Día de la charlatanería seudoarqueológica

QUE NO LE DIGAN, QUE NO LE CUENTEN

Día de la charlatanería seudoarqueológica[1]

Juan José Morales

El pasado lunes, 21 de marzo, fecha que tradicionalmente se considera inicio de la primavera, las grandes zonas arqueológicas estuvieron, como es habitual, muy concurridas y en algunos casos hasta podría decirse que abarrotadas por gente ansiosa de cargarse, no de conocimientos sobre nuestros antepasados prehispánicos, sino de… “energía cósmica”.

clip_image001Quienes, ataviados con albos ropajes, en místico arrebato y cual si fueran humanas antenas, formaron cadenas humanas o elevaron las manos al cielo en cualquier zona arqueológica de México exactamente a las 12 del día este 21 de marzo, andaban bastante atrasados. El equinoccio de primavera —en el cual se supone el Sol y el Universo entero lanzan una poderosa descarga de “energía positiva” a las antiguas ciudades prehispánicas, ocurrió casi día y medio antes: a las 22.36, hora del centro, del sábado 19. En la foto, una ceremonia promovida por el presidente municipal de Úrsulo Galván, Veracruz, en la zona arqueológica de Zempoala “para cargarse de energía y liberarse de las malas vibras” (sic).

Y es que hace algún tiempo alguien echó a correr la versión de que en el momento del equinoccio, el Sol incrementa su actividad y lanza torrentes de “energía positiva”. Pero no al azar, en todas direcciones, sino específicamente dirigidos hacia los lugares donde nuestros antepasados construyeron sus templos. No los dirige hacia catedrales, basílicas, parroquias o simples capillas, ni tampoco hacia mezquitas o templos hinduistas o budistas, porque como se sabe, el Sol es muy inteligente, muy leído y escribido, como diría el compadre Atanasio, conoce mucho de religión y geografía, le gusta mucho México y sabe dónde están situados los santuarios de quienes lo adoraban.

No se sabe con exactitud cuándo comenzó a circular esta esotérica y charlatanesca versión sobre el equinoccio y las zonas arqueológicas. Al parecer, fue hace cosa de 25 años, en 1991, con motivo de un eclipse de sol visible en la ciudad de México y sus alrededores.

La patraña fue acogida por revistas sensacionalistas, de cocina, belleza y espectáculos y por reporteros carentes de material, y se ha venido repitiendo año tras año que para librarse del estrés, la depresión, la ansiedad, la fatiga y las “malas vibras”, el mejor remedio es ir a una zona arqueológica el meritito 21 de marzo —ataviado de blanco de pies a cabeza y con un pañuelo o paliacate rojo que servirá como caño de drenaje para la energía “negativa”— y, exactamente a las 12 en punto del medio día, cerrar los ojos como si se entrara en trance, y levantar manos y rostro al cielo. El Sol —y, según algunos, también el Cosmos entero— se encargará de atiborrarlo de energía “positiva”. No de esa energía vulgar, común y corriente, que nos lanza todos los días a toda hora en forma de calor, rayos ultravioleta y otros tipos de radiación electromagnética, sino una muy especial, que sólo produce en ocasiones especiales pero que hasta ahora nadie ha podido detectar, medir o siquiera decir exactamente en qué consiste.

Y como ya se sabe también, el cuerpo humano es una especie de pila recargable, de modo que ese baño solar lo dejará henchido de energía, sano y fuerte como toro, listo para hacer frente a la vida y sus avatares. Pero como la carga solamente dura un semestre, habrá que repetir la operación seis meses después, en el equinoccio de otoño. Y luego en el de primavera del año siguiente, y así semestralmente.

No es necesario decir —lo hemos repetido varias veces en los últimos años— que este asunto de las descargas de energía cósmica en los equinoccios no tiene el menor fundamento científico, ya sea de carácter arqueológico, astronómico, geofísico o de cualquier naturaleza. La ubicación de las ciudades prehispánicas no tiene nada de especial, y durante los equinoccios no ocurre en ellas ni en lugar alguno de la Tierra, ningún fenómeno de carácter físico particular.

El único fenómeno es el de los daños —a veces destrozos irreparables— que ocasiona ese verdadero alud de visitantes y ha obligado a las autoridades a tomar medidas especiales para evitar que, como dijo sarcásticamente alguien, el día del equinoccio siga siendo el Día de la Devastación Arqueológica.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Jueves 24 de marzo de 2016

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