“Ningen”: un animal extraño e inexistente

“Ningen”: un animal extraño e inexistente.

13 de noviembre de 2007

Kentaro Mori

ningencryptid32Contemplen al «Ningen«. Literalmente, «Humano» en japonés, se dice que es un animal grande y desconocido avistado por pescadores japoneses en aguas heladas cerca de la Antártida. Guarda un asombroso parecido con nosotros, ya que no solo tiene rostro, sino también brazos e incluso manos.

Sigue leyendo para ver más imágenes e incluso vídeos. Todas son ilustraciones artísticas, como la de arriba, claro, porque el animal no existe.

ningenALPodríamos especular que una criatura marina, incluso una conocida, podría ser el origen de los informes sobre los «Ningen». Las rayas, por ejemplo, tienen fosas nasales y bocas que se asemejan a un rostro. De hecho, se parecen tanto a los humanos que a veces se las venden a turistas desprevenidos como demonios o extraterrestres. Se trata de los Garadiávolos.

ray321ukPero el Ningen habría medido entre 20 y 30 metros de largo, lo que deja pocas criaturas marinas conocidas en la lista. Sin embargo, antes de intentar explicar los informes, conviene descubrir que en realidad no existen.

Ni siquiera se mencionan nombres para los avistamientos, solo relatos de que se vio algo así. Y a partir de las interpretaciones artísticas en esta página, se puede apreciar que la apariencia real del supuesto animal varía enormemente.

Por ahora, Ningen no es más que una nueva leyenda de internet. Sabiendo esto, podemos apreciar las aterradoras imágenes de esta versión moderna de los monstruos marinos. Aquí hay algunas más:

NingenW1NingenW2Y los videos prometidos (todos ellos, todos creados en una computadora):

Casi todas las imágenes aquí mostradas fueron tomadas de esta página japonesa. Si desea más información sobre el abominable e inexistente Ningen, búsquelo en Google. En japonés.

https://web.archive.org/web/20160505104610/http://www.ceticismoaberto.com/fortianismo/1064/ningen-um-bizarro-animal-inexistente

Las fotografías Dahl (128)

image1.

¿Qué pasó en la isla Maury?

Harold Dahl, un marinero alto, de hombros anchos y corpulento(1), entrecerró los ojos para mirar al cielo el 21 de junio de 1947, aproximadamente a las 2 de la tarde. Se había llevado a su hijo Charles, al perro de la familia y a dos tripulantes —cuyos nombres han quedado prácticamente perdidos en la historia— en la lancha patrullera para recuperar troncos que pudieran volver a venderse a lo largo de la costa de una bahía que rodea la isla Maury, en el estrecho de Puget, cerca de la ciudad maderera de Tacoma, Washington. Al enfocar la vista, se dio cuenta de que seis grandes platillos voladores se cernían y giraban sobre él a unos 2000 pies de altura.

Dahl no identificó exactamente a los objetos como «platillos voladores», ya que el uso popular de ese término aún se encontraba en un futuro no muy lejano. Las revistas pulp de ciencia ficción ya habían acuñado el término, pero nada sugiere que Dahl leyera ese tipo de publicaciones o tuviera interés en los ovnis.(2)

Vio aeronaves con forma de donas. Cinco de ellas rodeaban lentamente a una sexta que se balanceaba. No tenían signos visibles de propulsión y medían unos 100 pies de diámetro, con «agujeros» de dona en el centro de unos 25 pies de diámetro. Dahl describió más tarde su color como «dorado como una concha» y plateado, brillando de diversas maneras, «como el tablero de un Buick».

Unos ojos de buey de cinco a seis pies de diámetro rodeaban su exterior; un círculo oscuro a modo de ventana giraba alrededor del interior y en la parte inferior. «Parecían completamente redondas, pero se veían un poco aplastadas en la parte superior e inferior, como si colocaras una tabla grande sobre una cámara de aire y la aplastaras ligeramente».(3)

La nave central siguió inclinándose y perdió altitud. A Dahl y a sus compañeros de barco —quienes también se quedaron hipnotizados por los platillos silenciosos— les pareció que iba a estrellarse contra la bahía. El equipo se dirigía hacia la orilla; ahora aceleraron el paso, vararon la lancha y sacaron una cámara. Dahl tomó tres o cuatro fotografías del espectáculo aéreo. Mientras el platillo central descendía, sus cinco compañeros permanecieron a unos 200 pies por encima de él. El platillo central detuvo su descenso tambaleante a unos 500 pies sobre la bahía.

