Superlativos humanos. Sobre los 20 años de Marcianitos Verdes
Kentaro Mori
Hay muchas perspectivas desde las que se puede abordar la grandeza y la relevancia del trabajo que Luis Ruiz Noguez ha ido construyendo en «Marcianitos Verdes», que en 2026 cumplirá dos décadas de publicaciones prácticamente diarias. Desde una perspectiva numérica, son más de 34,000 páginas publicadas, ilustradas por más de 100,000 imágenes de un repositorio recopilado y redactado por «el tal Noguez»; resulta especialmente apropiado referirse a Noguez de esta manera cuando hablamos de sus grandes logros.
A las cifras podemos añadir el punto de vista de la relevancia de Marcianitos como archivo histórico. Haz un ejercicio: busca en los archivos de Marcianitos una nota de hace unos años y navega por las fuentes en línea. Es muy probable que ya no estén disponibles, ni siquiera en iniciativas de preservación electrónica como Internet Archive. Marcianitos es, hoy en día, la única fuente de una parte relevante de la información sobre el tema. Todo el contenido en línea es efímero, y en Marcianitos Verdes no solo contamos con un archivo permanente sobre ovnis y extraterrestres, parapsicología, criptozoología y ciencia, sino que también contamos con la curaduría y las perspectivas de un investigador de referencia en estos temas.
En los próximos veinte años, la propia ufología, uno de los temas principales de “Marcianitos”, cumplirá su primer centenario. Esta obsesión moderna por los platillos volantes, que pronto se convirtió en sinónimo de obsesión por los extraterrestres en la cultura popular, se ha limitado, por otra parte, a lo largo de todo este tiempo a un fenómeno cultural, precisamente lo que se documenta y se refuerza en “Marcianitos”. El término «limitado a un fenómeno cultural» parece restarle importancia a esta dimensión solo por compararla con su demostración como fenómeno físico real, pero su dimensión social y cultural es inconmensurablemente grande. Es, ante todo, fascinante para todos aquellos abiertos a comprender que, como dice Noguez, «en la ufología, lo más importante no son los casos, sino las personas» [1].
En el momento en que escribo estas palabras, cada vez es más probable que en los próximos 20 años tengamos contacto con inteligencias artificiales creadas por nuestra propia tecnología y cultura, que podrían ser tan o más alienígenas que los pequeños hombrecitos verdes de Marte. Encontrar superinteligencias terrestres antes que extraterrestres sería una gran ironía cósmica, una en la que Marcianitos encajaría perfectamente.
En medio de tantos cambios sociales y tecnológicos que se vislumbran en el horizonte de las próximas décadas, cuando por fin establezcamos contacto definitivo con seres extraterrestres, paranormales o incluso con una superinteligencia artificial, el valor de “Marcianitos Verdes” se acentuará aún más como un testimonio amplio y profundo de cómo veíamos temas tan fascinantes cuando no eran más que posibilidades fantásticas manifestadas de tantas formas diversas en nuestra cultura.
Me atrevo a decir que también será un privilegio para los alienígenas, vengan de donde vengan, incluso de nosotros mismos, acceder a estas miles de páginas ofrecidas por el tal Noguez, que representan una faceta específica de tal Humanidad.
Publicado originalmente en Revista de Geografía Universal, México 1985.
Publicado en internet el 11/07/2006
Luis Ruiz Noguez
El fenómeno de las arenas cantarinas, aunque casi olvidado en nuestros días, fue muy conocido en épocas pasadas, y constituye uno de los mayores y menos entendidos acertijos de la naturaleza.
Durante cientos de años se han reportado casos de esta manifestación, pero aún no existe una explicación satisfactoria. Muchos autores se refirieron a él y varios hombres de ciencia le dedicaron sus estudios. El curioso efecto se produce al caminar sobre la arena “musical”. Cuando el pie se hunde en la arena, los granos se separan y las superficies finamente pulimentadas de millones de granos se ponen en vibración, produciendo un sonido prolongado.
Esta curiosidad de la naturaleza recibe varios nombres: arenas musicales, tambor de arena, arenas melodiosas, arenas que ladran, arenas sonoras, arenas que aúllan, arenas silbantes, arenas cantarinas, etcétera, y son la fuente de varias leyendas de sonidos anómalos, tales como “El llanto matutino de la Esfinge” o “Las campanas de Nakous”.
Hasta 1970 se conocía de la existencia de por lo menos 30 lugares, desiertos y playas, en donde la arena emite sonidos. A partir de entonces se han encontrado arenas sonoras en muchas playas y desiertos de la Tierra. Actualmente el número conocido sobrepasa los 100.
Localización de los lugares más importantes de arenas cantarinas (John F. Lindsay; David R. Criswell; T.L. Criswell; B.S. Criswell, Sound-producing dune and beach sands, Geological Society of America, Bulletin, Vol. 87, March 1976, páginas 463-473).
Las arenas acústicas están diseminadas por todo el mundo. Algunos de estos lugares son:
América:
En la península de Bruce, Ontario, Canadá.
La playa de Manchester, en Massachussets; Sand Mountain, al sureste de Fallon, Nevada; Crescent Dunes, en el condado de Nye, al oeste del Big Smoky Valley, Nevada; Big Dune, en el desierto de Amargosa, condado de Churchill, Nevada; Kelso Dunes, (tres grupos de grandes dunas, a doce kilómetros al suroeste del pueblo de Kelso), en el condado de San Bernardino, en el área de Devil’s Playground, a 45 kilómetros al sur de Baker, California; en ese mismo estado, las Dunas de Eureka, en el valle del mismo nombre (dentro del Parque Nacional Valle de la Muerte), Condado Inyo; las Dunas Panamint, en el Valle Panamint, California; “The singing sands of Alamosa”; Long Island; Lago Michigan; Pensacola; Roaring Sands, Kauai, Hawaii; Niihau Island, Hawaii; Kotoga o playa Kotohiki, Hawaii; Nohili, Distrito de Mana, Hawaii; Kaluakahua, Hawaii. En los Estados Unidos.
Las arenas de las playas de Baja California, particularmente en la región de Cabo San Lucas, emiten un sonido como un chirrido durante la estación seca. También está La Montaña de la Campana, en México.
Socegó, Barra de Tijuca, Río de Janeiro, Brasil.
Tarapacá, Copiapó, El Bramador y El Punto del Diablo, en Chile.
Europa:
En la costa occidental de Gales; en la isla Eigg, una de las Hébridas Interiores, Escocia; en la costa de Northumberland, en toda la bahía de Cardigan; Dunstanburgh; Druridge Bay; Bamburgh; Alnmouth; Blyth; Whitley Bay; Cullercoats; Tynemouth; Studland Bay; Barmouth y Seaton Sluice. Reino Unido.
En la isla de Bornholm, en Dinamarca.
Kolberg, en Polonia.
En Grosseto, la Cala Violita (Playa Violín), en Italia.
África:
Desierto de Kalahari, y Olifantshoec, North Cape, Sudáfrica.
Desierto de Namibia, Namibia.
Bir el Abbes, y Uargla en el desierto del Sahara, en Algeria.
