Todo aquello que creías inexplicable, explicado por Luis Ruiz Noguez en el 20 aniversario de Marcianitos Verdes.
25 de marzo de 2026
Claudio Suenaga
Hace dos décadas, cuando internet aún estaba en sus inicios como terreno de disputas entre creencia y evidencia, un ingeniero químico mexicano decidió ocupar un espacio incómodo: el de la duda. No una duda vacía, sino la que investiga, desmantela y, sobre todo, resiste. Así nació el blog Marcianitos Verdes , una trinchera digital que, al cumplir 20 años, sigue siendo una de las voces más persistentes —e incómodas— del escepticismo latinoamericano.
Luis Ruiz Nóguez nunca fue, como él mismo se empeña en recalcar, ufólogo. Graduado de la UNAM y especializado en corrosión y protección antiácida, desarrolló su carrera lejos del foco de atención místico. Pero fue precisamente esa mirada técnica, entrenada para identificar fallas, inconsistencias y reacciones invisibles a simple vista, la que aplicó a uno de los campos más fértiles de la imaginación humana: el fenómeno de los ovnis.
Sin embargo, su trayectoria no comenzó con un escepticismo puro. Como tantos otros, Noguez exploró los territorios de la curiosidad y la fascinación. Participó en investigaciones, siguió casos y dialogó con ufólogos, hasta que se dio cuenta de que, tras muchas narrativas extraordinarias, existían explicaciones sorprendentemente comunes. Este punto de inflexión no lo convirtió en un negacionista, sino en algo más singular: un escéptico metodológico, comprometido con el análisis riguroso, incluso cuando ello implicaba confrontar creencias populares o disgustar a comunidades enteras.
En la década de 1990, fue una de las figuras centrales de la revista Perspectivas Ufológicas, un proyecto que buscaba introducir metodología y crítica en un campo dominado por la especulación. Allí, junto con otros investigadores, contribuyó a moldear una generación que comenzó a ver el fenómeno ovni no como prueba de visitas extraterrestres, sino como un reflejo de las limitaciones cognitivas humanas.
El siguiente paso era inevitable: llevar este debate a un público más amplio. En 2006 nació Marcianitos Verdes . El nombre, irónico desde el principio, ya indicaba el tono del proyecto. A través de miles de textos, Noguez se dedicó a diseccionar bulos, reinterpretar imágenes, revisar casos clásicos y, sobre todo, demostrar cómo la ausencia de pruebas sólidas ha sido constante desde 1947, un hito simbólico de la era moderna de los platillos voladores.
Con un estilo de escritura directo, a veces mordaz, se convirtió en un referente en la lucha contra la pseudociencia. Autor de más de una docena de libros y participante frecuente en debates y entrevistas, se consolidó como uno de los críticos más prolíficos de la ufología en el mundo hispanohablante. Su enfoque nunca fue de burla gratuita, sino más bien el de alguien que ve el fenómeno como una construcción cultural: una narrativa que dice más sobre nosotros que sobre visitantes de otros planetas.
A lo largo de este recorrido, no solo ha cosechado lectores, sino también detractores. Acusado de «desvelar el misterio», de «trabajar para intereses ocultos» o simplemente de «no querer creer», Noguez se ha mantenido fiel al mismo principio que ha guiado su trabajo desde el principio: las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias.
Hoy, al celebrar el 20 aniversario de Marcianitos Verdes, su obra se erige como un archivo vivo de la deconstrucción del imaginario ovni: un repositorio donde cada caso es menos un enigma para venerar y más un problema para comprender. En un mundo cada vez más saturado de desinformación, su voz continúa recordándonos que el escepticismo no es la negación del misterio, sino un compromiso radical con la verdad.
Con este espíritu —crítico, riguroso y profundamente humano— presento a continuación la entrevista que le realicé.
No te pierdas: El 20.º aniversario del blog Marcianitos Verdes, de Luis Ruiz Noguez: El pionero del escepticismo latinoamericano y el desmantelamiento sistemático de los mitos sobre los ovnis.
¿Cómo un ingeniero químico terminó convirtiéndose en uno de los investigadores más persistentes de las afirmaciones paranormales y ufológicas en América Latina?
Mi interés por los temas paranormales, y particularmente por el fenómeno ovni, surgió a una edad muy temprana. Fue durante mis años de preparatoria cuando profundicé en la lectura y el estudio de estas materias, una etapa crucial pues coincidió con la necesidad de definir mi camino profesional.
Dado que mi interés no era meramente el de un lector pasivo, sino el de un investigador con rigor, busqué una formación académica que me brindara las herramientas necesarias para abordar estos fenómenos desde una metodología científica. En mi análisis, concluí que requería un dominio sólido de las matemáticas (especialmente la estadística) y de la física, inspirado por figuras históricas de la Society for Psychical Research (SPR) como Sir William Crookes. Al ser Crookes tanto físico como químico, busqué una disciplina que integrara estas tres áreas. En el México de aquel entonces, la Ingeniería Química era la carrera que ofrecía esa formación integral.
Sir William Crookes
Finalmente, hubo un factor de realismo fundamental: la subsistencia. Nunca contemplé vivir del «mundo paranormal», por lo que la Ingeniería Química me proporcionó el sustento económico necesario para financiar, de manera independiente y sin compromisos, mis investigaciones y el mantenimiento de proyectos como Marcianitos Verdes.
¿Hubo algún caso específico que marcó su transición definitiva hacia un escepticismo organizado y sistemático?
No hubo un evento único, sino una transición gradual impulsada por varios frentes. Por un lado, me marcaron lecturas que, aunque no siempre eran escépticas, sí eran críticas. Recuerdo el impacto de leer Jadu. Los misterios de oriente de John Keel, un libro profundamente escéptico sobre poderes paranormales, y cómo me sorprendió ver su posterior deriva hacia la credulidad. En la criptozoología, el enfoque serio y científico del Dr. Roy P. Mackal en The Monsters of Loch Ness me enseñó la importancia de separar el grano de la paja. Incluso en la parapsicología, encontré un referente en el padre Carlos María de Heredia (quien también era químico) y su obra sobre fraudes espiritistas, Los fraudes espiritistas y los fenómenos metapsíquicos; él fue, a su manera, un precursor del escepticismo en México. El padre Heredia fue el equivalente mexicano al padre español-brasileño Óscar Gonzalez Quevedo, al que posteriormente leería. Bueno, ambos sacerdotes eran, a su manera, escépticos.


Portadas de tres de los libros que más influyeron en el escepticismo de Luis Ruiz Noguez
Sin embargo, el factor determinante fue mi experiencia «en el terreno». Comencé a colaborar gratuitamente en la revista Contactos Extraterrestres como investigador de campo al que asignaban casos que llegaban a la redacción. Iba a entrevistar a la señora que había visto un ovni cerca de su casa o al vecino que había fotografiado un ovni. Aplicaba cuestionarios básicos sobre dirección, color y movimiento, solo para confirmar que la mayoría de los avistamientos eran confusiones con el planeta Venus o fraudes fotográficos evidentes.
El momento de ruptura definitiva ocurrió en la redacción. Al presentar mis hallazgos, la respuesta del editor en jefe era tajante: «¡Me vale madres! Esta es una revista de ovnis y no voy a publicar que es un fraude. Tienes que redactar el borrador diciendo que el caso es auténtico». Esa misma política de «el negocio antes que la verdad» la encontré después en Contacto Ovni.
En contraste, descubrí una forma de hacer ufología mucho más honesta en los boletines de James Moseley (iniciando con Nexus y luego Saucer Smear), que exponían fraudes como los de George Adamski y se enfocaban en la psicología de los protagonistas. De ahí derivó mi convicción de que en la ufología lo importante no son los casos, sino las personas.

Nexus, que luego pasaría a llamarse Saucer Smear era el boletín de James Moseley, uno de los ufólogos más conspicuos de la primera era.
Por la misma fecha estaban los libros que publicaba Timothy Green Beckley, que básicamente eran una tomadura de pelo y una serie de fraudes ufológicos que ni el propio Beckley se creía, pero eran divertidos.
Debo añadir la lectura de la revista Fate, cuando la editaba Curtis Fuller y que ya había salido Raymond Palmer, en la que podías encontrar verdaderas pepitas de oro que, por extraño que parezca, desmontaban muchos de los mitos forteanos, como El Triángulo de las Bermudas, la desaparición de Oliver Lerch, el Misterio Shaver (que se encuentra en el origen del mito ovni), etc. Entonces tenías medios netamente forteanos desmitificando fenómeno forteanos.
Finalmente, mi formación como ingeniero me hizo chocar frontalmente con la obra de Charles Fort. Aunque me acerqué a él sin prejuicios, encontré en sus escritos un rechazo visceral y casi irracional hacia la ciencia. Es una lectura imposible, incomprensible, parece escrita por un loco o un acomplejado por no tener acceso a una educación en ciencias. Esa lectura —que describo en mi biografía de Fort, ¡He descubierto Z!— terminó por empujarme lógicamente hacia el escepticismo organizado y sistemático.
¡He descubierto Z!, la biografía de Charles Fort escrita por Noguez que incluye una traducción de la autobiografía del fundador del forteanismo, llamada Many Parts.
¿Alguna vez se consideró, en algún momento, un ufólogo antes de convertirse en un crítico de la ufología?
Nunca me he considerado ufólogo. Siempre me he visto como un investigador o un analista crítico de la ufología. Para mí, el término ‘ufólogo’ suele implicar la aceptación de una creencia o una disciplina que carece de método científico, mientras que mi enfoque siempre ha sido el estudio del fenómeno desde afuera, con las herramientas de la ciencia y el escepticismo.
¿Qué pensadores, filósofos, escritores o científicos tuvieron mayor influencia en la formación de su pensamiento crítico? ¿Hubo autores o corrientes filosóficas específicas —como el empirismo, el racionalismo o el escepticismo clásico— que hayan moldeado de manera decisiva la forma en que usted analiza afirmaciones extraordinarias?
Confieso que guardo un respeto que raya en el temor por la filosofía académica; aunque cuento con grandes amigos filósofos, mis lecturas no han transitado primordialmente por ese sendero. Mi pensamiento crítico se moldeó, más bien, a través de los grandes divulgadores de la ciencia, con Martin Gardner a la cabeza, seguido por Isaac Asimov y Paul Davies.
Martin Gardner en la reunión del Consejo Ejecutivo del Comité para la Investigación Escéptica en 1979. Foto de Roberto Tenore.
De Gardner fui un seguidor fiel de su columna Mathematical Games en Scientific American. Fue ahí donde mi mundo se expandió hacia otros autores y artistas que hoy son pilares de mi estética y análisis, como M. C. Escher, quien junto a Salvador Dalí, Remedios Varo, Arcimboldo y El Bosco, forman mi panteón visual. Obras de Gardner como The Annotated Alice me parecen piezas fundamentales de «arte científico», pero fue su libro Fads and Fallacies in the Name of Science el que probablemente sentó los cimientos del escepticismo moderno y, por ende, de mi propia postura.
Un hito ineludible en mi juventud fue el encuentro con la obra de Douglas Hofstadter, Gödel, Escher, Bach: Una eterna trenza dorada, que en México fue editado por el Concejo Nacional de Ciencia y Tecnología CONACYT. Ese libro fue una revelación: unía al matemático que yo estudiaba en la Facultad con mi pintor favorito y con la música barroca de Bach que junto a otros barrocos, como Pachelbel y Vivaldi era lo que solía escuchar (alternándola con el rock progresivo de Pink Floyd). Esa interconexión de disciplinas reafirmó mi enfoque multidisciplinario.
De Isaac Asimov rescato su capacidad enciclopédica en ensayos como El electrón es zurdo o su Introducción a la ciencia. Curiosamente, nunca me interesó su ciencia ficción, pero sí su capacidad para explicar temas complejos a los jóvenes, como hizo en su guía sobre los ovnis Unidentified Flying Objects (Isaac Asimov’s Library of the Universe). Finalmente, de Paul Davies, destacaría Un silencio inquietante, una obra que pone en perspectiva científica nuestra búsqueda de inteligencia extraterrestre.

Estos autores no solo me proporcionaron datos; me dieron una estructura mental para analizar afirmaciones extraordinarias sin perder el asombro por la ciencia real.
¿Cómo surgió el blog Marcianitos Verdes y cuál era el objetivo inicial del proyecto?
