Bajo la sombra del Uritorco (2)

PARTE 1

BIOLOGÍA URITORQUEANA

«No siempre se puede evacuar la ignorancia o la estupidez con una sonrisa o un encogimiento de hombros.»

Jean Pierre Adam, Recomponiendo el Pasado, Pág. 59

imageNo recuerdo haber leído nunca sobre la presencia de extraterrestres negros o con rasgos africanos. Ni siquiera en Capilla del Monte, plagada de representaciones de alienígenas, pude encontrar uno solo. Los hay verdes, verde-claro, celestes, amarillos y rubios, hasta transparentes, pero no negros. Lo máximo a lo que podemos aspirar es toparnos con los malvados «grises«. Y resulta sintomático que sea esa tonalidad (la más oscura) la que encarne, en el imaginario ufológico de la región (y en casi todas partes) al «visitante» maligno por antonomasia: menudo, escurridizo, sin rasgos identificatorios claros (son todos iguales), proclives al secuestro de personas y sádicos verdugos en sesiones muy tecnificadas (según testimonian los supuestos abducidos). Nadie los asocia con los Hermanos Superiores venidos del espacio exterior, o con los intraterrestres de la subterránea ciudad de Erks. Ni siquiera con los aborígenes que antaño poblaron los valles de Córdoba, los comechingones; que al decir de los místicos encargados de inventar la historia de esa etnia, eran altos, de piel clara, barbados y con cabello rubio. Un estereotipo comprensible de «perfección» cuando advertimos que esos autores imaginativos eran abiertamente adeptos a una ideología pro-nazi, racista y admiradora de la mítica superioridad aria.

El imaginario biológico extraterrestre de esos escritores, imito (e imita) tal vez sin saberlo conscientemente, los pasos que siguió la novelística decimonónica, cuando se arriesgó a incursionar en lo que después se llamaría ciencia-ficción. Esas viejas novelas de viajes al espacio, especialmente a la Luna y Marte, se convirtieron en un semillero riquísimo, en el que abrevaron posteriormente muchos pseudo-investigadores, aumentando, así, el universo de alteridades que nutre a la mitología contemporánea referida a los ovnis.

Es que la teoría de la evolución de Darwin (1859), por aquellos días en cartel, dio para fantasear cualquier cosa. Una galería enorme de seres fantásticos y diferentes, nutrieron las paginas de esos libros pasatistas, manteniendo los mismos prejuicios racistas que los europeos volcaban en su diarios de viajes y exploraciones (de gran éxito editorial, por supuesto). En ambos géneros literarios, siempre, los más negros o cetrinos eran los que más se acercaban al mono. Los mas simiescos. Los más primitivos y violentos. Los que quedaban al margen de la civilización y el Progreso; que, como era de prever, siempre era de color blanco.

África y Sudamérica, arrastrando su eterna y agónica condición de subdesarrollo, fueron pobladas de seres asalvajados. Morochos semihumanos proclives, como los «grises», a cometer las monstruosidades más descabelladas; siempre y cuando, claro está, no estuvieran emparentados con los proto-arios (como escribió el argentino Guillermo Alfredo Terrera) o con seres provenientes de otros mundos (como especulaba el hotelero suizo Eric von Daniken).

Solo en estos dos casos los nativos alcanzaban el nivel de espiritualismo más alto, las creencias y rituales más evolucionados; en coincidencia con una piel clara.

El mito de las tribus blancas irrumpió en el imaginario cada vez que los occidentales entraron en lugares adonde no habían sido llamados y se toparon con logros culturales que creyeron estaban muy por encima de la capacidad mental de los aborígenes.

Con los comechingones, que habitaron en las inmediaciones del Uritorco, paso algo parecido. De otro modo, ¿cómo era posible que «simples indios» (sin ser blancos, altos y rubios) hubieran alcanzado un nivel espiritual tan elevado, tener contacto con las entidades lumínicas de Erks o ser los depositarios, incluso, del Santo Grial y el mentado Bastón de Mando o Simihuinqui, construido, según Terrera, por el dios Wotan, proveniente de Hiperbórea?

Para los que estudiaron el caso desde una perspectiva mística, sin documentos históricos (que para el caso de la etnia en cuestión son casi inexistentes) y elevando el nivel de la imaginación por las nubes, resulto más que lógico «descubrir» que los comechingones tenían las condiciones raciales ideales para convertirse en un pueblo sorprende. Casi de otro mundo.

