Los transgénicos no son como los pintan

QUE NO LE DIGAN, QUE NO LE CUENTEN

Los transgénicos no son como los pintan[1]

Juan José Morales

Muchos opositores a los alimentos transgénicos —especialmente aquellos con ideas naturistas— aseguran que son nocivos para la salud y que, entre otras cosas, pueden provocar cáncer. En realidad, no hay hasta ahora pruebas de tal cosa, y un informe de las academias nacionales de Estados Unidos —de Ciencias, Ingeniería y Medicina— confirma este punto de vista.

clip_image001Los únicos cultivos transgénicos en gran escala siguen siendo solamente tres: maíz, soya y algodón. Y las únicas características importantes que les han sido modificadas son su resistencia a la aplicación de herbicidas y a los ataques de insectos. Mucha gente, sin embargo, cree que los transgénicos nos han inundado, y a veces la oposición a ellos adquiere tintes místicos o religiosos y refleja una actitud de temor y rechazo ante la ciencia.

El informe, de casi 400 páginas, emitido conjuntamente por las tres academias, presenta los resultados de una revisión de los estudios sobre los cultivos modificados genéticamente, o transgénicos como también se les conoce, y la conclusión es que no se encontraron indicios de que impliquen algún riesgo para la salud humana. Advierte el informe, sin embargo, que todo nuevo tipo de alimento, ya sea transgénico o no, “puede tener algún efecto sutil, favorable o adverso, sobre la salud, efecto que no puede ser detectado incluso a través de un cuidadoso escrutinio y que se manifieste tiempo después”. Con base en tal posibilidad, señala que para garantizar la inocuidad de los alimentos —transgénicos o normales—, es urgente que el gobierno establezca métodos independientes de prueba. Pero, repetimos, no hay hasta ahora prueba alguna de que ninguno de los alimentos genéticamente modificados que hay en el mercado cause los daños a la salud humana que se les atribuyen. Incluso, en el informe mencionado se asienta que un estudio que sugería que el maíz transgénico podría causar cáncer en ratas, resultó ser incorrecto.

Esto, sin embargo, no excluye otros daños. Un ejemplo es el de la soya transgénica que se pretende cultivar en la península de Yucatán, el problema estriba en que el polen de esos cultivos puede incorporarse a la miel que producen miles de campesinos y que se exporta principalmente a países de Europa, como Alemania, en los cuales no se permite que la miel tenga vestigios de polen transgénico. Si se generalizan los cultivos de esa soya, se cerraría el mercado europeo a los apicultores peninsulares. Europa.

Por otro lado, una cosa es que los alimentos modificados genéticamente no sean nocivos para el ser humano, y otra que sean tan benéficos como se dice. Sus promotores —concretamente las grandes empresas transnacionales productoras de semillas, como Monsanto y Cargill— dicen que si se quiere obtener cuantiosos volúmenes de alimentos baratos, las semillas transgénicas son la única solución, ya que dan mayores rendimientos que las normales.

Pero esto tampoco es cierto. El propio informe de las academias nacionales de Estados Unidos dice que no hay evidencias de que la siembra de transgénicos haya incrementado sustancialmente los rendimientos en los campos agrícolas norteamericanos en los que se utilizan. Y aquí hay que subrayar que en Estados Unidos hay grandes extensiones sembradas con ese tipo de semillas, de modo que si fueran tan productivas como se dice, ya se habría notado un gran aumento en la producción por hectárea.

Un ejemplo de falsas expectativas es el llamado arroz dorado, del que en su momento se dijo que detonaría un incremento en la producción y haría disminuir los precios. En 15 años, nada de ello ha ocurrido.

Y en cuanto a los posibles efectos adversos sobre el medio ambiente, el panorama es también de claroscuros. Los estudios analizados en el informe llevaron a la conclusión de que los transgénicos resistentes a los ataques de insectos no han afectado el número de especies de tales animales. Pero, por otro lado, los transgénicos cuyo cultivo exige el uso de grandes cantidades de herbicidas parecen estar aumentando la resistencia de las malas hierbas.

Así, pues, que no le digan, que no le cuenten. Ni los transgénicos son una especie de monstruos de pesadilla como los califican sus oponentes, ni son tampoco la solución mágica a la creciente demanda de alimentos. En esencia, desde el punto de vista productivo, no son mejores ni peores que los cultivos normales. Y sí, en cambio, ponen a los países subdesarrollados en una grave situación de dependencia de las grandes empresas que monopolizan la producción de semillas.

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[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Jueves 19 de mayo de 2016

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