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Energía de la nada

ENERGÍA DE LA NADA

Mario Méndez Acosta

La seudociencia florece en donde las necesidades del ser humano son mayores. Uno de los sueños dorados de la humanidad ha sido, sobre todo desde que se inició la revolución industrial, encontrar una fuente de energía barata, limpia, es decir, que no afecte en forma nociva al medio ambiente, y ante todo inagotable. La energía atómica que produce el proceso de fisión del átomo nos prometía, a mediados de siglo, cumplir con este sueño, pero pronto se vio que sus desechos representan una amenaza muy grande para el bienestar de las generaciones futuras, y que su operación es costosa y también implica riesgos de desastres potencialmente fatales.

Ante ello se han postulado varias posibilidades tecnológicas de liberar las poderosas fuerzas que rigen el funcionamiento de los átomos, con el fin de utilizarlas para nuestros fines industriales y hasta domésticos. Hace unos diez años se planteó la posibilidad de que pudiera lograrse la llamada fusión fría, con la cual se generaría energía termonuclear, sin necesidad de los grandes reactores a altas temperaturas que la fusión requiere. Por desgracia, los experimentos iniciales, que pretendían demostrar la existencia de la fusión fría, no se pudieron replicar en ningún otro laboratorio, pero ahora, con similar ingenio, algunos científicos poco ortodoxos y ciertos grupos francamente seudocientíficos han sugerido la posibilidad de utilizar una nueva fuente de energía, que surge de las mismísimas fuerzas que mantienen la estructura del espacio que nos contiene. Se trata de la llamada «energía de punto cero».

Ocurre que en el vacío del espacio interestelar suceden en efecto cosas muy extrañas de verdad. Dicho vacío, en el que en realidad uno no va a encontrar ni un solo átomo de materia, está sorprendentemente lleno -pletórico casi- de lo que se conoce como partículas virtuales. Se trata de partículas subatómicas, como electrones y sus antipartículas -los llamados positrones-, que gracias a fluctuaciones cuánticas surgen de la nada por unos instantes en ese vacío, para aniquilarse entre sí al chocar unas con otras.

Forward Este fenómeno se explica gracias al principio de incertidumbre de Heisenberg, que es una característica del microcosmos estudiado por la mecánica cuántica, el cual en efecto hace posible que aparezcan esas partículas, siempre con la condición de que subsistan sólo por tiempo muy breve. No obstante, algunos físicos se han preguntado si acaso sería posible aprovechar tales partículas antes de que se aniquilen, o lo que es lo mismo, sacar provecho de la energía de punto cero del vacío, a la que se le denomina de esa manera ya que en el cero absoluto (0ºK), la temperatura más baja que pueda existir, se detiene todo el movimiento molecular de la materia que causa el calor. La energía de punto cero viene a ser lo que impide que la propia estructura del espacio se colapse, y ocasiona que aparezcan brevemente esas partículas virtuales. De acuerdo con el físico, y maestro de la especulación científica Robert L. Forward, en teoría resulta posible crear un campo electromagnético que impida que esas partículas virtuales de carga eléctrica contraria se vuelvan a juntar para aniquilarse después de surgir del vacío. Con ello se podría crear un flujo constante dé electrones -o de positrones- que brotaría sin fin de un determinado sector del espacio. Dicho flujo sería ya electricidad propiamente dicha, y se podría usar para cualquier fin tecnológico.

El problema de fondo parece ser que la energía de punto cero del vacío es muy escasa, o más bien débil, y para evitar ese hipotético colapso del espacio basta con que en el mismo actúe una energía equivalente al campo gravitatorio promedio que existe en el universo. Eso causa que toda la energía de punto cero disponible en un volumen del tamaño de la Tierra apenas sustituiría la energía química que se puede obtener de un galón de gasolina. Para que dicha energía fuera utilizable, dados los requeri­mientos energéticos actuales del planeta se necesitaría cubrir con un campo magnético un segmento de espacio vacío equivalente a varias veces el volumen del sistema solar. La creación del campo magnético requerido -si no se encontrase uno natural- emplearía mucho más energía .de la que pudiera obtenerse de este enorme sistema energético de punto cero.

