El día en que dos aficionados a los ovnis quisieron convertirse en dioses, pero no murieron en el intento
O de cómo lo intentaron de nuevo en un juego de pelota
Ucronía para-normales III
Idea original y guion: Luis Ruiz Noguez
Redacción: Gemini
No recuerdo cómo se estableció el contacto. No, no me refiero a un contacto con marcianitos verdes y mucho menos con grises de Zeta Retículi. Aclaro esto porque puede causar confusión siendo este un blog sobre platívolos y otras yerbas similares. Estoy hablando de mi primer encuentro con Sergio Sánchez Rodríguez.
Realmente no me acuerdo si me envió una carta o si me habló por teléfono. Tal vez él lo recuerde y me diga cómo comenzó esta historia (le enviaré este escrito para que tenga oportunidad de defenderse y cuente su versión).
El hecho es que me dijo que había llegado a México en su viaje de luna de miel y que estaba hospedado en lo que hoy es el hotel Mexico City Reforma que —me lo crean o no— era uno de mis clientes cuando me dedicaba a la fabricación de productos químicos para lavanderías industriales y hoteles (suavizantes de telas, detergentes, aromatizantes, etc.). Esto fue antes de dedicarme al control de corrosión y protección antiácida (ya saben, cosas de ingenieros químicos).
Sergio me dijo que quería platicar conmigo. Yo pensé: “Estos ufólogos son demasiado excéntricos; en lugar de hacer turismo en la entonces Ciudad de México (hoy CDMX), vienen en su viaje de bodas a platicar de platos voladores y, todavía más raro, con un escéptico”. Seguro que Sergio había sido abducido y, si no, su ahora flamante esposa lo iba a mandar a volar… en un platillo volante.
Para evitar un contratiempo mayor, propuse llevarlos a Teotihuacán y en el camino podíamos platicar de sus platívolos. Al día siguiente llegué al hotel y emprendimos rumbo a la antigua ciudad en donde los hombres se convierten en dioses (ah, ya se dieron cuenta de dónde viene el título de esta nota).
Entramos por la Puerta 1, la menos concurrida por los turistas, para hacer parte del recorrido de la Calzada de los Muertos de sur a norte, hacia las pirámides del Sol y de la Luna. En el camino, la esposa de Sergio me contó algunas cosas sobre este abogado especialista en la ufología francesa; detalles que, por modestia, nunca me diría el ese entonces joven Sergio. Resulta que nuestro personaje era (y lo sigue siendo) todo un sabio. De escuincle, chavo, chamaco, mocoso (no sé cuál es la palabra en “chileno”), había ganado la versión de su país del concurso de televisión The $64,000 Question (o El Gran Premio de los 64,000 pesos, en México). Aquel mozalbete había arrasado y se había llevado todo el dinero y, de paso, se había convertido en toda una celebridad. No podía haber sido de otra forma: el dinero lo utilizó para comprar libros. Ya desde entonces seguía sus propios consejos: ¡a leer!
Platicamos de otras cosas. Seguramente de ovnis, pero al ser nimiedades, ya no me acuerdo.
Llegamos a la Pirámide del Sol. En aquel entonces todavía se permitía subir a las estructuras. No recuerdo si les mostré mi técnica para el ascenso: dado que los escalones tienen una altura mayor que las escalinatas convencionales, subir de frente es muy cansado. Yo lo hacía recorriendo las gradas en zigzag; es más fácil y menos agotador.
Desde la cumbre podíamos ver toda la Calzada de los Muertos. Les expliqué a los recién casados que si seguíamos en línea recta hacia el norte llegaríamos al Cerro Gordo, que los teotihuacanos consideraban una montaña sagrada y fuente de agua; hacia el sur entraríamos al Paso de Cortés, en medio del Popocatépetl y el Iztaccíhuatl (La Mujer Dormida). Tampoco recuerdo haberles platicado la leyenda del guerrero tlaxcalteca que cuida a su amada que murió de amor.
De lo que sí hablamos fue de la leyenda del Quinto Sol, Ollin Tonatiuh (Sol de Movimiento): los dioses se reunieron en Teotihuacán para crear un nuevo mundo mediante el sacrificio. Debían subir a la pirámide y arrojarse a una hoguera. Todos los dioses tenían temor, pero Nanahuatzin, un dios humilde, pobre y enfermo, se arrojó al fuego convirtiéndose en el sol Tonatiuh. Por su parte, Tecuciztécatl, un dios rico y arrogante que dudó cuatro veces antes de lanzarse, terminó convirtiéndose en la luna. Como ambos tenían el mismo brillo, los dioses lanzaron un conejo al rostro de Tecuciztécatl para disminuir su intensidad, y es por eso que ahora vemos un conejo en la luna (una pareidolia). Tras el sacrificio, el sol no se movía, lo que obligó a otros dioses a sacrificarse para darle impulso.
