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HOMES VS HOLMES

HOMES VS HOLMES

Las increíbles parodias de Robert L. Fish

Por Mario Méndez Acosta

SchlockHomesEntre quienes se han encargado de perpetuar y acrecentar el maravilloso mito de Sherlock Holmes, se encuentran muchísimos autores clásicos del género policiaco. Uno de ellos. Robert L. Fish, ha utilizado su enorme conocimiento acerca de la leyenda holmesiana y sobre su ambientación en la Inglaterra victoriana, para escribir las más ingeniosas, sólidas y divertidas parodias que se puedan concebir.

El innumerable grupo de admiradores y seguidores de Sherlock Holmes, constituido por personas en verdad inteligentes, jamás han cometido el error de tomarse a sí mismas muy en serio, por lo que la labor de Fish ha sido recibida por ellos con un entusiasmo casi frenético.

A través de la pluma de Robert L. Fish, Sherlock Holmes se convierte en Schlock Homes y el Dr. Watson en Watney. Mycroft, el prodigioso hermano del gran detective, se transforma en Criscroft. El modesto inspector Lestrade deviene en el inspector Balaustrade, igual de insoportable. Moriarty es ahora Morty y el Coronel Moran cambia a Moron -imbécil, en inglés. La casera de Holmes, la amable señora Hudson, se transforma en la señora Essex -tanto Hundson como Essex son marcas, ya desaparecidas, de automóviles. La señora Essex tiene, por supuesto, una hermana residente en Sussex.

UN MUNDO EXTRAÑO

El noventa por ciento del humor de las parodias de Fish se basa en el juego de palabras «“pun, en inglés-, por lo que resulta difícil de ser expresado en español: sin embargo, lo que queda resulta de tal calidad que en verdad justifica un divertido recorrido para el lector hispanohablante por el extraño mundo de Schlock Homes.

Homes vive en Londres, en el presente, es decir en el siglo XX; sin embargo, no es un Londres ordinario. El genial detective se transporta utilizando únicamente carriolas jaladas por caballos; se alumbra con lámparas de gas y se comunica exclusivamente a través del telégrafo. Homes y Watney, cuando se refieren a Estados Unidos o a sus ciudadanos, hablan de «las colonias» o de «los «coloniales»; suponen que ahí el robo de caballos se castiga con la horca y que los indios mohicanos todavía hacen terribles correrías contra los ciudadanos blancos.

Homes gusta de trabajar largas horas en su laboratorio químico -marca Gilbert, por supuesto-; después de horas de investigaciones le anuncia ocasionalmente a Watney algún prodigioso hallazgo… como el logro de una aceptable variedad de whiskey casero.

Watney lleva el registro de los grandes enigmas resueltos por el genial detective y los bautiza con singular tino. En cada historia hace referencia a muchos otros casos que quizá algún día sean adecuadamente reseñados: por ejemplo, esa extraña aventura que involucro un caso de confusión de identidades en un cierto manicomio y que recibió el título de La Aventura de los Seis Napoleones.

Watney -al igual que ·Watson- no posee la habilidad deductiva de su colega, lo que lo hace fácil objeto de a veces no muy joviales bromas de Homes.

ellery_queens_mystery_196111Existe una escena típica, que se repite en varios relatos originales de Sherlock Holmes, del posible cliente que llega al departamento ubicado en Baker. St. 221-B y solicitar hablar confidencialmente con el genial sabueso, insinuando así que Watson debería salir del cuarto. Sherlock siempre responde que Watson es de su total confianza y que el visitante puede hablar sin temor.

Fish reconstruye esta escena de una manera un poco distinta: al solicitar el cliente discretamente la salida de Watney, Homes replica: «Puede usted hablar con toda tranquilidad. Mi amigo Watney es demasiado disperso como para, poder captar cualquier cosa que usted diga».

GUSTOS Y AFICIONES

Schlock, ávido fumador de cigarrillos triquinosis (triquinópolis en la obra parodiada), toca el violín y gusta de asistir a conciertos en el Robert Hall -marca de trajes con que parodia el nombre del gran teatro londinense, el Albert Hall. En ese recinto debutan extraños intérpretes, como et Coro de los Trabajadores del Control de Inundaciones de la Ciudad de Roma, que interpretan la cantata Detengan al Tíber: -Hold that Tiber!, versión algo modificada del viejo rag, Hold that tiger:- o bien el cantante Cyd Caesar, que presenta su versión de Etude Brutus. Homes es adicto a la Cota -a la Coca Cola, claro está- y formula una serie de deducciones acerca de sus posibles clientes con sólo verlos desde la ventana que, lamentablemente, nunca resultan.

Criscroft, hermano de Homes, trabaja en el Ministerio del Interior británico y resuelve infinidad de casos utilizando únicamente su prodigioso intelecto.