La inquietante escena se congeló durante poco más de cinco minutos. Entonces, una de las naves que volaban en imagecírculos rompió filas y se acercó a su compañera en apuros, que ahora permanecía inmóvil. Tocó la nave inferior y también se quedó quieta. Según Dahl, fue «como si le estuviera brindando algún tipo de ayuda durante unos tres o cuatro minutos». Luego, se escuchó un golpe sordo. Una enorme cantidad de material metálico delgado, blanco y similar al papel de periódico comenzó a caer desde el centro del platillo central, flotando en su mayor parte hacia el agua de la bahía. Una segunda sustancia negra comenzó a caer sobre Dahl y sus compañeros. Era más oscura y se asemejaba a la roca volcánica. Estos fragmentos parecían estar calientes y provocaron que se elevara vapor de la bahía al impactar. Dahl estimó más tarde que debieron de caer unas veinte toneladas. Su tripulación corrió a refugiarse, pero un fragmento golpeó y quemó el brazo de su hijo Charles. Otro golpeó y mató al perro. El platillo central se elevó entonces y condujo a las otras seis naves hacia mar abierto.

Dahl no menciona cuánto tiempo él y los demás se quedaron mirando los platillos que se alejaban y el cielo en el que se desvanecieron. Recuperaron la compostura lo suficientemente pronto como para que los restos de las dos sustancias misteriosas aún ardieran cuando los subieron al barco. El barco había sufrido algunos daños en el área cerrada de la cubierta donde se encontraba el timón. En algún momento, Dahl y compañía arrojaron el cadáver del perro al agua y se dedicaron a hablar de su experiencia. Mientras el barco regresaba a Tacoma, Dahl intentó establecer contacto por radio, pero las fuertes interferencias se lo impidieron. En Tacoma, Dahl llevó a su hijo a recibir atención médica. Luego fue a explicarle a Fred Lee Crisman los daños del barco y la desaparición del perro.

Notas:

1 Descripción física de Dahl tomada del manuscrito inédito de Jim Pobst, What Happened in Room 502?, y de The Coming of the Saucers, de Kenneth Arnold y Ray Palmer, Amherst, WI: Palmer, 1952.

2 Jon Pobst señala que la Biblioteca Pública de Tacoma contaba en ese momento con más de 150,000 volúmenes, pero ninguno sobre platillos voladores. Pobst, Jon, What Happened in Room 502?, manuscrito inédito.

3 El relato de primera mano de Harold Dahl sobre sus experiencias en la isla Maury, tal como lo relató el piloto Kenneth Arnold, apareció originalmente en The Shaver Mystery Magazine, volumen II, n.º 1, 1948. Arnold reiteró la historia en The Coming of the Saucers.

Thomas Kenn, JFK & UFO. Military-Industrial Conspiracy and Cover Up from Maury Island to Dallas, Feral House, Washington, 2011. pp. 18-19.

Los creyentes científicos de la nueva religión UFO

Los creyentes científicos de la nueva religión UFO

Errata Naturae publica esta obra acerca del nuevo credo en torno a los ovnis, una fe que combina entidades extraterrestres y potencias místicas y que cuenta entre sus filas con investigadores desacomplejados

articulos-1812852Fotograma de la serie Expediente X

30/03/2026

Eduardo Almiñana

VALÈNCIA. Ninguna materia es impermeable a la capacidad humana de convertir cualquier cosa en objeto de fe. Y menos ahora, cuando vivimos abrazando cultos a personas que de este modo trascienden su ocupación y presumible utilidad para erigirse en becerros de oro —o no tanto—. Tecnoutópicos o apocalípticos de todo pelaje conviven con fanáticos de creencias de lo más peregrinas, ya sea el odio a las vacunas, el terraplanismo, o la desconfianza grokiana ante cualquier hecho o imagen por prosaicos que sean: de este desconcierto, de esta imposibilidad de acceder a la verdad, nacen los peores monstruos, los más delirantes. Prima creer sobre saber: con los puños de la fe se puede tumbar cualquier opinión razonada y además de un modo mucho más rápido que por las vías de la ortodoxia retórica.