Marcianitos Verdes nació tras la desaparición de mi blog anterior, Perspectivas, que a su vez era el heredero digital de nuestra revista Perspectivas Ufológicas. En un principio, ambos espacios fueron concebidos para un consumo casi doméstico: un pequeño círculo de amigos y parientes interesados en el fenómeno ovni desde una vertiente escéptica. Para mí, el blog siempre ha sido una especie de terapia o un hobby derivado de mi naturaleza de «ratón de biblioteca». No me interesan los deportes ni la televisión; mi pasatiempo favorito es leer y, cuando encuentro artículos o relatos que considero valiosos, siento el impulso de compartirlos.
Sin embargo, el proyecto pronto superó mis expectativas iniciales. De aquel grupo de menos de diez personas, el sitio pasó a recibir cientos de miles de visitantes mensuales de todo el mundo, principalmente de Iberoamérica. Es notable que Brasil, junto con México y Argentina, siempre ha estado en los primeros lugares de nuestra audiencia, lo cual es lógico dado que son países profundamente «ufologizados».
Aunque estas cifras son modestas frente al alcance masivo de los actuales youtubers o tiktokers, me siguen sorprendiendo para un blog en español que trata temas periféricos desde el escepticismo. Lo más curioso es que la mayoría de mis lectores no son escépticos. Lo he comprobado a través de sus correos y en mis conferencias: para muchos, visitar Marcianitos Verdes es un hábito o un «placer culposo». Incluso ufólogos de renombre me han confesado que prefieren consultar mi sitio porque en él encuentran información y rigor documental que no hallan en ningún otro lugar.
¿Cuál fue el primer libro que usted escribió y publicó, y cómo nació la idea o la motivación que condujo a su creación?
Mi primer libro publicado fue La autopsia extraterrestre: Un mito dentro del mito. Por cierto, pronto aparecerá la tercera edición en Amazon, (anuncio pagado por el blog Marcianitos Verdes).
Ya en serio. La historia de este libro es fascinante. En la época en que editábamos Perspectivas Ufológicas y colaborábamos con la revista Contacto Ovni, recibimos la noticia del famoso video de la autopsia de Roswell. Gracias a nuestros contactos internacionales —posiblemente Graham Birdsall de UFO Magazine— logramos contactar directamente con el productor Ray Santilli. Él estaba negociando con las grandes televisoras del mundo, pero no tenía planes para México, así que nos envió un casete con la película para promoverla.
En la Sociedad Mexicana para la Investigación Escéptica (SOMIE) decidimos presentar el video en nuestras conferencias mensuales gratuitas en el Club de Periodistas. En aquel momento, Jaime Maussan ya estaba en tratos con Santilli y, temiendo que nuestra presentación gratuita afectara su negocio, envió a un grupo de choque —los llamados «Vigilantes»— para reventar el evento e impedir la proyección. El Club estaba a reventar de aficionados y creyentes que, movidos por el morbo de ver la autopsia, terminaron enfrentándose a los «Vigilantes» y expulsándolos del lugar para que la función continuara. Yo estaba dando la conferencia introductoria y apenas me enteré del zafarrancho por lo que me contaron después.
A raíz de ese éxito, el editor de Contacto Ovni nos pidió un número especial. Como nadie más en México tenía la película ni la información detallada, el número tuvo un enfoque netamente escéptico y se vendió «como pan caliente». Creo que fue uno de los números de CO que más se vendió. Poco después, la Editorial Mina decidió lanzar una colección de libros de bolsillo al estilo de la mítica colección de libros de bolsillo Duda Semanal. Aprovechando el flujo constante de información que recibíamos los miembros de Perspectivas Ufológicas de revistas internacionales como la ya mencionada UFO Magazine, o las francesas SOS Ovnis, Ovni Présence, la italiana UFO Rivista di Informazione Ufologica o la inglesa UFO Times, decidí compilar toda la investigación en lo que se convertiría en mi primer libro La autopsia extraterrestre. Un mito dentro del mito. Fue el registro documental de un fraude que marcó una época.
¿Cómo equilibra su vida personal con el papel de “desmitificador” en un campo que muchas veces genera resistencia e incluso hostilidad?
Equilibrar la vida personal con el papel de «desmitificador» no siempre es sencillo, especialmente cuando te enfrentas a una hostilidad que raya en lo religioso. Para ilustrarlo, suelo contar una anécdota: tras una conferencia de Don Pedro Ferriz Santacruz —el decano de los ufólogos en México, a quien siempre he tenido en alta estima por su cultura y bonhomía, a diferencia de otros personajes—, mis colegas Héctor Escobar, Óscar García y yo fuimos interceptados por una asistente. Nos increpó asegurando que nos iríamos al infierno por «negar la realidad de los ovnis» y llegó a decir que los escépticos éramos «los anticristos».
Y eso fue lo más ligero. En los años noventa, durante los maratónicos programas de Nino Canún, ¿Y usted qué opina?, el ambiente era de una agresividad absoluta. El público en el estudio —que funcionaba como un teatro de gladiadores— nos aventaba papeles, nos insultaba y nos maldecía. Lo peor era que toda esa violencia era azuzada deliberadamente por el propio conductor para caldear el ambiente, siguiendo el estilo sensacionalista de programas como el de Geraldo Rivera en Estados Unidos.
Esa exposición a la hostilidad gratuita y al espectáculo vacío fue lo que me llevó a tomar una decisión definitiva: dejar de participar en ese tipo de formatos. Mi compromiso es con la investigación y el análisis documental, no con el circo mediático que busca generar rating a costa del linchamiento de la razón.
¿Cuál ha sido la reacción más hostil que ha recibido por cuestionar un caso popular?
En cuanto a violencia física, lo más «grave» que he sufrido fue el impacto de una pequeña pelota de papel en el brazo durante un programa de televisión. Sin embargo, existe otro tipo de agresión mucho más profunda: la violencia emocional y la censura institucional.
Un momento definitorio fue cuando preparaba mi tesis de maestría en el Instituto de Matemáticas Aplicadas a Sistemas IIMAS de la UNAM. Mi investigación utilizaba una técnica estadística llamada Análisis Discriminante, diseñada para diferenciar poblaciones mediante fórmulas matemáticas basadas en múltiples atributos (como por ejemplo color, forma, pH, etc.).
Un ejemplo muy burdo. Supongamos que queremos saber si las peras y las manzanas son poblaciones o frutas distintas (sí, ya sé que son cosas diferentes, pero por eso dije que el ejemplo era burdo). Entonces les medimos diferentes atributos: color, sabor, tamaño, peso, forma, acidez, contenido de azúcares y las que se te puedan ocurrir. Luego a esos datos se les aplica el algoritmo matemático de Análisis discriminante y se grafican los resultados. Entonces puedes encontrar una fórmula matemática que te indique algo como: cuando tu función f(x) tenga los siguientes valores (por decir pH = 8; color amarillo pardo o Pantone tal; contenido de azúcares de tal magnitud; etc.) entonces lo que tienes es una pera. Si, por el contrario los valores de f(x) son tal y tal, entonces tienes una manzana.
Mi intención era aplicar este algoritmo para distinguir entre fenómenos atmosféricos reales —como centellas, halos, glorias, parhelios o fuegos de San Telmo— y una muestra de control de casos ovni argentinos proporcionada por Alejandro Agostinelli que había elaborado Guillermo Roncoroni. Lamentablemente, el temor al «qué dirán» hizo que mi asesora frenara el estudio, y el IIMAS de la UNAM nunca recibió esa tesis, que se habría titulado Análisis Discriminante de poblaciones de fenómenos aéreos anómalos.
Años después, ese conocimiento técnico me permitió identificar un error garrafal del ufólogo Bruno Cardeñosa en la revista Año Cero. Él publicó unas fotos de lo que pretendía presentar como «esferas ovni transportando cabezas de extraterrestres» (esto no es literal, es un recuerdo y no he revisado la revista, por lo que pudo haber sido una frase parecida). En realidad, eran Espectros de Brocken (o Glorias), un fenómeno óptico de difracción de la luz en gotas de agua, muy común en montañas o desde aviones cuando el sol está a espaldas del observador. De igual forma se puede ver sobre un césped recién regado, con la condición, nuevamente, de que el sol esté a nuestras espaldas. Su nombre viene porque es muy común en las montañas Harz, en particular en el pico Brocken. También es conocido como “Gloria” porque parece un halo alrededor de la cabeza de los testigos. ¿Prueba de santidad? No, simple efecto físico.

La aparición repentina del Espectro de Brocken suele ser tan impresionante que, al encontrarse ante la figura agrandada rodeada por un halo de luz, muchos observadores tienen la sensación de estar presenciando un acontecimiento místico.
Entonces las fotos que publicó Cardeñosa eran de Espectros de Brocken, o en particular de Glorias. Pero él las asimiló a naves extraterrestres que transportaban las cabezas de los aliens (seguramente para ahorrar combustible no transportaban todo el cuerpo).
Cuando señalé su desconocimiento o ignorancia de la óptica atmosférica en mi blog, Cardeñosa reaccionó con violencia emocional: me amenazó con demandarme si no eliminaba la publicación en un plazo perentorio. Tras consultar con el periodista Mauricio-José Schwarz y un abogado, comprendí que la amenaza carecía de fundamento legal; la verdad científica es la mejor defensa. El plazo venció y, por supuesto, la demanda nunca se presentó.
Desde entonces, mantengo una tradición: cada vez que publico un nuevo caso de Espectro de Brocken en mi blog, se lo dedico a Cardeñosa. Es mi forma de recordarle que, aunque nunca reconoció su error ni agradeció la lección, la ciencia siempre termina por disipar las sombras de la ignorancia.
¿Qué caso investigado por usted considera más representativo de la importancia del escepticismo?
Más que un caso específico, lo que considero representativo es la aplicación del escepticismo como una herramienta metodológica, y no como una posición ideológica cerrada. Existe una confusión común: mucha gente cree que el escéptico tiene un prejuicio negativo «a priori», cuando en realidad lo que tenemos es un rigor procedimental.
La importancia del escepticismo radica en no ajustar las evidencias a una hipótesis predeterminada. En mi experiencia, cuando abordas un incidente —ya sea un avistamiento o una fotografía—, el camino correcto es seguir las pruebas hasta donde nos lleven, utilizando las herramientas que nos ofrece la ciencia. Como ingeniero, sé que la naturaleza suele operar bajo leyes constantes; por lo tanto, antes de invocar naves extraterrestres, entidades interdimensionales o teorías que ni siquiera han demostrado su propia existencia, debemos agotar las explicaciones convencionales.
El escepticismo es, en esencia, la aplicación de la Navaja de Ockham: si un fenómeno puede explicarse mediante la óptica atmosférica, una confusión astronómica o un fraude humano, no hay necesidad de multiplicar los entes innecesariamente. La mayoría de las veces, al «desmenuzar» un caso con matemáticas, física y un análisis crítico de los testimonios, la explicación simple emerge por sí sola.
Lo que hace representativo a este enfoque no es el «derribar» un misterio, sino el respeto a la verdad. Investigar con escepticismo significa aceptar que la realidad, aunque sea mundana (como un planeta Venus o un globo meteorológico), es preferible a una fantasía reconfortante pero falsa. El escepticismo no mata el asombro; lo redirige hacia los procesos reales y fascinantes de nuestro universo.
Usted investigó el caso del supuesto contactado argentino Alfa Bidondo —quien, según su investigación, sería en realidad el músico Sebastián Alfonso Bidonda—. Durante su indagación llegó a ponerse en contacto con él y esperó durante varios meses que le enviara copias de las fotografías que afirmaba haber tomado de las naves y de los seres provenientes del planeta Kcrona. Sin embargo, tras repetidas promesas e insistencias, esas imágenes nunca llegaron y, a comienzos de 2005, usted terminó desistiendo de esperar. Mirando retrospectivamente ese caso, ¿qué más podría decirnos sobre Bidonda, sobre su curioso libro El Libre Albedrío: La Estafa Cultural Más Grande de los Últimos Tiempos y sobre las supuestas experiencias de contacto que él divulgaba?
El caso de Alfa Bidondo —quien navegaba bajo una constelación de nombres como Sebastián Alfonso Bidonda, Sebastián Alfonso Bidondo, Eduardo Arturo Bidondo, Alfa, Baccaro, Alguita — es uno de los episodios más singulares y, paradójicamente, menos celebrados del contactismo sudamericano. Lo considero «desafortunado» en su falta de fama porque, a diferencia de otros que se quedan en la retórica, él se atrevió a presentar pruebas gráficas de sus supuestos mentores de la civilización Kcronos.
