del animal capturado por de Loys en las selvas del Río Tarra, el cual fue posteriormente nombrado como Ameranthropoides loysi Montandon (tomado de Montandon, 1929f).

El 23 de mayo de 1928 fue electo Fellow de la Geological Society of London. Entre 1926 y 1928, François de Loys se habría convertido en un individuo importante dentro de la Turkish Petroleum Company y habría establecido relaciones con numerosas personalidades europeas (Gagnebin, 1935), entre las cuales estaría el antropólogo suizo Georges Montandon. Creemos que para el momento en que estos dos hombres se conocieron, Montandon ya habría desarrollado la teoría de la hologénesis humana (Montandon, 1928) y entonces desataría la controversia del presunto antropoide suramericano en base a la información suministrada por de Loys. Estando en Irak, François de Loys contrajo sífilis, y al empeorar su condición física se vio obligado a regresar a Lausanne donde falleció el 16 de octubre de 1935 a la edad de 43 años y sin dejar descendencia. Sus restos fueron inhumados en el cementerio de l’Ecublens.

Consideraciones finales

Tras examinar los rasgos biográficos del Dr. François de Loys, resulta difícil suponer que un hombre de ciencia, caracterizado por su espíritu emprendedor, seriedad y alto sentido de la responsabilidad, haya intentado de manera premeditada el forjamiento de un fraude, por el mero hecho de alcanzar popularidad o renombre. Su bien ganado prestigio de geólogo petrolero, y su aptitud para enfrentar situaciones difíciles y aceptar retos le permitió ascender rápidamente dentro de las empresas a las cuales prestó sus servicios. Igualmente, debió disfrutar de considerable holgura económica, especialmente después de 1926 cuando se le nombró “Geological Adviser” y posteriormente “Geologist-in-Chief” de un consorcio tan poderoso como la Turkish Petroleum Company Ltd., de manera que la posibilidad de que éste geólogo haya querido gozar de un reconocimiento adicional valiéndose del engaño, queda descartada. No hay razones suficientes para argüir que de Loys no haya dicho la verdad, más aún cuando se cuenta con el documento irrebatible de una fotografía original tomada en una época muy anterior al manejo del trucaje fotográfico o a la manipulación de imágenes mediante el uso de computadores.

Lo que si es cierto es que las disputas sobre el caso siempre se manejaron desde los escritorios de Europa y que sólo dos personas, quienes fijaron posiciones encontradas -Beccari y Hershkovitz- trataron de buscar en el campo otras evidencias de la posible existencia de un gran primate en Suramérica. De Loys fue visto por sus detractores a través de los ojos del prototipo de científico Victoriano que no legitimaba las observaciones de campo (más aún, las desdeñaba) a menos que una evidencia material llegara a los museos de Europa.

Desde el punto de vista sociológico el caso de de Loys puede equipararse a la historia de Paul du Chaillu y el descubrimiento del gorila en África (ver Montagu, 1929 y McCook, 1996), de cuyo análisis interpretamos que algunos de los miembros de la sociedad científica francesa se desprendieron de algunos de los prejuicios cientificistas ortodoxos comunes durante el siglo XIX, mucho antes que la generalidad de la comunidad científica anglosajona, particularmente en el área de la antropología.

La negligencia y la incredulidad han jugado un papel primordial en la actitud de desdén frente a un posible descubrimiento zoológico-antropológico de naturaleza excepcional, el cual no ha llegado a tiempo al dominio de alguien capacitado para resolver la controversia de una manera más satisfactoria; por el contrario, el empeño de Montandon en buscarle explicación dentro del marco de su desafortunada teoría de la hologénesis, desvió la opinión pública hacia el infructuoso campo de los eslabones perdidos en la evolución humana en medio de una era de escepticismo científico. El resultado habría sido la desacreditación del descubrimiento, la subestima del documento fotográfico y la pérdida de la reputación de dos investigadores serios, quienes fueron obscurecidos del contexto de la antropología contemporánea.