Oceanía:
Algunos puntos en Australia, incluyendo la costa de New South Wales.
La isla Frazer, en Queensland, Australia, tiene cientos de dunas sonoras.
En Perth y en Albani, al suroeste de Australia.
En Brisbane, Sydney, y Gold Coast, Australia.
Las arenas tronadoras del desierto de Badain-jaran, en China.
Más de 20 sitios en Japón, estudiados por el profesor Miwa Shigeo.
Isla Kunaziri.
Kabul, Afganistán.
Korizo, Gelf Kebib, Libia.
Jebel Nagous; Bedawin Ramadan; y Rig-i-Rawan, en Arabia Saudita.
Principales sitios de arenas sonoras en China, según Miwa Shigeo.
TIEMPO DE LEYENDAS
Desde hace poco más de mil años se ha reportado la existencia de arenas sonoras en crónicas de diversos pueblos. Cecile Carus–Wilson, 1915, menciona que en “Las mil y una noches” se habla de ellas. Pero su influencia también se puede encontrar en obras más modernas, como la novela de ciencia ficción “Dune” y los enormes gusanos de Frank Herbert.
Viejas crónicas chinas dan noticias de las arenas cantarinas del desierto de Gobi. Marco Polo (1254 – 1324), oyó el “Tambor de las arenas” en el desierto de Takla Makan. Los habitantes de aquella región le contaron al aventurero italiano que en ese desierto habitaban espíritus malignos que arrastraban a los viajeros a la destrucción. Estas ánimas adoptaban la apariencia de los compañeros y llamaban por su nombre a los infortunados que llegaban a sus dominios, para conducirlos a la muerte. Estos relatos constituían la forma poética para explicar las arenas susurrantes y los espejismos producidos por las ondas térmicas. Marco Polo escribió, en 1295, sobre estos espíritus malignos del desierto:
“La longitud del desierto es tal, que se dice que llevaría un año o más cabalgar de un cabo a otro. Aquí donde es más angosto, se tarda un mes en atravesarlo. Quienes se proponen cruzar el desierto descansan una semana en esta ciudad (Lop) para cobrar fuerza y disponerse para la jornada, cargando provisiones para un mes.
“Cuando los viajeros están en movimiento durante la noche, se oye hablar a los espíritus.
“Algunas veces los genios los llaman por su nombre; otras, emiten sonidos musicales, o como el retumbar de tambores”.
“Llenan el aire con los sonidos de toda clase de instrumentos musicales, tanto de tambores como ruidos de armas”.
Marco Polo relató haber oído ritmos sobrenaturales que le hicieron sentir un extraño malestar. Preguntó a los nativos cuál era el origen de ese ruido, curioso e irritante a la vez. Le respondieron que los espíritus de la tierra se expresaban de esa manera y que eran muy pocos los que sabían interpretar sus palabras. Afirmaron que anunciaban el futuro y que “hablaban a las estrellas”. El hombre debería evitar oírlas demasiado tiempo, a menos que fuera brujo, ya que la voz de los espíritus hacía enloquecer.
Desde el 880 d. C., en China se celebra un gran festival de arenas tronadoras (en Ton-Fan). En un antiguo manuscrito se registra el fenómeno de una misteriosa montaña de arena:
“Cuando cabalgas o caminas sobre la montaña, el sonido de tus pasos sobre la arena alcanza decenas de kilómetros. El día del festival del niño, instituido años atrás, la gente del pueblo dentro de las murallas del castillo acostumbra subir al monte Ming-sha-shan y deslizarse hacia abajo tomados de las manos. El sonido de la arena que cae es como el de un trueno”.
Festival en el Ming-sha-shan
Actualmente el nombre de esta montaña es la Montaña que Canta, y el templo que se encuentra cerca de ahí se llama Templo del Trueno.
En 1912, Auriel M. Stein, en su “Ruins of desert Cathay.Personal narrative of exploration in central Asia and western Most China”, cita al historiador chino Matwanhin, quien también menciona estos misteriosos sonidos, del desierto de Takla Makan:
“Con frecuencia ha acaecido que algunos viajeros, al escuchar cantos o gemidos, se han extraviado en el desierto, porque tales voces eran de espíritus o duendes”.
En el silencio nocturno del desierto, esa música inesperada crispa los nervios, angustia inexplicablemente al auditor, y a veces incluso lo impulsa a la locura. Estas arenas constituyen, probablemente, el origen de otra vieja leyenda. El mito relata que existe un monasterio enterrado, bajo una enorme duna de arena, en algún lugar de la Península del Sinaí. Los beduinos de la región conocen el fenómeno acústico y lo atribuyen al Nagous, barra de madera o metal suspendida, que sirve para tocar el gong de los sacerdotes árabes. Afirman que los sonidos sólo pueden oírse en las horas de oración, cuando las campanas emiten sus tañidos, que inquietan a los nómadas y otros viajeros que cruzan el desierto. Las campanas continúan sonando y son escuchadas por los beduinos que atraviesan el desierto. Se cuentan historias de camellos que salieron despavoridos al acercarse a la misteriosa montaña y escuchar la inexplicable música, por debajo de sus patas.
En 1923, el marqués de Kedleston George Nathaniel Curzon, encontró que los nómadas interpretaban los sonidos como provenientes de fantasmas y demonios. Otros creían que eran el resultado de erupciones de volcanes subterráneos.
En la Edad Media algunos peregrinos europeos que llegaron a la villa de Tor (entrada a Jebel Nagous, en el golfo de Suez), relataron posteriormente unos hechos que parecían confirmar la existencia del monasterio enterrado. También ellos habían escuchado el insistente repique en la montaña Jebel Nagous (o Abu Suweirah). Jebel Nagous significa “Montaña de la Campana”.
Muchos años después, en el siglo XIX, se encontró el verdadero origen de aquel sonido. Se trata de la arena que ha sido depositada por el fuerte viento del oeste, que sopla casi constantemente sobre la península. En las faldas de la montaña hay enormes bancos de arena; uno de ellos, el así llamado “Pendiente de la campana de Seetzen” (en honor al explorador alemán Ulrich Jasper Seetzen, quien la dio a conocer en Europa, en 1810, mientras que Ehrehberg, lo confirmó en 1823), emite distintos sonidos musicales cuando la arena resbala por sus costados. Ésta pendiente mide unos 85 metros de largo en su base, dos metros de ancho y 130 de alto. Está formada por paredes de arena amarillenta que forman un ángulo de 31° con la vertical. La arena está compuesta principalmente de cuarzo y roca calcárea. Los granos están bien redondeados y es notable la total ausencia de cieno. Cuando el viento arrecia, la montaña parece emitir un extraño acento semejante al doblar de las campanas o a las notas bajas emitidas por un órgano con tremolo. El tamaño de los granos de cuarzo varía de 0.11 a 0.42 milímetros, y los de la arena calcárea de 0.11 a 0.34 milímetros.