Weinberg Steven Weinberg, físico que ganó el premio Nobel por haber postulado la teoría unificada que reúne analíticamente la fuerza electromagnética con la fuerza débil del átomo, asegura que la inexistencia práctica de la energía de punto cero queda demostrada a gran escala cósmica, ya que no ha sido posible detectar su efecto gravitatorio, el cual no podría permanecer oculto, ya que según la teoría de la relatividad de Einstein la energía es equivalente a la masa, por lo que tiene que crear un campo gravitatorio ostensible.

Tras estas especulaciones maniobra un conocido pseudocientífico y cómplice de varios fraudes célebres, quien se ha dedicado a tratar de impulsar la explotación de la fuerza cero, empleando los fondos que estén dispuestos a aportar gobiernos e instituciones privadas. Se trata de Harold Puthoff, un promotor del Puthoff prestidigitador israelí Uri Geller, el cual aún afirma contar con poderes psíquicos prodigiosos, algo que ha sido debidamente desacreditado. Puthoff también se ha ocupado en tratar de demostrar la existencia de tales poderes psíquicos, como la visión a distancia y otros fiascos promovidos por un organismo llamado Instituto de Investigación de Stanford, mismo que nada tiene que ver con la Universidad de ese nombre. Como muchos de sus colegas, Puthoff intenta desprestigiar a la ciencia y a los científicos, y aseguró en 1990 que «la mayoría de los físicos no son realmente científicos… ya que los maneja el complejo militar industrial»[1].

Dentro del mito de la energía de punto cero encontramos la misma mezcla de infundíos y leyendas paranoicas sobre conspiraciones que supuestamente tratan de ocultar la verdad a la opinión pública. En realidad, lo que buscan los promotores de esta leyenda son los dólares de los contratos de investigación que aportan autoridades y empresas iletradas en aspectos científicos.

BIBLIOGRAFIA

Gardner, Martin, «Zero Point Energy and Harold Puthoff», Skeptical Inquirer, vol. 2, núm. 3, mayo, 1998.

Forward, Robert, Future Magic, Avon Books, Nueva York, 1988.

Puthoff, Harold, «Fluctuaciones cuánticas en el espacio vacío, ¿una nueva piedra Roseta para la física?», Frontier Perspectives, vol. 2, Fall-Winter, 1991.


[1] Puthoff es citado en el artículo «Power Structure» de Tom Chalkey en el City Paper de Baltimore, junio 29, 1990.

Evidencia de los viajes a la Luna

EVIDENCIA DE LOS VIAJES A LA LUNA[1]

Mario Méndez Acosta

Al cumplirse cuarenta años de la llegada del ser humano a la Luna, se han llevado a cabo acciones tendentes a encontrar v presentar evidencia incontrastable -y en buena parte de origen independiente de que los aterrizajes de las misiones del programa Apolo realmente tuvieron lugar.

Con ello se demostraría de una vez por todas que carecen de razón quienes sostienen que los viajes a la Luna fueron un engaño, una creencia irracional que ha adquirido dimensiones de culto pseudocientífico entre mucha gente desinformada en diversos países del mundo.

Entre la evidencia más importante se encuentra, desde luego, el material rocoso que se trajo de la Luna; un total de 382 kilogramos de piedras y polvo lunares se recogieron durante las misiones Apolo XI, XII, XIV, XV, XVI Y XVII. Así mismo, unos 10 kg de dichas muestras han sido procesados y desintegrados en experimentos realizados tanto por la NASA como por instituciones de investigación independientes. Las rocas invariablemente han mostrado tener más de 4,500 millones de años de antigüedad. Por dar un ejemplo, la Universidad Curtin de Tecnología, en la ciudad de Bentley, Australia, realizó la datación de un trozo de roca traído por la Apolo XVII, asignándole unos 4,417 millones de años, es decir, son casi 700 millones de años más viejas que las rocas de mayor antigüedad encontradas en la Tierra, mismas que datan de hace 3,800 millones de años. Las muestras de los programas Apolo muestran además una composición y una edad coincidentes con las de las muestras traídas en el programa soviético «Luna».

