Iridologia

Juan José Morales

Cierto día de 1881, mientras el joven homeópata hún­garo Ignatz von Peczely le curaba la pata rota a una lechuza, observó en el ojo del ave una mancha negra en el iris, la cual desapareció una vez que el pájaro se recuperó de la lesión. Intrigado por tan portentoso hecho, se dedicó a estudiar los ojos de sus pacientes y, al encontrar en ellos líneas y manchas de diferen­tes formas y coloraciones, supuso que estaban relacionadas con sus enfermedades. Poco después otro homeópata, el sueco Nils Liljequist, comenzó también a examinar ojos humanos y llegó a conclusio­nes similares, aunque en este caso no hubo lechuza de por medio sino que fue motivado porque sus ojos azules cam­biaron de color tras haber tomado quinina para curarse de paludismo.

Así nació la iridología, iridodiagnóstico o iridolo­dogma, como también se le llama. Pero como tales orí­genes son bastante prosaicos y triviales, sus promotores prefieren embellecerla con la leyenda usual en estos casos: que se remonta a tiempos de los babilonios, caldeos, su­merios y egipcios, la utilizó Hipócrates, el padre de la medicina, cayó en un injusto olvido durante siglos, fue redescu­bierta por los científicos moder­nos y aunque la medicina «oficial» la desdeña, ha sido validada por numerosas investigaciones.

A la iridología se le describe como «una ciencia capaz de reve­lar los desequilibrios patológicos y funcionales en el cuerpo humano por medio de manchas, líneas y decoloraciones en la porción colo­reada del ojo llamada iris». Se basa en la afirmación de que el iris posee «una red nerviosa de enormes dimensiones» extendida y ramificada a través del sistema ner­vioso central hasta alcanzar todos los órganos, sistemas y áreas del cuerpo humano, de modo que cada región del iris representa aquella parte del organismo con la cual está conectada: cerebro, oídos, esófago, tiroides, hombros, pulmones, senos, estómago, apéndice, vejiga, pelvis, mucosas, etcétera. «todo lo que sucede en el organismo, pasa a través de este sistema y la informa­ción llega a las termina­les del iris, produciendo ciertas marcas precisas que nos aportan datos sobre el estado general de la persona».

VIDENTES

El iris viene así a ser, en palabras de los pro­pios iridólogos, «una pantalla de televisión en miniatura que muestra hasta los más recónditos rincones del cuerpo a través de las conexiones nerviosas» un examen iridológico «es más confiable y ofrece mucho más información sobre el estado del paciente, que cualquier examen médico convencional» Se puede, por lo tanto, diagnosticar cualquier tipo de males, enfermedades y tras­tornos observando la forma y tona­lidad de las marcas oculares.

Todavía hay más: los iridólogos pueden incluso conocer el porve­nir, pues se dicen capaces no sólo de diagnosticar anomalías y pade­cimientos presentes, sino también futuros. Aseguran que «los distintos signos iridianos no son las conse­cuencias de ciertas enfermedades sino que las preceden, es decir están presentes en el momento del naci­miento y persisten hasta la muerte». Basta, pues, mirar el iris para saber qué males padecerá esa persona meses o años después.

A primera vista todo esto parece muy con­vincente. Pero es abso­lutamente falso. No hay tales conexiones entre el iris y los diferentes puntos del cuerpo. Y cualquier estudiante de medicina que haya tomado un curso de his­tología sabe que el iris no es una masa de fibras nerviosas, pues está constituido esencial­mente por melanocitos -células con un pigmento llamado melanina, el cual le da su color- y tejido conectivo, similar al cartílago, no a los nervios.

En los últimos tiempos la iri­dología se ha modernizado y, para tener cierto barniz científico e impresionar más a los pacientes, utiliza sistemas de fotografía digi­tal y computadoras para amplificar y realzar los trazos iridianos. Pero lo que no ha cambiado es su inca­pacidad para demostrar la exactitud de sus diagnósticos. Cada vez que se le somete a una prueba científi­ca, fracasa totalmente.

En un estudio, por ejemplo, a 3 afamados iridólogos se les pidió que, mediante el examen de foto­grafías de alta definición de los ojos de 143 personas, señalaran cuáles padecían problemas rena­les – ya diagnosticados médica­mente- y cuáles estaban sanos. Ninguno acertó. Uno clasificó como enfermos al 88% de los sa­nos, y otro juzgó al 74% de los sanos tan graves que les recomen­dó someterse cuanto antes a un tratamiento de diálisis con riñón artificial.

Los iridólogos, para decirlo cru­damente, son simples charlatanes. Recurrir a ellos no sólo significa tirar dinero a la basura sino que conlleva el peligro de seguir diagnósticos o tratamientos errados y agravar enfermedades reales. Y es que no se limitan a diagnosticar, sino que prescriben tratamientos a base de vitaminas, hierbas medici­nales, productos naturistas, terapias alternativas o dietas especiales para «corregir los desequilibrios orgá­nicos» que dicen haber descubier­to. Algunos, incluso, por un pago adicional incluyen en la consulta el horóscopo del paciente. O, más exactamente, una «gráfica de las secciones iridianas con respecto a los signos zodiacales».

POR CORRESPONDENCIA

Ninguna institución ni publicación médica o científica seria respalda la iridología. De ella solamente se habla en revistas sobre naturis­mo, temas del hogar, espectáculos, ciencias ocultas, astrología, tarot, ovnis, hechos sobrenaturales, medi­cinas alternativas y otras cuestiones por el estilo.

Y a quienes piensan que a pesar de todo quizá tiene algún valor médico como elemento de diagnós­tico y no se pierde nada con probar, seguramente les interesará saber que la iridología no se enseña en las escuelas de medicina y para practi­carla no se requiere ser médico ni tener título profesional en ciencias de la salud. No hace falta siquiera haber terminado la primaria o la secundaria. Cualquier hijo de veci­no puede obtener un elegante diplo­ma que lo acredite como «Iridólogo Calificado» o bien, hacerse miem­bro de alguna asociación iridoló­gica extranjera de impresionante nombre con sólo tomar un breve curso por correspondencia de no más de 20 o 30 horas de duración pero que supuestamente abarca todo lo que un médico estudia en 6 o 7 años, desde anatomía y fisio­logía, hasta todas las enfermedades habidas y por haber. Por asombroso que parezca, hay en México cur­sos de iridología que son avalados por… ¡la Secretaría del Trabajo y Previsión Social!, pues se imparten bajo la denominación de cursos de capacitación para el trabajo.

Por su parte, las autoridades de salud son bastante tolerantes con los iridólogos, a pesar de que al diag­nosticar enfermedades y recomen­dar tratamientos para ellas – todo lo cual corresponde a un médico- se mueven en los resbaladizos terrenos de la usurpación de profesión y el ejercicio ilegal de la medicina.

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