El naturalista escocés sir David Brewster (1781 – 1868) oyó hablar de la enigmática montaña sonora y decidió visitar el Sinaí para investigar la leyenda. En sus “Letters on natural magic addressed to sir Walter Scott” escribió:
“La ‘Montaña de la Campana’ está situada a unos seis kilómetros y medio del golfo de Suez en esa tierra… en la que los picos graníticos del Sinaí y el Horeb se alzan sobre un árido desierto”.
Brewster pidió a uno de sus guías beduinos que trepara por la ladera de la montaña “musical”: “Cuando el guía hubo recorrido cierta distancia, la arena se puso en movimiento y descendió por la pendiente y comenzó a emitir un sonido”.
Al principio los sonidos le recordaron los de un arpa, cuyas cuerdas tensadas vibraran por el paso de un ligero soplo de brisa. Sin embargo, a medida que la arena se agitaba con más violencia, debido a la creciente velocidad de la caída, el ruido se parecía cada vez más al que produce un dedo mojado al frotar un objeto de cristal. Cuando la arena desprendida llegó a la base, la onda alcanzó la magnitud de un trueno lejano, provocando que la roca, sobre la que estaba sentado Brewster, comenzara a vibrar.
EL MIEDO
Ese mismo siglo otros científicos y novelistas se interesaron en el tema. Entre estos últimos podemos mencionar a Henry René Albert Guy de Maupassant (1850 – 1893), que en uno de sus mejores cuentos (“La peur”, “El miedo”), relata la extraña obsesión de un oficial francés que un día oye la asombrosa melodía de las arenas, que para él era anuncio de catástrofes.
El lector puede encontrar el siguiente relato, publicado originalmente en “Le Gaulois”, el 23 octubre 1882, en la antología “Les contes de la bécasse”. No hay que confundir otro cuento, con el mismo nombre, publicado un año después.
“Atravesaba las grandes dunas al sur de Uargla”.
“Íbamos dos amigos seguidos por ocho espahíes y cuatro camellos con sus camelleros. Ya no hablábamos, rendidos por el calor, el cansancio, y resecos de sed como aquel desierto ardiente. De pronto uno de aquellos hombres dio como un grito; todos se detuvieron; permanecimos inmóviles, sorprendidos por un inexplicable fenómeno conocido por los viajeros en aquellas regiones perdidas.
“En algún lugar, cerca de nosotros, en una dirección indeterminada, redoblaba un tambor, el misterioso tambor de las dunas; sonaba con claridad, unas veces más vibrante, otras debilitado, deteniéndose, e iniciando de nuevo su redoble fantástico.
“Los árabes, espantados, se miraban; uno dijo, en su idioma: ‘La muerte está sobre nosotros’. Y entonces, de pronto, mi compañero, mi amigo, casi mi hermano, se cayó de cabeza del caballo, fulminado por una insolación.
“Y durante dos horas, mientras intentaba en vano salvarle, aquel tambor inalcanzable me llenaba el oído con su ruido monótono, intermitente e incomprensible; y sentía deslizarse por mis huesos el miedo, el verdadero miedo, el odioso miedo, frente al cadáver amado, en ese agujero incendiado por el sol entre cuatro montes de arena, mientras el eco desconocido nos arrojaba, a 200 leguas de cualquier pueblo francés, el redoble rápido del tambor.
“Aquel día entendí lo que era tener miedo; y lo supe aún mejor en otra ocasión.
“El comandante interrumpió al narrador:
-Perdone, señor, pero aquel tambor, ¿qué era?
“El viajero contestó:
-No lo sé. Nadie lo sabe. Los oficiales, a menudo sorprendidos por ese ruido singular, lo suelen atribuir al eco aumentado, multiplicado, desmesuradamente inflado por las ondulaciones de las dunas, de una lluvia de granos de arena arrastrados por el viento al chocar con una mata de hierbas secas; ya que siempre se ha comprobado que el fenómeno se produce cerca de pequeñas plantas quemadas por el sol, y duras como el pergamino.
“Aquel tambor no sería más que una especie de espejismo del sonido. Eso es todo. Pero no lo supe hasta más tarde”.
CHARLES DARWIN
El mismo Charles Darwin (1809 – 1882) oyó las arenas cantarinas. En su “Journal of researches into the natural history and geology of the countries visited during the voyage of H.M.S. Beagle”(1839), relata las experiencias que tuvo en América.
El Capítulo 2, “Río de Janeiro”, recoge una nota de su diario, fechada el 19 de abril de 1832, que dice así:
“Al marcharnos de Socegó (en las cercanías de Río de Janeiro, Brasil), durante los dos primeros días, volvimos sobre nuestros pasos. Era un trabajo muy molesto, ya que el camino atravesaba una llanura de arena, caliente y deslumbrante, no lejos del mar. Observé que cada vez que el caballo pisaba la fina arena silícea se producía un suave sonido, como el de un piar”.
En el Capítulo 16, “Norte de Chile y Perú”, tres años más tarde, Darwin apunta, en la jornada del 29 de junio, la existencia de arena cantarina en el valle de Copiapó, en Chile:
“Durante mi estancia en el poblado, varias personas me contaron la historia de una colina situada en la vecindad del lugar que llaman ‘El Bramador’… En ese entonces no puse suficiente atención al asunto, pero por lo que pude entender, la colina estaba cubierta de arena y el ruido se produce tan solo cuando la gente, al subir por ella, pone la arena en movimiento. Las mismas circunstancias son descritas en detalle por autoridades como Seetzen y Ehrenberg, como la causa de sonidos que muchos viajeros han escuchado en el monte Sinaí, cerca de Mar Rojo. Una persona, con la que conversé, había escuchado el ruido: lo describió como muy sorprendente, y con claridad estableció que, aunque no pudo entender cómo se producía, encontró que sólo era necesario dejar que la arena se deslizara por la pendiente. Un caballo caminando sobre la arena de cuarzo seca produce un peculiar sonido como de piar, debido a la fricción de las partículas. Una circunstancia que noté frecuentemente en Brasil”.
En ese mismo valle, unos cuantos kilómetros al oeste, se encuentra “El punto del Diablo”, con arenas que producen un tétrico sonido. El lugar fue estudiado por Gray en 1909.
Tal vez las arenas cantarinas más conocidas son las de la isla de Eigg, situada frente a la costa occidental de Escocia. El geólogo creacionista y folklorista británico Hugh Miller (1802 – 1856), fue su descubridor. En su libro “The cruise of the Betsy” (publicado en 1858), hace una elocuente descripción de la arena de esta isla:
“Estaba volteando los granos de esta arena oolítica… cuando me di cuenta del sonido peculiar que producen cuando se la pisaba, al momento en que mis compañeros pasaban sobre ella. Las golpeé oblicuamente con el pie… y el sonido que emitieron fue una nota sonora estridente, algo parecido a la que produce una cuerda encerada cuando, después de tensarla, se la pulsa con la uña del dedo índice. Caminé sobre ellas, y a cada paso y con cada golpe, se repetía la misma nota aguda y estridente. Mis compañeros se me unieron y ejecutamos un concierto, en el cual, aunque disponíamos de pocos tonos, al menos podríamos maravillar a toda Europa por el tipo de instrumento que tocábamos. No parece ser menos maravillosa la música que emitía Memnon (1), que la de esta arena oolítica de la bahía de Laig. A medida que avanzábamos, se alzaba del suelo un incesante ‘huu, huu, huu’, que en aquella quietud se percibía hasta una distancia de 20 o 30 metros. Encontramos que el estrato húmedo semi coherente comenzaba a los siete o diez centímetros, y en todo lo que estaba seco, los tonos eran agudos y fuertes y se podían producir más fácilmente con el pie. Nuestro descubrimiento –y con orgullo puedo afirmar que lo es– se convierte en el tercero, sumado a los dos ya conocidos, de arenas que podemos llamar musicales. Y como la isla de Eigg es considerablemente más accesible que Jabel Nakous en Arabia Petraea, o Reg-Rawan en la vecindad de Kabul, tenemos una mejor oportunidad de observar el fenómeno, que algunos de nuestros grandes maestros en ciencia han confesado ser incapaces de explicar”.