En una ocasión, Watney llega y descubre a los hermanos practicando su entretenimiento favorito. Contemplando una vieja fotografía de un distinguido caballero vestido a la usanza antigua. Schlock y Criscroft sostienen un duelo de deducciones acerca del personaje retratado:

-Ex estudiante de lenguas islándicas, dedicado al cultivo de árboles del hule -aventura Criscroft.

-Daltónico y zurdo -responde Homes.

-Antiguo acróbata de trampolín y experto organista de feria -observa Criscroft.

-Víctima del hábito del hashish -dice Homes.

Al observar la llegada de Watney los hermanos suspenden su duelo. Criscroft comenta entonces:

-Basta de esto, Schlock, ha llegado Watney, guarda la foto de papá y vamos a trabajar…

MAL TINO

ellery_queens_mystery_aust_196101_n163El método de Schlock Homes es el del error creativo. Equivocaciones acumuladas que se anulan unas a otras y conducen al éxito final para el genio: mas no para la justicia… lamentablemente.

Una historia muy representativa, que por fortuna no depende en su gracia del juego de palabras, es la Aventura del Soberano Falsificado -un soberano es también una variedad de moneda. Ocurre en 1962. Homes le informa a Watney que ha recibido un telegrama solicitándole una cita firmado, sencillamente, Hans Wolfgang Wilhem Hermann Adolph von Saxe Homburg. Gran Duque e Kitzle Farbstein. Rey de Belgravia.

Wateney señala que hay algo vagamente familiar en esta firma… «Si», dice Homes, «recuerda que ya hemos estado al servicio de su majestad al recuperar unas cartas comprometedoras de manos de Polly Adler»… Homes se turba, ya que recuerda al amor de su vida… (El gran amor del «verdadero» Sherlock Holmes era Irene Adler: Polly Adler en realidad es la autora del libro Una casa no es un hogar, una prostituta escritora. al estilo de Xaviera Hollander).

De pronto, irrumpe al departamento de Homes un individuo de unos 2.20 m. de altura con una capa de visón con rayos de armiño; un enorme ópalo al cuello; botas bordeadas de astracán y tachonadas de esmeraldas; y el pecho lleno de medallas. Un antifaz oculta su cara, aunque no la típica nariz de los Kitzle Farbstein.

-¡Su majestad! -murmura Watney.

-¡Por favor! -responde el visitante-; he venido de incógnito. ¡Aquí no seré más que el Sr. Kitzle, por un breve periodo!

El rey les describe una peculiar aventura que ha tenido al participar en una cacería de zorra. El animal perseguido cruzó una reja y el monarca le siguió, penetrando así en el jardín de una extraña residencia donde una multitud de personas vestidas en casacas de esgrima deambulaban por todos lados sin rumbo fijo.

Extrañamente, recuerda el monarca que las mangas de las casacas eran demasiado largas y estaban cosidas de los puños.

En ese momento, un individuo muy robusto detiene al rey y le pregunta: «¿Por qué no traes tu camisa?»

«Â¡Suéltame, bellaco!, ¡Soy el rey de Belgravia!»

«Claro, claro, ¿quién dice que no? ¿Pero cómo te quitaste tu camisa blanca?»

Después de noquear al insolente personaje, el monarca se enfrenta ante otra sorpresa. Uno de los encamisados, un individuo bajito y canoso, le reclama:

«Â¡Escoge cualquier otro: el duque de Windsor o Napoleón! Yo ya soy el rey de Belgravia».

Presa del asombro, el monarca opta entonces por abandonar el lugar.

Homes, fascinado por esta historia, decide hacer una visita al extraño lugar. Después de vestirse con sendas casacas de esgrima, Homes y Watney penetran a la mansión. En los jardines se encuentran con el personaje del que les habló el monarca, el cual se distrae apuntando su manga cosida en distintas direcciones y gritando «Â¡Bang!» Homes deduce inmediatamente que se trata del archivillano, el terrible coronel Moron. A continuación, nuestros héroes penetran a la cocina del curioso lugar, donde ocurre el siguiente diálogo con el cocinero:

-¡Hey tú! -grita el chef- ¿por qué andas espiando por ahí, como si fueras un Schlock Homes?

-Porque -responde fríamente el detective- ¡yo soy Schlock Homes!

-¡Claro que sí! -contesta el otro, -¡y yo soy Pierre, el del Ritz!

-¡Mucho gusto! -exclaman al unísono Homes y Watney, extendiéndose sus manos.

– ¡Váyanse de aquí ya muchachos, todavía faltan dos horas para la comida! Alejándose. Homes le explica a su amigo:

-Debes perdonarle, Watney, todos los grandes chefs son muy temperamentales y yo he oído hablar de este Pierre…

Finalmente, Homes deduce que ese lugar es una escuela de meseros y que Moron está entrenándose para poder infiltrarse en el cuerpo de camareros del rey de Belgravia con el objeto de asesinarlo. Para impedir sus planes malvados, Homes le habla a su hermano Criscroft y le pide que intervenga ante el gobierno para que se le cancele la licencia de servir alimentos a la supuesta academia de meseros.