El asunto de los objetos voladores no identificados, los ovnis —ahora también hablamos de fanis, fenómenos anómalos no identificados— cuenta con una larga tradición a sus espaldas, que por supuesto no se remonta solo a los platillos volantes de la cultura pop. De hecho, avistarse se avistan, por lo que el fenómeno existe, la clave es que no saber qué es un cuerpo que vuela o emite luz no implica que sea una nave alienígena. Sin ir más lejos, los satélites Starlink de Elon Musk, con su peculiar forma de constelación en la órbita terrestre baja, han causado no pocos sobresaltos y sin duda habrán sido la materia prima de numerosas historias de las cuales muchas probablemente se hayan convertido en misterios locales.

Que no somos la única vida en el universo es tan evidente que creerlo ni siquiera es una creencia pese a que no hayamos encontrado rastro extraterrestre todavía. Suponer que solo ha existido o existe la vida en la Tierra es tan naif como pensar que nuestro planeta azul es el centro del cosmos, o que lo es nuestra estrella solar. Pese a ello, las distancias son tan inconcebibles en este espacio-tiempo que habitamos que coincidir o poder visitarnos ya es otro cantar. Marte mismo podría haber acogido vida y después quedar yermo y estéril. Lo que sí implica una fuerte carga de fe es el I want to believe del agente Fox Mulder de los expedientes X. ¿Somos visitados e influidos por extraterrestres inteligentes? ¿Nuestros gobiernos (algunos de ellos, los que tienen medios) lo saben y nos lo ocultan? Todo ello entra de pleno en el territorio de la especulación y la fantasía.

articulos-1812853Los creyentes, de Diana Walsh Pasulka –

Sin embargo, hay quien desde una profesión científica opta por creer y trabajar para ahondar en el culto sincrético que enlaza las abducciones con los éxtasis místicos o entidades interdimensionales con santos pretéritos. De esta nueva religión y de sus acólitos trata precisamente Los creyentes de Diana Walsh Pasulka que publica Errata Naturae con traducción de Elena Pérez San Miguel y al que subraya un subtítulo que lo define como Un ensayo sobre ovnis, tecnología desconocida y el inesperado origen de una nueva religión, si bien uno no se atrevería a llamarlo ensayo, ni falta que le hace: el libro se disfruta dejándose llevar por la suspensión de la incredulidad que implica aceptar que de lo que se está hablando es de creencias, de la voluntad de creer, y poco de pruebas, porque la propia autora es historiadora de las religiones y lo que busca es poner el foco no tanto en lo alienígena como en lo religioso (o en lo alienigenorreligioso).

En lo religioso, y en la academia invisible —invisible por el descrédito que suele implicar para quienes investigan o viven y participan de estas cuestiones desde una profesión científica salir a la luz—. “Cuando mi investigación viró de la historia del catolicismo al estudio de los ovnis, presenté algunas conclusiones preliminares a Jacques Vallée, Jeff Kripal y otros académicos del ámbito. Creí que tenía algo sólido que aportar. Craso error. Ahora sé que no se puede «concluir» sobre un fenómeno como este. Pretenderlo es tan ingenuo como querer cerrar el debate sobre la naturaleza de la gravedad o la luz. Hoy en día, la ciencia aún no sabe, en el fondo, qué son realmente. El hermano Guy Consolmagno, astrónomo y director del Observatorio Vaticano, no lo puede decir mejor: «La verdad es un objetivo en movimiento». Los científicos se esfuerzan por alcanzarla, pero el conocimiento nunca es absoluto, sino provisional, siempre inacabado. En aquel momento, convencida de haber encontrado una clave, sostuve que los ovnis existían en un plano virtual, citando al pensador francés Jean Baudrillard como respaldo. Jacques no tardó en reprenderme con delicadeza: «No es prudente ignorar los aspectos ontológicos del tema»”.

¿Por qué se transforma lo extraterrestre en divino? Por la sencilla razón de que dar con respuestas trascendentes que sacien nuestra ansiedad por conocer es un proceso larguísimo, esforzadísimo y en muchas ocasiones, frustrante, en especial en lo que atañe al cosmos. Es casi seguro que cuando descubramos la primera evidencia de vida fuera de nuestras fronteras planetarias, por ejemplo, fósiles microscópicos en la superficie marciana, o biofirmas emanadas de sobrecogedores géiseres en las lunas heladas de Saturno, la noticia, acompañada de titulares como NO ESTAMOS SOLOS, no genere tanto revuelo a escala mundial como podríamos haber pensado en el pasado, y eso que si sucediese ahora habríamos tardado nada más y nada menos que 300,000 años en descubrirlo. Ahora, aun cuando no tenemos la certeza, la sensación es que de un momento a otro la tendremos por fin y entonces el objetivo será el contacto. Qué pasará cuando eso ocurra —al menos de forma pública—, solo se puede imaginar y planificar. No parece que vaya a ser a corto plazo, desde luego, pero nunca se sabe. ¿Sueñan los humanos con profetas siderales?