Un lector de este pasaje, el Dr. J. Carrick Murray, de Newcastle, escribió a Tomlinson que en la bahía de Whitley, en Briar Dene, se podía escuchar un fenómeno parecido. La historia apareció en 1888 en la “Tomlinson’s Guide to Northumberland”, como sigue:
“Se han encontrado arenas cantarinas en Whitley, sobre el camino a la isla St Mary. Este sonido no es musical, más bien parece un gemido potente, o como menciona Miller en su ‘Cruise of the Betsy’, un ‘huu, huu, huu’. Es más notorio cuando se camina sobre o a través de la arena seca, más allá de las resbalosas piedras de Briar Dene, justo donde se encuentra el campo de voluntarios”.
El profesor E. G. Richardson descubrió arena musical en Alnmouth, pero cuando llevó un poco a su laboratorio, el sonido cesó. El primero en tener éxito en hacer sonar la arena en laboratorio fue Cecil Carus-Wilson, quien describió sus experimentos de 1891, en “Nature”.
ARENAS RUIDOSAS
Los sonidos o emisiones acústicas han sido descritos de diferentes formas: gemidos, zumbidos, rugidos, bramidos, cantos, silbidos, piares, croar (en este sitio se reproduce el sonido generado por la arena) chirridos, chillidos. Algunos los comparan con cañones distantes, truenos, estruendos, crujidos, cañones, fuego de artillería, aviones en vuelo rasante, autos de carrera distantes, zumbidos de alambres telegráficos. Otros mencionan instrumentos musicales como tambores, panderos, cornos, chelos, trompetas, campanas, órganos tubulares, cítaras y didjeridoo (instrumento musical de los aborígenes australianos).
Parece que cada arena tiene su frecuencia distintiva: 50-80 Hz en la Sand Mountain, Nevada, según Criswell (1975); 50-100 Hz en Korizo, Libia (Humphries, 1966); 130-300 Hz en las arenas tronantes del desierto de Kalahari, en Sudáfrica (Lewis, 1936); y 300-770 Hz en Dunhuang, China (Jianjun et al., 1995).
Monte de la Arena Tronadora. Desierto de Nevada.
Una de las características más curiosas de las arenas cantarinas es que producen vibraciones sísmicas 200 a 400 veces de forma más eficiente que oscilaciones similares en la presión del aire. Incluso se puede llegar a sentir las vibraciones. En el valle de Eureka las dunas de arena del Parque Nacional Valle de la Muerte retruenan sonoramente cuando se deslizan hacia abajo. Las vibraciones se pueden oír e incluso sentir. Estos efectos táctiles se han comparado con diminutos choques eléctricos.
Según Dunnebier y sus colaboradores, esta eficiencia para convertir energía mecánica en vibraciones sísmicas sugiere que este fenómeno es responsable de los curiosos temblores lunares, registrados durante el alunizaje de las misiones Apolo 11, 14, 15 y 17. Estos temblores lunares comienzan abruptamente dos días después de la salida del Sol, continúan ininterrumpidamente durante el día lunar (lunación), y cesan abruptamente al ocaso.
Cuando los granos de arena empacados de manera muy compacta se deslizan colina abajo sobre las dunas, se producen sonidos de baja frecuencia. La arena estacionaria que queda debajo actúa, aparentemente, como un amplificador gigante que produce un impresionante sonido.
Uno de los mejores lugares para escuchar las arenas atronadoras es el oeste de los Estados Unidos, en la Montaña de Arena, a unos 26 kilómetros al sureste de Fallon, Nevada. La Montaña de Arena está compuesta por dos dunas “Seif” (con forma de espada) que tienen una elevación de unos 120 metros sobre el piso del desierto. Para apreciar el efecto acústico se debe subir hasta la cresta de la duna y deslizarse por su pendiente. Junto con la avalancha de arena, los granos comienzan a vibrar y se empieza a escuchar un fuerte sonido, como el de un escuadrón de bombarderos B-29 de la Segunda Guerra Mundial.
Existen varias leyendas acerca de esta montaña. De acuerdo con Mary Holliday (“Nevada official bicentennial book”, pág. 137), en ese lugar había un gran mar (lago Lahontan), en el que vivían y se reproducían plesiosaurios y otros diversos dinosaurios. Los fuertes vientos fueron apilando los sedimentos hasta formar la actual montaña, enterrando los restos de las bestias prehistóricas.
EL CONCIERTO DE ARENA
Al sureste del desierto de Kalahari, en Sudáfrica, los nativos provocaban ellos mismos esos ruidos, indudablemente según una técnica ritual ancestral. El doctor A. D. Lewis, un sabio inglés que visitó la región en 1935, cuenta que toda la tribu “cuando llegaba la noche, o muy temprano por la mañana, lanzaba brazadas de arena sobre una vertiente de la duna, y provocaba así un ruido parecido al trueno. Después, algunos de los asistentes se dispersaban a lo largo de la misma duna y echaban arena por unos puntos determinados. El ruido, que primero parecía un trueno (audible hasta 600 metros), se tornaba entonces melodioso, e interpretaban una verdadera música mineral, con un instrumento de varios centenares de metros cuadrados”.
También se oye el canto de la arena en algunas playas. Al sur de la costa de Kauai, en el distrito de Mana, en Hawaii, se encuentra una playa de roca calcárea. Los nativos llaman este lugar Nohili. Ahí se encuentran unas dunas de arena que emiten sonidos. Los residentes atribuyen el sonido de la arena a los espíritus de los muertos, Uhane. Aún acostumbran a enterrar a sus muertos con un poco de esta arena. El sonido producido es semejante a un ladrido, según lo atestigua Carrington H. Bolton.
Actualmente la zona de las arenas de Kauai está dentro de una base de misiles Commanding Officer of Pacific Missile Range Facility.
Las dunas tienen una altura máxima de 40 metros. La arena está formada por carbonato de calcio de las conchas marinas.
Ubicación del sitio en la isla Kauai, en donde se encuentran las famosas arenas “musicales”.
Afiche que hace referencia al sonido de la arena.