Satisfecho por su solución, Homes se entera varios días después de una trágica noticia: Watney lee en el periódico una nota que informa de un motín de locos en un cierto manicomio rural, aparentemente causado por falta de alimentos.

Homes se conduele y se apresura a ofrecer cualquier asistencia a las autoridades en la solución de este triste problema.

MIL AVENTURAS

Homes se especializa en no dar una. Sin embargo, su fama no tiene límites. Robert L. Fish, al igual que Conan Doyle, lo mata en una Aventura Final y lo resucita en un triunfal regreso. Ahí, la aventura del corcel extraviado narrada en El Rayo de Plata se convierte en la infructuosa búsqueda de una marrana campeona, llamada la Duquesa de Bloating.

Homes confunde el arte abstracto con la obra de un vándalo enloquecido y hace arrestar a un cierto Passo Picablo. Su colega y amigo, el detective francés Septembre Duping -imagen del Auguste Dupin, de Poe- (Dunping, por cierto, significa «tomando el pelo») le pide ayuda para localizar a la madre de Whistler, que ha sido robada. Homes, supone que este cuadro es realmente una anciana y se horroriza al enterarse que los franceses la quieren recuperar tan sólo… ¡para colgarla!

Pero hay otro aspecto de la obra paródica de Fish que se nos puede escapar a los lectores hispanohablantes. Su monumental éxito se debe también a que constituye una sangrienta burla estadunidense dirigida contra el provincialismo y la pomposidad británica. Sus ridículos desayunos de curry con chutney; de arenque encremado o de colecitas de Bruselas con pastel de riñón o bien, su absurdo sistema monetario con piezas de «tres peniques con medio penique»: guineas inexistentes y soberanos absurdos, todos ellos son el objeto de la divertida y aguda mofa del cuentista yanqui.

En algún lugar, Fish llega al extremo de hacer decir a Homes cosas muy significativas, como, por ejemplo, que el nombre Sean O’Hara -de origen irlandés por supuesto- le parece «peligrosamente extranjero».

El culto a Schlock Homes se va convirtiendo poco a poco en una subcultura muy importante dentro del culto más amplio, dedicado al genial detective de detectives, el otro yo del terrible Homes, el único e inigualable Sherlock Holmes.

(Los relatos serios y las sátiras holmesianas de Robert L. Fish aparecen con regularidad en la revista Ellery Queen Mystery Magazine)

¿Es posible la paz?

¿ES POSIBLE LA PAZ?

Por Mario Méndez Acosta

CerebroEn lo más profundo del encéfalo humano yace el cerebro de una criatura suspicaz, temerosa y brutal. Guiada por instintos elementales, sólo busca proteger su territorio, obtener su alimento y perpetuar su especie y, para lograr esto, está dispuesta a usar cualquier medio a su alcance No existe el bien ni el mal para este ser, y vive en lo absoluto sin conciencia de la existencia del transcurso del tiempo; sin futuro y sin pasado.

Se trata del cerebro de un reptil. De un reptil idéntico a un antecesor nuestro que caminó por la Tierra hace unos 200 millones de años.

Por encima de este cerebro reptiliano han evolucionado capas de masa encefálica que representan nuestro desarrollo como mamíferos primitivos y finalmente, en la corteza cerebral, se encuentran ya nuestras características humanas.

Todos los atributos de las distintas etapas biológicas por las que hemos evolucionado se encuentran sobrepuestas -y no revueltas- en nuestro actual cerebro.

Para muchos estudiosos del comportamiento humano esta situación es la responsable de gran parte de las actitudes irracionales que presenta en sus actos el hombre contemporáneo.

Uno de los instintos básicos que le permitió a las especies sobreponerse a las dificultades del medio ambiente y sobrevivir con éxito -sobre todo en el caso de las especies que precedieron y condujeron a la humanidad- fue, sin duda, el de la territorialidad.

La defensa eficaz de un territorio permite al individuo, como representante de una especie, que sus genes, transmitidos por su descendencia, tengan una mayor probabilidad de crecer, desarrollarse y, en su momento, seguir perpetuándose por más generaciones hacia el futuro.

Este instinto, aunque aparece ya en los cerebros de vertebrados primitivos, no se atenúa en los cerebros de especies más evolucionadas, como lo son casi todos los mamíferos y las aves, sino que, por el contrario, adquiere .un refinamiento y hasta una sofisticación sorprendentes. El hombre, por supuesto, no es una excepción. Así, en cualquier legislación se permite que el dueño de un hogar pueda matar al invasor de sus terrenos o, por lo menos, permitirá atenuantes de importancia al juzgar este acto.

RESABIOS

El desarrollo cultural de la sociedad humana ha dado, en cierta forma, un cauce manejable al instinto de territorialidad y a otros similares.

La capacidad de juicio y raciocinio del individuo humano le permite, en la mayor parte de los casos, controlar las reacciones agresivas y de furia derivadas de las transgresiones a lo que el instinto considera territorio o intereses exclusivos de la persona… pero esas tendencias y sensaciones defensivas siguen incólumes.