https://valenciaplaza.com/libros-comic-valencia-comunitat-valenciana/los-creyentes-cientificos-de-la-nueva-religion-ufo

Hace casi 150 años, un vaquero avistó unas misteriosas esferas luminosas. Los científicos podrían haber encontrado su origen.

Hace casi 150 años, un vaquero avistó unas misteriosas esferas luminosas. Los científicos podrían haber encontrado su origen.

Estas esferas de luz de otro mundo en el desierto de Chihuahua han desconcertado a los lugareños durante más de un siglo, pero la ciencia moderna tiene una explicación más mundana.

7 de agosto de 2026

Por Darren Orf

imageImágenes de introvertidos // Getty Images

Esto es lo que aprenderás al leer esta historia:

  • Las “Luces de Marfa” son un fenómeno atmosférico que se localiza en el desierto de Chihuahua, en el oeste de Texas, en las afueras de la ciudad de Marfa.
  • Este peculiar espectáculo de luces consiste en orbes de distintos colores que parecen danzar en el horizonte al anochecer.
  • Aunque dos estudios independientes han analizado las luces —concluyendo que su origen más probable son los faros de los automóviles que circulan por la autopista 67 a dos millas de distancia—, las luces siguen siendo una curiosa atracción turística.

En febrero de 1945, apareció un artículo en el periódico local, el San Angelo Times, titulado «Aparece una luz fantasma en la zona de Marfa». El fenómeno que describía era extraño: orbes de luz (roja, azul y blanca) en las afueras del pequeño pueblo de Marfa, en el oeste de Texas, que parecían danzar de maneras extrañas e inesperadas. Si bien este breve artículo podría haber sido el primer relato escrito de las luces, las leyendas locales cuentan que un vaquero del oeste de Texas llamado Robert Reed Ellison las vio por primera vez en 1883 mientras arreaba ganado por el paso de Paisano, a doce millas al este de Martha.

En las décadas siguientes, las «Luces de Marfa» (como se las conoce) se convirtieron en una de las atracciones turísticas más extrañas de Texas. Hoy en día, incluso existe un mirador para que los automovilistas que pasan por la zona puedan observar el fenómeno al anochecer. A lo largo de los años, se han adoptado todo tipo de explicaciones para intentar dar cuenta de estas esferas de otro mundo, incluyendo gases de pantano, el fuego de San Telmo (un fenómeno dentro de un campo eléctrico atmosférico), rocas ígneas que crean una carga piezoeléctrica y, por supuesto, extraterrestres.

Pero en los últimos años, los científicos han adoptado un enfoque más pragmático para comprender qué sucede exactamente en este tramo de la autopista 90. En 2004, un grupo de estudiantes de la Universidad de Texas en Dallas viajó a Marfa para examinar el fenómeno por sí mismos. «Elaboramos una lista de ocho experimentos», declaró Jeff Klenzing, uno de los estudiantes, a Texas Monthly en 2006, «y tres funcionaron realmente bien».

Según la revista, el equipo utilizó láseres, radios portátiles, un dispositivo de monitoreo de tráfico, un vehículo de seguimiento y video de alta velocidad para llegar al fondo del asunto, y la explicación fue decididamente menos que extraterrestre. La explicación más probable para las luces era simplemente el paso de automóviles por la cercana carretera 67; cuando el equipo encendió las luces de los autos en la carretera, las observadas «Luces de Marfa» se podían ver desde el punto de observación a dos millas de distancia. Cuatro años después, otro equipo de la Universidad Estatal de Texas realizó experimentos espectroscópicos y llegó a una conclusión similar, afirmando que la causa más probable de las luces eran los faros de los automóviles o pequeños incendios en el extenso desierto de Chihuahua.

Sin embargo, eso no explica un punto clave de la historia de las Luces de Marfa: ¿cómo las veían los vaqueros décadas antes de la llegada del automóvil al oeste de Texas? La revista Texas Monthly localizó a un descendiente vivo de Robert Ellison (la fuente original de las Luces de Marfa) y revisó el manuscrito de sus memorias, pero ninguna de las dos fuentes primarias reveló una descripción detallada de las luces.