Las arenas ladradoras de Kauai corren paralelas a la costa (1.6 kilómetros) y son únicas, pues están constituidas por arena recubierta con carbonato y fragmentos de conchas y corales. Bajo el microscopio se pueden ver diminutas piezas de coral y conchas. Su sonido parece el ladrido de un perro. Su vibración, incluso, se puede sentir en las manos o los pies de la persona que mueve la arena.
Ahí mismo en Kauai, cinco kilómetros al este de Koloa, se encuentra Haula, una playa compuesta de lava, concha y coral pulverizados. Su arena produce un sonido como de tambor. En la isla Niihau nos encontramos con un pequeño lugar llamado Kaluakahua, en donde hay otras dunas de 30 metros de altura, con las mismas características. En este caso el ruido es totalmente diferente. En lugar de un tambor parece que de pronto uno está cercado por un ruido de mil matracas muy lejanas, repiqueteando a gran velocidad. Otras veces es una especie de largo silbido que va y viene como una ola. Esto sucede fácilmente los días de gran calor y con frecuencia inmediatamente después de haber llovido, cuando la arena se seca bruscamente.
La famosa playa cantarina Kotoga, o playa Kotohiki, cercana al pueblo del mismo nombre, hace cientos de años obtuvo su nombre debido a sus arenas, que suenan como un arpa japonesa (Koto significa arpa en japonés).
En los Estados Unidos la playa de Manchester, Massachussets, forma una pequeña duna de un kilómetro de longitud, rodeada de promontorios de granito, ricos en feldespato, rocas ígneas y diorita porfírica. Al ser pisada, esta arena produce un curioso sonido de carácter decididamente musical. Sólo la arena superficial tiene esta propiedad. Si se toma arena de 30 o 50 centímetros por debajo de la superficie, las propiedades acústicas desaparecen.
ARENAS CANTARINAS EN EL LABORATORIO
Se ha intentado explicar físicamente esas insólitas sonoridades. Al principio se pensaba que el viento agitaba los granos de arena y que la fricción producía uno u otro sonido. Pero, aunque la presión del aire y la temperatura ambiente desempeñan un papel determinante en el fenómeno, la brisa no interviene en absoluto. En efecto, no es la capa superficial de los granos lo que vibra, sino las capas intermedias, y las masas de sílice dispuestas en la profundidad tan sólo desempeñan un papel de favorecedoras de la resonancia.
Parece, pues, que algunos de los sonidos, como el redoble de tambor o el rumor ininterrumpido, son producidos por una oscilación de los granos, mientras que las otras frecuencias nacen, nota a nota, de otras fricciones provocadas por cambios de temperatura o presión. Por otra parte, los granos de arena que producen música son diferentes a los granos de arena ordinarios en cuanto a su forma. Los segundos presentan numerosas rugosidades, mientras que los otros son casi perfectamente lisos. Sin embargo, los efectos sonoros se pueden dar en diversos materiales: las arenas de Kabul y las de Eigg son silíceas; las de Manchester son 50% feldespato y las de Kauai es calcárea.
Fotografía de la Segunda Guerra Mundial. Bagnold es el de suéter blanco a la extrema derecha.
En 1889 Bolton fue uno de los primeros en estudiar el fenómeno. Pero la primera investigación sistemática de las arenas cantarinas la realizó, en la década de los 40, el mayor de infantería y físico británico Ralph Bagnold Alger (quien perteneció al Long Range Desert Group durante la Segunda Guerra Mundial). Estudió el fenómeno al sur de Egipto, donde se producía de manera natural y periódica.
“Las he escuchado en el suroeste de Egipto, a 500 kilómetros del poblado más cercano. En dos ocasiones eso ocurrió en una noche silenciosa. Repentinamente, un tronido vibró tan fuerte que tuve que gritar para que mi compañero me escuchara. Al poco rato otros sonidos, inducidos por este estruendo, unieron su música al primero, con notas tan cercanas que se reconocía claramente un ritmo lento. El misterioso coro prosiguió durante más de cinco minutos sin interrupción, Hasta que se reestableció el silencio y la tierra dejó de temblar. El fenómeno sucede sin que uno se lo espere. Es una armonía, desagradable y mareante a la vez, puntuada por un pequeño redoble de tambor, de una regularidad de ritmo asombrosa. Este extraño coro duró por lo menos cinco minutos. Después, durante algunos segundos, se oyó sólo el tambor. Y por último, de golpe, cesó toda confusión de ruidos y nos preguntamos si no habíamos sido víctimas de una alucinación”.
Bagnold clasificó las arenas en dos tipos: las “silbadoras”, que se producen en las playas; y las “tronadoras”, de los desiertos. Las primeras emiten un sonido con una frecuencia entre 800 y mil 200 ciclos por segundo (el do sostenido de un piano). La frecuencia de las segundas es de 132 a 260 ciclos por segundo (mi bemol).
Según él, el sonido se produce “por medio de una rápida deformación de la capa seca superior, causada al caminar sobre ella, al frotarla con la palma de la mano o al introducir verticalmente un bastón”.
Las más comunes son las arenas silbadoras o “chirriantes”. Producen un corto “chillido” (menos de ¼ de segundo), de alta frecuencia (500 a dos mil 500 Hz), cuando se les comprime. Se le puede encontrar en numerosas playas, ríos y lagos alrededor del mundo.
Las arenas tronadoras tienen una baja frecuencia acústica (50 a 300 Hz). Según Miwa y Okazaki, por lo menos 31 lugares del mundo cuentan con un lugar de este tipo.
Existen varias diferencias cualitativas entre las emisiones tronadoras y las chirriantes. Las segundas, por ejemplo, casi siempre producen una sola frecuencia fundamental de vibración. Las arenas tronadoras casi nunca producen sonidos en múltiples bandas, sólo se observa un armónico de un tono fundamental en las arenas tronantes (Criswell et al., 1975). Las arenas chirriantes, por el contrario, producen frecuentemente cuatro o cinco sobretonos armónicos (Takahara, 1973).
Los estudios de Bagnold fueron continuados por Brown, Campbell, Jones y Thomas, de la Universidad inglesa de Newcastle-upon-Tyne. Ellos descubrieron que es más necesario que el tamaño de los granos sea uniforme para que se presente la sonoridad. La redondez de los granos no es una característica esencial. Si tenemos una diversidad de tamaños, las partículas más finas ocluyen los intersticios de los granos de mayor tamaño y les impide resonar. La mayoría de los granos silentes de arenas de desierto tienden a ser más esféricos y pulidos que los granos de arena de playas silentes (Lindsay et al., 1976). Bajo el microscopio, los granos de la arena sonora parecen ser más redondeados y finamente pulidos, si se les compara con la arena ordinaria (silente). Los astrónomos y geólogos han especulado que este fenómeno es muy común en las dunas de Marte.
El diámetro promedio de la mayoría de los granos de arena, tengan o no actividad acústica, es de unos 300 µm. La frecuencia de emisión generada por las arenas chirriantes varía con el inverso de la raíz cuadrada de su diámetro promedio (Bagnold, 1954a, 1966).