Otra evidencia clara de la realidad de los alunizajes la dan los retrorreflectores dejados durante varias misiones en el satélite. Se trata de espejos especiales, calibrados para usarse como objetivos de rayos láser enviados desde la Tierra. Los retrorreflectores de calibración con láser muestran que sólo en los puntos de alunizaje del programa Apolo se obtiene un reflejo concentrado de fotones hacia la Tierra. Los observatorios que, de manera constante usan los retrorreflectores, son los de Cóte D’Azur, McDonald, Apache Point, y el Haleakala. Se podría alegar que los reflectores no prueban la presencia de seres humanos en la Luna, ya que también la misión Lunokhod de los soviéticos dejó ese tipo de reflectores para rayos láser, pero entonces la única explicación de su presencia en la Luna es que tuvieron que ser llevados a esos puntos en misiones posteriores no tripuladas, de las que no hay ningún registro histórico.

En 2008, la agencia de exploración aeroespacial. japonesa Jaxa envió la sonda Lunar Selene, la cual ha obtenido evidencia fotográfica de los alunizajes. Se ha fotografiado así el punto del despegue del módulo lunar del Apolo xv, donde se aprecia el efecto en la tonalidad del suelo lunar del chorro de escape del motor cohete del propio módulo.

Existen también fotografías en rayos ultravioleta y de larga exposición, tomadas desde la Luna en el Apolo XVI, que muestran la Tierra ante un fondo de estrellas que coincide exactamente con el de la posición de nuestro planeta en ese momento, al igual que muchos otros testimonios y pruebas materiales.’

Ahora ya no habrá más duda -razonable-, ya que, gracias al Lunar Reconnaissance Orbiter (LRO), una sonda espacial estadounidense destinada a la exploración de la Luna, se obtendrán imágenes detalladas de cada objeto que se ha dejado en el satélite, sobre todo las bases de cuatro patas de los módulos lunares. Fue lanzada esta nave desde Cabo Cañaveral el18 de junio de 2009. Su objetivo es el estudio de los polos lunares, pero también y gracias a sus siete instrumentos de detección, fotografiar las zonas de aterrizaje de naves tripuladas a la Luna. El LRO pasará por encima de todo lo que ha tocado suelo en la Luna, observándolo desde una altura de 50 kilómetros. Al igual que un orbitador semejante, colocado en torno a Marte, tiene la capacidad de registrar objetos desde un metro de diámetro.

REFERENCIAS:

1. Independent Evidence for Apollo Moon Landings:

http://en.wikipedia.org/wiki/Independent_evidence_for_Apollo_Moon_landings#SELENE_photographs

2. «Lunar Spacecraft Launch to Moon!». Lunar Reconnaissance Orbiter NASA’s First Step Back to the Moon. NASA, 18 de junio, 2009. http://www.nasa.gov/mission_pages/LRO/main/index.html


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 235, México, septiembre de 2009, Págs. 56-57.

La negación del meteorito

LA NEGACIÓN DEL METEORITO[1]

Mario Méndez Acosta

La súbita e inquietante extinción de los dinosaurios, hace unos 65 millones de años, ha despertado numerosas controversias y especulaciones a lo largo de los últimos decenios.

La explicación más aceptada a partir de los años ochentas dice que dichos reptiles, junto con muchas otras especies, encontraron su fin debido a los efectos catastróficos en la atmósfera, debido al impacto de un enorme asteroide o cometa en un sitio cercano a la actual península de Yucatán.

Existen evidencias geológicas de que el llamado impacto de Chicxulub tuvo consecuencias en toda la Tierra, y se ha podido comprobar que en el subsuelo de todos los continentes existe un estrato o capa geológica a la que se ha llamado límite K-T (iniciales de las palabras Cretáceo-Terciario, expresadas en alemán: Kreide-Tertiar), por encima del cual no se han podido encontrar fósiles de dinosaurio, aunque éstos puedan abundar en los estratos inferiores de mayor antigüedad.