“Lo que recuerdo es que había luces allí abajo que no podían explicar. Pensaban que eran hogueras indígenas”, declaró Rosemary Cox, nieta de Ellison, a Texas Monthly. “Estaban allí todo el tiempo, como parte del paisaje. Al menos eso es lo que recuerdo que decía”.

Si bien uno de los misterios de Marfa podría resolverse, este pequeño pueblo de Texas se está convirtiendo rápidamente en el centro de uno nuevo. Un informe de diciembre de 2025 de la Universidad de Texas en Austin detalló que Marfa se asienta sobre un punto geotérmico, ya que la zona contiene algunas de las rocas subterráneas más calientes al este de las Montañas Rocosas, según Marfa Public Radio.

Si bien las «Luces de Marfa» pueden atraer a algunas personas a la zona que disfrutan con lo extraño y lo inexplicable, hay un secreto que yace bajo la ciudad que podría traer un cambio real.

https://www.popularmechanics.com/preview/science/environment/a73368195/mysterious-glowing-orbs-source/

Creer es ver. El objeto volador no fotogénico

Creer es ver. El objeto volador no fotogénico

6 de agosto de 2026

Madalyn K. Shaw

Sección de Perspectivas

Perspectivas Diarias, Columnas de Verano de Perspectivas

Nota del editor: Esta es la primera entrega de una columna de dos partes.

En marzo de 1952, la Fuerza Aérea de los Estados Unidos inició su tercera investigación formal sobre la aparición de objetos voladores no identificados (ovni) bajo el nombre en clave Proyecto Libro Azul. Tras la «fiebre» de los platillos voladores de 1947, en la que cientos de estadounidenses informaron haber visto discos voladores en el cielo (después del primer avistamiento reportado por el piloto Kenneth Arnold), la fuerza aérea se vio obligada a investigar una vez más para disipar las preocupaciones sobre la seguridad nacional y analizar científicamente los informes de ovnis.

Image1.ShawUFO-1200x929Esta fotografía de 1969, numerada como la placa 54 del “Estudio Científico de Ovnis” en los Archivos Nacionales, formó parte de la investigación de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos sobre el fenómeno, también conocida como el Informe Condon. Archivos Nacionales y Administración de Documentos / NAID 295136787

La opinión pública estaba dividida en cuanto a la explicación. Si estos avistamientos de platillos voladores no eran ilusiones ópticas ni se debían a la identificación errónea de objetos terrestres comunes, algunos sugerían que se trataba de tecnología militar secreta (estadounidense o soviética) o aeronaves experimentales. En medio de las crecientes tensiones de la Guerra Fría, estas conclusiones tenían sentido. Sin embargo, las maniobras aparentemente imposibles de los platillos plantearon otra pregunta: ¿Y si no procedían de la Tierra? Fue en medio de estas especulaciones más amplias que el primer director del Proyecto Libro Azul, el capitán Edward J. Ruppelt, cambió el nombre de «platillos voladores» o «discos voladores» a «ovni», para aplicar un marco de investigación más genérico y neutral.

A pesar de la aparente falta de entusiasmo e interés del gobierno en la investigación de avistamientos, los ovnis siguieron siendo una fascinación constante en la esfera pública. Cabe destacar que el psiquiatra suizo Carl Jung escribió un libro sobre el tema. En un pasaje poco conocido de Platillos Voladores: Un Mito Moderno de Cosas Vistas en el Cielo (1959) —traducido por RFC Hull de la versión original en alemán publicada en 1958— Jung reflexiona sobre la ambigüedad perceptiva y psicológica que rodea los avistamientos de ovnis. A modo de comentario, señala:

Considerando la notoria afición de los estadounidenses por la fotografía, sorprende la escasez de fotos «auténticas» de ovnis, sobre todo teniendo en cuenta que muchos de ellos se observan durante varias horas a corta distancia. Conozco a alguien que vio un ovni junto con cientos de personas en Guatemala. Llevaba su cámara, pero, emocionado, se olvidó por completo de tomar una foto, a pesar de que era de día y el ovni permaneció visible durante una hora. No tengo motivos para dudar de la veracidad de su relato. Simplemente ha reforzado mi impresión de que los ovnis no son precisamente fotogénicos.