Cabe aclarar que los tres últimos nombres, Alfa, Baccaro y Alguita son los que le pusieron los hermanos cósmicos de la civilización Kcronos, Kronos, Ckronos o Kcronok, como he visto que escribe Alfa Bidondo.
Tampoco me queda claro si Eduardo Arturo Bidondo es otro de los nombres que utiliza este contactado o el de su padre.
En mi análisis para el Tomo V de Extraterrestres ante las cámaras (originalmente en Lulu, pero de próxima aparición en Coliseo Sentosa), profundicé en esa iconografía. Aunque su folleto El Libre Albedrío (más una declaración de principios de 50 páginas que un libro formal) presentaba sus «Observaciones» sobre la realidad, lo que realmente capturaba la atención eran sus fotografías. En ellas aparecía el Capitán Killmer (o Kilmer o Kirián), un ser que, bajo un examen minucioso, recordaba inevitablemente a un monigote o un títere suspendido en el cielo mediante mecanismos rudimentarios como hilos o globos. Las naves, por su parte, mantenían esa estética de «juguete sostenido por una mano fuera de cuadro» tan propia de la época.


Aquí es donde el escepticismo encuentra su base más sólida: el perfil profesional del contactado. Bidondo no era un observador casual; era un músico talentoso —autor del tema de la Fiesta Nacional de los Estudiantes en 1988— y, sobre todo, propietario de una productora de video y fotografía. Para un investigador, esta «coincidencia» es una bandera roja inmediata. Alguien con conocimientos técnicos de iluminación, encuadre y trucaje visual tiene las herramientas necesarias para construir una narrativa visual convincente para los ojos no entrenados.
A pesar de que nunca cumplió su promesa de enviarme material más nítido y de que sus relatos sobre Kcrona carecen de cualquier sustento físico, guardo un recuerdo especial de él. Alfa Bidondo representa esa figura del contactado que construye un universo entero —con sus propios nombres, jerarquías y mitologías— que termina siendo más un reflejo de su creatividad y sus recursos técnicos que de una realidad exógena. Es, en muchos sentidos, una figura entrañable; un recordatorio de que, en el contactismo, a veces la frontera entre la expresión artística y la creencia es casi invisible.
¿Ha habido alguna ocasión en la que haya considerado que podría existir algo realmente inexplicable, incluso después de un análisis crítico?
Al inicio de mis incursiones en el mundo forteano, casi todo me resultaba fascinante e inexplicable. Sin embargo, con el paso de las décadas, al profundizar en la genealogía de cada historia y someterlas a un análisis crítico riguroso, esa «magia» inicial se fue disolviendo ante la evidencia. Hasta el día de hoy, no he encontrado un solo caso que haya resistido un examen científico exhaustivo.
Para muchos, esta postura se interpreta como un «negativismo» militante, pero prefiero verlo como un realismo metodológico. Es fundamental distinguir entre lo que está «no explicado» y lo que es «inexplicable». En ufología abundan los casos «no explicados», pero casi siempre se debe a una preocupante carencia de datos: fotografías borrosas, testimonios contradictorios o falta de mediciones físicas. Como ingeniero, sé que no se puede construir una conclusión sólida sobre cimientos de humo. Cuando los datos son suficientes y de calidad, la anomalía suele desvanecerse para revelar un fenómeno convencional.
Mi análisis no busca «negar» por sistema, sino aplicar el principio de parsimonia. Si una narrativa paranormal requiere que ignoremos las leyes de la termodinámica, la óptica o la biología, la carga de la prueba recae sobre esa narrativa, no sobre la ciencia. La persistencia de lo «inexplicable» en la cultura popular no se debe a la naturaleza de los fenómenos, sino a la resistencia humana a abandonar mitos que nos resultan reconfortantes o entretenidos.
En definitiva, tras años de diseccionar expedientes, mi conclusión es que lo «realmente inexplicable» no habita en los cielos ni en el más allá, sino en la asombrosa capacidad de la mente humana para generar misterios donde solo hay lagunas de información o simples ilusiones perceptivas.
¿Qué criterios considera indispensables para evaluar la credibilidad de un relato paranormal o ufológico?
El criterio más indispensable para evaluar cualquier relato es la trazabilidad histórica. No basta con analizar el testimonio actual; es imperativo realizar una suerte de «arqueología documental». Si no puedes investigar el caso desde su origen, debes rastrear su publicación original y observar cómo ha mutado hasta el presente. En mi experiencia, la mayoría de los «enigmas clásicos» han llegado a nosotros completamente tergiversados por décadas de sensacionalismo.
Un ejemplo magistral es la desaparición de Oliver Lerch (Larch, Lurch o incluso Thomas o David Lang, según la versión). La leyenda cuenta que en la Navidad de 1889, un muchacho salió a buscar agua y, ante el horror de su familia, su voz comenzó a escucharse desde el cielo pidiendo auxilio mientras sus huellas se interrumpían bruscamente en la nieve. Este relato se inyectó en el torrente sanguíneo de lo paranormal a través de la revista Fate, pero si uno tiene la «suerte» de ser un lector voraz, el hilo conduce a un lugar muy distinto: la literatura cínica del siglo XIX.
Esta ilustración, obra de un artista desconocido, muestra a un indefenso Oliver Lerch siendo misteriosamente elevado al cielo. La imagen acompañaba el artículo «¿Qué le sucedió a Oliver Lerch?», publicado en el número de septiembre de 1950 de la revista estadounidense FATE [pág. 29], especializada en relatos supuestamente verídicos de sucesos extraños y paranormales.
El verdadero origen no está en una anomalía física, sino en la pluma de Ambrose Bierce, el autor de El diccionario del diablo. Bierce, un misántropo brillante que desapareció misteriosamente en México durante la Revolución —un enigma vital que él mismo pareció diseñar como su última ironía—.Bierce escribió: Si oyes que me pusieron contra una pared de piedra mexicana y me hicieron harapos a tiros, toma nota de que pienso que es una buena manera de partir de esta vida, mucho mejor que morir de viejo, de enfermedad o caer de las escaleras del ático. Ser gringo en México ¡Es eutanasia!”
Este “Gringo Viejo”, como lo llamó Carlos Fuentes, escribió cuentos como La dificultad de cruzar un campo. En su antología ¿Pueden suceder tales cosas?, Bierce exploró estas desapariciones imposibles como ejercicios literarios. Con el tiempo, la ficción de Bierce fue despojada de su autoría y «reempaquetada» como un hecho real por autores de misterio poco rigurosos.
Este fenómeno de ficción convertida en folklore se repite constantemente. Lo vi al investigar el Triángulo de las Bermudas o el Misterio Shaver: son mitos que nacen en revistas pulp y terminan en los libros de texto de la ufología. A finales de los setentas o principios de los ochentas escribí un libro (no publicado) sobre apariciones y desapariciones misteriosas. Incluí esta “historia” y el Triángulo de las Bermudas, el Experimento Filadelfia, el Soldado Filipino, entre otras.
Por ello, mi consejo para cualquier investigador es la desconfianza sistemática hacia la fuente secundaria. No hay que quedarse con lo que dice el libro de misterio de moda, y mucho menos con la narrativa simplista de un youtuber. Hay que buscar más allá de la periferia de lo paranormal; a menudo, la solución a un «misterio del espacio» se encuentra en un viejo estante de literatura clásica o en los archivos de un periódico del siglo antepasado. La verdad suele ser menos fantástica que la ficción, pero mucho más fascinante de descubrir.
Como un anexo vuelvo recomendar la lectura de “El diccionario del diablo”, un compendio de definiciones cínicas, misantrópicas y amargas, como su apodo (Bitter Bierce). Sólo dos ejemplos, pero con la recomendación de que vayan corriendo a comprar el libro:
Felicidad (s. f.): Agradable sensación que nace de la contemplación de la miseria ajena.
Amor (s. m.): Insania temporal que se cura mediante el matrimonio.
En su experiencia, ¿cuál es el error metodológico más común que cometen los investigadores de fenómenos insólitos?
El error metodológico más común, y a la vez el más pernicioso, es acudir a una investigación con conclusiones preestablecidas. Muchos investigadores no buscan la verdad, sino la confirmación de sus propias creencias. Parten de la premisa de que lo paranormal es una posibilidad equivalente a lo convencional, cuando en realidad la probabilidad de ambas no es la misma.
Yo siempre planteo una serie de preguntas de sentido común: ¿A qué apostarías tu dinero? ¿A que fantasmas envueltos en sábanas cruzan paredes desafiando la física de la materia, o a que el cerebro humano ha sufrido un error de percepción o una alucinación hipnagógica? ¿Qué es más probable: que alguien te esté vendiendo la Torre Eiffel como una ganga en medio de París, o que estés ante un estafador profesional?
En ufología ocurre lo mismo. ¿Es más razonable pensar que una nave ha cruzado cientos de años luz para jugar a las escondidas, dejarse tomar una fotografía borrosa sin establecer contacto y marcharse, o que estamos ante un fraude, un efecto óptico o un globo meteorológico? La respuesta lógica es evidente, pero el investigador entusiasta suele elegir la opción más exótica porque es la que alimenta su narrativa.
La metodología correcta es adoptar la posición del abogado del diablo. El investigador debe intentar «destruir» el caso por todos los medios lícitos: buscar el fraude, la confusión astronómica, el fallo técnico de la cámara o el sesgo cognitivo. Solo si la evidencia sobrevive a ese fuego cruzado de pruebas y argumentos, podríamos empezar a considerar que hay algo inusual.
Sin embargo, hay que ser cautos: que un caso no tenga explicación inmediata no significa que la explicación sea extraterrestre. Simplemente significa que no tenemos datos suficientes. El escepticismo no es una negación cerrada, es una higiene mental necesaria para que la ciencia no se convierta en superstición.
En su evaluación, ¿qué porcentaje de los casos aparentemente “misteriosos” termina teniendo explicaciones banales después de una investigación adecuada?
Si nos ceñimos a las estadísticas históricas que han manejado proyectos como el Libro Azul o diversos grupos de investigación civil, solemos hablar de que entre el 95% y el 97% de los casos reportados encuentran una explicación convencional tras un análisis riguroso. El restante 3% o 5% es lo que la literatura ufológica etiqueta como «no identificado».
Sin embargo, hay que ser muy precisos con lo que significa ese pequeño porcentaje. Como ingeniero, no me tomo la libertad de inventar cifras, pero mis décadas de lectura y análisis me indican que ese residuo de casos «misteriosos» no es una prueba de la existencia de visitantes de otros mundos. En la inmensa mayoría de las ocasiones, ese pequeño margen se debe simplemente a una carencia crítica de datos.
Un caso «no identificado» suele ser un caso «mal documentado»: un testimonio único sin corroboración, una fotografía tan borrosa que no permite un análisis de densitometría o fotogrametría, o un evento del que solo queda un recuerdo lejano y distorsionado. En ciencia, si no tienes datos suficientes para procesar una muestra, la muestra se descarta; no se utiliza para validar una hipótesis extraordinaria.
Por lo tanto, más que «explicaciones banales», yo diría que nos enfrentamos a una abrumadora realidad de fenómenos ordinarios. El verdadero «misterio» no es lo que vuela en el cielo, sino por qué seguimos fascinados con ese escaso margen de incertidumbre, ignorando que el 97% de las veces la respuesta siempre ha estado aquí en la Tierra, en la óptica, en la meteorología o en la psicología humana.
¿Cree usted que las fraudes suelen ser más bien deliberados —es decir, producto de la mala fe— o que con mayor frecuencia son fruto de la ingenuidad, la ignorancia o interpretaciones equivocadas?
Es fundamental distinguir entre el fraude deliberado y el error de interpretación. En mi experiencia, el fraude por «mala fe» pura —es decir, aquel diseñado con una agenda económica o ideológica desde el inicio— no es la única fuente de estas historias, aunque sea la más visible.