La guerra, tradicionalmente, ha tenido como motivo esencial algún caso de territorialidad lesionada o amenazada. Por supuesto, quienes normalmente se sienten afectados son los individuos o grupos poderosos que controlan cada nación y no necesariamente los soldados que tienen que ir a combatir. Para que a éstos les resulte más paladeable la idea de ir a luchar o de padecer terribles estrecheces, se ha inventado el bálsamo del patriotismo, la defensa de la religión u otro ideal similar… o bien, el temor inducido de la depredación y el saqueo que las fuerzas enemigas pudieran realizar en sus hogares.

Hasta el presente siglo, la situación anterior había acarreado infinidad de inútiles guerras y sufrimientos indecibles para muchas personas inocentes.

La mayor parte de los conflictos que ha librado el género humano se distinguen por la intrascendencia y mezquindad de sus motivos.

Con la excepción de la Segunda Guerra Mundial, en la que la humanidad se logró librar de una partida de peligrosos asesinos y bestiales, todos los, conflictos han sido en sus causas de una trivialidad inconcebible.

ARMAGEDON

No obstante, ahora las cosas han cambiado. Existe cada vez más evidencia de que una confrontación nuclear entre dos o varias superpotencias acarreará, al menos, la extinción de la especie humana y, a lo más, el exterminio de toda la vida del planeta.

MijailGorbachovLa supervivencia de la especie depende ahora del control que sobre sus instintos reptilianos tengan individuos como Ronald Reagan o Mijail Gorbachov. Hasta ahora, hemos tenido suerte. Cuando la URSS tenía gobernantes agresivos y hasta paranoicos, como lo fueron José Stalin y Laurenti Beria, Estados Unidos poseía dirigentes prudentes, como sin duda lo han sido Truman y George Marshall. Hoy en día, la Unión Americana está gobernada por un individuo que considera a la URSS como una entidad satánica, merecedora del exterminio total; pero, por fortuna, la URSS está bajo el gobierno de personas moderadas y prudentes -hasta donde puede serlo un dirigente soviético.

No obstante, nuestra suerte puede llegar a terminarse muy pronto…

Es necesario que, reconociendo las raíces reptilianas del instinto guerrero, se arrebate del control de individuos concretos la facultad de librar una guerra atómica. La tentación de dar un primer golpe demoledor y la paranoia de considerar al adversario como la encarnación de la maldad -otro de nuestros resabios de bestialidad- deben ser combatidas a fondo. El conocimiento mutuo entre las naciones puede ayudar mucho en este aspecto.

Muchas de las guerras que en este momento se libran en el mundo se derivan del temor de grupos privilegiados de ver afectados sus intereses económicos. Este es el caso de la agresión contra Nicaragua y el pavor a la Revolución Salvadoreña. El temor a que algo tan abstracto como la «seguridad nacional» se vea afectado, lleva a la Unión Soviética a conducir una guerra agonizante, dolorosa e interminable en Afganistán. Detrás de estos conflictos no está más que la ignorancia, la impreparación y la falta de lucidez de los gobernantes que impulsan estas agresiones.

BertrandRussellYa se han alzado algunas voces muy claras y prestigiadas que señalan las verdaderas causas de nuestra vocación bélica. Destaca entre ellos Bertrand Russell, quien en su ensayo ¿Tiene futuro el hombre? propone salidas muy racionales al laberinto del belicismo moderno. Más recientemente, ha destacado la labor del astrónomo Carl Sagan, quien ha estudiado los aspectos evolutivos de nuestro cerebro que determinan nuestra conducta irracional dentro de la sociedad moderna, abundando sobre este tema en su libro Los Dragones del Edén.

La batalla del fin del mundo se librará, según el Apocalipsis, en las llanuras galileas de Arrnagedón -actual Meggido-. Está en nuestras manos dejar esta leyenda convertida para siempre en un mito oriental más.

El extraño mundo de los nazis

Magia en el III Reich

EL EXTRAÑO MUNDO DE LOS NAZIS

Por Mario Méndez Acosta

Una de las mayores sorpresas de la historia de la Segunda Guerra Mundial fue la que se llevaron los aliados al ocupar los centros alemanes de investigación nuclear.

El temor manifestado por Alberto Einstein al presidente Roosevelt de que los germanos pudieran construir un detonante nuclear resultó finalmente exagerado: no tanto por falta de ganas por parte de los alemanes, sino por la extrema pobreza a la que el nazismo redujo a la ciencia durante el Tercer Reich.

MauriceJolyEsto tiene una explicación muy simple: los jerarcas nazis vivían sumergidos en un mundo poblado en exceso por las más insólitas supersticiones. Por supuesto, todo partía de la absorción, por parte de Adolfo Hitler, de las teorías racistas proarias – antisemitas de Chamberlain y Gohineau – de la adopción de la creencia en una supuesta conspiración judeo-masónica-liberal-comunista para conquistar al mundo: misma que fuera inventada por los círculos más reaccionarios de Francia y de Rusia durante el último tercio del siglo XIX, época en que se cocinó esa colosal falsificación conocida como Los Protocolos de los Sabios de Sion. Esta obra, copiada descaradamente del libro de Maurice Joly, Diálogo en el Infierno entre Maquiavelo y Montesquieu, atribuye a un cierto gobierno mundial secreto judaico todos los tortuosos consejos y planes políticos que Maquiavelo propone al azorado Montesquieu.