En dicho estrato -que en su mayor parte es de muy reducido espesor (menos de 10 cm)- abunda el metal iridio, el cual también es común en asteroides y cometas, aunque resulta ser muy escaso en la corteza terrestre, por considerarse que se precipitó hacia el centro de la Tierra cuando el planeta se formó. Se encuentran también ahí numerosas esferas diminutas de vidrio de cuarzo y de las llamadas tectitas, que son cristales derivados de meteoritos derretidos, los cuales sólo se forman en cataclismos muy violentos y de alta temperatura. Se estima que el estrato abarca un periodo de tiempo de no más de mil años.

No obstante estas evidencias, ha cobrado fuerza entre numerosos paleontólogos la versión de que no fue este desastre el causante principal del fin de los dinosaurios, y que éstos ya estaban total o casi totalmente extintos cuando ocurrió este fenómeno cósmico.

En efecto, existen algunos argumentos válidos que apoyarían en parte esta afirmación, pero también ocurre que muchos de quienes se han adherido a la doctrina de la negación del gran meteorito utilizan argumentos falaces o seudocientficos. Así, es verdad que, por los cambios climáticos, la variedad de especies y vestigios fósiles había venido disminuyendo a lo largo de varios millones de años antes de la fecha supuesta del impacto; pero tal fenómeno se ha presentado en diversas ocasiones a lo largo de la historia de la vida en la Tierra y no deriva nunca en una mega-extinción. En realidad sólo hay dos megaextinciones, la ocurrida al final del periodo Pérmico que coincide con el fin del la era Paleozoica, hace 260 millones de años, y la que acabó con los dinosaurios hace unos 65 millones de años.

Al final del Pérmico se produjo una extinción masiva, en la cual 95% de las especies que habitaban la Tierra desaparecieron, entre ellas, los trilobites y otros seres típicos del Paleozoico. No obstante, esta extinción fue más radical que la que afectó a los dinosaurios, es atribuida ya sea a grandes erupciones o al impacto contra la Tierra de otro asteroide cuyo cráter no ha sido localizado[2].

El principal argumento para negar que un impacto meteórico haya causado la extinción se basa en el hecho de que, aun cuando se han localizado fósiles en estratos más antiguos, no se han encontrado restos de dinosaurios, o de otras especies extintas en ese momento, ubicados exactamente en el estrato que establece el limite K-T[3]. La lógica de este argumento se basa en la observación de que si es cierto que tantos animales murieron en ese momento, alguno debería haber dejado algún resto precisamente en ese estrato.

Pero tal alegato puede aplicarse con igual validez a cualquier otro estrato geológico del mismo espesor o que abarque la misma duración. En este otro estrato, con mucha probabilidad, tampoco se va a encontrar fósil alguno de dinosaurio, porque éstos son intrínsecamente escasos. De hecho se han encontrado, desde el siglo XVIII, no más de 10 mil fósiles de dinosaurios de unas 1,047 especies[4], y ese número abarca los más de 150 millones de años en que estos animales vivieron en la Tierra.

Otro argumento que responde a la objeción de la falta de restos situados exactamente en la capa K-T es que los efectos catastróficos derivados del impacto meteorítico no mataron a la fauna y de la flora en condiciones físicas que favorecen la fosilización, mismas que principalmente se asocian con inundaciones súbitas o la muerte del espécimen atrapado en pantanos, donde los restos no se descomponen y deterioran rápidamente. Lo cierto es que el impacto aniquiló a muchos animales y plantas, ya sea por la vaporización de sus restos a causa del calor intenso, o también -en lugares más lejanos- por los efectos de incendios forestales, asfixia por humo y polvo, hambre o hasta por frío, durante el prolongado periodo de oscurecimiento de la atmósfera posterior al impacto. Por otro lado, no se puede asegurar que se haya revisado sistemáticamente o muestreado la totalidad de la superficie del estrato K-T en todo el mundo, por lo que tampoco se puede desechar que, en el futuro, no se localice en algún lugar del planeta un fósil correspondiente exactamente al momento del impacto.