Si tuviéramos que dividir este «pastel» de la desinformación, encontraríamos varias rebanadas distintas:
1. Las bromas que escalan: Muchos casos nacen como un juego o una travesura juvenil que, al ser captada por la prensa o por investigadores entusiastas, «se sale de las manos». El autor, por temor o por diversión, se ve atrapado en una mentira que crece hasta convertirse en un mito nacional
2. Los «15 minutos de fama»: Como bien predijo Andy Warhol, la necesidad de validación social es un motor poderoso. Hay personas que no buscan dinero, sino el reconocimiento de aparecer en televisión o en los periódicos. Para ellos, ser el protagonista de un «evento cósmico» les otorga una importancia que su vida cotidiana no les brinda.
3. La interpretación equivocada (Sesgo cognitivo): Aquí no hay fraude, sino un error de percepción. La pareidolia (ver rostros o figuras donde solo hay sombras) o la falta de conocimientos básicos en astronomía y óptica atmosférica transforman un objeto banal en algo extraordinario. El testigo cree honestamente en lo que dice, pero su conclusión es errónea.
4. La ignorancia técnica: Muchos investigadores modernos carecen de las herramientas para distinguir un efecto de lente (lens flare) de un objeto sólido. En estos casos, la ignorancia del analista es la que «valida» la ingenuidad del testigo.
Sería fascinante realizar un estudio estadístico riguroso para cuantificar estas categorías. Sin embargo, mi impresión es que la ingenuidad y el deseo de creer son responsables de una porción mucho mayor que la malicia organizada. El fraude suele ser el síntoma, pero la verdadera enfermedad es la falta de pensamiento crítico ante lo que percibimos.
¿Por qué cree que la idea de visitantes extraterrestres es tan persistente en la cultura moderna?
Es fascinante cómo la idea de los visitantes espaciales ha pasado de los márgenes de la ciencia ficción a convertirse en un componente estructural de nuestra psique colectiva. Si analizamos esta persistencia con rigor escéptico —y quizás con una pizca del cinismo de Ambrose Bierce—, descubrimos que el «visitante» responde a necesidades humanas muy profundas:
1. El reemplazo de la divinidad: En una era secular y tecnificada, los extraterrestres han ocupado el nicho que antes pertenecía a dioses y ángeles. Son entidades superiores que habitan en el «cielo» y poseen una tecnología que, como diría Arthur C. Clarke, nos resulta indistinguible de la magia. Proyectamos en ellos el anhelo de que nos salven de nosotros mismos o que, al menos, otorguen un sentido trascendente a nuestra existencia en un universo que, de otro modo, se siente aterradoramente vacío.
2. Pareidolia cultural y psicológica: Nuestra mente está evolutivamente diseñada para encontrar patrones donde no los hay. Así como vemos rostros en las nubes, proyectamos ansiedades y esperanzas en luces borrosas o documentos gubernamentales ambiguos. Una vez que el cine y la literatura establecieron el «arquetipo» del visitante, cada anomalía visual encontró un molde perfecto donde encajar.
3. El espejo del «Otro»: El auge del fenómeno tras la Segunda Guerra Mundial no fue casual. El visitante espacial es el «extraño» definitivo. Durante décadas, sirvió para procesar el miedo a la invasión nuclear o a la infiltración ideológica de la Guerra Fría. Hoy, esa persistencia sigue viva porque seguimos necesitando un espejo externo para definir qué significa, realmente, ser «humano».
4. La narrativa del secreto (El Grial moderno): Existe un placer intelectual y emocional en creer que uno posee una verdad que «la élite» oculta. La ufología funciona como una mitología donde el ufólogo es una suerte de caballero en busca de una prueba irrefutable —un Grial moderno— que desmorone el sistema establecido. Es, en el fondo, una rebelión romántica contra la autoridad científica tradicional.
Es curioso, pero estas historias siempre terminan revelando mucho más sobre la psicología del observador que sobre la biología del observado.
Para cerrar, me permito arriesgar una definición al estilo de mi admirado Bierce:
Extraterrestre (s. m.): Ser hipotético de inteligencia superior cuya principal ocupación galáctica parece ser jugar al escondite con fotógrafos de nula pericia y burlar los radares de las potencias mundiales solo para asustar ganado en granjas remotas.
Ambrose Bierce
¿Por qué enfoques como el análisis histórico, sociológico, antropológico y cultural de la ufología —que a menudo ofrecen explicaciones bastante amplias del fenómeno— parecen atraer relativamente poco interés del público? ¿Por qué, en contraste, la hipótesis extraterrestre sigue siendo la interpretación más popular, sostenida por la expectativa de que algún día aparecerán pruebas definitivas, a pesar de que casi 80 años de investigaciones aún no han producido evidencias concluyentes?
Es una paradoja fascinante: poseemos una montaña de evidencia sobre cómo los seres humanos construimos mitos, frente a una ausencia total de pruebas físicas sobre naves espaciales. Sin embargo, la balanza del interés público siempre se inclina hacia la fantasía. Desde una óptica crítica, existen razones estructurales y psicológicas por las cuales el análisis académico (histórico, antropológico o sociológico) sigue siendo el «pariente pobre» de la ufología.
El análisis histórico o antropológico es, por naturaleza, reduccionista. Explica el fenómeno como un subproducto de la angustia de la Guerra Fría o como una necesidad sociológica de un «Salvador Tecnológico». Aunque estas explicaciones son intelectualmente satisfactorias, resultan emocionalmente áridas. La Hipótesis Extraterrestre (HET), en cambio, ofrece una epopeya; es una narrativa de misterio y conspiración. Preferimos una mentira emocionante a una verdad que nos obligue a mirarnos al espejo.
La ufología popular vive en un estado de esperanza perpetua, funcionando de forma similar a una estructura religiosa milenarista. Bajo la premisa de que «la verdad está ahí fuera», el creyente interpreta la falta de pruebas tras 80 años no como una falsación de la hipótesis, sino como evidencia de que el encubrimiento es más profundo de lo que imaginaba. El análisis cultural, al sugerir que no hay nada que ocultar porque el fenómeno es psicosocial, «mata el suspenso». El público, sencillamente, odia que le arruinen el final de la película.
Comprender la ufología desde la antropología requiere entender la teoría de los mitos, la psicología de la percepción y la historia de las mentalidades. Es un esfuerzo intelectual considerable. En cambio, decir «son marcianitos verdes» es una respuesta que lo explica todo de un plumazo. Es una suerte de Navaja de Ockham invertida: se elige la explicación más compleja para el universo (vida inteligente viajando distancias interestelares) porque es la que requiere menos esfuerzo para la mente humana.
Aceptar que los ovnis son proyecciones culturales o errores de interpretación hiere nuestro orgullo; implica aceptar que somos falibles y que, quizás, estamos solos en un silencio cósmico ensordecedor. La HET, aunque pueda ser aterradora, nos hace sentir importantes: somos lo suficientemente interesantes como para ser observados. El análisis sociológico nos devuelve a nuestra insignificante realidad cotidiana; la ufología nos convierte en protagonistas de una odisea galáctica.
Es casi irónico que, después de tanto tiempo analizando archivos y fotografías desde 1947, la conclusión más sólida sea que el fenómeno nos revela mucho sobre el Homo sapiens y absolutamente nada sobre el cosmos.
¿Cómo evalúa la línea interpretativa propuesta por Jacques Vallée, que sugiere que el fenómeno ovni podría estar más relacionado con dimensiones psicológicas, culturales o incluso con una especie de sistema de control de la conciencia humana, más que con la hipótesis extraterrestre?
Mi evaluación de Jacques Vallée es, posiblemente, a contracorriente de la hagiografía habitual que se hace de su figura. Considero que la estatura intelectual de Vallée se ha magnificado más de la cuenta. Si bien no niego sus contribuciones, muchas de sus ideas «revolucionarias» ya habían sido tratadas por otros autores antes que él. Me refiero, por ejemplo y entre otras, a la revista italiana Clypeus: Il giornale dei dischi volanti & Cronache dell’insolito, una publicación que fue el caldo de cultivo de muchos mitos actuales y que sospecho que Vallée consultó —directa o indirectamente— para cimentar su famoso Pasaporte a Magonia.
Vallée fue un lector voraz de la literatura ufológica de su tiempo, y esas lecturas moldearon sus tesis. Sin embargo, rara vez señalaba sus fuentes originales, presentándolas a menudo como epifanías propias. A esto hay que sumar su profunda atracción por corrientes metafísicas como la masonería, los rosacruces y la demonología. Es precisamente por este sesgo que sus ideas se ajustan más a lo paranormal y lo esotérico que a una formación científica rigurosa.
Como ingeniero, siempre me ha resultado extraño leer a un astrónomo hablando como un metafísico. Esa mutación de lenguaje me produce un choque intelectual; no entiendo cómo se puede transitar de la observación estelar a la especulación demonológica sin perder el norte del método científico. En ese sentido, me siento mucho más afín a la evolución de J. Allen Hynek (que también era un tanto metafísico, pero que no perdió el estilo) o incluso a las tesis de John A. Keel, que aunque extrañas, no pretendían el mismo barniz de autoridad académica que Vallée.
J. Allen Hynek e Jacques Vallée
En cuanto a su famosa hipótesis del «Sistema de Control», la considero, francamente, un galimatías. Es una hipótesis que se muerde la cola: si el fenómeno nos controla y nos engaña, cualquier prueba o falta de ella sirve para confirmar la teoría. Es infalsificable y, por tanto, ajena a la ciencia. Admito que mi antipatía personal hacia su estilo influye en mi juicio, pero mi crítica es, ante todo, metodológica: Vallée cambió las estrellas por la metafísica, y en ese camino perdió la brújula del escepticismo.
¿Ve usted paralelismos entre los relatos modernos de abducciones extraterrestres y las antiguas narraciones de encuentros con divinidades, hadas, duendes o demonios presentes en el folclore y en las tradiciones religiosas? En su opinión, ¿podrían estas experiencias reflejar un mismo fenómeno cultural o psicológico que simplemente adopta formas distintas en cada época?
Sí, sin ninguna duda. Los paralelismos son tan evidentes que resulta casi imposible negarlos. Sin embargo, es justo precisar que esta idea ya circulaba con fuerza en los círculos ufológicos mucho antes de que Jacques Vallée la popularizara o de que se formalizara la Hipótesis Psicosociológica.
Lo que hoy llamamos «abducción» tiene una estructura narrativa idéntica al «rapto por las hadas» de la tradición celta o a los encuentros con entidades en el folclore medieval. Los elementos son los mismos: la parálisis, el tiempo perdido (missing time), el viaje a un lugar extraño y el regreso con un mensaje o una marca física. Lo único que ha cambiado es el «ropaje» del mito. En el pasado, el ser venía del bosque o del inframundo y vestía túnicas o pieles; hoy, el ser viene del espacio y viste un traje plateado o tiene la piel grisácea.
Considero que todas las religiones nacen de este tipo de fenómenos culturales. La ufología, en su esencia, no es más que una religión tecnológica en formación. Es un sistema de creencias que utiliza el lenguaje de la era espacial para satisfacer las mismas necesidades psicológicas que antes cubrían las tradiciones religiosas y el folclore.
No estamos ante un fenómeno físico que muta, sino ante una psique humana constante que proyecta sus miedos, esperanzas y asombros sobre el lienzo de la cultura de cada época. El «visitante» es un arquetipo eterno que simplemente adopta la forma más verosímil para la mente contemporánea. En el siglo XII era un demonio o un ángel; en el XXI es un viajero interdimensional o un gris de Zeta Reticuli. El guion es el mismo; solo han cambiado los efectos especiales.
Desde los primeros contactados modernos, como George Adamski, hemos observado la proliferación de movimientos y sectas de inspiración ufológica. Muchas de ellas siguen activas hasta hoy y, con el advenimiento de internet y de las redes sociales, han logrado alcanzar y atraer a millones de seguidores en todo el mundo. En su opinión, ¿hasta qué punto estos grupos representan un riesgo real para las personas que se involucran con ellos? ¿Existe alguna forma de contener o al menos reducir el impacto de organizaciones que explotan la fe y la buena voluntad de sus adeptos?
Mi perspectiva sobre los riesgos de los movimientos ufológicos —desde los tiempos de George Adamski hasta los grupos actuales en redes sociales— difiere un poco de la alarma social habitual. Considero que el riesgo en estos nuevos movimientos religiosos es esencialmente el mismo que en las religiones ya establecidas. El peligro no reside necesariamente en el «canon» de ideas (ya sean ángeles o extraterrestres), sino en la configuración psicológica de los individuos que se acercan a ellos.