Ya en los años veinte de este siglo, los Protocolos habían recorrido el mundo a través de docenas de traducciones. En cada país, la correspondiente versión del panfleto atribuía a los judíos alianzas con los peores enemigos de la nación de que se tratara. En la versión británica, los judíos aparecían aliados con el Káiser – en la traducción germana se les señalaba como aliados de los financieros británicos.

Todas estas patrañas fueron asimiladas por completo por los jerarcas nazis y, a la postre, resultaron la causa del holocausto de más de 6 millones de inocentes.

MITOLOGIA

Pero los nazis habían comprado todo el paquete incluyendo las fantásticas leyendas mitológicas que rodeaban a la existencia de una supuesta raza aria.

El concepto de ariedad, que no se refiere en realidad a cuestiones étnicas, sino más bien a aspectos lingüísticos comunes de un grupo de pueblos racialmente tan diferentes como pueden serlo un iranio y un noruego, fascinó a tal grado a los nazis que no vacilaron en acudir a fuentes indostanas para nutrir su iconografía – su canon doctrinario. De aquí viene su adopción de la suástica y de algunas ceremonias secretas de iniciación en algunos capítulos de las SS.

En 1942, en plena ofensiva germana hacia Stalingrado, cuyo objetivo final era llegar hasta el Mar Caspio, Hitler autorizó que se efectuara una expedición a la Cordillera del Cáucaso con objeto de realizar la ascensión del Monte Elbruz, el pico más alto de la misma. En esta comarca fue donde supuestamente se originó la raza blanca. (En realidad las evidencias lingüísticas indican que este grupo humano surgió más hacia el oriente, en las cercanías del Mar de Aral en lo que ahora es el Turquestán).

En la cumbre del Elbruz, los elementos de la SS efectuaron una ceremonia relacionada con algún oscuro tipo de culto solar.

Hitler no vacilaba en mezclar las mitologías, por lo que también adoptó muchos elementos de la mitología nórdica. Su ilusión era sustituir el cristianismo por una mezcla ecléctica de mitos pre-helénicos.

El énfasis mitológico nórdico se vio sobre todo en el aspecto de la educación infantil difundiendo con entusiasmo entre los niños las colosales leyendas de esta antigua religión y subrayando la misión divina que implícitamente asignaba a la raza germánica.

SEUDOCIENCIA

Hitler también adoptó varias creencias seudocientíficas. Una de ellas fue la astrología. En diversas ocasiones consultó a un astrólogo para decidir cuestiones de estrategia militar. Creía en la vigencia de un horóscopo único para toda Alemania, tomando como fecha del nacimiento del Reich el momento de la firma de la rendición francesa y la proclamación del imperio alemán en Versalles, después de la guerra Franco- Prusiana de 1870.

 

Al enterarse de estas tendencias, los ingleses contrataron astrólogos para tratar de adelantarse a las decisiones que pudiera tomar el Führer: pero como la astrología no es una ciencia demasiado exacta, jamás lo lograron.

También Hitler, al no tener resultados confiables de la astrología, acabó por desilusionarse de la misma.

Hanns HörbigerPero los nazis tenían una mente abierta a la charlatanería. Otra de sus creencias favoritas era la doctrina del hielo eterno de Hans Horbiger, ingeniero en minas austríaco que postuló que la Tierra ha tenido seis lunas, las cuales han caído en sucesión al planeta ocasionando grandes catástrofes. La última vez que esto ocurrió fue hace catorce mil años, ocasionándose entonces el diluvio universal.

Según Horbiger la Luna y los planetas están cubiertos por capas de hielo de 180 kilómetros de espesor. Las manchas solares son causadas por la caída en el astro de enormes trozos de hielo.

La teoría del hielo cósmico agradó mucho a los nazis. Esto llegó a causar tantos problemas que Goebbels tuvo que aclarar que «uno puede llegar a ser un buen nacional-socialista sin tener que creer en la doctrina del hielo cósmico eterno».

Sin embargo, hasta el final, el nazismo se identificó con esta creencia: «Nuestros antepasados nórdicos se fortalecieron en el hielo y la nieve. La creencia en el hielo eterno es una herencia natural del hombre nórdico», afirmaba un texto de la época. Y concluía: «Sólo Horbiger, un austríaco al igual que Hitler, ha podido limpiar al mundo de la ciencia judía».

En efecto, los nazis eliminaron la «ciencia judía»: expulsaron a Einstein y denunciaron a la física moderna como anti germánica, por eso, cuando los aliados llegaron a sus laboratorios tan sólo hallaron basura.