En ese entonces yo no tenía tanta confianza con Sergio como para arrojarlo de la pirámide. Pienso que él tampoco la tenía para arrojarme a mí y, siendo un sabio, fue lo suficientemente cauto para evitar ser encerrado en una cárcel mexicana, mucho menos durante su luna de miel. Aquí perdimos nuestra primera oportunidad de convertirnos en dioses o, por lo menos, en una leyenda ufológica al lado de los «suicidas de Terrassa» o el caso de las «máscaras de plomo». En fin.
Bajamos y nos dirigimos a la Pirámide de la Luna. Al pasar por la Plaza de la Pirámide de la Luna, a nuestra izquierda se encuentran varias construcciones con escalinatas que creo pertenecen al Palacio de los Jaguares. Creo recordar (o más bien no recuerdo, lo cual me hace feliz porque pensaba que mi mala memoria se debía al Alzheimer, pero veo que es algo innato) que les mostré un truco de sonido. Si te paras frente a cualquier pirámide con escalinatas sólidas y aplaudes, escucharás de respuesta un sonido similar al gorjeo de un pájaro o al golpe de una moneda contra un poste metálico.
Algunos ufólogos o astroarqueólogos dicen que es tecnología extraterrestre transmitiendo conocimientos. En realidad, es el eco formado por las ondas sonoras que se reflejan en los diferentes escalones. Como las distancias que recorre el sonido del aplauso son distintas según el escalón, la mezcla de estos ecos produce ese sonido «extraño».
Subimos a la Pirámide de la Luna y miramos hacia la Calzada de los Muertos. Supongo que ahí fue cuando les platiqué hasta dónde llegaba una línea recta que partiera de esta pirámide. Al bajar recorrimos la Calzada rumbo al estacionamiento. Como aún era temprano, se me ocurrió que podíamos ir a las pirámides de Tula. A Sergio y a su esposa les pareció buena idea.
Para evitar regresar a la CDMX y el tráfico de Indios Verdes, la avenida López Portillo y la autopista México-Querétaro, decidí irme por Tizayuca y recorrer carreteras secundarias. De cualquier forma, no llegamos a tiempo. Después de las 4 o 5 de la tarde (no recuerdo) cierran las entradas y comienzan a desalojar a los turistas.
No pudimos ver los Atlantes de Tula ni los dos juegos de pelota. Nuevamente se nos había escapado la oportunidad de convertirnos en dioses, o al menos a uno de nosotros. Ya saben, según las versiones, aquellos que perdían el partido eran ofrendados, o bien eran los ganadores quienes tenían el privilegio de ser sacrificados. Como nunca me han gustado los deportes, seguramente Sergio hubiera hecho una “masacre” (literalmente), porque me hubiera ganado por un marcador abultado (la primera “masacre”) y porque, si nos atenemos a la primera versión me hubieran pasado a cuchillo para hacerme dios (la segunda y más dolorosa “masacre”). En este caso prefiero la segunda versión y le hubiera cedido el honor a Sergio para que él se convirtiera en dios.
Pero recordé que cerca de la cementera Cruz Azul (sí, la misma del equipo de fútbol) que, por cosas de mi oficio, era mi cliente en el control de corrosión, había reproducciones a tamaño original de los Atlantes. Le dije a Sergio y él aceptó ir para sacar una foto. Total, ya estábamos ahí. No sé si Sergio haya mostrado esas fotos como los auténticos Atlantes, pero seguro que si hubiese sido alguno de esos ufólogos trotamundos que se retratan en todas partes para demostrar que ellos sí “se patean los caminos”, la habrían publicado sin dudarlo.
Finalmente regresamos a la CDMX y los dejé en su hotel. Al día siguiente partían a Cancún para, ahora sí, disfrutar de su luna de miel y dejar de perseguir escépticos al otro lado del mundo y tratar de convertirse en dioses o, mínimamente, en leyendas ufológicas.
PD. Al final Sergio se ha convertido en un verdadero “dios”, junto a Diego Zúñiga, en lo que se refiere a la literatura ovni. Y por cierto, de las aventuras con el tal Zúñiga les hablaré en otra ocasión.
Nota: Estuvimos a punto de retirar este cuento debido a la tragedia en Teotihuacán. Sin embargo, Sergio y yo acordamos que, al ser un escrito finalizado el 4 de febrero y anunciado a Diego Zúñiga desde enero, no debía quedar fuera de la celebración. Es una pieza independiente que ya formaba parte esencial de este aniversario.
No tengo idea de por qué la IA decidió quitarme tantos años encima en comparación con Sergio; pero como el resultado me favorece, he decidido conservar la ilustración. Eso sí, aunque a él le haya tocado aparecer cargando botellas de detergente y suavizante, el ‘rejuvenecimiento’ digital es algo que no pienso reclamar. No recuerdo si Sergio me pagó esos artículos.