Si un seguidor de Räel, o de cualquier grupo evangélico, católico o musulmán, posee problemas psicológicos previos que se acentúan al entrar en una estructura religiosa, los resultados pueden ser negativos. Sin embargo, estas son las excepciones. La mayoría de la población no padece trastornos mentales graves, y las religiones, por sí mismas, no son las creadoras de dichas patologías. Aunque ocasionalmente una estructura dogmática puede empeorar una situación preexistente, no podemos culpar directamente a la creencia del desequilibrio del creyente.
En términos generales, me atrevería a decir que las religiones suelen hacer más bien que mal a sus feligreses, proporcionando comunidad y sentido. No obstante, existe una distinción crítica: hay grupos neoreligiosos que nacen corruptos desde su base. Son organizaciones diseñadas específicamente para la explotación, y es ahí donde surgen los escenarios trágicos de abuso, asesinato o suicidios colectivos que todos tenemos en mente y que no hace falta nombrar.
Para contener el impacto de estas organizaciones, más que perseguir las ideas —lo cual es inútil en la era de internet—, la clave está en el fomento del pensamiento crítico y la educación emocional. Si una persona tiene herramientas para identificar la manipulación y el control coercitivo, la «envoltura» del mensaje (ya sea el planeta Kcrona o el fin del mundo) pierde su poder. El problema no es que la gente crea en marcianitos verdes; el problema es cuando esa creencia se utiliza como herramienta de aislamiento y aniquilación de la voluntad.
¿Cree usted que parte de la ufología contemporánea está siendo instrumentalizada por intereses políticos, religiosos o militares?
Estoy plenamente de acuerdo con esa visión. La ufología contemporánea no es un fenómeno que ocurra en el vacío; está siendo activamente instrumentalizada por intereses políticos y militares. Históricamente, las religiones ufológicas han tenido una agenda propia, pero hoy vemos cómo el poder político utiliza el tema de los «platos voladores» para movilizar masas o, lo que es más frecuente, para desviar la atención de crisis internas.
El caso de Donald Trump es un ejemplo de manual sobre cómo se gestionan estas «cortinas de humo». Ante la presión por la liberación total y sin tachaduras de los Archivos de Epstein —que muchos consideran una suerte de biografía comprometedora para sectores del poder—, el Ejecutivo estadounidense parece reactivar temas de alto impacto mediático. Lo vimos con la retórica sobre la captura de Maduro o la escalada en Irán; conflictos que, al volverse extremadamente costosos en términos económicos y de vidas humanas (especialmente tras el bloqueo en el estrecho de Ormuz), obligan a buscar un nuevo foco de distracción.
Es ahí donde entran los FANI (UAPs). No es coincidencia que, en momentos de máxima tensión política, el gobierno compre dominios como aliens.gov o alien.gov o que se solicite a figuras como Pete Hegseth la liberación de archivos ovni. Se está preparando el terreno para una nueva narrativa de «divulgación» que mantenga a la opinión pública ocupada en el cielo mientras en la tierra se evitan debates incómodos.
A esta estrategia se suma lo que parece una sincronía con la industria del entretenimiento. Estamos viendo una nueva oleada de producciones en Hollywood, liderada por proyectos como Disclosure Day de Steven Spielberg, o series como Alien Earth y el regreso de The X Files. Esta saturación cultural prepara psicológicamente a la población para aceptar cualquier «revelación» oficial, por ambigua que sea.
En definitiva, la «Divulgación» ufológica corre el riesgo de ser el señuelo perfecto para aplazar la verdadera divulgación de los Archivos de Epstein o de los fracasos en política exterior. La ufología, en manos del poder, ha dejado de ser una búsqueda de la verdad para convertirse en una herramienta de gestión de la percepción pública. Si no son los ovnis, será Cuba; el objetivo es siempre el mismo: que el público no mire hacia donde realmente quema el fuego.
¿Existe un diálogo posible entre escépticos y ufólogos o las posiciones ya se han vuelto radicalmente polarizadas?
El diálogo entre escépticos y ufólogos es posible, pero su éxito depende enteramente de la madurez de los individuos, más que de las ideologías. Es cierto que existen posiciones radicalmente polarizadas que construyen muros infranqueables, donde el debate se reduce al ataque personal. Sin embargo, también existe un espacio de tolerancia e incluso de aprendizaje mutuo que es el que realmente hace avanzar el conocimiento.
En mi experiencia personal, esta relación es ambivalente. En la comunidad ufológica de México, hay sectores que no me soportan; me ven como el aguafiestas que llega a arruinar el misterio con datos y leyes de la física. Pero, por otro lado, hay muchos que buscan establecer una relación de respeto. Lo más curioso es lo que me confiesan con frecuencia: que Marcianitos Verdes es un «placer culposo».
Han dicho directamente: «Desafortunadamente, y aunque ‘el tal Noguez’ me cae pésimo, si quiero estar bien informado sobre los últimos casos y tener los datos más actualizados, tengo que visitar su blog». Esa es, para mí, la mayor victoria del escepticismo. El hecho de que un «creyente» se sienta obligado a consultar una fuente escéptica porque reconoce su rigor informativo demuestra que, por encima de la polarización, la calidad de la investigación es un lenguaje común.
El diálogo real ocurre cuando ambas partes entienden que no estamos peleando por «quién tiene la razón», sino por «qué es lo que realmente pasó». Cuando el ufólogo valora el dato técnico que el escéptico aporta, y el escéptico respeta la pasión del investigador de campo, se crea un puente. Mi blog no busca convencer a nadie, sino ofrecer una base sólida de hechos. Si eso me convierte en el «enemigo necesario» que todos consultan, acepto el papel con gusto; al final del día, el escepticismo también es una forma de respeto hacia el fenómeno.
¿Qué les diría a los ufólogos que acusan a los escépticos de “negacionismo” o de estar comprometidos con agendas ocultas o incluso con agencias de inteligencia?
A estas alturas de mi trayectoria, mi respuesta para quienes agitan el fantasma del «negacionismo» o las «agendas ocultas» es, sencillamente, nada. Ya no tengo nada que decirles que no haya expresado antes, casi siempre recurriendo a la ironía.
Durante años, cuando los sectores más paranoicos de la ufología aseguraban que la CIA financiaba mis investigaciones, yo solía seguirles el juego: les recordaba que, además de Langley, también recibía cheques del FBI, de la extinta KGB, del Mossad e incluso de Disneylandia. Lo fascinante —y a la vez preocupante— es que el sarcasmo no desactivaba la sospecha, sino que la acrecentaba.
En el mundo de la conspiración, el escéptico se encuentra atrapado en una trampa lógica circular: si admito que trabajo para una agencia de inteligencia, confirmo sus sospechas (aunque sea una mentira evidente); si lo niego rotundamente, también las confirmo, pues «¿qué espía aceptaría jamás su verdadera identidad?». Es un juego donde la evidencia no importa y donde el «otro» siempre es el enemigo.
Como ingeniero y analista, me guío por datos, no por proyecciones psicológicas ajenas. A estas alturas, me tiene sin cuidado lo que piensen aquellos que prefieren construir castillos de naipes conspirativos antes que enfrentarse a un análisis técnico riguroso. Mi compromiso es con la veracidad de la información en Marcianitos Verdes, no con la validación de las fantasías de quienes necesitan un villano para sostener su mitología. Si necesitan creer que soy un agente encubierto para dormir mejor, adelante; yo prefiero seguir analizando archivos y publicando los fraudes que encuentro con la tranquilidad de quien no le debe nada a nadie.
Con el advenimiento de internet y de las redes sociales, la circulación de información —y también de desinformación— se ha vuelto prácticamente instantánea y global. En este contexto, ¿cree usted que aún es posible investigar y refutar sistemáticamente fraudes, rumores y errores, o el volumen de contenido producido hoy ha vuelto esta tarea prácticamente imposible?
Es muy probable que ya hayamos cruzado el punto de no retorno. La asimetría es abrumadora: por cada escéptico activo, existen miles de entusiastas de lo paranormal. Mientras que los sitios dedicados al pensamiento crítico en español se pueden contar con los dedos de una mano, los portales que promueven lo insólito son legión. Internet no ha democratizado el conocimiento, sino que ha acelerado la propagación del mito.
En este escenario, nos enfrentamos a dos problemas fundamentales:
1. El «Coleccionista» frente al Investigador: Muchos de los que se autodenominan «investigadores» son, en realidad, coleccionistas de anomalías. Y a ningún coleccionista le gusta que le «descompleten» su vitrina. Cuando un análisis técnico demuestra que un caso es un fraude o un error, el coleccionista lo defiende a capa y espada, alegando que «no se ha demostrado a satisfacción» la explicación convencional. Pero, ¿a satisfacción de quién? ¿De alguien que carece de formación básica en física o química para entender por qué una trayectoria es imposible o por qué un material no es «extraterrestre»?
2. La Ley de la Asimetría del Esfuerzo: Inventar un misterio es gratis y rápido. Un testimonio sobre «el abuelito que vio una luz sobre el cerro a la una de la mañana» toma menos de un minuto en contarse. Sin embargo, refutar esa historia con rigor requiere horas o días de trabajo: establecer coordenadas exactas, consultar mapas estelares, revisar lanzamientos de satélites (como los ubicuos Starlink), analizar condiciones meteorológicas y evaluar la fiabilidad del testigo. Es un desgaste físico, emocional y económico que el escéptico asume en solitario.
Debido a que no existe una «hipótesis unificada» de lo paranormal —cada caso es un mundo multifactorial—, los escépticos nos vemos obligados a trabajar caso por caso, como artesanos contra una producción industrial de engaños. Ante este volumen ingente, no queda más opción que ser selectivos: elegir los casos más influyentes y dejar a un lado el ruido de fondo, aunque nos acusen de ser «elitistas» o de evitar el trabajo de campo.
A mis años, y sin ser millonario ni poseer unas «botas de siete leguas», he tenido que aceptar mis límites. Ya no investigo in situ, pero mi labor desde la trinchera del análisis documental y técnico sigue siendo la misma: recordar que la carga de la prueba recae en quien afirma lo extraordinario. Si el coleccionista no quiere que le vacíen la vitrina, es su problema; el mío es asegurar que, al menos en Marcianitos Verdes, la verdad técnica no se pierda entre tanto ruido digital.
Muchos observadores sostienen que vivimos en una era de creciente infantilización cultural y de degradación del pensamiento crítico, en la que el entretenimiento superficial, la polarización política y los algoritmos de las redes sociales terminan moldeando percepciones y creencias. En su opinión, ¿esto es simplemente una consecuencia no prevista de las nuevas tecnologías o existe algún grado de ingeniería social deliberada en este proceso?
Es indudable que figuras como Mark Zuckerberg han diseñado sus algoritmos para explotar nuestra arquitectura cognitiva en beneficio propio. La polarización y la infantilización cultural son, en gran medida, subproductos de un modelo de negocio que monetiza la atención y la emoción reactiva. Sin embargo, no creo que estemos ante una «ingeniería social» totalmente nueva o deliberadamente malévola en su origen; más bien, estamos ante la tecnificación de un proceso humano milenario.
Si analizamos la historia de la comunicación, vemos que el algoritmo es solo el último eslabón de una cadena muy larga:
1. El fuego y la cueva: Antes de las redes sociales, existían las leyendas contadas alrededor de una fogata o las pinturas en la profundidad de las cuevas. Esos eran nuestros primeros «algoritmos» de cohesión grupal: historias que reforzaban la identidad del clan y marcaban quién era el «otro».
2. La tradición oral y el cuento: Los cuentos de la abuela antes de dormir o las tradiciones locales ya cumplían la función de moldear percepciones y creencias desde la infancia. La transmisión de mitos siempre ha tenido un componente de control social y de simplificación de la realidad.
3. La radio y la televisión: Antes de internet, estos medios ya habían sido acusados de degradar el pensamiento crítico y de «infantilizar» a las masas a través del entretenimiento superficial y la propaganda.
La diferencia actual no es el propósito, sino la escala y la velocidad. Lo que antes tomaba generaciones para convertirse en una tradición o un prejuicio cultural, hoy se logra en cuestión de horas gracias a la retroalimentación instantánea de las redes. No es que hayamos dejado de ser críticos de repente; es que nuestras herramientas de difusión de mitos se han vuelto infinitamente más eficientes que nuestras herramientas de validación de la verdad.