Aquí Jung señaló un problema persistente observado por quienes trabajaron en el Proyecto Libro Azul y en la mayoría, si no en todas, las investigaciones posteriores hasta la fecha: la falta de evidencia de calidad sobre avistamientos de ovnis. Aparte de los dibujos y los testimonios de testigos, las fotografías suelen ser la única evidencia visual de que ocurrió un avistamiento. Las fotografías de avistamientos eran escasas y especialmente importantes para los investigadores que buscaban confirmación externa.

Las fotografías suelen ser la única evidencia visual de que se produjo un avistamiento de ovnis.

Me resulta particularmente llamativa la elección de palabras de Jung en este pasaje. La observación de que los ovnis «no son fotogénicos» o simplemente «poco fotogénicos» plantea interrogantes sobre lo que esperamos de las fotografías. ¿Qué significa, en este contexto, que un ovni sea considerado «(poco) fotogénico»?

En los albores de la fotografía como nueva tecnología de imagen, las fotografías fueron elogiadas por su fiel reproducción de la realidad. La idea de que el paso del tiempo pudiera quedar congelado para siempre en una imagen transformó radicalmente la forma en que la gente percibía el mundo. El realismo y la fidelidad a la realidad de las imágenes impulsaron diversas teorías sobre la fotografía que la comparaban con un fenómeno natural.

Como escribió el historiador de arte John Tagg en The Burden of Representation: Essays on Photographies and Histories (1988), «Los procesos ópticos y químicos de la fotografía se consideraban un mecanismo «natural» pero científicamente explotado que producía imágenes «naturales», garantizando así la veracidad de la imagen. Las fotografías parecían presentar un «registro perfecto y fiel, libre» de las imprecisiones del lenguaje verbal o de la interpretación artística. De este modo, la fotografía se convirtió en el medio perfecto para representar la realidad».

Dicho esto, el potencial de la manipulación fotográfica existe prácticamente desde los inicios de la fotografía. Las tarjetas estereoscópicas producidas a mediados del siglo XIX presentaban imágenes históricas, paisajísticas, cómicas y sentimentales, así como escenas más fantasiosas de cuentos de hadas y entidades sobrenaturales. Los fotógrafos aprovecharon el largo tiempo de exposición de las primeras cámaras para crear fantasmas ilusorios, como se aprecia en la popular serie de tarjetas «Fantasma en el estereoscopio» , publicada por la London Stereoscopic and Photographic Company a mediados de la década de 1850. Posteriormente, los fotógrafos de espíritus emplearon estas técnicas para hacer aparecer fantasmas en los retratos de personas en duelo. Sin embargo, a diferencia de los editores de las tarjetas «Fantasma en el estereoscopio», estos fotógrafos, junto con muchos de sus retratados, afirmaban que sus fantasmas eran reales. La historia de la fotografía de espíritus ofrece un paralelismo significativo con los debates sobre la realidad de las fotografías de ovnis y los temores a la manipulación fotográfica que las rodean. Al igual que en el caso de la fotografía de espíritus, la ferviente creencia en imágenes paranormales debe combatirse mediante la «desmitificación».

La práctica de desenmascarar mitos revela una tensión subyacente en nuestra confianza en la fotografía. Si bien sabemos que las fotografías pueden manipularse para que mientan, también creemos en su capacidad para revelar la verdad. Jung señaló esta ambigüedad, delimitando la línea entre lo que se cree que hace la fotografía (mostrar la realidad) y lo que realmente hace (mostrar algo).

Aunque el colaborador de Jung no logró fotografiar el ovni que vio en Guatemala, ¿qué se podría decir de la hipotética fotografía si lo hubiera hecho? Jung ya señala lo sorprendente que resulta «la escasez de fotografías “auténticas” de ovnis», pero ¿qué significa «auténtico» en este contexto? «Auténtico» suele implicar consenso y la existencia de información verificable, ambos aspectos ausentes en los análisis de las representaciones en las fotografías de ovnis. Si bien, en sentido literal, cualquier fotografía de un objeto aparentemente aéreo no identificable podría ser un ovni, esto no es lo que Jung pretende transmitir. (De ahí su énfasis en los ovnis como un «mito moderno» en contraposición a fenómenos aéreos no identificados).