AGRADECIMIENTOS

Los autores expresan su agradecimiento a Héli Badoux y Pascale Dalla Piazza (Section des Sciences de la Terre, Université de Lausanne, Suiza), Paul Cooper y Lorna Mitchell (General and Entomology Libraries, The Natural History Museum, Londres), Henri T. de Loys (Winnetka, USA), M. M. Derrick (The Royal College of Surgeons of England, Londres), Jean-Jacques Eggler (Archives de la Ville de Lausanne, Suiza), Beverly Emery (Museum of Mankind, Londres), Marie-France Fauvet-Berthelot (Société des Americanistes, Paris), Albert Froment (Société d’Anthropologie de Paris), Simone Gross (Bibliothèque Municipale, Lausanne, Suiza), Stuart McCook (University of Minnesotta, Minneapolis, USA), Edgardo Mondolfi (Fudena, Caracas), José G. Oroño (La Universidad del Zulia, Maracaibo), Franz Scaramelli (University of Chicago, USA y Sociedad Venezolana de Espeleología), Pierre A. Soder (Naturhistorisches Museum, Basilea, Suiza), John Thackray (The Natural History Museum y The Geological Society, Londres), Archivo de geología LAGOVEN S.A. (Caracas) por la información, material gráfico y bibliografía suministrada. Igualmente agradecemos a Erika Wagner, Lilliam Arvelo y Edgar Gil por la lectura crítica del manuscrito. Ofrecemos además nuestro especial reconocimiento a Sabine Theodossiou-de Loys (Lausanne, Suiza) quien nos suministró fotografías de F. de Loys y ha permitido su publicación, a Carlos López-Vaamonde y a Elisabeth Herniou (The Natural History Museum, Londres) por su ayuda en la interpretación de los textos en francés.

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[1] Intenciencia, Vol. 23, No. 2, Mar-Abr 1997. Pags 94-100.

Racismo biológico y neorracismo cultural

IMPACTO AMBIENTAL

Racismo biológico y neorracismo cultural[1]

Juan José Morales

En un reciente número de la revista Península, del Centro Peninsular en Humanidades y Ciencias Sociales de la UNAM, encontramos un más que interesante artículo sobre racismo, referido específicamente al caso de los mayas de Yucatán.

El trabajo es obra de Eugenia Iturriaga, de la Universidad Autónoma de Yucatán, y de Yassir Rodríguez, de la UNAM. Se refiere a un proyecto de desarrollo en Ek Balam, zona arqueológica cercana a Valladolid, pero por ahora —y dadas las limitaciones de espacio— lo que nos interesa son las consideraciones que los autores hacen en la primera parte del artículo acerca del racismo y el neorracismo.

clip_image002Una familia maya contemporánea. A diferencia de sus ancestros, a los que con fines turísticos se ensalza como grandes pensadores y creadores de una portentosa civilización, a los mayas actuales se les mira desdeñosamente como seres culturalmente inferiores.

“Cuando escuchamos la palabra racismo —escriben—, normalmente la asociamos con esclavitud, violencia, afro-descendientes, el apartheid o con otros aspectos relacionados con la dominación racial. Por ello, en sociedades como la nuestra, donde el mestizaje ha formado parte del discurso oficial, muchas de sus expresiones pasan desapercibidas aunque son cotidianamente reproducidas.”

Pero, añaden, como señala el filósofo y politólogo francés Pierre André Taguieff, se debe diferenciar entre el racismo clásico y el neorracismo. El primero, de carácter biológico, plantea la existencia de distintas razas y la superioridad de una sobre las demás, que deben subordinársele. El neorracismo, en cambio, es cultural. Pone énfasis no en las diferencias biológicas sino en las identitarias, en la identidad de cada grupo.

En este nuevo tipo de racismo —explican Iturriaga y Rodríguez— ya no se habla de cuestiones científicas, como en el siglo XIX, sino de aspectos culturales. El rechazo no se manifiesta hacia quienes se califica de inferiores, sino hacia quienes se catalogan como diferentes.

En México —continúan— “el racismo hacia los pueblos indígenas es colonial y de subordinación, es una discriminación racial y cultural que se ha matizado en el discurso, pero ha persistido en las prácticas cotidianas.”

Sobre el particular, mencionan los autores del artículo un estudio de la antropóloga Alicia Barabas, investigadora del Centro INAH de Oaxaca, acerca del racismo de que son víctimas los mayas yucatecos. En dicho estudio —al cual califican de “trabajo pionero en el campo de los estudios del racismo en México”— la antropóloga señala que “los prejuicios hacia este grupo indígena, presentes en la sociedad contemporánea, contribuían a reproducir un sistema de categorización colonial que atribuye una supuesta inferioridad a los integrantes de la etnia maya, expresada como incapacidad, flojera, deshonestidad, entre otros calificativos inferiorizantes.”

Este neorracismo cultural, que se manifiesta —señalan Iturriaga y Rodríguez— a través de actitudes, opiniones, creencias, prejuicios y estereotipos. Ello se hace presente muchas veces en programas institucionales y proyectos de desarrollo como el de Ek Balam que fue objeto de su estudio y se fundan en ideas simplistas y estereotipadas sobre las manifestaciones culturales, el comportamiento y el carácter de los indígenas.

Como decíamos al principio, las limitaciones de espacio nos obligan a constreñirnos por ahora a estas consideraciones generales de los autores. Y si lo hemos hecho es porque son muy valiosas y deben ser tomadas muy en cuenta por los políticos, gobernantes y planificadores, para que dejen de seguir mirando a los indígenas desde esa deformada óptica del neorracismo.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Martes 23 de febrero de 2016