Como explicación alterna a la causa de la extinción masiva se han propuesto también las erupciones volcánicas que ocurrieron de manera masiva en la meseta del Decán, en la India, un sitio conocido como las trampas del Decán. Ciertamente, estos eventos debieron tener efecto en la vida en la Tierra, pero plantean exactamente las mismas objeciones sobre la escasez de fósiles en los últimos estratos del periodo cretáceo.

Todo indica que las objeciones no bien fundamentadas a la explicación del impacto de la gran extinción de hace 65 millones de años se basan en un rechazo irracional a las explicaciones catastrofistas de los cambios de la vida en la Tierra, un prejuicio explicable, pero no muy sostenible ante la magnitud extraordinaria del efecto que tuvo el impacto de uno o varios grandes meteoritos en la superficie de la Tierra en ese periodo de su historia.

LECTURAS SUGERIDAS

1. Botzer, Angela «Yucatan Asteroid didn’t Kill Dinosaurs, Study Says». National Geographic News. http://news.nationalgeographic.com/news/2004/03/0309_040309_chicxulubdinos.html

2. Dinosaur Extinction Page http://web.ukonline.co.uk/a.bickley/dino.ht

3. Kluger, Jeffrey. «Maybe a Meteor didn’t Kill the Dinosaurs». Time Magazine. Monday, Apr. 27, 2009. http://thehumanhandbook.blogspot.com/2010/03/dream-team-conclusion-asteroid-did-kill.html


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 234, México, agosto de 2009, Pags. 60-61.

[2] José Manuel Nieves. «Una enorme erupción volcánica causó la gran extinción del Pérmico». http://www.abc.es/20090529/nacional-sociedad/enorme-erupcion-volcanica-causo-20090529.html

[3] Gerta Keller, Thierry Adatte, Wolfgang Stinnesbeck, Mario Rebolledo-Vieyra, Jaime Urrutia Fucugauchi, Utz Kramar, and Doris Stüben. «Chicxulub Impact Predates the K-T boundary Mass Extintion». http://www.pnas.org/content/101/11/3753.abstract?ijkey=411b502faee561df3a6b12641e3e90d78f06e8a8&keytype2=tf_ipsecsha

[4] Jonathan Amos. «Will the real dinosaurs stand up?» http://news.bbc.co.uk/2/hi/sci/tech/7620621.stm

¿Qué es una seudociencia?

¿QUÉ ES UNA SEUDOCIENCIA?[1]

Mario Méndez Acosta

Bunge Con frecuencia el público y los científicos se encuentran ante creencias o afirmaciones insólitas, fantasiosas o desmesuradas que se formulan en nombre de la ciencia. Sin embargo, pocas personas están en posibilidad de distinguir si se trata de una propuesta seudocientífica o, bien, de algún tipo de especulación de vanguardia por completo válida. El filósofo de la ciencia Mario Bunge, que actualmente trabaja en la universidad McGill, de Montreal, ha estudiado en forma metodológica el fenómeno de las seudociencias y ha elaborado una guía muy útil para poder distinguirlas y analizarlas. Bunge asegura que toda disciplina constituye lo que se denomina un «campo cognoscitivo». Hay campos cognoscitivos de creencias, como la teología y la crítica literaria, que no pretenden ser ciencias. Cuando se intenta presentar un campo cognoscitivo corno ciencia entonces éste se convierte en seudociencia.

Existe una serie de características que definen a una ciencia y que matizan muy reveladoramente a una seudociencia. En una ciencia, todos los investigadores trabajan en continua comunicación entre ellos en todo el mundo, mediante publicaciones periódicas y ahora el Internet. Una seudociencia está formada por una comunidad de creyentes que no investigan y no tienen comunicación con personas de otros campos, por ejemplo, los iridólogos, que creen poder diagnosticar cualquier enfermedad, observando la configuración de los pliegues del iris de los ojos, y quienes jamás intentan corroborar estadísticamente sus afirmaciones, o probar de manera experimental la validez de su dogma básico.