En mi opinión, más que una ingeniería social orquestada desde una habitación oscura, lo que vivimos es la consecuencia de haberle dado un megáfono global a nuestros sesgos más primitivos. El algoritmo no inventó la credulidad ni la polarización; simplemente encontró que son los motores más rentables para mantenernos conectados. El desafío del escéptico hoy no es solo luchar contra la máquina, sino reconocer que la máquina está alimentada por la misma naturaleza humana que pintaba bisontes en Altamira o contaba historias de aparecidos en el campo.
¿Cree usted que el escepticismo debe ser únicamente crítico o también propositivo, ofreciendo alternativas explicativas?
El escepticismo, si quiere ser útil, debe ser crítico y propositivo al mismo tiempo; de lo contrario, se queda en el simple negacionismo. Lo lamentable es que las explicaciones alternativas que ofrecemos suelen ser mal recibidas. El público general, y especialmente el aficionado a estos temas, percibe al escéptico como un «aguafiestas» que llega a robarle el brillo, la chispa y lo lúdico a una historia fascinante.
Es precisamente por esto que, tras medio siglo en este campo, ya no me defino como escéptico. En sentido estricto, el escéptico es aquel que duda antes de tomar una decisión. Después de 50 años de análisis, sería extraño que yo no hubiera tomado una ya. Para mí, la decisión está tomada: todos estos fenómenos tienen una explicación bajo las leyes de la naturaleza. Ya no me inquieta que aparezca un nuevo «caso impactante», porque tengo la certeza de que, tarde o temprano, se encontrará la respuesta racional.
Esta seguridad me ha permitido alcanzar una etapa mucho más placentera. Ahora lo que quiero es disfrutar de esas historias alucinantes; de esos relatos que te transportan a otras dimensiones y mundos. He llegado a la conclusión de que la ufología —al igual que la criptozoología o la parapsicología— es la novela más completa y vasta de la humanidad. Es, en muchos sentidos, la cumbre de la literatura contemporánea, un mito vivo que se escribe colectivamente.
Hay que aprender a disfrutar de estos relatos por lo que son: los ovnis son puros cuentos, pero son cuentos maravillosos. Al dejar de pelear contra la veracidad del relato, uno empieza a apreciar la estética de la creencia y la riqueza de la imaginación humana. Mi labor ya no es convencer a nadie de que la luz en el cielo era un planeta, sino invitar a disfrutar de la narrativa ufológica como la gran obra de ficción que es, sin perder nunca de vista dónde termina la página y dónde empieza la realidad física.
¿El escepticismo no incurre a veces en los mismos errores del cientificismo e incluso de la religión, volviéndose determinista y dogmático?
Sí, es un riesgo real y confieso que, como comunidad, muchas veces hemos caído en esa trampa. El escepticismo, cuando se desvía de su propósito original, puede esclerosarse y convertirse en una forma de cientificismo dogmático. En ese estado, el escéptico deja de investigar para pasar a «evangelizar» con la negación, cerrando la puerta a cualquier anomalía simplemente porque no encaja en su mapa previo del mundo.
Cuando el escepticismo se vuelve determinista, comete el mismo error que la religión: asume que ya posee la verdad absoluta y que cualquier dato disonante es una «herejía» o una imposibilidad. Se pierde entonces la curiosidad, que es el motor de la ciencia, y se sustituye por una arrogancia intelectual que solo busca reafirmar lo ya conocido.
Sin embargo, la diferencia fundamental radica en la autocorrección. Un verdadero escéptico —o alguien que, como yo, busca entender las leyes de la naturaleza— debe tener la humildad de reconocer cuándo está incurriendo en estos excesos. El escepticismo no debe ser un destino final, sino una herramienta de navegación. Si la herramienta se vuelve un obstáculo para ver la realidad, hay que calibrarla de nuevo.
La ciencia no es un conjunto de verdades talladas en piedra, sino un método para corregir errores. Por tanto, el escepticismo más valioso es aquel que es capaz de dudar de sí mismo. Si nos volvemos tan cerrados que negamos la posibilidad de lo nuevo, habremos dejado de ser investigadores para convertirnos en los sumos sacerdotes de una nueva iglesia racionalista. Y eso, personalmente, me parece tan aburrido como cualquier superstición.
Muchos críticos sostienen que el escepticismo organizado no es solo una postura metodológica, sino parte de una agenda cultural más amplia —frecuentemente asociada con el ateísmo y el materialismo— destinada a secularizar la sociedad y deslegitimar cualquier dimensión espiritual de la experiencia humana. En su opinión, ¿esta crítica tiene algún fundamento o es simplemente otra teoría conspirativa?
En lo que a mi experiencia respecta, la idea de una «agenda oculta» para secularizar la sociedad es más una proyección externa que una realidad interna. Nadie me ha adoctrinado nunca para realizar investigación escéptica; mi acercamiento al fenómeno siempre ha sido una extensión de mi formación científica y mi curiosidad personal.
Fui uno de los miembros fundadores de la SOMIE, y puedo afirmar categóricamente que en ninguna de nuestras reuniones se planteaban consignas ideológicas o planes de ingeniería social. Si bien es cierto que muchos de nosotros nos identificamos como ateos o materialistas, la sociedad era lejos de ser un bloque monolítico. En nuestras filas convivían personas con creencias religiosas, idealistas, racionalistas y diversas corrientes filosóficas. Lo que nos unía no era una fe común en la inexistencia de lo espiritual, sino un compromiso compartido con el método científico y el rigor en el análisis de las evidencias.
Entiendo que, desde fuera, un grupo cerrado de personas analizando críticamente lo que otros consideran sagrado o milagroso pueda parecer una especie de «secta racionalista». Es ese aislamiento percibido el que alimenta las teorías de conspiración. Sin embargo, la realidad es mucho más mundana: el escepticismo organizado es un esfuerzo por aplicar la lógica a relatos que suelen carecer de ella, no un movimiento político para desterrar la espiritualidad.
Deslegitimar la dimensión espiritual de la experiencia humana no es el objetivo; el objetivo es evitar que la superstición y el fraude se disfracen de ciencia. Si una experiencia espiritual es auténtica para un individuo, el escepticismo no tiene nada que decir al respecto; pero si esa experiencia se utiliza para afirmar leyes físicas imposibles o para lucrar con el engaño, entonces el escéptico tiene el deber de intervenir. La «conspiración» es, en realidad, simplemente una exigencia de pruebas.
Un punto que se menciona con frecuencia es que los escépticos son rápidos para señalar errores de ufólogos y de quienes defienden lo paranormal, pero rara vez reconocen públicamente cuando sus propias conclusiones resultan equivocadas. ¿Cree usted que existe una cierta cultura de auto-inmunidad intelectual dentro del escepticismo?
No comparto esa visión de «autoinmunidad». Por el contrario, considero que el escepticismo, al caminar de la mano del método científico, lleva intrínseco el mecanismo de la rectificación. El método científico es, desde mi punto de vista, el mayor logro de la humanidad precisamente porque no es estático: se regula y se corrige a sí mismo de forma constante.
Cuando un investigador escéptico aborda una anomalía, lo que hace es plantear una hipótesis de trabajo basada en los datos disponibles. Esa hipótesis se somete a prueba y, si la experimentación o los nuevos datos demuestran que es errónea, el investigador tiene la obligación de volver tras sus pasos, modificar la premisa y ensayar una nueva. En ciencia, una conclusión «equivocada» no es un fracaso, es un peldaño necesario hacia una explicación más sólida.
Es cierto que, en ocasiones, las conclusiones preliminares resultan serlo precisamente por eso: porque son preliminares. La diferencia crítica es que, mientras el ufólogo dogmático rara vez abandona un caso una vez que lo ha declarado «extraterrestre» (sin importar cuánta evidencia en contra surja), el escéptico riguroso abandona su hipótesis en cuanto los hechos dejan de sostenerla.
Lo que algunos perciben como falta de reconocimiento de errores es, en realidad, el funcionamiento normal de la ciencia: una búsqueda iterativa de la verdad. Si hoy decimos que algo parece un efecto de lente y mañana descubrimos que era un satélite experimental, no estamos «fallando», estamos refinando el análisis. La supuesta «inmunidad» es un mito; lo que existe es un compromiso con la evidencia que está por encima del orgullo personal o de la necesidad de tener siempre la razón a la primera.
El pensamiento escéptico suele presentarse como neutral, pero muchos de sus principales exponentes mantienen posiciones políticas bastante claras. ¿Cuál es su posición política hoy? ¿Ha tenido en algún momento algún tipo de militancia o compromiso ideológico más explícito?
Es un error común confundir la neutralidad del método con la neutralidad del individuo. Los escépticos, como cualquier otra persona, somos seres integrales con pasiones y convicciones: podemos ser fanáticos de un equipo de fútbol, practicar una religión o tener una preferencia gastronómica clara. El escepticismo es la herramienta que usamos para evaluar afirmaciones fácticas, pero no anula nuestra identidad ni nuestro compromiso con la sociedad en la que vivimos.
En lo que respecta a mi posición política, siempre me he definido como un hombre de izquierda. Sin embargo, es necesario precisar que mi visión no coincide en absoluto con la «izquierda» que representa el partido actualmente en el poder en México, Morena. Desde mi perspectiva, este movimiento se ha revelado como una estructura de narco-políticos que supo capitalizar la genuina ingenuidad y el hartazgo de un pueblo que buscó un cambio durante décadas. Lamentablemente, ese cambio no ocurrió, y la realidad actual nos obliga a reconocer que la lucha por una opción política honesta y funcional debe continuar.
A pesar de tener estas convicciones claras, nunca he militado en un partido político. Mi compromiso ha sido siempre ciudadano e intelectual. Considero que mantener esa independencia orgánica me permite ser tan crítico con el poder político como lo soy con los mitos ufológicos. El pensamiento crítico no se detiene al llegar a la boleta electoral; por el contrario, es ahí donde más se necesita para distinguir entre las promesas mesiánicas y la gestión real de un país.
¿Ha tenido usted alguna creencia religiosa o alguna experiencia espiritual significativa en el pasado? Si es así, ¿qué lo llevó a abandonarla? Y si no, ¿considera que puede existir una dimensión de la experiencia humana que el materialismo estricto simplemente no logra abarcar?
Como la gran mayoría de los mexicanos, nací en el seno del catolicismo; fui bautizado y, durante un tiempo, fui un fiel creyente. Me intrigaba genuinamente esa «otra vida» de la que hablaban en el catecismo. Mi puerta de entrada a la espiritualidad fue, como casi todo en mi vida, la lectura. Recuerdo con especial afecto los cómics de Vidas Ejemplares de la Editorial Novaro que mi madre me compraba; eran biografías de santos que devoraba con fascinación.
Esa curiosidad me llevó a una búsqueda exhaustiva: leí la Biblia de cabo a rabo, exploré los evangelios apócrifos, las biblias protestantes, la Torá, el Libro de Mormón y la Cábala. Me sumergí en El camino de la virtud, en los fascículos de los Hare Krishna, en La Atalaya y hasta en las doctrinas de los Niños de Dios. Paralelamente, mi amor por las leyendas me hizo estudiar las mitologías griega, romana, azteca y maya.
Fue entonces cuando surgió la gran interrogante lógica: ante miles de dioses y panteones, ¿cuál de todos era el verdadero? No encontraba razones para elevar a Jehová por encima de Kukulcán, ni para menospreciar a Tláloc frente a Thor. ¿Quién era yo para decir que el Make-Make de Polinesia era menos real que la Yemayá yoruba, o el Svarog eslavo menos digno que el Ong Troi vietnamita? Me di cuenta de que no me alcanzaría la vida para venerarlos a todos y asegurar mi lugar en el «más allá».
Llegué a una conclusión liberadora a través de una paradoja moral: si existe un dios verdadero y es, por definición, justo, no podría condenarme al infierno por el simple hecho de haber nacido en el lugar equivocado o haber rezado al dios «incorrecto», siempre y cuando mi conducta fuera recta y honrada. Si ese dios es justo, la etiqueta religiosa es irrelevante; y si no es justo, entonces no merece mi adoración.
Por lo tanto, comprendí que no valía la pena dedicar la vida a la liturgia de ninguna deidad específica. Lo que realmente importaba era vivir de manera ética, algo que es común a la médula de cualquier moral religiosa pero independiente de sus dogmas. Desde entonces, decidí cimentar mi existencia sobre dos pilares sólidos: la Ciencia y la Ética. Las religiones, al ser contradictorias entre sí, no pueden poseer la verdad absoluta; la ética y el conocimiento científico, en cambio, ofrecen un terreno universal donde la integridad humana no depende de favores divinos.
