El sueño de la energía ilimitada

El sueño de la energía ilimitada[1]

Mario Mendez Acosta

Las restricciones que establecen las leyes de la Termodinámica no son comprendidas por muchas personas. Para algunos, se trata de límites arbitrarios, ideados por los científicos para acotar la creatividad de los investigadores e inventores más audaces.

La determinación de la oficina de patentes de los Estados Unidos de no aceptar proyectos de máquinas del movimiento perpetuo (es decir, aquellas que producen más energía que la que consumen) enfurece a muchos inventores poco enterados, convencidos de que sí se pueden anular esas limitantes. Sin embargo, hay muchos supuestos inventores que no se arredran ante esta norma y se las arreglan para lograr patentes sobre artefactos complejos, los cuales en realidad implican la violación disfrazada o disimulada de las leyes básicas de la física y que evidentemente no son puestas a prueba por los inspectores de patentes.

ThomasEBeardenUno de los libros más extraños escritos en torno a la física moderna es un tomo gigantesco, obra del teniente coronel Thomas E. Bearden, titulado Energía del vacío. Bearden se hace llamar doctor en física y su título proviene de una universidad virtual denominada Colegio Trinity, el cual carece de sede (edificio con aulas). Pero su mensaje central es claro y sencillo: está convencido de la posibilidad de extraer energía gratuita e ilimitada del vacío espacio-tiempo llamada energía de punto cero[2]. Y considera que este sería el más grande descubrimiento de la historia, además de una revolución tecnológica sin paralelo, que nos rescataría del calentamiento global y eliminaría la pobreza; el único requisito es que la comunidad científica abandone su actitud de avestruz y permita la inversión de grandes cantidades en los proyectos del propio Bearden y de sus socios.

Para la enorme mayoría de los físicos, la búsqueda de la llamada energía de punto cero es tan inútil como todos los esfuerzos anteriores por construir máquinas del movimiento perpetuo.

Bearden también propone fabricar máquinas antigravedad y se basa en algunos efectos curiosos del fenómeno de conservación del momento angular de objetos que giran, en la forma como lo hace el disco o volante de un giroscopio, el cual, en apariencia, contrarresta y desafía la fuerza de gravedad. Cree también que el gravitón – la partícula hipotética mensajera de la fuerza gravitatoria – viaja a una velocidad superior a la de la luz, confundiéndola así con otra partícula hipotética no detectada, conocida como el taquión.

Bearden propone aprovechar la energía de punto cero que se detecta en el vacío gracias al efecto Casimir (descrito por Henry Casimir) cuando, por ejemplo, se colocan dos placas conductoras muy próximas y de manera paralela en un vacío casi perfecto. Supuestamente, las parejas de partículas virtuales que aparecen por breves momentos en ese vacío y que se aniquilan una a otra casi de inmediato, alcanzan a ejercer una presión entre ambas placas, lo cual representa una nueva energía que, de acuerdo con el planteamiento de Bearden, sería aprovechable.

Lo que omite señalar Bearden es que la magnitud de esta energía equivale, en el mejor de los casos, al diminuto margen de incertidumbre que determina el principio de Heisenberg, el cual posibilita la aparición de esas efímeras partículas en el vacío. A escala micro, es decir, en volúmenes mucho muy pequeños, el valor de esa energía sí es significativo, pero a una mayor escala no se incrementa proporcionalmente considerando volúmenes cada vez mayores, sino que pronto resulta insignificante. La cantidad de energía punto cero requerida para poder ser aplicada en un uso industrial, ocuparía un volumen de espacio mayor al que alberga el sistema solar.

Bearden dedica casi cincuenta páginas de su libro a denunciar intentos de asesinato dirigidos tanto hacia él como a sus asociados, por parte de la cúpula dirigente de la comunidad científica y, como ejemplo, menciona ataques con dardos de hielo mojados en curare. Asevera, también, que más de cincuenta inventores de las llamadas sobreunidades – es decir, máquinas que producen más energía de la que consumen – han sido asesinados en todo el mundo.

Pero las limitaciones a la creación o aprovechamiento de energía, por encima de las disponibilidades observables en la naturaleza, no son resultado casual o caprichoso de la primera y la segunda leyes de la termodinámica, que establecen:

En un sistema cerrado la energía (o la materia) no se crea ni se destruye, sino que permanece constante.

 

No es posible exportar mecánicamente energía de un medio frío – enfriándolo más – hacia un medio más caliente, de modo que éste se haga aún más caliente y se pueda desempeñar con ello un trabajo.

Tales limitaciones son resultado inevitable de la forma en que la segunda ley de la termodinámica ha determinado la evolución del universo con el implacable incremento de la entropía o desorden de las partículas que lo integran y con la aparición de algunos fenómenos irreversibles como los que permiten el surgimiento de fenómenos macroscópicos como la evolución de las estrellas o de la vida.

La energía que requieren estos procesos nunca se podría aprovechar con total eficiencia; siempre se desperdicia un poco, lo cual provoca el aumento de esa entropía, a largo plazo. No existe entonces una fuente secreta de energía, aún no detectada, capaz de detener el deterioro global y de hacer inútiles algunos procesos químicos que sí logran detenerlo en lugares como la superficie de la Tierra. Si tal fuente de energía existiera, se hubiese impedido el surgimiento de la flecha del tiempo[3], la cual experimentamos como efecto de la irreversibilidad fundamental de los procesos complejos, en espacial aquellos que ocurren en la naturaleza en situaciones en las cuales no hay equilibrio térmico. Estos fenómenos son estudiados a fondo por el químico y premio Nobel Ilya Prigogine.

Se puede concluir entonces que en nuestro universo no puede haber máquinas del movimiento perpetuo ni fuentes ocultas de energía ilimitada, pues, de otra forma no existirían procesos térmicos generadores de orden o auto-ordenantes, como son la cristalización o los cambios de fase en algunos compuesto químicos que tienden a aprovechar en forma óptima la escasa energía disponible, los cuales han dado origen a la química orgánica y, en consecuencia, a la vida misma.

REFERENCIAS

Bearden, Tom (200). Energy from the Vacuum. Cheniere Press.

Gardner, Martin. “Notes of a Fringe Watcher” y “Dr. Bearden’s Vacuum Energy”. www.csicop.org/si/ Skeptical Inquirer Magazine: www.csicop.org.si/2007-01/ Jan/Feb 2007.

Prigogine, Ilya (2004). « Tan solo una ilusión. Una extrapolación del caos al orden”. Metatemas Tusquets, ed. Barcelona.

Prigogine Ilya, 1984 Order Out of Chaos, Bantam Books.

Kauffman Stuart, At Home in the Universe: The Search for the Laws of Self-Organization and Complexity, Oxford University Press.


[1] Publicado originalmente como Mendez Acosta Mario, El sueño de la energía ilimitada, Ciencia y Desarrollo, Vol. 33, No. 209, México, julio 2007, págs. 56-57.

[2] Es la que supuestamente producen en el vacío las partículas que, gracias al principio de incertidumbre de Heisenberg, surgen espontáneamente en aquel.

[3] Es la percepción que compartimos de que los sucesos evolucionan del pasado hacia el futuro y no viceversa.

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