La mayoría de las arenas que retruenan están compuestas de cuarzo. Una de las excepciones son las Barking Sands de Kauai, Hawaii, que son de carbonato de calcio. Pero incluso otro tipo de materiales presentan cierta sonoridad. Los experimentos llevados a cabo con microesferas de vidrio, han probado que se produce una emisión similar a la de las arenas chirriantes (Brown et al., 1965), por lo que se piensa que el chillido se debe a un efecto de fricción. Se ha sugerido que la tersura inusual de los granos permite una vibración exagerada en la frecuencia de resonancia natural de la arena (Criswell et al., 1975; Lindsay et al., 1976).
PÉRDIDA DE LA VOZ Y LA RANA CANTARINA
Bagnold descubrió otros efectos curiosos. Por ejemplo, la “perdida de voz” (2) de la arena del desierto de Kalahari, al ser trasladada a Pretoria, si no se la guardaba en recipientes de aire comprimido antes de ser sometida a la prueba. Se le podía curar de su mudez al calentarla a 200°C. Estos hechos parecen demostrar que la humedad destruye la sonoridad, por lo menos en las arenas de algunos desiertos.
La sonoridad de una arena también puede perderse si se las golpea constantemente, pero se reestablece si las finas partículas producidas se separan después mediante el cernido, lavado o hervido de la arena.
Las arenas chirriantes y las tronadoras muestran una marcada diferencia a la exposición al agua. El tronido aparece cuando los granos están muy secos. Tan sólo el 0.1% de humedad elimina los sonidos. Se ha encontrado que aún concentraciones tan pequeñas como cinco gotas de agua en un volumen de un litro de arena, eliminan todo sonido (Haff, 1979). La humedad atmosférica crea un recubrimiento fluido superficial sobre los granos, que actúa como lubricante y disminuye la resistencia al desliz, lo que evita la emisión de sonidos (Lewis, 1936). La humedad también incrementa la cohesión entre los granos. El trueno se incrementa cuando los granos no están tan unidos.
Las arenas chirriantes, por el contrario, no presentan una gran alteración en sus propiedades acústicas debida a la humedad. El sonido se puede producir con facilidad inmediatamente después de ser lavadas con agua, seguido de un secado. No se sabe si es debido a la eliminación de las impurezas, debido al lavado (Brown et al., 1961) o a la creación de un acomodo del grano más natural (Clarke, 1973), aunque sí explica por qué este tipo de fenómeno no se extiende más allá de los 30 metros de la playa (Richardson, 1919). Este proceso de limpieza también “revive” la arena chirriante que ha perdido su chillido, una condición que ocurre frecuentemente después de varias compresiones repetidas (Hashimoto, 1951). Incluso, las arenas chirriantes pueden emitir sonidos aún cuando están completamente inmersas en agua (Brown et al., 1961).
Los investigadores japoneses han utilizado esta propiedad para “fabricar” arenas cantarinas. Osodani era una playa en el Plioceno, pero ahora está localizada en el interior del Japón. Ahí se encuentra una arcilla de arena. Una muestra de este material se lavó durante un largo período (más de 500 horas) para obtener el cuarzo más puro (99%). La arena así obtenida exhibe una propiedad de producir sonido tanto en el aire como en el agua.
El sonido que se obtiene con esta arena, dentro del agua, es muy parecido al que emiten las ranas, por lo que fue bautizada como “Arena Rana”.
Con este tipo de arena se construyó un gigantesco reloj de arena y un curioso juguete. El aparato es un recipiente hecho con un tubo de resina acrílica de cinco centímetros de diámetro por diez de longitud, cerrado a ambos extremos con una placa de acrílico de un milímetro de grosor.
Dentro de este aparato se introducen 100 centímetros cúbicos de agua con arena y se sella.
El sonido parecido al canto de una rana se obtiene moviendo ligeramente el tubo, de derecha a izquierda.
Hay que evitar tocar las placas en los extremos: actúan como membrana vibrante.
No hay que sacudir el tubo.
Lo anterior indica que la sonoridad de las arenas está íntimamente relacionada con la contaminación ambiental. Algunos han especulado en que si se hiciera una limpieza de las arenas del mundo, tal y como indican los japoneses, tendríamos un ambiente mucho más limpio y sonoro.
El doctor Douglas E. Goldsack, director del Centre for Mining and Mining Exploration Research en la Laurentian University, en Sudbury, Ontario, Canadá, y sus colegas Marcel B. Leach y Cindi Kilkenny, descubrieron que pueden hacer que la arena ordinaria se convierta en musical, lijándola, puliéndola y removiendo las impurezas. Haciendo lo mismo, la arena común se puede transformar en cantarina. Durante este proceso se forma una capa de sílica gel (producida cuando el cuarzo se disuelve en agua), que cubre los granos de arena. Su conclusión es que para hacer que cualquier tipo de arena cante se debe recubrir con sílica gel.
Pero, ¿qué es lo que otorga en realidad a las arenas cantantes sus cualidades musicales? Después de miles de años de conocer su existencia y de haber sido estudiadas por varios científicos, se ha llegado a la conclusión, según Bagnold, de que “no existe hasta ahora una verdadera explicación”.
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NOTAS
(1) Se refiere a los colosos de Memnon, que cada amanecer emitían sonidos, que parecían salir de la boca.
(2) Efecto que ya fue reportado, a finales del siglo XIX, por el profesor E. G. Richardson.
BIBLIOGRAFÍA
– Anónimo. “Roaring sands of the Kalahari Desert”. “Nature”. Vol. 140. 14 de agosto de 1937. p. 285.
– Arrit, Susan. “The living Earth book of deserts”. The Reader’s Digest Association, Inc. pps. 7-8.
– Bagnold, Ralph. “Physics of blown sand and desert dunes”. “Methuen”. Londres. 1954. pps. 247 – 267. Reedición. “The physics of wind blown sand and desert dunes”. Chapman and Hall. Londres. 1984. Pág. 265.
– Bagnold, Ralph. “Experiments on a Gravity-Free Dispersion of Large Solid Spheres in a Newtonian Fluid Under Shear”. Proceedings of the Royal Society. Vol. 255A. 1954. p. 49.
– Bagnold, Ralph. “The shearing and dilatation of dry sand and the ‘singing’ mechanism”. Royal Society of London. Proceedings Series A. Vol. 295A. 1996. pps. 219-232.
– Bolton, Carrington y Julien, Alexis. “The singing beach of Manchester, Mass”. “American Association for the Advancement of Science. Proceedings”. Vol. 32. 1883. pps. 251-252.
– Bolton, Carrington. “Researches on musical sand in the Hawaiian Islands and in California”. “Transactions of the New York Academy of Sciences”. Vol. 10. 1889. pps. 28-35.
Las Arenas cantarinas son un fenómeno conocido mundialmente por tratarse de arena que emite sonidos al caminar sobre ella.
A primera vista, una playa de la rocosa y desolada isla de Eigg, frente a la costa occidental de Escocia, es tan común como cualquier otra playa del mundo. Pero al caminar por sus arenas blancas, o al tocarlas, se escucha un sonido musical.