El mito de nuestro tiempo

OVNI y sociedad

EL MITO DE NUESTRO TIEMPO[1]

Por Mario Méndez Acosta

El avista miento de objetos voladores no identificados (OVNIS) no es algo nuevo en la historia, lo único que ha variado ha sido la descripción detallada de los mismos por parte de los testigos y la interpretación más aceptada sobre la naturaleza del fenómeno observado.

Casi toda mitología antigua incluye algún caso de visitación celestial a bordo de un vehículo volador, por lo general adornado con impresionantes efectos visuales y de sonido. Carros de fuego, barcos solares o animales volátiles abundan en las antiguas leyendas.

Durante la Edad Media el principal objeto volador no identificado lo constituían los brujas y brujos que, a bordo de escobas o de asnos aéreos, concurrían sin falla a la luz de la Luna a sus horrorosos aquelarres.

Durante el siglo XVIII no eran raros los avistamientos de majestuosos bajeles voladores o de extrañas esferas flotantes. Jerónimo Feijoó, monje benedictino español extrañamente racionalista para su época, dedicó gran parte de sus escritos a refutar todo tipo de supercherías, llegando a describir correctamente el comportamiento de las llamadas centellas, rayos esféricos flotantes que tanto pavor ocasionaban entre el vulgo.

A finales del siglo pasado abundaron los reportes de extraños objetos voladores muy similares en su descripción a los aerostatos y primitivos dirigibles.

Sin embargo, no fue sino a partir del año 1947 cuando se multiplicaron por todo el mundo los avistamientos de objetos aéreos de características en verdad extraordinarias, muchos de ellos luminosos y capaces, en general, de desarrollar inauditas velocidades y de llevar a cabo maniobras imposibles para cualquier vehículo aéreo construido por manos humanas.

Al no existir ya en nuestro tiempo zonas inexploradas en el planeta, o una creencia generalizada en los fenómenos sobrenaturales, la explicación que se impuso al fenómeno OVNI se centró más bien en el supuesto origen extraterrestre del mismo.

HIPOTESIS EXTRATERRESTRE

De acuerdo con esta interpretación, nuestro planeta es visitado año con año por miles de naves interestelares que se dedican a observar nuestras ciudades, a mutilar ganado o a ponerse en contacto solamente con algunos cuantos elegidos en algún camino o comarca alejados.

No obstante el enorme número de supuestas visitas que se ha acumulado a lo largo de estos 37 años, los tripulantes de los OVNI, inexplicablemente, no han considerado necesario hacerse conocer abiertamente a la generalidad de los habitantes de la Tierra.

La cantidad de evidencias y testimonios sobre la existencia de los OVNI es ya realmente impresionante por su volumen -aunque no tanto como la evidencia acumulada a lo largo de siglos sobre la existencia de duendes, brujas, trasgos y demonios-; sin embargo, la misma no ha logrado convencer ni siquiera a un solo’ científico del espacio de importancia en todo el mundo sobre la verosimilitud de la explicación extraterrestre o de otras por el estilo.

¿A qué puede deberse lo anterior? La razón de esto quizá se deba a dos motivos principales: En primer lugar, casi sin excepción, en los casos en los que ha podido hacerse una investigación severa de cada avistamiento, éste ha tenido lo que los expertos llaman una explicación prosaica, es decir, atribuible totalmente a causas de origen terrestre. Una proporción que llega al 91% de todos los reportes de OVNI tiene una explicación prosaica, según confiesan los mismos grupos de creyentes en el fenómeno. En segundo lugar, el otro factor que resta credibilidad a la interpretación extraterrestre ha sido el enorme número de fraudes que se han comprobado en los reportes más publicitados.

Desde la pieza de maquinaria de lavandería que presentó Adamski como el primer OVNI en ser filmado hasta el reciente desenmascaramiento realizado por la revista científica Discover (del grupo Time-Life) de un grupo de pilotos de avioneta que al volar por las noches en formación en sus aparatos iluminados con faros de colores simulaban la aparición de un enorme OVNI de gran movilidad, el fraude ha sido el compañero inseparable de la historia de los principales y más espectaculares avistamientos.

En México se presentó en una ocasión en una sala cinematográfica una película del llamado OVNI de las Pléyades, presentándolo como un fenómeno genuino, meses después de que agrupaciones pro-OVNI como el APRO (Aerial Phenomena Research Organízation) , a cargo del investigador L. James Lorenzen, aceptaron que todo .se trataba de un engaño perpetrado por el suizo Eduard Meier, a quien se le descubrieron muchos modelos de metal y plástico del dichoso OVNI con los cuales había realizado su trucada filmación. A esto hay que agregar el hecho de que las Pléyades constituyen un grupo de estrellas de muy reciente formación, incapaces aún de tener planetas habitables.

LOS MEDIOS

¿Por qué entonces sigue siendo tan extendida la creencia en la realidad del origen extraterrestre de los OVNI? La respuesta a esta pregunta la podemos hallar en el comportamiento de los medios masivos de información.