La sociedad tiende a impulsar la actividad científica, y a la seudociencia la tolera, ya sea por tradición o por representar un buen negocio; véanse por ejemplo, las técnicas de meditación, autoayuda mágica o control mental. Aparte de estos métodos, la sociedad envía a las seudociencias a las márgenes más remotas de su medio cultural.

La ciencia tiene una concepción del mundo regida por postulados claros, como suponer que el universo está gobernado por leyes naturales que no admiten excepciones, e intenta obtener conocimientos relativos a la realidad y no sobre objetos imaginarios. Su sistema de valores se basa en la claridad, la exactitud, la consistencia de sus afirmaciones y su apego a lo observable, proponiendo la búsqueda de la verdad y no de datos para reforzar determinado dogma. Por su parte, la seudociencia propone excepciones a su favor sobre la vigencia de las leyes naturales -máquinas del movimiento perpetuo o personas que pueden leer con los pies con todo y zapatos- y pretende obtener conocimientos a partir de revelaciones sobrenaturales, argumentos de autoridad o el cánon establecido por algún fundador venerado, como L. Ron Hubbard, etc. El sistema de valores de la seudociencia desprecia la realidad y la exactitud, aborrece la profundidad, es inconsistente y menosprecia los hechos o los resultados experimentales.

Hubbard La ciencia evoluciona, la seudociencia se estanca en lo revelado por su fundador. El dominio de la ciencia consiste en actividades reales, mesurables; el de la seudociencia versa sobre entidades irreal es , influencias astrales, desequilibrios de fuerzas dinámicas del organismo, toxinas misteriosas, fantasmas y superegos, entre otras. El fondo formal de la ciencia está integrado por teorías lógicas y matemáticas vigentes, el de la seudociencia es muy modesto y difícilmente acudirá a modelos lógicos o matemáticos, en cambio elaborará modelos de la realidad no verificables, como ocurre con la astrología o los biorritmos.

El fondo específico de la ciencia consiste en datos observados, confirmarles y corregibles; en hipótesis y teorías relevantes, falseables y contrastables, porque intenta encontrar leyes que gobiernen entidades reales y pronostiquen su comportamiento, apoyándose extensamente en otras ciencias. Con las seudociencias nunca se intentará obtener leyes descriptivas específicas, y los datos y los resultados de las observaciones se recabarán para confirmar una conclusión previa que, si acaso la contradice, hallará siempre una justificación ad hoc. La seudociencia no toma nada de otras ciencias y no contribuye en nada a ellas.

Los problemas que intenta resolver la ciencia son de índole general, es decir, explicar con leyes simples todo posible comportamiento de entidades reales. En cambio, la seudociencia se aboca a resolver problemas prácticos no cognoscitivos, sobre todo del tipo de «cómo sentirse bien e influir en las personas». Así, el acervo de conocimientos de la ciencia consiste en las mencionadas teorías establecidas, hipótesis contrastables y datos verificables sobre experimentos que se pueden reproducir, en tanto que el de la seudociencia permanece estancado -la astrología mantiene incólumes las teorías y métodos del alejandrino Ptolomeo, del siglo V de nuestra era.

Las metas de la ciencia consisten en descubrir las leyes de las entidades reales, sistematizando hipótesis sujetas a comprobación, e insiste en mejorar los métodos y procedimientos de dicha búsqueda. Las metas de la seudociencia son prácticas, cómo ganar más dinero o hablar con los muertos porque eso pronostica el futuro, y no intenta hallar leyes que amplíen el conocimiento humano.

El método de la ciencia es escrutable, criticable, analizable y justificable, siempre con procedimientos explicables y reproducibles; los de la seudociencia son muchas veces secretos, sólo al alcance de los iniciados, e incluyen supuestas capacidades innatas del experimentador, como por ejemplo, el caso del quiropráctico que «sabe» qué vértebra pulsar para curar la diabetes de un paciente, o el zahorí que «siente» con una varita dónde se encuentra un depósito subterráneo de agua.

