Cuando el cadáver de un Papa fue sometido a juicio

CUANDO EL CADÁVER DE UN PAPA FUE SOMETIDO A JUICIO

Por Juan José Morales

JeanPaulLaurens Públicamente se dijo que el inusitado proceso era celebrado en defensa de la fe y la Iglesia, aunque todos sabían que sus motivos reales eran mucho más mundanos: inclinar la disputa por el trono del Sacro Imperio Romano hacia el favorito del pontífice en turno.

Corría enero de 897 y en la Basílica de San Juan de Letrán, en Roma, los car­denales reunidos en pleno contemplaban una extraña escena: en el trono papal reposaba, lujosamente ataviado con todos los ropajes, joyas y ornamentos de su rango, el cadáver putrefacto de un papa. Frente a él, otro papa gesti­culaba, amenazaba y colmaba de injurias e invectivas al cadáver.

Este insólito juicio post mortem – sobre el cual los historiadores oficiales de la Iglesia prefieren no hablar mucho y cuya documenta­ción ha desaparecido conveniente­mente – se conoce como el Sínodo del Cadáver o Sínodo Cadavérico y en latín como Synodus horrenda. Enfrentó, si así puede decirse, a Esteban VI con su antecesor, el papa Formoso, sacado de la tumba donde había estado 9 meses para ser procesado por real o supuesta violación de las leyes eclesiásticas.

No era la primera vez que a Formoso lo enjuiciaba y conde­naba un papa. En 872, cuando era cardenal y obispo de Oporto, Portugal, aspiró al papado y debió abandonar Roma apresuradamente ante el peligro de ser asesinado por sus rivales. El nuevo pontífice, Juan VIII, enemigo suyo, convocó de inmediato a un sínodo que lo excomulgó acusándolo, entre otras cosas, de haberse opuesto al empe­rador, saqueado los claustros de Roma, abandonado su diócesis sin permiso papal, intentado ser simultáneamente arzobispo de Bulgaria y papa, y conspirar contra la auto­ridad de la Iglesia. La sentencia se mantuvo vigente 6 años y sólo fue anulada en 878, después de que Formoso prometiera nunca volver a Roma ni ejercer su ministerio. A la muerte de Juan VIII el nuevo papa, Marino I, repuso al renegado en la diócesis de Oporto, donde perma­neció hasta octubre de 891, cuando consiguió ser designado papa.

UN PELIGROSO SITIAL

En aquella época el trono de San Pedro era un sitial tan codiciado como peligroso, que conllevaba para sus ocupantes el riesgo de morir días o meses después de conquistarlo, y no siempre de muerte natural, sino envenenado, como Marino I; estrangulado, como Benedicto VI; apuñalado, como Juan X y León V, e incluso a manos de maridos que los sorprendían in fraganti con sus esposas, como Juan XII -de quien el populacho romano, que lo odiaba por su avaricia, su crueldad y su vida licenciosa, dijo que había sido muy afortunado de morir sobre una cama, aunque fuera ajena «“ o Benedicto XIII, a quien otro colé­rico marido machacó el cráneo a martillazos. Algunos pontífices podían ser sólo mutilados, como Esteban VIII, a quien le cercenaron las orejas y la nariz, o bien forzados a renunciar, depuestos, desterra­dos o encarcelados. Pero Formoso pudo reinar sin sobresaltos por más de 5 años, hasta abril de 896, cuan­do falleció al parecer de viejo, pues tenía ya 80 años de edad.

No habría de descansar en paz. Tras el brevísimo papado de Bo­nifacio VI, muerto en oscuras cir­cunstancias apenas 2 semanas des­pués de ser electo, subió al trono Esteban VI, quien una vez afianza­do en el poder no sólo desenterró las olvidadas acusaciones de Juan VIII contra Formoso, sino el pro­pio cadáver de éste para someterlo a grotesco juicio, en el cual se le concedió el derecho a «defenderse» por boca de un clérigo comisionado para ello por su propio acusador. Los jueces habían sido desig­nados también por Esteban. Naturalmente, el difunto papa fue considerado culpable de todos los cargos. De inmediato se declara­ron nulos, inválidos y sin efecto cuantos nombramientos, consa­graciones y demás actos hubiere realizado como papa; al cuerpo se le arrancaron las regias vestiduras, se le despojó de sus ornamentos, se le cortaron los 3 dedos de la mano derecha con que había consagrado, absuelto y bendecido, y se le arrojó al río Tíber.

DISPUTAS CORTESANAS

Las verdaderas razones del Synodus horrenda no tenían nada qué ver con la religión ni las leyes de la Iglesia, sino con las disputas por el trono del Sacro Imperio Romano. Formoso apoyaba a uno de los bandos e incluso había coronado emperador a Arnulfo de Carinthia, en tanto que Esteban VI respaldaba a sus adversarios, encabezados por el duque Lamberto. Al desautorizar los actos de Formoso, prácticamen­te anulaba la coronación de Arnulfo y apoyaba a su oponente.

Esteban, sin embargo, no pudo gozar mucho tiempo de su victoria. Tras el juicio estallaron disturbios populares y fue depuesto por una conspiración palaciega. En julio o agosto de 897, a pocos meses de concluir el Sínodo Cadavérico – la fecha no ha podido precisar­se -, fue estrangulado en la cárcel donde estaba preso. El nuevo papa, Teodoro II – quien reinó apenas 20 días y murió envenenado – anuló el veredicto del Synodus horrenda y el cuerpo de Formoso fue inhu­mado nuevamente en la Basílica de San Juan de Letrán, ataviado con lujosas vestimentas pontifica­les. Años después, el papa Juan IX declaró ilegal cualquier futuro juicio de una persona muerta.

Pero las cosas no terminaron ahí: otro papa, Sergio III – célebre por su corrupción y por haber ase­sinado a su antecesor, León V -, declaró sin efecto la rehabilitación decretada por Teodoro II y Juan IX y reafirmó la condena de Formoso, ordenó exhumar de nuevo el cadá­ver y mandó cortarle otros 3 dedos y decapitarlo antes de lanzarlo por 2ª vez al Tíber. Sacados acciden­talmente en las redes de un pes­cador, los despojos fueron sepul­tados en tierra consagrada por 3ª y definitiva ocasión. Sin embargo, como después la Iglesia no volvió a ocuparse del asunto, oficialmente la macabra sentencia del Synodus horrenda sigue en vigor.

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