Un OVNI siempre es una buena y gran noticia… El descubrimiento de un fraude, la simulación o la simple explicación racional de un falso OVNI, por el contrario, nunca podrá ser una noticia atractiva.

La gente desea creer en la magia por sobre todas las cosas y jamás es bienvenido un balde de agua fría sobre aquello más querido. Por ejemplo, aunque existe gran cantidad de libros críticos sobre el fenómeno OVNI, éstos pertenecen a editoriales menores y casi seguramente nunca serán traducidos al español. Investigadores como Philip Klass, autor de Los Ovnis explicados y Los Ovnis, el Público Engañado; astrónomos como James Oberg, autor de Los Ovnis, un enfoque amigable aunque escéptico: el escritor científico Robert Sheaffer, autor de El Veredicto de los Ovnis; Menzel y Taves, autores de El Enigma de los Ovnis y muchos otros más, han presentado en sus obras explicaciones aún a los casos más seguros de observaciones de naves supuestamente extraterrestres; de contactos del primero, segundo y tercer tipo y hasta de secuestros cósmicos de algunos mitómanos. No obstante, esta información escéptica nunca llega al gran público.

La creencia en los OVNI se convierte en algunos países casi en una religión y muchos vivales manifiestan tener contactos cotidianos con los amigables extraterrestres.

Mientras los verdaderos científicos pasan trabajos enormes tratando sin éxito de detectar señales radiales inteligentes del cosmos, un ejército de fanáticos y charlatanes hace un gigantesco negocio con la credulidad de un público sujeto a uno de los mayores lavados cerebrales que se recuerdan en la historia.


[1] Publicado originalmente en Revista de Revistas, No. 3906, México, 7 de diciembre de 1984. Pág. 28.

¿Quiere usted ir a la guerra?

Una opinión personal

¿QUIERE USTED IR A UNA GUERRA?

Por Héctor Chavarría

«En la guerra de la vida, lo que no me mata me hace más fuerte».

El hombre, paradójicamente, es el mismo ser que como especie produce pensadores como Bertrand Russell e individuos como Hitler. El hombre es una de las criaturas más débiles y cobardes del planeta y, a la vez, es la única que desata matanzas indiscriminadas. El problema del hombre -desde el punto de vista de la vida animal- es que piensa.

No hay guerra entre los animales irracionales, sólo entre los inteligentes, lo que lleva a pensar hasta qué punto es correcto el término «irracionalidad».

Pero eso, que lo decidan los filósofos, los lingüistas, etc. Nuestro tema es la guerra, la actividad más antigua de la humanidad, la única por la que el hombre ha mostrado una pasión invulnerable al tiempo. La guerra no pasa de moda, sólo se modifica, se arregla con colores brillantes, se viste de tecnología y se convierte -para comodidad de los usuarios-, en algo cada vez más fácil.

En los, a veces añorados tiempos antiguos, la guerra era una profesión de guerreros… no cualquiera podía ejercerla, se requería título y, a veces, linaje. Simplemente recuérdese a los guerreros japoneses, la casta samurái…

Pero, ¿qué tiene la guerra de atractiva? Algo, se dirá, tiene que tener desde que es tan antigua y ha sido practicada con tal devoción. Se dice que: es una escuela de carácter, que es una forma de selección «natural»… que es una muestra de temple; que es gloriosa y un largo etcétera. Pero, ¿es todo esto?

Vayamos por partes.

Allá por los años 60, a fines de la década, se estrenó -sin pena ni gloria- una película musical muy sui géneris, llevaba por título, si la memoria me es fiel: ¡Oh, qué bella guerra! y era una manifestación de cine netamente jipi… por supuesto, pacifista. En una de las mejores escenas los soldados son reclutados para combatir en Francia -se trata de la Primera Guerra Mundial- y los invita a la gran fiesta una mujer que de lejos se ve muy atractiva. Los hombres suben al escenario, cantando y felices, llenos de ímpetu patriotismo y; ya en el ejército, ven de cerca a la mujer que no es otra que la guerra: una vieja prostituta asquerosa, sucia y cubierta por capas y capas de maquillaje ya rancio.

Nuevamente surge la pregunta: ¿puede ser atractiva la guerra?

La respuesta queda a cargo de cada uno… cada quien puede pensar lo que desee de la guerra.

Los aficionados a lo vistoso hablarán de la belleza y marcialidad de los uniformes, de la ferocidad y virilidad que se esconde tras la tela camuflada… del espectáculo emocionante de los soldados marchando al son de vibrantes clarines; las armas relucientes, los vehículos blindados oliendo a pintura fresca, las banderas y estandartes, los guiones y las condecoraciones… rito militar.

¿Alguno de esos aficionados se habrá preguntado cómo queda todo eso después de la batalla? Intentemos una respuesta.