En resumen, y tal vez este sea el rasgo más revelador, las seudociencias pretenden y generalmente obtienen, condiciones muy cómodas para lograr su legitimación ante la opinión pública, en tanto que las ciencias se someten voluntariamente a un escrutinio, propio y ajeno de gran severidad.

Bibliografía

Bunge, Mario, La investigación científica, Barcelona, 1983, Editorial Ariel.

Bunge, Mario, Seudociencia e ideología, Madrid, 1985, Alianza Editorial.

Stenger, Victor, Physics and Psychics, Buffalo, N.Y., 1990, Prometheus Books


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 149, México, noviembre/diciembre de 1999, Págs. 90-91.

El mito de los paradigmas

EL MITO DE LOS PARADIGMAS[1]

Mario Méndez Acosta

La reacción de la irracionalidad y del pensamiento mágico en contra de la ciencia moderna ha alcanzado proporciones preocupantes a lo largo de los últimos años. Resulta notable que el intento de descalificar a la ciencia, que parte de la sociología posmodernista o deconstructivista (véase recuadro de la p. 94), se disfraza con los ropajes externos de la terminología científica. Lo que inicialmente no era sino un ensayo sociológico sobre la manera en que evoluciona el conocimiento científico en una sociedad, se ha convertido en una especie de bandera ideológica de ciertos grupos que desean abiertamente detener su avance, y aun impedir que la propia sociedad dedique sus recursos a la investigación de la ciencia. En su libro La estructura de las revoluciones Kuhn científicas (1962), Thomas Kuhn, un físico e historiador de la ciencia de la Universidad de Berkeley, asegura que la ciencia progresa en forma cíclica, y que cada nuevo descubrimiento importante establece una matriz disciplinaria común, o «paradigma», que rige el pensamiento de todos los investigadores»¦ hasta que nuevos hallazgos derrumban las teorías vigentes. Cada nuevo paradigma establece sus propias normas, y no sólo cambia nuestras teorías, sino los propios criterios con que éstas son juzgadas; por ello los paradigmas que gobiernan los periodos sucesivos de la ciencia normal son inconmensurables entre sí, y eso significa que un científico de determinada época no puede siquiera juzgar o entender un paradigma anterior, pero lo preocupante es que se concluye que cada nuevo paradigma no nos acerca a la verdad. Kuhn asegura que debemos renunciar a la noción explícita o implícita de que los cambios de paradigma conducen a los científicos y a sus alumnos cada vez más cerca de la verdad, y así, para él no existe proceso absoluto alguno.

Dicho aserto representa una verdadera bendición para quienes aseguran que la ciencia no es más que una construcción -un constructo- social o cultural. Si las teorías científicas sólo pueden ser juzgadas dentro del contexto de un paradigma particular, entonces la ciencia jamás predominará sobre cualquier otra manera de observar el mundo, como puede ser el chamanismo, la astrología, el creacionismo o la medicina alternativa. En consecuencia, Feyerabend muchos filósofos, entre ellos Paul Feyerabend -aun en contra de la misma opinión de Kuhn-, declaran la completa irrelevancia de la ciencia como herramienta útil para conocer el mundo y hasta proclaman que es mejor que los gobiernos destinen recursos para investigaciones astrológicas o acerca de los platillos voladores, o bien que reconozcan a cualquier tipo de charlatanería médica al mismo nivel que la medicina científica. Con ese fin se han publicado cientos de ensayos en revistas filosóficas, que descalifican a la ciencia, al afirmar que la misma no es sino una simple convención o moda pasajera. Algunos de los relativistas culturales más extremos y admiradores del misticismo, llegan a asegurar que cada persona, puede, en cada momento, crear su propia realidad y hasta alterarla, según sus creencias o convicciones, y lo anterior acaba con el fundamento del conocimiento científico, es decir, con la noción de que la realidad del universo tiene una existencia independiente de nosotros o de nuestras percepciones.