En realidad, las arenas cantan, y no sólo una nota. Si se dejan escurrir lentamente entre los dedos, emiten sonidos que van desde los tonos agudos de la soprano hasta los graves del bajo. Las arenas cantarinas (Cuyo nombre en irlandéses camas sgiotaig) son un misterio que se ha estudiado con frecuencia. Los científicos suponen que la música brota de la estructura de la arena, formada de pequeñísimos granos de cuarzo desgastados por el mar hasta obtener su forma redonda. Cada grano está rodeado de una minúscula bolsa de aire, y la fricción entre el grano y el aire produce una vibración que crea a su vez una nota musical.
La nota depende de la cantidad de humedad de la atmósfera y del grado de presión que se le aplique a la arena, en la cual no puede haber presencia de polvo ni de materias extrañas. En experimentos realizados en laboratorio, incluso una pizquita de harina evitaba las vibraciones. El misterio de por qué cantan estas arenas ya parece haberse resuelto; pero lo que todavía sigue siendo un verdadero enigma es por qué se encuentran precisamente en esta remota isla escocesa.
20 Años de Marcianitos Verdes: De la Refutación al Placer de la Historia
Como muchos de ustedes saben, Marcianitos Verdes es el heredero directo de un linaje que comenzó en la mítica revista Duda y continuó en la revista Perspectivas Ufológicas. Del papel saltamos a la red con el blog Perspectivas, que en sus inicios estuvo anidado en la web de la Fundación Anomalía.
Iniciamos el camino de Perspectivas el 10 de octubre de 2004 junto a Diego Zúñiga y Kentaro Mori. Como referencia histórica: Kentaro lanzó su Ceticismo Aberto el 19 de marzo de 2005 y, según Internet Archive, el sitio de la ARP-SAPC comenzó el 2 de marzo de 2001, cumpliendo ahora 25 años. Sumando la trayectoria de ambos proyectos, acumulamos 22 años de publicación ininterrumpida, lo que nos posiciona como el segundo blog escéptico en español más antiguo de la red.
En los últimos 15 años hemos mantenido un ritmo constante de cinco entradas diarias. A lo largo de estas dos décadas, el blog se ha convertido en un repositorio masivo de casos, noticias y análisis que hoy forman parte de nuestra memoria colectiva sobre el fenómeno ovni y lo paranormal.
Sé que a Marcianitos Verdes lo visitan personas con distintas visiones: investigadores de campo, teóricos del fenómeno y analistas críticos. Independientemente de nuestras conclusiones individuales, nos une la pasión por el misterio y el rigor en el registro de los hechos. Incluso figuras respetadas del medio, como Vicente-Juan Ballester Olmos, Manuel Borraz o Juan Antonio Fernández Peris, han reconocido en Marcianitos Verdes una fuente de consulta constante por la calidad de su información.
El banner original no era una elección al azar; utilizaba la estética satírica de Mars Attacks! para subrayar nuestra posición de aquel entonces: el fenómeno ovni y otras pseudociencias como constructos culturales que merecen un análisis crítico, técnico y, sobre todo, libre de dogmas.
Tanto el historiador brasileño Claudio Suenaga como el periodista argentino Alejandro Agostinelli han notado un cambio en nuestra dirección editorial. No nos hemos vuelto un sitio crédulo, pero tampoco somos ya un bastión del escepticismo «puro y duro». Claudio valora la apertura y el tono de respeto que hemos adoptado ante las ideas no ortodoxas; a Alejandro le agrada que demos cabida a todo el caleidoscopio de ideas que se manejan en los medios paranormales.
Y es que, tras casi 50 años en este medio —pasando de un breve periodo de creyente a uno de férreo escéptico—, finalmente hemos llegado a una conclusión: todos los fenómenos llamados paranormales tienen una explicación bajo las leyes de la naturaleza.
Dicho esto, y como le comenté a Claudio, es prácticamente imposible refutar cada caso individualmente, aun sabiendo que la carga de la prueba recae en quien postula el hecho (algo que, por lo regular, nunca hacen). Conocedores de la Ley de Brandolini y el aforismo de Thomas Francklin, hemos decidido hacernos a un lado y «ver el desfile». Ahora queremos disfrutar de las historias maravillosas del mundo paranormal sin intentar refutarlas ni explicarlas; simplemente saborearlas como un buen cuento o una novela. Por eso, en otras ocasiones, nos hemos referido a ellas como “La novela total de la humanidad”.
«La falsedad volará en alas del viento y llevará sus historias a todos los rincones de la tierra; mientras que la verdad se queda atrás; sus pasos, aunque seguros, son lentos y solemnes, y no tiene ni el vigor ni la actividad suficientes para perseguir y alcanzar a su enemigo». — Thomas Francklin (1787).
Ley de Brandolini:«La cantidad de energía necesaria para refutar una tontería es un orden de magnitud mayor que la necesaria para producirla».
Hoy, Marcianitos Verdes se asume como lo que siempre ha sido: un reservorio de las historias más interesantes del mundo paranormal. Respetando la inteligencia de nuestros lectores, no les pediremos que evalúen la «verdad» de estos relatos. Si un visitante cree en fantasmas, en el Chupacabras o en los FANI, encontrará en Marcianitos Verdes las historias más actuales. Si, por el contrario, el lector es un escéptico, no será necesario que nosotros desbaratemos el mito; él mismo tiene las herramientas para hacerlo dentro de este mismo blog.
Hablamos de historias «actualizadas» a pesar de que solemos llevar un desfase de una semana respecto al ritmo frenético de internet. Hay tantas historias que cinco entradas diarias son insuficientes; por ello, agrupamos a veces hasta diez artículos sobre un mismo tema en una sola entrada. En un solo día, nuestros lectores pueden consultar entre 5 y 50 notas periodísticas. Si bien ocasionalmente damos primicias, no es nuestro objetivo primordial. Preferimos seguir los pasos del Dr. Oscar Galíndez, quien en su revista Ovnis, un desafío a la ciencia, indicaba que lo importante no era la rapidez, sino la veracidad y el estudio profundo.
Para finalizar: en su época de mayor auge, MV alcanzó los 27,000 visitantes diarios. Hoy, a pesar de los esfuerzos y los valiosos consejos de Sergio Sánchez, conminando a la gente a leer, la cifra no llega a los 1,000. Es una realidad innegable: hoy el público prefiere el video sobre la lectura. Aunque estos números podrían parecer modestos para un influencer, considero que siguen siendo cifras muy sólidas para un blog en español dedicado a estos temas desde una perspectiva crítica.
Así que, tras dos décadas de escudriñar el cielo y los archivos en busca de certezas, hoy simplemente les invito a tomar asiento. Bienvenidos a este vigésimo aniversario; pasen y lean, que la novela de la humanidad sigue escribiéndose y aquí tenemos el mejor lugar para disfrutarla. Gracias por acompañarnos en este largo viaje entre marcianitos.