La tela camuflada no es antibalas, se rompe con suma facilidad y lo único que está después es la piel del usuario, la cual tampoco está blindada. Por consiguiente, cuando un proyectil supersónico toca a uno de aquellos elegantes soldados, el resultado es un asco. El soldado queda hecho una lástima.

Además las heridas duelen. Si el golpe es mortal instantáneamente, menos mal… pero generalmente no es así. En las películas los heridos dicen, ¡oh!, ¡ah!, en las historietas ¡auch! En la realidad los heridos emiten sonidos muy similares a los de un cerdo cuando lo están matando. ¿Alguien ha oído chillar a un cerdo? La verdad no es un sonido agradable. Además, en una batalla real, estos gritos suelen durar horas…

En el cine, lo más cercano a una guerra que muchos han visto, los muertos quedan en posiciones artísticas… si el héroe muere, lo hace con una sonrisa de valor y un cigarrillo en la mano. En la realidad los cadáveres quedan esparcidos en posiciones grotescas, con los intestinos de fuera -nadie dispara una bala explosiva a la cabeza, se tira al vientre-, hay brazos, piernas y todo tipo de pedacería humana regada. La sangre puede ser absorbida por la tierra, pero también suele coagularse antes y forma una pasta sobre la que se posan las moscas. Por supuesto tiene un olor peculiar y no es precisamente el de las rosas. Agréguese a esto las heces fecales, los orines, el sudor rancio, la descomposición de cuerpos…

Ese es el olor de ‘la guerra.

Además, a diferencia del cine, los muertos son reales, eran personas iguales a uno, pensaban, amaban, sangraban y sentían dolor. No podrán ya abandonar el «set», quedarán ahí para alimento de buitres y gusanos. Tras las líneas, unos niños, una madre o una esposa llorarán al que ya no regresa; tendrán la esperanza de que su muerte haya sido rápida… pero siempre existirá la duda acerca de si no habrá quedado ahí, destripado, inválido y chillando, durante tres horas o más antes de morir.

Lo más probable es lo segundo. Aquellos bonitos, potentes y recién pintados vehículos de combate terminan como chatarra achicharrada, las más de las veces con los ocupantes adentro. Entonces no huelen a pintura fresca sino a carne quemada y otras cosas.

Las armas relucientes no se portan en combate, todas las que se llevan son de color mate y las condecoraciones, salvo en las películas, nadie sería tan absurdo para cargarías.

Queda por analizar el valor, la gallardía…

Antes de atacar y salir de una posición es conveniente ir al baño para evitar que la incontinencia de esfínteres convierta el uniforme en una lástima… aun así no hay garantía. No hay valor en una carga, un ataque o una retirada; hay un miedo atroz que uno vence -eso sí es valor- porque no hay de otra. Pero, nadie es valiente con un balazo expansivo en el vientre. En casos uno grita, solicita una ayuda que posiblemente no llegará, reza y recuerda a su madre, si hay tiempo y el dolor lo permite, los mejores momentos· pasados de una vida que se escapa entre dedos crispados. Esa es la realidad de una guerra.

Nuevamente, entonces, surge la pregunta: ¿Hay todavía quién quiera ir a una guerra?

Seguramente no faltarán tontos, hasta la fecha no han faltado, de hecho abundan. Desgraciadamente son esos tontos entusiastas quienes obligan muchas veces a los pacifistas, que si conocen la guerra, a ir a pelear una.

Es cristiano dejar una bofetada sin respuesta, pero dejar que lo maten a uno gratis tiene otro nombre.

A fin de cuentas resulta más valiente, aunque no más vistoso, ser pacifista que soldado. En las décadas de los 60 y 70 los jipis, esos individuos chistosos, molestos, gritones y mal vestidos; solían colocar flores en el cañón del fusil apuntado hacia ellos. ¿Quién es más valiente, quien empuña el fusil o quien sostiene una flor?

«Una daga de combate debe sostenerse equilibrada en la mano, con la punta hacia arriba y los filos dispuestos… el golpe se da desde abajo, se punza y se empuja, se sigue empujando y se imprime movimiento rotatorio. Debe apuntarse hacia zonas blandas del cuerpo…» Así reza el manual de combate.

«»Se mira una flor, se acaricia, jamás se arranca. Si se tiene suficiente paciencia uno termina por volverse flor. La flor es el símbolo de la vida: paz y amor, hermano». Así reza otro manual.

El primero fue escrito con sangre, el segundo con notas musicales de guitarra eléctrica. Hay sobrevivientes del primer manual y sufren pesadillas cotidianas, los hay -bastantes todavía- del segundo y siguen -seguimos- cantando loas al amanecer y al atardecer, al mar y las montañas, a las mujeres y los niños.

Hay gente que muere y gente que, canta -nos mataron en Vietnam, en Camboya y en miles de lugares- se canta, se canta cada vez que se puede y a pesar del sabor amargo en la boca.

¿Quiere usted ir a una guerra? No cuente para ello con la generación de las flores.

Esa generación cree que el destino del hombre debe ser más luminoso.

Como un canto a la vida con la guitarra de Dylan…