Los bienvenidos huracanes

IMPACTO AMBIENTAL

 

Los bienvenidos huracanes[1]

 

Juan José Morales

 

Sin contar el anómalo y efímero Alex, que se formó el 13 de enero de este año, sólo duró un par de días y fue el primero en 75 años surgido en ese mes en el Atlántico, ya ocurrió la primera tormenta tropical, Bonnie, y es casi seguro que en mañana o pasado tendremos el primer huracán, Colin, gestado frente a la costa oriental de la península de Yucatán y desarrollado al noreste de ella.

 

clip_image002Esta imagen del huracán Gilberto a su paso sobre Cozumel en 1988, da idea de las enormes dimensiones que alcanzan las densas formaciones de nubes de estos fenómenos y por tanto de la cantidad de lluvia que pueden ocasionar a lo largo de su trayectoria. Sus bandas nubosas, con un radio de más de 400 kilómetros, cubrían por el oeste hasta más allá de Mérida y por el noreste hasta La Habana.

 

Llegaron, pues, los huracanes, y hay que darles la bienvenida.

 

Desde luego, las palabras anteriores pueden sonar extrañas, pues para la mayoría de la gente esos fenómenos son sinónimo de muerte, destrucción y desastre. Sin embargo, tienen también su cara positiva: las lluvias. No es casual que en la península «”y México en general»” la temporada de lluvias coincida con la de huracanes, pues son resultado de los mismos procesos meteorológicos, y las precipitaciones causadas por los huracanes que entran a tierra o pasan cerca de la región aportan entre la quinta y la cuarta parte del total de lluvia a lo largo de la temporada.

 

Un buen ejemplo de ello fue el Allen en 1980, que tras pasar amenazadoramente «”aunque sin causar daños importantes»” entre Cuba y Yucatán, atravesó el Golfo de México y provocó abundantes lluvias que aliviaron la aguda sequía entonces reinante en el norte de México y en Texas. Quince años más tarde, Ernesto, primero de la temporada 2005, representó una auténtica bendición para los cubanos, pues con sus copiosas lluvias puso fin a una prolongada y gravísima sequía y dejó rebosantes presas que se hallaban casi vacías.

 

Y es que las tormentas tropicales y los huracanes son una especie de colosales sistemas meteorológicos de bombeo que levantan desde el mar enormes volúmenes de vapor de agua, lo transportan a grandes distancias por la atmósfera y lo depositan sobre tierra en forma de torrenciales aguaceros. La expresión enormes volúmenes, por lo demás, hay que tomarla al pie de la letra. Un huracán de tamaño ordinario o una gran tormenta tropical provocan precipitaciones del orden de 150 a 300 milímetros en amplias zonas. Un huracán gigante y de lento desplazamiento, como Wilma, puede descargar 1 500 milímetros. La importancia de esas lluvias puede apreciarse cabalmente si se considera que en el noreste de la península caen unos mil milímetros de lluvia al año. O sea, que un solo huracán o una fuerte tormenta pueden dejar caer sobre la región la tercera parte o más del total de lluvia que ahí cae en el curso de todo el año. De hecho, se estima que el Wilma aportó tal cantidad de agua al acuífero subterráneo de la península, que casi diez años después, ese líquido seguía todavía escurriendo hacia el mar. Y un acuífero lleno es crucial para la vida humana.

 

Además «”y esto es muy importante»”, las depresiones, tormentas y huracanes provocan lluvias no sólo en las proximidades del centro o el ojo «”que es donde soplan los vientos más poderosos y son más densas las nubes»”, sino también a gran distancia. Por término medio, las formaciones nubosas de un ciclón de regular tamaño tienen 600 kilómetros de diámetro. Esto implica que cubren cerca de 300 000 kilómetros cuadrados, o sea más del doble de la superficie total de la península de Yucatán

 

Ciertamente, las precipitaciones no alcanzan igual intensidad en todas partes, pero de cualquier manera se dejan sentir aun cuando el meteoro no toque tierra. Basta que una tormenta o un huracán pasen a 200 kilómetros de la costa para que se desaten fuertes precipitaciones tierra adentro.

 

Para aquilatar mejor la influencia de los huracanes sobre el régimen de lluvias, el clima y la vegetación de México, basta comparar dos sectores del litoral del Pacífico. La porción comprendida entre el sur de Sinaloa y Chiapas, que recibe la influencia directa de los huracanes nacidos en el Golfo de Tehuantepec, es de clima tropical lluvioso, con abundante vegetación, ríos caudalosos y copiosas precipitaciones que permiten la agricultura de temporal. En cambio, Sonora y la península de la Baja California constituyen un gran desierto porque a esa zona sólo ocasionalmente llegan los huracanes del Pacífico, que antes de alcanzar esas latitudes se desvían o desintegran por efecto de corrientes marinas frías.

 

De modo, pues, que «”como cada año»” bien vale la pena darle la bienvenida a los huracanes.

 

Comentarios: kixpachoch@yahoo.com.mx


[1] Publicado en los diarios Por Esto! de Yucatán y Quintana Roo. Lunes 6 de junio de 2016

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