Sin una perspectiva espiritual o trascendente, ¿cómo enfrenta usted cuestiones fundamentales como el sentido de la vida y la posibilidad de una existencia después de la muerte? ¿Es algo que le provoca inquietud filosófica o simplemente no representa una preocupación para usted?
Contrario a lo que podría pensarse, la ausencia de una fe religiosa no implica una falta de sentido de trascendencia. Al contrario, estoy convencido de que todos vamos a trascender, aunque no en el sentido de los cielos prometidos por las tradiciones judeocristianas o musulmanas.
No aspiro a una inmortalidad basada en el recuerdo —al estilo de la película Coco— ni a una permanencia estática basada únicamente en mis obras o legados. Esas son formas de trascendencia humanas, demasiado ligadas al ego y a la memoria, que es siempre finita. Mi perspectiva es mucho más vasta y, para mí, infinitamente más maravillosa: nuestro destino final es convertirnos en polvo de estrellas.
Como ingeniero y hombre educado en ciencia, encuentro un consuelo profundo en las leyes de la termodinámica y la astrofísica. El hierro en nuestra sangre, el calcio en nuestros huesos y el carbono en nuestras células no surgieron de la nada; fueron forjados en el corazón de estrellas que explotaron hace miles de millones de años. Al morir, no nos «desvanecemos» en el vacío; simplemente devolvemos esos elementos al ciclo del universo.
No me provoca inquietud la idea de que no haya un «yo» consciente después de la muerte, porque entiendo que formo parte de un proceso cósmico majestuoso. Regresar al cosmos para, eventualmente, formar parte de nuevas nebulosas, planetas o quizás otras formas de vida, es la forma más pura de inmortalidad. No es una preocupación filosófica, es una certeza física: somos el universo tratando de entenderse a sí mismo y, al final, simplemente volvemos a casa, a las estrellas.
Si mañana surgiera una evidencia inequívoca de actividad paranormal, de vida extraterrestre visitando la Tierra o incluso de la existencia de Dios, ¿cuál sería su reacción?
Aunque dudo profundamente que un escenario así llegue a materializarse, la premisa de la pregunta es clara: estamos hablando de una evidencia inequívoca. Es decir, una prueba que ya ha superado el escrutinio más feroz, que ha pasado por filtros, contrapruebas y validaciones independientes hasta ser irrefutable.
Si ese día llegara, mi reacción sería de una absoluta y natural aceptación. No tendría ningún conflicto intelectual ni emocional, porque precisamente eso es lo que dicta el método científico. La ciencia no es un sistema de creencias estático, sino una herramienta diseñada para cartografiar la realidad; si la realidad cambia o se expande con nuevos descubrimientos —por más exóticos que sean—, lo lógico es actualizar nuestro mapa.
Como ingeniero, mi compromiso es con los hechos. Si mañana se demostrara la presencia de una inteligencia no humana o la existencia de un fenómeno paranormal genuino, lo recibiría con la misma fascinación con la que un astrónomo recibe el descubrimiento de una nueva galaxia. Sería el evento más emocionante de la historia y el comienzo de una nueva era de investigación técnica.
El escepticismo no es una barrera contra la verdad, sino un guardián contra el error. Una vez que la verdad se manifiesta con pruebas contundentes, el guardián ya no es necesario. Aceptar lo evidente no es una derrota para el escéptico; es, de hecho, el triunfo final del rigor sobre la especulación.
Supongamos un escenario puramente hipotético: usted se encuentra frente a Dios después de la muerte y descubre que Él realmente existe. ¿Qué le diría usted a Él, y qué cree que Él podría decirle a usted?
Sería, sin duda, el momento más sorprendente de mi existencia. Mi reacción inicial no sería de contrición, sino de asombro puro; soltaría un sonoro “¡Cáspita!”, un “¡Recórcholis!” o incluso un “¡Zambomba!”. Lo que definitivamente no diría es “¡Lo sospeché desde un principio!”, porque nunca fui devoto del Chapulín Colorado y la honestidad intelectual me obligaría a reconocer mi error de cálculo.
Una vez superada la sorpresa inicial, y lejos de arrodillarme, entablaría un diálogo directo. Mi primera pregunta sería una cuestión de ontología y justicia: “¿Eres él, ella, ello o perteneces a la comunidad LGBT? Porque si eres estrictamente él o ella, ¿por qué dejarías de lado a la otra mitad de la humanidad? Y si eres parte de la diversidad, ¿por qué has permitido que tantos sufran escarnio y persecución por sus preferencias sexuales?” No podría estar frente a la fuente de la creación sin cuestionar el diseño de la empatía en la Tierra.
Dios (en cualquiera de sus manifestaciones) probablemente sonreiría ante mi persistencia y respondería:
“Sigues siendo el mismo irreverente de siempre, Luis. Lo fuiste cuando te alejaste de la religión y cuando te iniciaste en el escepticismo burlándote de quienes juraban haber visto un ovni. Casi diría que tu irreverencia proviene de que nunca te gustó el fútbol, pero eso me haría caer a mí también en la irreverencia”.
Y finalmente, en un acto de justicia poética que validaría mi apuesta por la ética sobre el dogma, Dios añadiría:
“De cualquier forma, como fuiste un hombre justo durante tu paso por la Tierra —y en tus anteriores reencarnaciones en Zeta Reticuli y Venus, que fueron bastante peculiares—, te perdono. Te permito elegir el cielo o el nirvana que más te plazca, ya sea el católico, el musulmán o cualquier otro que hayas estudiado en tus libros”.
Mi respuesta final sería que, puestos a elegir, preferiría un cielo que se pareciera a una biblioteca infinita donde Ambrose Bierce y yo pudiéramos, por fin, desentrañar los mitos del universo mientras él se toma un buen café y yo una coca cola.
Vivimos un momento de gran turbulencia internacional —con tensiones que involucran a Irán, el retorno de Donald Trump a la política global, crisis energéticas y reconfiguraciones geopolíticas—. ¿Cómo evalúa el momento histórico actual? ¿Estamos entrando en una era de mayor inestabilidad civilizatoria?
Estamos entrando, sin duda, en la era del «Reino del Revés», como bien cantaba María Elena Walsh. Es un tiempo donde figuras como Andrés Manuel López Obrador, Donald Trump y Javier Milei han logrado escalar al poder capturando el descontento de las masas. Aunque se presenten bajo etiquetas de extrema derecha, extrema izquierda o nacionalismo popular, en la práctica se parecen como tres gotas de agua.
Lo que define este momento no es una diferencia de ideas, sino una coincidencia en las formas: el desprecio por las instituciones, la polarización como herramienta de control y una preocupante tendencia a la ocurrencia —o, para decirlo con todas sus letras, a cometer pendejadas a diestra y siniestra—. No importa el color de la bandera; el resultado es un ejercicio del poder personalista que erosiona los pilares de la convivencia democrática.
Bajo mi perspectiva, no estamos simplemente ante una «inestabilidad civilizatoria» pasajera. Lo que estamos presenciando es el fin de la civilización tal como la conocíamos. El consenso de la posguerra, la confianza en el progreso técnico-científico como motor de bienestar y el respeto a la verdad fáctica están siendo desmantelados. En su lugar, emerge un mundo fragmentado, donde la energía y la geopolítica se manejan con la impulsividad de un tuit y donde el pensamiento crítico es visto como una traición al «pueblo» o a la «libertad».
La paradoja es que, en este mundo hiperconectado y tecnológicamente avanzado, hemos regresado a formas de liderazgo casi tribales. La crisis energética y las tensiones en el estrecho de Ormuz son solo los síntomas de un organismo enfermo: una civilización que ha perdido su brújula ética y que prefiere el espectáculo del caos a la aburrida estabilidad de la razón. El «Reino del Revés» ya no es una canción infantil; es nuestra nueva geografía política.
Considerando las tensiones políticas en América del Norte, con discursos cada vez más duros sobre inmigración e incluso amenazas de intervención o presión militar sobre México, ¿cómo ve la situación de su país hoy? ¿Existe un sentimiento de vulnerabilidad nacional en este contexto?
El nacionalismo mexicano es una construcción profunda, casi genética, que se nos inculca desde la infancia. El Himno Nacional es nuestra primera lección de defensa: “Mas si osare un extraño enemigo, profanar con su planta tu suelo, piensa ¡Oh Patria querida! que el cielo: un soldado en cada hijo te dio…”. Se nos educa bajo la promesa de que cada hijo de la patria es un soldado en potencia frente al invasor extranjero. Por eso, cualquier oferta de intervención militar externa —como la que plantea Donald Trump para combatir a los cárteles— genera un rechazo visceral e inmediato en el común de la población; el «fantasma» de la pérdida de soberanía es un tabú histórico.
Sin embargo, si analizamos la situación con rigor y sin sentimentalismos, la realidad es mucho más amarga. Yo me lo cuestiono con frecuencia: ¿realmente necesitamos que un «extraño enemigo» cruce la frontera para profanar nuestro suelo? La verdad es que «Masiosare» (un chiste local mexicano) ya está aquí y lleva tiempo pisoteando nuestra tierra. Me refiero, por supuesto, al narcotráfico.
Hoy, más que una democracia en crisis, México enfrenta la realidad de un narco-gobierno. Las decisiones no emanan de una voluntad popular genuina, sino de una cúpula donde la política corrupta y los capos del crimen organizado han borrado las fronteras del poder. Es la gran paradoja de nuestra identidad: mientras desde el jardín de niños nos enseñaron a prepararnos para «pelear» contra el invasor de fuera, fuimos incapaces de articular una defensa contra el invasor interno.
Dejamos que el crimen se apoderara de las instituciones, de las calles y del futuro del país. El sentimiento de vulnerabilidad nacional es real, pero no proviene necesariamente de una amenaza militar del norte; proviene de la conciencia de que la planta del enemigo ya ha profanado el suelo nacional con la anuencia, o al menos la impotencia, de quienes juraron defenderlo. El «soldado en cada hijo» parece haber quedado solo en la letra del himno, mientras la realidad la escriben otros.
Con el avance de la inteligencia artificial, la biotecnología y las ideas transhumanistas, algunos pensadores temen que el ser humano pueda terminar convirtiéndose en algo híbrido entre hombre y máquina, con pérdida de autonomía y libertad. ¿Ve usted este escenario como una evolución inevitable o como un riesgo real para la humanidad?
Desde mi perspectiva, la hibridación técnica del ser humano no debe entenderse como «evolución» en el sentido biológico o intelectual del término, sino como un riesgo real y tangible para nuestra autonomía. Sin embargo, es fundamental hacer una distinción clara: no se trata de estar en contra de la Inteligencia Artificial o de la biotecnología. Como ingeniero, sé que la ciencia y la técnica no poseen una brújula moral propia; no son ni buenas ni malas por definición.
La ciencia es una herramienta de una potencia sin precedentes, pero es una herramienta amoral. Son los seres humanos, a través de su aplicación y de sus intereses, quienes las dotan de una dimensión ética o destructiva. El transhumanismo, bajo la promesa de «mejorar» nuestra biología, podría terminar erosionando precisamente aquello que nos hace libres: nuestra capacidad de decisión sin algoritmos mediadores y nuestra integridad como organismos soberanos.
El riesgo no reside en el código de la IA ni en la edición genética per se, sino en la concentración de poder y en los criterios de quienes diseñan estas tecnologías. Si el objetivo es la optimización productiva por encima de la dignidad humana, entonces sí estamos ante una amenaza civilizatoria.
Esperemos que quienes tienen la responsabilidad de tomar las decisiones globales —políticos, científicos y líderes industriales— tengan la altura de miras necesaria para priorizar el bienestar de la humanidad sobre el beneficio inmediato o el control social. La tecnología debe estar al servicio del hombre, y no el hombre convertido en un componente más de la máquina. La evolución real debería ser nuestra madurez ética para manejar el inmenso poder que ya tenemos entre las manos.
Usted ha pasado décadas investigando afirmaciones ufológicas y desmontando fraudes. Sin embargo, algunos casos continúan siendo intensamente debatidos —como el Caso Varginha en Brasil—. ¿Cree usted que ese episodio ya ha sido completamente explicado o todavía existen aspectos que merecerían una investigación más profunda?