Múltiples científicos de primera línea han salido al paso de esa interpretación del trabajo de Kuhn, para criticarlo en su concepto básico de que la ciencia no avanza o no nos acercamos al conocimiento de la realidad del universo. Weinberg Destaca en ello sobre todo Steven Weinberg, quien logra demostrar que es falso que los científicos no puedan entender la ciencia de paradigmas anteriores, y muestra que tampoco es verdad que cada paradigma refute y deseche por completo las teorías representativas del anterior. En realidad, la única vez que eso ocurrió fue cuando la física newtoniana sustituyó a la física aristotélica, la cual aseguraba que cada cuerpo físico tiende a buscar su lugar en la naturaleza, un sitio predestinado a él por razones arcanas; en cambio, la física newtoniana no fue desechada con el arribo de la teoría de la relatividad de Einstein, sino que la misma constituye un refinamiento de la de Newton y de sus sucesores para los extremos de altas velocidades o masas muy concentradas. Los físicos estudian y aplican hoy la física newtoniana, y logran hacer que una nave se pose perfectamente en la superficie de Marte en el punto deseado.

Lo más notable es que las llamadas revoluciones científicas no son ya sucesos que ocurran cada siglo, pues se ha acelerado tanto el desarrollo de la ciencia que en realidad ocurre una de esas revoluciones cada año en promedio. El científico sabe lo que no se ha logrado explicar, y analiza las propuestas que van surgiendo para desechar las inservibles, y se aceptan modelos provisionales, como el llamado modelo «estándar» de la física de partículas subatómicas, en el cual hay que fijar arbitrariamente muchas de las constantes que deberían ser consecuencia ineludible de una teoría bien elaborada, misma que aún no se descubre.

La esperanza de los seudocientíficos de toda laya es que la teoría de los paradigmas de Kuhn les permitirá algún día demostrar que sí valen las más descabelladas interpretaciones, y que puedan ser milagrosamente aceptadas por la comunidad científica. Dicho deseo carece de base pero, en efecto, sí logra engañar a muchas personas que no conocen de ciencia y lo único que han leído sobre la misma es el engañoso libro de Kuhn.

Posmodernismo

Derrida Corriente filosófica que caracteriza a diversos grupos de escritores críticos sobre el concepto de modernidad, entendida ésta como la expresión filosófica y sociológica de la Ilustración, que a su vez es la creencia en el potencial de la ciencia y la razón para revelar los secretos de la naturaleza y el entendimiento de la condición humana y en la aplicación de dicho conocimiento para el mejoramiento de la Lacoue-Labarthe condición humana. Entre los proponentes principales del posmodernismo se encuentran Jacques Derrida, Philippe Lacou Labarthe, Oswald Spengler y Michel Foucault.

Deconstructivismo

Corriente sociológica y epistemológica que señala que todo sentido, identidad o conocimiento son provisionales y relativos porque jamás son exhaustivos, siempre Spengler puede uno remontarse a una trama anterior, y aún más atrás, casi hasta el infinito o «grado cero» del sentido. Así, la de construcción es como pelar una cebolla, las capas son los conceptos o conocimientos construidos por nosotros en un medio social.

En su crítica a la ciencia destacan:

Knorr-Cetina, K.D. La manufactura del conocimiento, un ensayo sobre la naturaleza constructivista y con textual de la ciencia. Oxford, 1981, Foucault Pergamon.

Latour, B. y S. Woolgar. La vida en el laboratorio. La construcción social de los hechos científicos. Londres, 1979, Sage.

Bloor, D. Conocimiento e imaginaria social. Londres, 1976. Routledge & Kegan.

Feyerabend, Paul. Contra el método. Nueva York, 1977, Schocken Books.

Critican este movimiento:

Bunge, Mario. Sociología de la ciencia, Buenos Aires, 1998, Editorial Sudamericana.

Holton, Gerald. Einstein, historia y otras pasiones. La rebelión contra la ciencia en el final del siglo XX. Madrid, 1998, Taurus.

Kurtz, Paul. La tentación trascendental, Buffalo, 1986, Prometheus.

Andreski, Stanislav. Las ciencias sociales como forma de brujería, Madrid, 1986, Taurus.


[1] Publicado originalmente en Ciencia y Desarrollo, No. 148, México, septiembre/octubre de 1999, Págs. 97-98.