Acerca de por qué necesitamos a Marcianitos Verdes
Diego Zúñiga
Mi relación con Marcianitos Verdes empezó antes de que existiera Marcianitos Verdes. Me tomo la libertad de entender así este vínculo porque este sitio web de noticias sobre temas forteanos, si me permiten la generalización burda, es la extensión virtual de su autor, creador y webmaster, Luis Ruiz Noguez. Y a Luis lo conozco hace montones de años, ya ni recuerdo cuántos, muchos. Esa historia empezó cuando leí sus libros y luego me armé de valor para llamarlo por teléfono desde Chile. Y él se abrió más tarde a colaborar con La Nave de los Locos, que era un pasquín fotocopiado horrendo que publicábamos con Sergio Sánchez, y a mandarnos fotocopias, revistas y libros incunables que empezaron a engrosar mi colección de rarezas.
Era inevitable que nos hiciéramos amigos con Luis. Luego trabajamos, junto a Kentaro Mori, en un hermoso proyecto llamado Perspectivas, un sitio web donde yo editaba, Kentaro diseñaba y Luis lideraba. Y todos, unos más y yo menos, escribíamos. En realidad el que más escribía era el tal Noguez, que tiene una capacidad de trabajo envidiable. Y cuando ese proyecto colapsó, en buena medida porque nos hackearon la web y, además, yo me metí a trabajar a tiempo completo en un periódico porque ya estaba dejando de ser joven y necesitaba dinero, apareció Marcianitos Verdes. Entonces, para resumir lo que dije más atrás, Marcianitos surge como la sucesión natural de Perspectivas, que a su vez era una prueba de nuestra amistad con Kentaro y Luis y, por tanto, creo que conozco a Marcianitos Verdes desde antes de que Marcianitos Verdes existiera. O quizás solo cuento todo esto para decir con indisimulado orgullo que yo estuve ahí alguna vez.
Desde entonces, 20 años ya, Marcianitos Verdes se ha ido convirtiendo en referencia ineludible para el interesado en todo tipo de cosas raras. ¿Lluvia de ranas? Marcianitos Verdes. ¿Boletines antiguos imposibles de encontrar? Están probablemente en Marcianitos Verdes. ¿Esqueletos de extraterrestres? Para qué repetirme, ya sabemos dónde encontrarlos. Porque MV es una auténtica biblioteca del misterio, un lugar donde sumergirse y dejarse llevar por la marea del enigma. Yo realmente no sé de dónde saca energías y fuerzas el tal Noguez para actualizar diariamente este sitio. El esfuerzo, y especialmente el cariño, que se ha invertido en este proyecto son enormes, como enorme es mi pesar por no haber podido colaborar más, como Marcianitos merece.
Cuando he podido, empero, he escrito para sus lectores, que se cuentan por decenas entre la élite ufológica, y por cientos y miles entre los interesados en estos asuntos. Comentarios de libros, textos breves con denuncias o traducciones forman parte de mi repertorio en Marcianitos. Siempre quiero sumar un aporte a la causa, porque es un honor estar ahí, y para el ego es un aliciente saber que en sitios de este nivel se considere de buena manera el trabajo que uno hace. Lo hago también, claro, porque me gusta y, sobre todo, por mi aprecio por el tal Noguez, un señor que sin aspavientos ni bombos ni platillos (bueno, con platillos sí, pero voladores) ha hecho de la divulgación de la ciencia y del pensamiento crítico un mantra, y ha sabido mostrarnos a muchos que los cantos de sirena de la literatura ovni no son más que eso, fantasías entretenidas sobre cuyo origen hay que estudiar.
Estudiar, aprender y divulgar. Maravillarse también, claro. De eso se trata esto. De buscar en las fuentes y llegar más allá de donde llega el autor de moda.
Marcianitos Verdes, a los 20 años, entra de lleno en la adultez, y muchos esperamos que siga mirando con atención la actualidad noticiosa del mundo del misterio. Porque, como ese amigo que siempre está ahí cuando uno lo busca, Marcianitos Verdes nos vio crecer y envejecer, y ahora deseamos que en ese recorrido que llamamos vida nuestra web de referencia siga acompañándonos, siga mostrándonos su inagotable fuente de maravillas y cumpla otros 20 años más, no solo porque la queremos, sino porque la necesitamos.
Durante décadas, me he empeñado en tratar de encajar el fenómeno de los objetos voladores no identificados en el molde rígido de la ciencia o la prueba física. He buscado tuercas, tornillos y firmas de radar como si fueran la única clave para descifrar el misterio. Sin embargo, tras años de análisis escéptico y recopilación de casos, he llegado a una conclusión que a algunos les parecerá iconoclasta: el fenómeno ovni no es (o no es solo) un enigma físico, sino que constituye, en esencia, la novela total y más completa de la humanidad.
Un género que lo abarca todo
Cuando hablo de la «novela total», me refiero a que la ufología posee una cualidad literaria única: es capaz de contener todos los géneros imaginables. En sus páginas encontramos el horror de las abducciones en dormitorios silenciosos, el suspenso de las persecuciones en carreteras desiertas, la época dorada de los contactados que traían mensajes mesiánicos y la intriga política de las conspiraciones gubernamentales.
Al igual que las grandes obras de la literatura universal, la ufología no necesita ser «verdad» en un sentido fáctico para ser real en su impacto cultural. Como bien señalaba Alejandro Agostinelli en su reciente nota por los 20 años de Marcianitos Verdes, esta disciplina es un mosaico de relatos que nos define como especie.
La construcción colectiva del mito
Lo que hace que esta novela sea «total» es su autoría. A diferencia de un libro escrito por una sola mano, la ufología es una obra monumental y colectiva.
Los protagonistas: Son los contactados, los testigos de casos clásicos y los investigadores que dedican su vida a perseguir sombras.
Los colaboradores: Son todos aquellos amigos, vecinos o conocidos que, en una charla informal, nos relatan un avistamiento personal.
Cada uno de ellos aporta desde una frase hasta un capítulo entero a este relato infinito. No importa si la experiencia fue física o una construcción de la mente; en el momento en que se narra, pasa a formar parte de la trama de esta gran «novela plativolista».
De la tecnología a la narrativa
Hoy en día, muchos se dejan seducir por términos modernos como «UAP» o se entusiasman con las noticias del Pentágono, creyendo que estamos ante una novedad científica. Sin embargo, si miramos con atención, veremos que estamos atrapados en el mito de Sísifo: arrastramos la roca de la prueba física hasta la cima, solo para verla rodar de nuevo al valle del misterio.
Tal vez el error ha sido buscar «visitantes» cuando lo que tenemos frente a nosotros son personajes de una narrativa que siempre ha estado aquí. Al entender la ufología como literatura —como un conjunto de cuentos y relatos que disfrutamos y analizamos por su valor narrativo—, dejamos de sufrir por la falta de evidencias físicas y empezamos a apreciar la riqueza de la experiencia humana.
En este vigésimo aniversario de Marcianitos Verdes, mi invitación es a seguir leyendo esta novela. No con la fe ciega del creyente ni con la cerrazón del que solo acepta lo que puede tocar, sino con la curiosidad de quien sabe que la verdad más profunda de nuestra especie no se encuentra en una nave de metal, sino en las historias que inventamos para explicar las luces en el cielo.
Porque, al final del día, todos somos autores y lectores de esta, la novela total de la humanidad.