Hay muy poca inocencia en estos relatos.

Por otra parte, el lucrativo y hermético imaginario capillense no se limitó solo a destilar el enmascarado discurso racista a través del color de la piel[1]. La pigmentocracia local no bastaba y hubo que acudir también a la forma, al tamaño y a un último recurso extremo: la materialidad de los seres que pueblan los relatos.

De acuerdo con la moderna mitología, los «visitantes» que acuden o salen del Uritorco suelen tener un rasgo distintivo: enormes cabezas. Esto se observa claramente en la iconografía kitsch que decora la calle principal de Capilla del Monte (La Techada), en la que extraterrestres cabezones y simpáticos invitan a los turistas a comprar artesanías cósmicas. En este sentido, los malignos «grises» constituyen el mejor ejemplo. Pero aquí ya no importa tanto el color que tengan, sino el porqué de esa difundida macrocefalia.

imageIcono típico en las calles de Capilla del Monte

Si hojeamos la tradición literaria al respecto, veremos, otra vez, como una simplificada interpretación del evolucionismo actuó en todo el asunto.

Desde la segunda mitad del siglo XIX, la mitología científica hizo creer que un cerebro que progresaba requería de un volumen craneano cada vez más grande. Cuanto más inteligente, más cabezones; y a mayor cráneo, menor esfuerzo físico. Por ese motivo, los hipotéticos alienígenas (siempre más listos que nosotros) verían reducido el resto de los órganos del cuerpo a medida que evolucionaban intelectualmente. ¿Sera por eso que debajo del cuello se exhiben tan chiquititos y raquíticos?

En este imaginario proceso evolutivo, ideado por la literatura (y que, insistimos, fue tomado después por los especialistas en ovnis), solo fue cuestión de tiempo para que las Entidades Biológicas Extraterrestres (EBE) más desarrolladas se convirtieran únicamente en una gran cabeza con tentáculos.

Pero la inteligencia tampoco basto. La razón con base orgánica era insuficiente.

Cuando la New Age empezó a condimentar la cuestión con ondas de amor y paz, mezclando a los ovnis con el orientalismo y las practicas chamánicas, el yoga, la angelología, el espiritismo y la constante superación del alma, no fue extraño que los «especialistas» empezaran destacar el extraordinario desarrollo espiritual de esos seres superiores (Hermanos, en el lenguaje capillense); y con muy poco esfuerzo llegaron a imaginarlos totalmente inmateriales. Seres de luz. El nivel evolutivo más alto. Energía pura. Las luces del Uritorco.

imageSupuesto Ser de Luz conocido como el Sacerdote Witaicón

En síntesis, en el Uritorco los extraterrestres se volvieron etéreos. Tras un proceso evolutivo que no requirió de fósiles para ser confirmado, creyentes y gurús, guías de turismo y ufólogos New Age, sostuvieron con una seguridad obispal que eran (son) manifestaciones puras de energía inteligente y que toda la zona, por sus extraordinarias propiedades geológicas, facilitaba los avistamientos y las condiciones para poder entrar en contacto directo con ellos.

Pero esta comunicación, insisten, ya no requiere de cuerdas vocales. La telepatía devino en el canal preferido para transmitir mensajes apocalípticos y enseñanzas que permitirán a unos pocos elegidos zafar del desastre. Lo que demostraría la catadura moral de esos «contactados», cuyo nivel de conciencia superior los convierte (a ojos de sus acólitos) en la avanzada biológica del nuevo mundo (orden) por venir.

Sentimientos y pasiones, propios de un amor cósmico infinito, se entremezclan con creencias milenaristas y auspician así una nueva era de renovados milagros, en la que los antiguos ángeles han sido reemplazados por alienígenas un tanto sui generis, mensajeros de afecto y compasión (aunque solo sea para una minoría de color blanco).

Continuará…


[1] Estas historias e interpretaciones no se derivan necesariamente de los NYC «•nacidos y criados»• en el lugar, sino de los noveles inmigrantes internos que se instalaron definitivamente en la ciudad después de 1986, tras el supuesto aterrizaje de una nave extraterrestre en las laderas del cerro El Pajarillo, vecino al Uritorco.

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