Conocí el Caso Varginha casi en tiempo real, gracias a que en los años 90 era suscriptor de las revistas de A.J. Gevaerd (UFO y su contraparte de parapsicología). Por cierto, esa es la razón por la que no soy rico: mi dinero se iba en suscripciones a revistas de ovnis de todo el mundo. Aún guardo la espina de que Gevaerd me hizo unas «cuentas chinas» cuando fusionó ambas publicaciones, estafándome parte de mi suscripción, lo que finalmente me llevó a no renovar con ellos.
Desde la barrera, aquí en México, seguí paso a paso los artículos que publicaba UFO. Mi diagnóstico desde aquel entonces fue claro: era una investigación pésima. Se estaban dejando cabos sueltos por todos lados y se gestionaba de una forma que yo jamás habría permitido. Vaticiné que, debido a esa mala praxis, terminaríamos con un caso «inexplicable» que, en realidad, era solo un caso mal investigado.
Años después, la pieza que faltaba en el rompecabezas llegó a través de nuestro amigo Kentaro Mori y su sitio Ceticismo Aberto. Allí conocí la hipótesis de que el supuesto «ET de Varginha» era en realidad «Mudinho» (Luiz Antônio de Paula), una persona en situación de calle con discapacidad intelectual que solía andar en cuclillas. Al comparar sus fotografías con los dibujos del presunto alienígena, la posibilidad de una confusión trágica y humana se volvió casi indiscutible.
Finalmente, la lectura del libro de Ubirajara Rodrigues —quien fuera uno de los investigadores principales del caso y terminó retractándose— confirmó mis sospechas iniciales: el fenómeno de Varginha no fue tal. Tras revisar tu reciente artículo, Claudio, y las reseñas sobre la nueva película sobre el tema, mi conclusión es definitiva: Varginha es un caso de confusión masiva, alimentado por una investigación deficiente y, en gran medida, inventado por el clamor mediático. Es el ejemplo perfecto de cómo una mala metodología puede convertir una anécdota humana en un mito interplanetario.
Algunos futuristas creen que la humanidad podría algún día alcanzar el nivel de una civilización de Tipo I en la Escala de Kardashev. Considerando el estado actual del mundo —polarización política, desinformación masiva y conflictos—, ¿es usted optimista respecto al futuro de la especie humana?
Debo comenzar confesando que no estaba familiarizado con la Escala de Kardashev. Tras revisarla, entiendo que se refiere a ese método propuesto por el astrofísico ruso para medir el nivel de avance tecnológico de una civilización basado en la cantidad de energía que es capaz de aprovechar (siendo el Tipo I aquella que domina toda la energía de su planeta de origen).
Mirando el estado actual del mundo —con su polarización estridente, la marea de desinformación y los conflictos geopolíticos que parecen no tener fin—, alcanzar ese nivel parece una tarea titánica. Sin embargo, a pesar de todo lo que he analizado y de las «pendejadas» que mencionaba anteriormente, me declaro un optimista.
Mi optimismo no es ciego; es el optimismo de quien ha estudiado la historia de los mitos y sabe que la humanidad tiene una capacidad de resiliencia extraordinaria. A lo largo de los milenios, hemos sobrevivido a plagas, guerras devastadoras y oscurantismos profundos. Aunque hoy parezca que estamos en el «Reino del Revés», confío en que la curiosidad científica y la necesidad ética de convivencia terminarán por imponerse.
Espero, sinceramente, que nuestra especie continúe habitando este pequeño punto azul por muchos milenios más. Quizás no lleguemos mañana a ser una civilización de Tipo I, pero el simple hecho de que sigamos aquí, cuestionándonos, investigando y buscando la verdad tras los misterios, ya es un motivo para tener esperanza. Al final del día, si estamos hechos de polvo de estrellas, lo más lógico es que nuestro destino sea seguir brillando, a pesar de los nubarrones del presente.
Por último, le agradezco haber aceptado nuestra invitación y concedernos esta entrevista. Aprovecho también para felicitarlo por los 20 años del blog Marcianitos Verdes, que se ha convertido en una referencia en el debate escéptico sobre la ufología y los fenómenos extraordinarios. Para concluir, le dejo el espacio abierto para que pueda comentar cualquier tema que eventualmente no haya sido abordado en las preguntas anteriores o para que se manifieste libremente, compartiendo reflexiones, críticas, preocupaciones, esperanzas o cualquier pensamiento que considere relevante.
Agradezco profundamente la invitación y tus palabras, Claudio. Llegar a los 20 años de Marcianitos Verdes ha sido un viaje fascinante de aprendizaje y resistencia crítica, y me honra que el blog sea visto como una referencia en este complejo debate.
Como he sugerido a lo largo de esta charla, mi etapa en la investigación ufológica de campo ha quedado atrás. Sigo activo en la «investigación de gabinete», pero con una disposición distinta: ya no me quita el sueño desentrañar cada misterio o derrumbar sistemáticamente cada caso. Hoy, mi verdadero interés es disfrutar de las historias maravillosas que la ufología nos regala. Si en ese proceso de lectura y análisis surge una explicación racional para un caso específico, será bienvenida, pero ya no es mi prioridad absoluta.
Me llena de orgullo saber que hay investigadores jóvenes y talentosos en activo que están haciendo una labor de campo excepcional, incluso mejor de la que yo pude hacer. El hecho de que algunos de ellos mencionen que siguen mis pasos es el mayor halago que puedo recibir. A ellos les cedo con confianza la estafeta de la labor escéptica y el rigor metodológico.
Por mi parte, he decidido mudarme definitivamente al territorio de la literatura ufológica. Me dedicaré a explorar esos relatos alucinantes como la gran mitología moderna que son. Al final del día, lo sostengo con la serenidad que dan los años: los ovnis son puros cuentos, pero son, sin duda alguna, los cuentos más fascinantes que la humanidad se ha contado a sí misma.
Una clase magistral de Luis Ruiz Noguez disfrazada de entrevista.
No es exagerado afirmar que la conversación con Luis Ruiz Noguez representa un hito excepcional de profundidad y claridad intelectual en el campo de la ufología. A lo largo de cuarenta preguntas, sus respuestas no se limitan a un simple ejercicio de opinión: constituyen un testimonio sincero, denso y elocuente, casi una clase magistral disfrazada de entrevista. Con impresionante elegancia y coherencia, Noguez transita entre la ufología, la ciencia, la filosofía, la política y la cultura sin perder jamás el hilo conductor de su pensamiento.
Desde la primera respuesta, se revela el tema central que unifica toda la conversación: la defensa inquebrantable del método científico, del escepticismo como herramienta indispensable y del rechazo riguroso a aceptar explicaciones extraordinarias sin pruebas que las respalden. Esta postura se mantiene firme. Al contrario, confiere a la entrevista una unidad orgánica y una fuerza intelectual que pocas conversaciones sobre el tema logran alcanzar.
Noguez construye, respuesta tras respuesta, un desmantelamiento sistemático y multifacético de la ufología popular. Comienza a nivel personal, narrando su propia transición gradual al escepticismo, no como resultado de un evento dramático, sino de una lenta acumulación de lecturas, experiencias y frustraciones ante la deshonestidad intelectual que frecuentemente contamina este campo. A continuación, aborda la dimensión metodológica, insistiendo en la importancia de la estadística, el análisis crítico y la navaja de Occam como herramientas esenciales. Pero no se detiene ahí: también profundiza en la dimensión psicológica, explicando claramente cómo la pareidolia, los sesgos cognitivos y el poderoso deseo humano de creer dan forma a nuestra percepción de la realidad.
El análisis se enriquece aún más cuando amplía su perspectiva para incluir la dimensión cultural e histórica, estableciendo elegantes paralelismos entre las narrativas modernas de abducciones alienígenas y los antiguos relatos de hadas, demonios y deidades que han acompañado a la humanidad durante milenios. Finalmente, aborda la dimensión política, sugiriendo que la ufología puede instrumentalizarse como herramienta de distracción y manipulación de la opinión pública. Al vincular el tema con figuras como Donald Trump y las estrategias contemporáneas para controlar la atención colectiva, Noguez eleva el debate más allá de los platillos voladores: lo sitúa en el ámbito de la geopolítica, la psicología de masas y el funcionamiento de los medios de comunicación actuales.
Resultan particularmente reveladoras sus críticas internas al propio campo de la ufología. Su análisis de Jacques Vallée, por ejemplo, no es un rechazo genérico, sino una profunda objeción metodológica a la imposibilidad de refutar ciertas hipótesis. El mismo rigor se aplica al examinar a contactados como George Adamski o casos emblemáticos como el de Alfa Bidondo: siempre fundamentados en la evidencia, el contexto histórico y la plausibilidad lógica.
Sin embargo, el punto más sofisticado y recurrente de la entrevista es la tesis de que la ufología revela mucho más sobre los seres humanos que sobre posibles extraterrestres. Noguez desarrolla esta idea con maestría, comparando el fenómeno ovni con las religiones, analizando la persistencia del mito extraterrestre en la cultura contemporánea, explicando por qué la hipótesis ET se ha vuelto más popular que los enfoques académicos serios y, finalmente, caracterizando la ufología como una especie de «religión tecnológica». Sin recurrir a jerga académica compleja, establece un diálogo fluido con la antropología, la sociología y la psicología, transformando cada mito ovni en una ventana para comprender mejor la condición humana.
A lo largo de la conversación, se perfila la imagen de un pensador disciplinado, erudito y, sobre todo, coherente. Noguez puede ser duro e incluso mordaz en sus observaciones, pero nunca frívolo. Su crítica siempre se fundamenta en una amplia lectura, una vasta experiencia y un rigor metodológico. Demuestra una profunda erudición al articular con soltura ciencia, historia, filosofía, literatura y cultura popular. Su postura es ejemplar: crítica, pero respetuosa; rigurosa, pero poética; escéptica, pero capaz de maravillarse ante el mundo.
Noguez también revela una notable humildad intelectual. Al hablar de cientificismo, determinismo y autocorrección científica, advierte del riesgo de que el escepticismo se convierta en dogmatismo, similar a la religión que critica. Reconoce los límites del conocimiento humano y aboga por la duda constante y la autocrítica permanente, una práctica que él mismo demuestra a lo largo de la entrevista.
Su visión política es igualmente madura e independiente. Crítico de la escena mexicana contemporánea, Noguez no se adhiere a partidos ni ideologías. Demuestra que el pensamiento crítico no debe compartimentarse: debe extenderse a la ciencia, la ufología y también a la vida social y ética. Asimismo, al narrar su transición del catolicismo a una ética secular fundamentada en la ciencia y la moral universal, ofrece una conmovedora narración personal. Sin fe religiosa, construye una visión cósmica de la existencia en la que la muerte no es un final, sino un retorno al universo: una trascendencia poética y, a la vez, rigurosamente científica.
Incluso al analizar casos concretos, como el incidente de Varginha, Noguez equilibra magistralmente la desmitificación, el rigor histórico, la investigación empírica y un toque de humor elegante, sin perder jamás el respeto por la narrativa de los demás. Respecto al futuro de la humanidad, presenta una perspectiva equilibrada sobre la inteligencia artificial, la biotecnología y el transhumanismo: reconoce los riesgos reales, pero rechaza el alarmismo sensacionalista. Su cauto optimismo sobre la capacidad de la humanidad para avanzar en la Escala de Kardashev combina el realismo histórico con una esperanza bien fundamentada.
Finalmente, lo que hace a Noguez especialmente cautivador es su capacidad para valorar la dimensión narrativa e imaginativa de la ufología sin confundirla jamás con la realidad física. Disfruta de las historias de ovnis como literatura colectiva, comprendiendo su valor estético y cultural. Sabe separar el placer intelectual que brindan las «buenas historias» de las exigencias fácticas de la ciencia. En este sentido, es un librepensador: capaz de una crítica rigurosa y, al mismo tiempo, de dejarse cautivar por la imaginación humana.
Es raro encontrar una entrevista que combine tanto conocimiento, coherencia y la capacidad de enseñar, entretener y provocar una profunda reflexión. La conversación con Luis Ruiz Noguez es, sin duda, una de las más inteligentes, profundas e inspiradoras jamás realizadas sobre ufología y escepticismo. Revela no solo la capacidad intelectual de Noguez, sino también su generosidad al compartir una visión madura, matizada y profundamente humana del mundo y de los misterios que lo habitan.

Publicado originalmente el 26 de marzo de 2026 en https://www.patreon.com/posts/tudo-o-que-voce-153950409