Para que una fotografía sea “auténtica” en el sentido que le da Jung, se requeriría verificar que el objeto en la fotografía es un ovni (del tipo mítico) y que exista consenso en torno a la interpretación del objeto como tal. A partir de esto, podemos ver que su conclusión de que los ovnis no son fotogénicos puede derivarse de dos premisas interrelacionadas:

En primer lugar, propuso que los ovnis no son fotogénicos debido a obstáculos situacionales, características físicas o afectivas, o a la inacción o ineficacia del fotógrafo. Esto reduce el número de fotografías «auténticas» existentes, a pesar de la «notoria afición de los estadounidenses por la fotografía» y de que el colaborador de Jung observó el ovni durante una hora junto con cientos de personas. (Solo podemos especular sobre por qué estos otros testigos no obtuvieron fotografías).

En segundo lugar, los ovnis no son fotogénicos porque no existen fotografías «auténticas». No existen fotografías «auténticas» de ovnis porque la gente no se pone de acuerdo sobre lo que se muestra en la imagen, ni puede validar su conclusión basándose únicamente en la fotografía. Habría que comparar la imagen con un ovni real para verificar la referencia. (Este requisito plantea dificultades, ya que, según se informa, los ovnis varían mucho en tamaño, forma y comportamiento, lo que haría muy difícil, o incluso imposible, encontrar el mismo objeto representado).

En tan solo unas pocas frases, Jung justificó su impresión de que los ovnis no son fotogénicos, pero la creación de la premisa en sí (los ovnis no son fotogénicos) no forma parte de su explicación. Presumiblemente, Jung habría tenido que ver una fotografía de un ovni antes de llegar a esta conclusión. Por lo tanto, existe una tercera premisa implícita: los ovnis no son fotogénicos porque no se ven bien en las fotografías.

Pero, ¿por qué los ovnis no se ven bien en las fotografías? Son notoriamente esquivos, solo se les ve por breves instantes y nunca permanecen el tiempo suficiente para ser identificados más allá de su condición de ovni. A diferencia de los objetos que conocemos, los ovnis carecen de un referente físico estable. Además, su ambigüedad ontológica los hace incompatibles con el medio fotográfico, que afirma la realidad.

En las fotografías, los ovnis se definen y se ven socavados por la ambigüedad visual, lo que refleja su incierta naturaleza existencial.

Se cree que las fotografías tienen la capacidad de informarnos sobre el mundo, pero las fotografías de ovnis no aportan conocimiento alguno sobre ellos, más allá de su fugaz aparición. En las fotografías, los ovnis se definen y se ven socavados por la ambigüedad visual, lo que refleja su incierta naturaleza existencial. La apariencia «poco fotogénica» de los ovnis se debe a que visualmente transgreden los límites de lo que normalmente se infiere de una fotografía: una presencia física estable firmemente arraigada en la realidad. Por lo tanto, la conclusión de Jung de que los ovnis no son fotogénicos puede interpretarse como una crítica a la pretensión de la fotografía de revelar la verdad.

Los ovnis ponen de manifiesto la poca fiabilidad de la cámara y de la visión. Demuestran que lo que se ve y lo que se registra mecánicamente no son lo mismo. Si lo registrado no puede identificarse como algo que exista en este mundo, la imagen pierde su valor probatorio y su credibilidad. En definitiva, cualquier fotografía de un ovni es poco fiable (en función de su pretensión de veracidad) y debe conciliarse con nuestra creencia en la capacidad de la fotografía para revelar la verdad.

Por otro lado, podría argumentarse que los ovnis invitan a la interpretación, algo inherente a toda fotografía, independientemente de su apariencia. Al explorar la fotografía como medio, los ovnis revelan la necesidad de una explicación o análisis textual y ponen de manifiesto cómo algunos espectadores llegan a crear nuevas narrativas o realidades utilizando la fotografía como base de la verdad.

Si bien los ovnis pueden resultar poco fotogénicos dentro de una concepción de la realidad que niega (o al menos es ambigua respecto a) su existencia, nuestra fe en las fotografías puede crear un mundo en el que los ovnis se vuelven reales, convirtiendo las fotografías en evidencia de ese hecho. No es de extrañar, entonces, que sigamos buscando fotografías de ovnis, aunque estas fotos nunca aportarán pruebas concluyentes de los misterios del universo.

Madalyn K. Shaw es estudiante de doctorado en historia del arte en la Universidad de Toronto. Su investigación examina la cultura visual y material en la intersección de la ciencia, la tecnología y la imaginación colectiva en el siglo XX, y su tesis explora el papel de la fotografía como evidencia en el contexto del movimiento ovni.

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